CAPÍTULO EXTRA #2
Nos quedamos mirándola. Después Julia empezó a reírse. Clara se tapó la boca. Yo abrí los ojos.
—¡Martina!
Mi amiga se encogió de hombros.
—¿Qué? Son cuestiones logísticas importantes.
Hugo soltó una carcajada. Después asintió.
—Completamente de acuerdo.
Me volví hacia él.
—¡No la animes!
—Martina sonrio.
Yo solo quiero evitar problemas de organización.
Julia estaba llorando de la risa. Y yo comprendí que, efectivamente, nada había cambiado. Seguían siendo nuestras amigas. Las mismas. Y Hugo seguía siendo el quinto. Aunque ahora, por alguna razón, a todas les pareciera extraordinariamente divertido que nos besáramos.
La mesa quedó preparada poco después de las seis.
Había chocolate caliente, café, bombones, unas pastas que Clara había traído y dos roscones.
Dos. Porque Hugo había cumplido con su obligación de comprar el roscón de siempre.
El de la pastelería donde llevábamos años encargándolo.
Y Martina había aparecido con otro elaborado por Nico.
Lo observé. Era precioso. Tenía una superficie dorada, fruta confitada, almendras y un acabado que parecía sacado de una fotografía publicitaria.
Julia se acercó. Miró ambos. Después levantó las cejas.
—Tenemos un problema.
Martina frunció el ceño.
—¿Qué problema?
Julia señaló el roscón de Nico.
—Que como este esté mejor que el de siempre, tendremos que replantearnos nuestras tradiciones.
Hugo soltó una carcajada.
—Ni hablar. Yo llevo años sacrificándome por conseguir el roscón oficial.
Clara sonrió.
—Sacrificándote significa pasar por la pastelería y recogerlo.
Hugo levantó un dedo.
—Una responsabilidad enorme.
Me eché a reír. Martina se cruzó de brazos.
—Pues el de Nico está hecho esta mañana.
Julia abrió mucho los ojos.
—¿Esta mañana?
—Sí.
—¿Y a qué hora se ha levantado?
Martina suspiró.
—No quiero hablar del tema.
Hugo empezó a reírse. Yo también. Porque aquella era una de las cosas que más me divertían de la relación de Martina.
Había pasado semanas protestando porque Nico horneaba de madrugada y ahora estaba apareciendo en mi casa con un roscón recién hecho por él.
La vida tenía un sentido del humor maravilloso.
—Eso sí —añadió Martina mientras abría la caja —le he dicho que como ponga un reno de plástico encima del roscón, terminamos.
Julia soltó una carcajada.
Pobre Benito.
Martina la fulminó con la mirada.
—No lo defiendas.
Clara estaba riéndose. Hugo cogió un cuchillo. Después miró los dos roscones.
—Bueno, habrá que probarlos.
Asentí.
—Por supuesto.
Julia se acercó a la mesa.
—Y seguimos con la norma del haba.
Martina levantó una ceja.
—¿En los dos?
Nos quedamos callados. No habíamos contemplado aquella posibilidad. Dos roscones. Dos habas. Dos personas condenadas a pagar el año siguiente. Hugo se llevó una mano al pecho.
—Esto se nos está yendo de las manos.
Me eché a reír. Después propuse que solamente contara el haba del roscón tradicional.
El de siempre. Porque una cosa era probar productos nuevos.
Y otra modificar las reglas de una institución que llevaba años funcionando perfectamente.
Martina aceptó. Aunque lo hizo con la expresión de una mujer que estaba considerando redactar unos estatutos.
Y empezamos a merendar. Había una cosa que nunca conseguíamos hacer de manera civilizada.
Repartir el roscón. Hugo insistía en cortar porciones iguales.
Julia prefería elegir su trozo antes de que nadie tocara nada.
Martina examinaba la distribución de la nata como si estuviera evaluando una reforma.
Clara decía que le daba igual, aunque todos sabíamos que le gustaban especialmente los pedazos con almendra.
Y yo intentaba evitar que terminaran discutiendo delante de una bandeja que, en circunstancias normales, debería haber provocado únicamente felicidad.
—Ese tiene más relleno —señaló Julia.
Hugo levantó la mirada.
—Todavía no lo he cortado.
—Pero se ve.
—Julia, el roscón es redondo.
—Una observación excelente, Hugo. Gracias.
Me tapé la boca para no reírme. Martina se inclinó sobre la mesa.
—Pues yo quiero uno pequeño.
Hugo la miró.
—¿Pequeño cómo?
—Normal.
—Necesito una unidad de medida.
—Hugo.
—¿En centímetros? ¿En grados de circunferencia?
Solté una carcajada. Martina lo señaló con un dedo.
—Te recuerdo que conozco a tu novia desde antes de que aprendieras a peinarte.
Mi novio levantó las cejas.
—Eso no responde a mi pregunta.
—¡Corta el puñetero roscón! —exclamó Julia.
Clara empezó a reírse. Y yo tuve que sentarme porque llevaba varios minutos intentando organizar aquella merienda sin conseguir absolutamente nada.
Al final Hugo repartió las porciones. Cinco platos.
Cinco servilletas. Cinco personas convencidas de que su trozo era ligeramente peor que el del vecino.
Probamos primero el roscón tradicional. Después el de Nico.
Hubo un silencio bastante revelador. Julia fue la primera en hablar.
—Martina.
Nuestra amiga levantó la cabeza.
—¿Qué?
Julia señaló el plato.
—Quiero que le digas a tu novio que necesito uno de estos para mi cumpleaños.
Martina sonrio. Aunque intentó disimularlo.
—Se lo diré.
Hugo examinó su porción. Después asintió lentamente.
—Está muy bueno.
Lo miré.
—¿Muy bueno?
—Extraordinariamente bueno.
Clara también estaba encantada. Martina, que llevaba toda la tarde intentando fingir que no estaba especialmente orgullosa, terminó explicándonos cómo habían conseguido preparar tantos pedidos durante Navidad y lo bien que había funcionado la nueva presentación de La Espiga.
—¿Y qué tal trabajar con Nico? —preguntó Clara.
Martina dejó la taza sobre la mesa.
—Bien.
Julia sonrio.
—¿Bien?
—Sí.
—¿No te distraes?
Martina levantó una ceja.
—Soy una profesional.
Hugo soltó una carcajada.
—Eso no significa que no puedas distraerte.
Nuestra amiga lo fulminó con la mirada.
—Tú preocúpate por tu novia.
Mi novio levantó ambas manos. Yo empecé a reírme. Martina terminó reconociendo que le había encantado participar en aquel proyecto, aunque al principio le preocupaba mezclar el trabajo con su vida personal.
—Pero nos hemos organizado bastante bien. Y ahora que hemos terminado, la panadería sigue siendo cliente mío y Nico sigue siendo Nico.
Julia levantó las cejas.
—O sea, tu novio.
Martina sonrio.
Mi novio.
Nos quedamos calladas. Después Julia empezó a aplaudir.
—¡LO HA DICHO!
Martina cerró los ojos. Clara soltó una carcajada. Hugo se llevó una mano al pecho.
—Es precioso ver cómo madura una persona.
Nuestra amiga cogió una servilleta. La hizo una bola.
Y se la lanzó. No le dio. Por desgracia, la puntería nunca había sido su fuerte.
Pero aquello consiguió que termináramos todos riéndonos.
El haba apareció diez minutos después. Y, por supuesto, fue una desgracia.
Principalmente para Martina. Que la encontró dentro de su segundo trozo justo cuando estaba explicándonos que aquel año pensaba organizarse mejor para no trabajar todos los fines de semana.
Se quedó inmóvil. Miró el pequeño haba. Después levantó la cabeza.
—No.
Julia abrio mucho los ojos.
—¿Qué?
Martina señaló el plato.
—No.
Hugo se inclinó para mirar. Después sonrio. Una sonrisa enorme.
—Tenemos ganadora.
Solté una carcajada. Clara empezó a reírse. Julia se levantó de la silla.
—¡PAGA EL ROSCÓN DEL AÑO QUE VIENE!
Martina nos miró con una expresión extraordinariamente ofendida.
—No es justo.
Hugo levantó las cejas.
—¿Por qué?
Señaló la bandeja.
—Porque yo he traído uno.
—Y estaba buenísimo —reconocí.
—Gracias.
—Pero las normas son las normas.
Mi amiga me observó. Después suspiró. Hugo se echó a reír. Y Clara, que había conseguido encontrar la figurita del rey en su porción, se colocó la corona de cartón sobre el pelo rubio con una solemnidad absolutamente ridícula.
—Como reina oficial de esta merienda, confirmo que Martina debe pagar el roscón del próximo año.
Nuestra amiga la señaló.
—Tú no deberías poder votar. Tienes intereses personales.
Clara sonrió.
—Tengo corona.
Julia casi se atragantó de la risa. Y yo pensé que, si algún desconocido nos hubiera observado desde la calle, probablemente habría considerado que las cinco personas de aquel salón tenían una cantidad preocupante de problemas sin resolver.
Pero para mí era una de las mejores partes del año.
Aquellas tonterías. Las discusiones absurdas.
Las bromas que llevábamos repitiendo tanto tiempo que ya nadie recordaba cómo habían empezado.
Porque podíamos pasar meses ocupados. Tener trabajos diferentes.
Relaciones. Problemas. Planes que cambiaran a última hora.
Pero el seis de enero siempre terminábamos haciendo exactamente lo mismo.
Riéndonos por culpa de un haba. Cuando conseguimos terminar de comer, Julia anunció que había llegado el momento del amigo invisible.
Lo hizo levantándose del sofá con una solemnidad que me recordó a las ceremonias de entrega de premios.
—Señoras y señor —anunció —vamos a proceder al reparto de regalos.
Hugo levantó la mano.
—¿Hay discursos?
—Por supuesto.
—Entonces quiero que conste que no he preparado ninguno.
Martina resopló.
—Julia, si empezamos con discursos, nos dan las doce.
Mi amiga la ignoró. Como solía hacer cuando estaba especialmente emocionada.
Habíamos sorteado los nombres a principios de diciembre.
Cada uno tenía que preparar un regalo de unos quince euros, aproximadamente, aunque la norma más importante era que tuviera algún significado.
No valía comprar cualquier cosa cinco minutos antes de llegar.
Ni resolver el asunto con una tarjeta regalo.
Y, desde luego, estaba prohibido preguntar directamente qué quería la otra persona.
Aquella última norma se había establecido después de que Hugo pasara un año entero enviándome fotografías de auriculares para preguntarme cuáles compraría yo.
El resultado fue que me regaló exactamente los que le había señalado.
Una sorpresa absolutamente inexistente. Pero unos auriculares estupendos.
Julia empezó a buscar dentro de su bolsa.
Después sacó un paquete rectangular envuelto en papel verde.
—Voy yo primero.
Hugo levantó las cejas.
—Qué sorpresa.
Mi amiga lo ignoró. Se acercó a él. Y le entregó el regalo.
—Para ti.
Hugo se quedó mirándola.
—¿Te he tocado yo?
Julia asintió.
—Sí.
Su expresión se volvió ligeramente preocupada.
—¿Puedo abrirlo sin riesgo?