CAPÍTULO EXTRA #4
Lo abrio. Dentro había unas tiritas, un pequeño costurero, caramelos, horquillas para el pelo, dos chocolatinas y una lista escrita a mano.
Julia empezó a reírse mientras sacaba las cosas.
—¿Pero qué es esto?
Sonreí.
—Un kit para sobrevivir a tus eventos.
Hugo se echó a reír. Martina examinó el contenido.
—Está bastante bien pensado.
Asentí.
—Lo sé.
Julia continuó sacando cosas. Finalmente encontró la tarjeta. La abrio. Y comenzó a leer. Había escrito:
Para la mujer que consigue organizar bodas, resolver catástrofes y hacer que todo el mundo llegue a tiempo. Pero que a veces se olvida de que también tiene derecho a descansar. Vale por una tarde conmigo sin hablar de trabajo, sin mirar el reloj y sin tener que solucionar absolutamente nada.
Te quiero.
V.
Julia terminó de leer. Me miró. Y aquella vez no hizo ninguna broma.
—Vera...
Sonreí.
—¿Qué?
Negó con la cabeza. Después dejó el neceser sobre la mesa.
Y me abrazó como hacía siempre cuando quería expresar algo importante y no encontraba inmediatamente una frase divertida con la que protegerse.
Yo le devolví el abrazo. Porque conocía a Julia.
Sabía lo mucho que se esforzaba por mantenerlo todo funcionando.
Lo fácil que le resultaba esconder el cansancio detrás de una broma.
Y cuánto le había costado aceptar que Adrián podía quererla sin necesidad de que fingiera ser una versión más sencilla de sí misma. Me acarició el pelo. Después se apartó.
—Gracias, cariño.
Sonreí.
—De nada.
Se quedó mirando la tarjeta. Después añadió:
—Pero aviso de que soy incapaz de pasar una tarde entera sin hablar de trabajo.
Martina soltó una carcajada.
—Eso ya lo sabemos.
Hugo levantó la mano.
—Podemos empezar con quince minutos.
Julia asintió.
—Una propuesta mucho más razonable.
Nos reímos. Y terminé pensando que aquel amigo invisible había salido extraordinariamente bien.
No porque los regalos fueran caros. No lo eran.
Sino porque todos habíamos conseguido hacer lo mismo.
Demostrar que seguíamos conociéndonos. Que, a pesar de los cambios de diciembre, todavía sabíamos qué podía hacer feliz a cada uno.
Y que aquella amistad continuaba siendo uno de nuestros mejores regalos.
Cuando terminamos de recoger los papeles de regalo, ya eran casi las ocho.
Habíamos comido demasiado. Julia estaba tumbada en el sofá, sujetándose el estómago con una mano.
Clara llevaba todavía la corona de cartón.
Martina estaba probando su sello sobre una servilleta que, según ella, necesitaba una supervisión profesional urgente.
Y Hugo se había sentado en el suelo junto a la mesa, con el marco de la fotografía apoyado contra las piernas.
Yo los observaba desde el sillón. Sonreí.
Porque no recordaba la última vez que habíamos pasado tantas horas juntos sin que ninguno tuviera que marcharse deprisa.
Durante diciembre todos habíamos estado demasiado ocupados.
Trabajando. Organizando cenas. Intentando resolver nuestras respectivas vidas sentimentales.
Y aquel Día de Reyes nos había regalado unas horas para estar juntos.
—Bueno— anunció Julia de pronto —Ahora sí.
Martina levantó la cabeza.
—¿Ahora sí qué?
Mi amiga se incorporó. Después nos señaló uno por uno.
—Quiero saber cómo estáis.
Hugo levantó las cejas.
—Estamos todos aquí, Julia.
—Emocionalmente, imbécil.
Solté una carcajada. Clara sonrio. Y Martina dejó el sello sobre la mesa.
—Empieza tú— propuso.
Julia la observó. Después se quedó pensando.
—Pues estoy bien.
Hubo un silencio. Hugo se inclinó ligeramente hacia delante.
—Una respuesta extraordinariamente completa.
Mi amiga le lanzó un cojín. Él lo atrapó entre risas. Julia suspiró. Pero estaba sonriendo.
—Estoy bien de verdad —continuó —Con mucho trabajo, algo cansada y todavía intentando acostumbrarme a que Adrián y yo estemos juntos sin tener que fingir nada delante de nadie.
La observé. Había algo precioso en verla hablar de aquella manera.
Julia llevaba años utilizando el humor para salir de situaciones incómodas.
Se reía de sí misma antes de permitir que alguien descubriera que estaba nerviosa, y le costaba muchísimo reconocer cuándo algo le importaba de verdad.
Pero aquella vez no estaba escondiéndose.
—¿Y qué tal con él? —preguntó Clara.
Julia sonrio.
—Bien. Muy bien.
Se quedó pensando. Después añadió:
—Es raro. Porque empezamos fingiendo que éramos pareja, y ahora resulta que tenemos que descubrir cómo se hace de verdad.
Hugo soltó una carcajada.
—¿No te sirvió el ensayo?
Julia negó con la cabeza.
—No tanto como pensaba. Cuando fingíamos, todo era más fácil. Sabíamos qué tenía que hacer cada uno. Sonreír delante de mis padres, cogernos de la mano, contestar preguntas...
Se quedó callada un instante. Después sonrio.
—Ahora tengo que acostumbrarme a decirle cuando estoy preocupada sin inventarme una excusa.
La observé. Y me emocionó un poquito. Porque sabía cuánto le había costado llegar hasta allí.
—Pues me parece un avance precioso —respondí.
Julia me sonrio. Después se encogió de hombros.
—Además, besa estupendamente.
Martina cerró los ojos. Hugo soltó una carcajada.
Clara se tapó la cara. Y yo terminé riéndome también.
Nuestra Julia seguía allí. Por supuesto.
Clara fue la siguiente. Se había quitado la corona y la tenía apoyada sobre las rodillas.
Cuando Julia le preguntó qué tal iba todo con Marcos, sonrio.
Una sonrisa tranquila. Distinta de la que tenía cuando hablaba de él al principio de diciembre.
—Bien —respondió —Creo que estamos haciendo las cosas mejor.
Martina se acomodó en el sofá.
—¿Habéis hablado de Madrid?
Clara asintió.
—Muchísimo.
Se quedó pensando. Después continuó:
—Al principio tenía miedo de que volver a estar juntos significara que íbamos a empezar otra vez con los mismos problemas. Pero estamos intentando hablar las cosas antes de convertirlas en discusiones.
Asentí. Sabía cuánto significaba aquello para ella. Marcos había vuelto a Valencia después de años fuera y estaban dándose una segunda oportunidad. Una que ninguno quería construir sobre las mismas decisiones que terminaron separándolos.
—¿Y sigues con la formación? —preguntó Hugo.
Clara sonrio.
—Por supuesto.
Su respuesta fue inmediata. Y me encantó escucharla.
—Empiezo en marzo. Estaré cuatro meses en Madrid. Estoy mirando cómo organizarme con el trabajo.
Julia levantó las cejas.
—¿Y Marcos?
Clara se encogió ligeramente de hombros.
—Marcos seguirá aquí. Vendrá a verme cuando pueda y yo regresaré algunos fines de semana. Pero no quiero pasarme los cuatro meses pendientes de cuándo nos vemos.
La observamos. Ella sonrio.
—Quiero aprovechar el curso. Conocer gente. Aprender. Hacer cosas por mi cuenta.
Martina asintió.
—Como tiene que ser.
Clara la miró. Después añadió:
—Y también quiero echarlo de menos.
Hubo un silencio pequeño. Mi amiga sonrio, un poco avergonzada.
—Que tampoco pasa nada por eso.
Sentí una ternura enorme. Porque aquella era precisamente la diferencia. Clara no estaba eligiendo entre Marcos y sus propios planes. Estaba aprendiendo a construir una relación donde pudieran existir ambas cosas. Julia se inclinó para abrazarla.
—Estoy muy orgullosa de ti.
Clara se rio.
—Gracias.
Después Martina levantó la libreta.
—Y si en Madrid necesitas reorganizar tu vida, tienes material de oficina de primera calidad.
Soltamos una carcajada. Cuando llegó el turno de Martina, nuestra amiga suspiró como si hubiera estado esperando una ejecución.
—Estoy bien —anunció.
Julia levantó las cejas.
—¿Solamente bien?
Martina la observó. Después sonrio.
—Estoy muy bien.
Nos quedamos callados. Hasta que Hugo empezó a aplaudir. Martina le lanzó la misma servilleta que había utilizado antes. Esta vez sí le dio. Nos echamos a reír.
—Sois idiotas —murmuró.
Pero estaba sonriendo. Después cogió un trocito de roscón que había quedado sobre la mesa.
—Nico me gusta. Y me gusta estar con él. Pero también me gusta que sigamos teniendo vidas diferentes.
Asentí. Aquello era importante para Martina. Siempre lo había sido.
—Tenemos horarios complicados. Él trabaja muchísimo y yo tampoco sé desconectar. Pero estamos intentando organizarnos para encontrar tiempo sin que ninguno termine dejando sus cosas de lado.
Clara sonrio.
—Eso suena muy bien.
Martina asintió. Después añadió:
—Y la panadería está funcionando estupendamente con las cajas nuevas. Creo que después de Reyes van a plantearse mantener una línea de repostería para regalos durante el año.
Me hizo ilusión escucharla. Había seguido de cerca aquel proyecto desde el principio. Y sabía lo mucho que significaba para Nico conseguir que sus padres aceptaran algunos cambios.
—¿Y tú qué tal con el estudio? —pregunté.
Martina sonrio.
—Con bastante trabajo. Tengo varios proyectos para enero y quiero intentar conseguir más clientes comerciales. Me ha gustado mucho trabajar con La Espiga.
Se quedó pensando. Después añadió:
—Aunque el próximo que me pida una caja roja con Papá Noel va a tener que contratar también un abogado.
Hugo soltó una carcajada. Julia también.
—Por cierto —dije —¿Y Benito?
Martina cerró los ojos.
—No quiero hablar de ese reno.
Mi novio se echó a reír.
—¿Sigue en el balcón?
Nuestra amiga asintió con resignación.
—Sí.
Julia sonrio.
—¿Y lo vas a dejar?
Martina se quedó pensando. Después levantó la cabeza.
—Le he cambiado las luces.
Hubo un silencio. Hugo abrio mucho los ojos. Clara empezó a reírse. Julia se llevó una mano al pecho.
—¡LO HA ADOPTADO!
¡NO HE ADOPTADO A NADIE!
Nos echamos a reír. Y Martina terminó riéndose también. Porque podía seguir protestando todo lo que quisiera. Pero todos sabíamos que aquel reno horroroso había conseguido algo que ninguno habría imaginado a principios de diciembre. Convertirse en parte de su historia.
—Bueno —dijo Julia cuando conseguimos recuperarnos —Solo quedáis vosotros.
Miró a Hugo. Después a mí. Y sonrio. Una sonrisa enorme. Peligrosa.
—Nuestros tortolitos.
Me tapé la cara.
—Por favor.
Hugo soltó una carcajada.
—¿Hay un tiempo máximo para responder?
Martina levantó el flexómetro.
—Podemos medirlo.
Clara empezó a reírse. Julia nos observó con una expresión que mezclaba curiosidad y una felicidad bastante evidente.