Diciembre tenía otros planes CAPÍTULO EXTRA #3
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CAPÍTULO EXTRA #3

Me eché a reír.

—Hugo.

—Es una pregunta legítima.

Julia le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Ábrelo.

Mi novio retiró el papel. Debajo había un marco de madera clara.

Lo giró. Y se quedó quieto. Su expresión cambió inmediatamente.

Yo me acerqué un poquito para verlo. Era una fotografía de los cinco.

Una bastante antigua. Estábamos sentados en el suelo del piso que compartimos durante una temporada.

Había vasos diferentes sobre la mesa, una caja de roscón abierta y un montón de papel de regalo esparcido alrededor.

Julia llevaba el pelo muchísimo más corto.

Clara tenía una expresión de absoluta felicidad mientras sujetaba una corona de cartón.

Martina aparecía mirando a cámara con una taza en la mano.

Yo estaba riéndome. Y Hugo tenía una barba bastante cuestionable. Solté una carcajada.

—¡Madre mía!

Él también se rio. Pero no apartó la mirada de la fotografía.

—¿De dónde has sacado esto?

Julia sonrio.

—De un disco duro antiguo. Estaba buscando unas fotos y encontré las de nuestros primeros Reyes.

Hugo pasó suavemente un dedo sobre el cristal.

Después giró el marco. En la parte trasera había una pequeña frase escrita a mano.

La leyó en silencio. Sonrio. Y volvió a leerla.

Me incliné un poco. Ponía: Porque nunca fuiste el invitado.

Siempre fuiste uno de los cinco. Sentí que se me llenaba el pecho de algo cálido.

Miré a Julia. Ella estaba sonriendo. Pero también tenía los ojos ligeramente brillantes.

—Es que este año es un poco diferente. Y quería que tuvieras algo que te recordara que, aunque ahora estés con Vera, sigues siendo nuestro Hugo.

Mi novio levantó la cabeza. Su expresión se suavizó.

—Joder, Julia.

Ella soltó una risa.

—Ya lo sé. Soy maravillosa.

Hugo se levantó y la abrazó. Mi amiga le dio unas palmadas en la espalda. Y durante unos segundos ninguno hizo ninguna broma. Lo cual, con aquellos dos, era prácticamente un acontecimiento histórico. Después Hugo se apartó.

—Gracias.

Julia asintió.

—De nada.

Y añadió:

—Eso sí, como le hagas daño a Vera, te quitamos de la foto.

Soltamos una carcajada. Hugo levantó el marco.

—Pues procuraré conservar mi sitio.

Me miró con una sonrisa que me hizo sentir algo precioso, porque había una cosa que yo también necesitaba escuchar.

Que empezar a salir con Hugo no iba a obligarnos a reorganizar aquella amistad hasta convertirlo todo en una situación incómoda.

Nuestras amigas lo querían. Lo habían querido durante años.

Y querían que continuara formando parte de nuestras vidas.

Conmigo. O, si algún día las cosas se torcían, de la manera que pudiéramos encontrar.

No necesitábamos resolver una posibilidad triste que todavía no había ocurrido.

Pero me gustó saber que nadie estaba intentando borrar lo que habíamos sido.

Después le tocó a Hugo entregar su regalo.

Sacó una caja pequeña. La colocó delante de Martina. Nuestra amiga frunció el ceño.

—¿Yo?

Hugo asintió.

—Tú.

Ella observó el paquete. Después lo miró.

—¿Por qué sonríes así?

Mi novio levantó las cejas.

—¿Así cómo?

—Como si hubieras cometido un delito.

Me eché a reír. Martina empezó a desenvolverlo con bastante desconfianza.

Dentro había un pequeño flexómetro de diseño sencillo, de color crema, y un sello de caucho personalizado.

Lo cogió. Observó la parte inferior. Después soltó una carcajada.

Una de esas carcajadas que le salían cuando algo la sorprendía de verdad.

—¡No puede ser!

Julia se inclinó.

—¿Qué pone?

Martina levantó el sello. Hugo había encargado que dijera: APROBADO POR MARTINA. Debajo, en una línea más pequeña: Después de medirlo dos veces. Nos echamos a reír. Martina estaba encantada. Aunque intentó conservar la dignidad.

—Esto es una absoluta estupidez.

Hugo asintió.

—Lo sé.

—Me encanta.

Volvimos a reírnos. Mi novio señaló el flexómetro.

—Ese sí puedes utilizarlo para trabajar. El sello es para cuando tengas ganas de recordarle a alguien que sus ideas necesitan supervisión profesional.

Martina soltó otra carcajada. Después se levantó y lo abrazó.

—Gracias, idiota.

Hugo sonrio.

—De nada.

Cuando se apartaron, nuestra amiga examinó otra vez el sello. Después lo dejó sobre la mesa.

—Lo voy a utilizar.

Julia levantó las cejas.

—¿Con clientes?

Martina sonrio.

—Con Nico.

Aquello provocó otra ronda de carcajadas.

Porque todos sabíamos que aquel pobre hombre estaba a punto de descubrir que su novia había adquirido herramientas nuevas para criticarle la decoración.

Y, sinceramente, se lo tenía bastante merecido.

Martina entregó su regalo a Clara. Era un paquete fino, envuelto con muchísimo cuidado en papel color crema y una cinta verde oscura.

Por supuesto. Nuestra amiga podría estar completamente enamorada de un hombre que decoraba su balcón con renos luminosos, pero eso no significaba que fuera a permitir que un regalo saliera de su casa con el lazo torcido.

Clara retiró el papel. Dentro había una libreta preciosa, de tapas duras, con varias separaciones de colores suaves.

También un bolígrafo y una funda pequeña para documentos.

En la cubierta, Martina había colocado una etiqueta discreta:

Madrid. Marzo-junio. Clara se quedó inmóvil. La observó durante unos segundos. Después levantó la cabeza.

—Marti...

Nuestra amiga sonrio.

—Para tu formación.

Clara acarició la tapa con los dedos. Era un regalo sencillo.

Pero precioso. En marzo empezaría su curso de especialización en rehabilitación neurológica en Madrid.

Estaría fuera de Valencia durante cuatro meses y, aunque estaba contentísima con aquella oportunidad, todavía había momentos en los que le daba un poco de vértigo imaginar cómo sería vivir en otra ciudad durante tanto tiempo.

Especialmente ahora que había vuelto con Marcos. Martina se acercó.

—He pensado que podrías utilizarla para apuntar cosas del curso. O para organizarte. O para escribirnos lo insoportables que son tus compañeros cuando necesites desahogarte.

Clara soltó una risa pequeña. Pero tenía los ojos brillantes. Abrio la libreta. En la primera página había una dedicatoria escrita con la letra ordenada de Martina:

Para todos los lugares a los que todavía tienes que atreverte a ir. Y para que recuerdes que siempre tienes uno al que volver.

Clara se llevó una mano a la boca. Yo también me emocioné.

Porque nuestra amiga había conseguido regalarle algo que no hablaba solamente de su futuro profesional.

Hablaba de ella. De sus decisiones. Y de lo importante que era que no volviera a renunciar a una oportunidad por miedo a que una relación cambiara.

Clara se levantó. Abrazó a Martina. Muy fuerte.

—Gracias, cariño.

Martina le acarició la espalda.

—De nada.

Después, para evitar que el salón terminara convertido en un festival de lágrimas, añadió:

—Y no me la llenes de dibujitos de corazones. Es una libreta profesional.

Clara soltó una carcajada contra su hombro.

—No prometo nada.

Nos reímos. Y Martina regresó a su sitio con una expresión tan satisfecha que tuve que sonreír.

Porque aquella era su manera de querer. Fijarse en lo que necesitabas.

Pensar en cómo hacerlo más fácil. Y después fingir que solamente estaba resolviendo un problema práctico.

Clara me entregó su regalo a continuación.

Era una caja pequeña, bastante pesada para su tamaño. La observé. Después la miré a ella.

—¿Qué me has comprado?

Sonrio.

—Ábrelo.

Retiré el papel. Dentro había un sello de madera personalizado. Lo cogí. Lo giré. Y me quedé inmóvil. En la base aparecía una pequeña ilustración de un libro abierto, unas estrellas y las palabras: VERA. HISTORIAS QUE SE QUEDAN. Lo observé durante varios segundos. Después levanté la cabeza.

—Clara...

Mi amiga sonrio.

—Pensé que podrías utilizarlo en las tarjetas que preparas para los pedidos especiales. Y que también podría servirte para firmar tus propios textos cuando quieras.

Me quedé mirándolo. Un sello. Una cosa pequeña. Pero que conseguía unir las dos partes de mi vida que había pasado tanto tiempo intentando mantener separadas. Los libros de otras personas. Y mis propias historias. Clara continuó:

—No sé qué va a pasar con tu cuento. Pero sé que te ha costado mucho atreverte a escribirlo y enseñarlo. Y quiero que tengas algo que te recuerde que no necesitas pedir permiso para contar historias.

Sentí un nudo enorme en la garganta. Me levanté.

La abracé. Y durante unos segundos tuve que cerrar los ojos.

Porque había pasado años rodeada de libros.

Recomendándolos. Defendiéndolos. Hablando de ellos con clientes y amigos.

Pero empezar a pensar en mí misma como alguien que también escribía seguía resultándome extraño.

Y mis amigas estaban consiguiendo que aquella idea me pareciera un poco menos imposible.

—Gracias —murmuré.

Clara me abrazó más fuerte.

—De nada, cariño.

Cuando nos separamos, miré el sello otra vez. Después sonreí.

—Lo voy a estrenar mañana.

Hugo, sentado a mi lado, levantó las cejas.

—¿Y el cuento?

Lo miré. Después sonreí.

—El cuento también tendrá que pasar por aquí algún día.

Mi novio me cogió suavemente la mano debajo de la mesa.

No dijo nada. Pero cuando nuestras miradas se encontraron, vi cuánto le había gustado escucharme decir aquello.

Y me emocionó pensar que había conseguido rodearme de personas que celebraban mis sueños sin intentar decidir por mí qué debía hacer con ellos.

Me tocaba entregar el último regalo. A Julia.

Mi amiga llevaba varios minutos esperando con una expresión de enorme curiosidad.

—Quiero que sepas que llevo todo el mes sospechando que me tienes tú —anunció.

Levanté las cejas.

—¿Por qué?

Julia se encogió de hombros.

—Instinto.

Martina resopló.

—Julia, nos has preguntado a los cuatro si te habíamos sacado en el sorteo.

Hugo soltó una carcajada. Clara también. Mi amiga nos observó. Después sonrio.

—Y no me contestasteis.

Me eché a reír. Cogí una pequeña caja que había dejado junto al árbol.

Se la entregué. Julia retiró el papel con muchísimo entusiasmo.

Dentro había una bolsita de tela, varios sobres pequeños y una tarjeta.

Frunció el ceño. Cogió la primera cosa que encontró.

Era un pequeño neceser. En la parte delantera había escrito: KIT DE EMERGENCIA PARA JULIA.