CAPÍTULO EXTRA
los cinco de siempre
6 de enero. Valencia.
El Día de Reyes tenía tres normas en nuestro grupo.
La primera era que nadie podía aparecer sin un regalo para el amigo invisible.
La segunda, que la persona a la que le tocara el haba del roscón debía pagar el del año siguiente.
Y la tercera, la más importante de todas, era que aquella celebración no se cancelaba por nada.
Ni por trabajo. Ni por resacas. Ni por novios.
Ni porque alguna hubiera decidido que necesitaba pasar el seis de enero encerrada en casa viendo películas navideñas mientras terminaba con las sobras de Nochevieja.
Aquella última norma había nacido por culpa de Julia.
Por supuesto. Hacía varios años, cuando todavía compartíamos piso, tuvo una Nochevieja especialmente intensa con un chico cuyo nombre ya ni siquiera recordábamos.
El hombre decidió desaparecer después de pasar tres semanas diciéndole que estaba deseando conocer a sus amigas y Julia anunció que no tenía intención de volver a relacionarse con la humanidad.
Duró cuatro días. El seis de enero apareció en mi salón en pijama, con una botella de vino, una bolsa de patatas fritas y la firme intención de explicarnos por qué todos los hombres eran unos imbéciles.
Hugo, que estaba terminando de cortar el roscón, le ofreció un trozo.
Julia lo aceptó. Después preguntó si aquello contaba como traición a sus principios.
Nos reímos tanto que terminamos estableciendo una tradición.
El seis de enero sería nuestro. De las cuatro.
Y de Hugo. Porque Hugo llevaba tantos años formando parte de nuestras vidas que nunca se nos había ocurrido considerarlo un invitado.
Era el quinto. El que aparecía con roscón.
El que siempre terminaba recogiendo la mesa conmigo.
El que se sabía las historias vergonzosas de todas y tenía la peligrosa capacidad de recordarlas con una precisión extraordinaria.
Durante años fuimos cinco amigos celebrando Reyes.
Y aquel enero, a pesar de todas las cosas que habían cambiado durante diciembre, seguíamos siendo exactamente los mismos.
Bueno. Más o menos. Porque ahora yo tenía unas ganas enormes de besar a Hugo cada vez que lo veía.
Y aquello estaba empezando a complicar considerablemente nuestras tradiciones.
A las cinco menos cuarto estaba colocando los últimos platos cuando llamaron al timbre.
No necesitaba mirar por la mirilla. Hugo siempre llegaba antes.
Había adoptado aquella costumbre desde el primer año, cuando decidimos que él sería el encargado de traer el roscón y descubrio que necesitaba llegar con tiempo suficiente para evitar que Julia lo cortara en porciones del tamaño de una cena.
Abrí la puerta. Mi novio estaba en el rellano.
Mi novio. Todavía me hacía sonreír pensar aquello.
Llevaba unos vaqueros, un jersey azul oscuro y el pelo castaño claro ligeramente revuelto.
Sujetaba una caja de pastelería con ambas manos y tenía una bolsa de papel colgada del brazo. Cuando me vio, sonrio.
—Buenas tardes, anfitriona.
—Buenas tardes, proveedor oficial de hidratos de carbono.
Se rio. Después me observó.
—¿Puedo pasar?
Me aparté.
—Depende. ¿Has traído el roscón?
Hugo levantó la caja.
—Como todos los años.
Asentí, satisfecha.
—Entonces sí.
Entró. Dejó las cosas sobre la mesa de la cocina.
Y, cuando me volví para cerrar la puerta, me encontré con que estaba esperándome.
Sonreía. Me acerqué. Le di un beso. Uno pequeño.
Que terminó convirtiéndose en otro bastante menos pequeño.
Hugo apoyó una mano en mi cintura y yo le rodeé el cuello con los brazos.
Cuando nos separamos, los dos estábamos sonriendo.
—Vale —murmuró —Esta parte de Reyes es nueva.
Me eché a reír.
—Un poquito.
Me acarició suavemente la mejilla. Después miró hacia el salón.
—¿Estás nerviosa?
Fruncí el ceño.
—¿Por qué iba a estarlo?
Hugo levantó una ceja. Lo observé. Después suspiré.
—Vale. Un poco.
Se rio.
—Vera, son Julia, Clara y Martina.
—Ya lo sé.
—Las mismas con las que llevamos celebrando Reyes desde hace años.
——Lo sé, Hugo.
Me quedé pensando. Después añadí:
—Pero es la primera vez que vamos a estar todos juntos después de contarles que tú y yo estamos saliendo.
Su expresión se volvió divertida.
—¿Te preocupa que se comporten de manera extraña?
Lo miré. Hugo sonrio. Y los dos empezamos a reírnos. Conocíamos a nuestras amigas y sabíamos perfectamente que no iban a comportarse de manera normal. Ni aunque les pagáramos.
—Julia va a hacer preguntas —advertí.
—Muchas.
—Martina va a intentar averiguar desde cuándo nos gustamos.
—Probablemente.
Y Clara va a emocionarse.
—Seguro.
Me quedé mirándolo. Después solté aire.
—Nos van a destrozar.
Se echó a reír. Me abrazó otra vez.
—Pues sobreviviremos.
Apoyé la frente contra su pecho. Y durante unos segundos me quedé allí.
Tranquila. Porque tenía razón. Eran nuestras amigas.
Las mismas personas que nos habían visto crecer, equivocarnos y tomar decisiones bastante cuestionables.
Y si había alguien ante quien no necesitábamos fingir que lo teníamos todo resuelto, eran precisamente ellas. Me aparté. Sonreí.
—Bueno. Vamos a preparar la mesa antes de que lleguen.
Hugo miró hacia el salón. Después me observó.
—¿Quieres que coloque los vasos como siempre?
—Sí.
Se dirigió al armario. Cogió cinco vasos.
Y empezó a colocarlos alrededor de la mesa sin preguntarme dónde iba cada cosa.
Sonreí al verlo. Había algo precioso en aquella naturalidad.
Mi novio acababa de entrar en casa y sabía perfectamente dónde guardaba los vasos.
Pero no porque hubiéramos empezado a salir hacía unas semanas.
Sino porque llevaba años ayudándome a preparar aquella misma merienda.
Y me gustó pensar que no habíamos perdido nada de eso.
Al contrario. Ahora teníamos una cosa más.
Julia llegó a las cinco y ocho. Ocho minutos tarde.
Lo cual, considerando que trabajaba organizando eventos, nos parecía una contradicción bastante interesante.
Apareció con un abrigo negro, el pelo oscuro recogido y dos bolsas enormes. Cuando abrí, levantó una mano.
—Antes de que digáis nada, he tenido que parar porque se me había olvidado comprar una cosa.
La observé. Después miré las bolsas.
—¿Qué cosa?
Julia sonrio.
—Mi dignidad.
Me eché a reír. Entró. Dejó los paquetes sobre una silla. Después me abrazó. Y cuando se apartó, me cogió de los hombros. Me observó. Sonrio. Aquella sonrisa la conocía perfectamente. Y no me gustó nada.
—Vera.
Cerré los ojos.
—Julia.
—Mi pequeña Vera.
—No empieces.
Mi amiga juntó las manos.
—¡Te has liado con Hugo!
Desde la cocina escuché una carcajada.
—Estoy aquí— anunció él.
Julia giró la cabeza. Lo vio y abrio los brazos.
—¡HUGO!
Mi novio levantó las cejas.
—Hola, Julia.
Ella se acercó. Lo abrazó y después se apartó para mirarlo.
—¡Pero tú cómo no nos has contado nada!
Hugo se echó a reír.
—Porque no había nada que contar hasta hace poco.
Julia lo observó. Después levantó un dedo.
—Eso no me lo creo.
Me tapé la cara. Acabábamos de empezar. Todavía no habíamos abierto el roscón. Y ya estábamos perdiendo el control de la tarde.
—Julia —intervine —llevamos unos días saliendo. No hace falta montar una rueda de prensa.
Mi amiga me miró. Después sonrio.
—¿Unos días? ¿Y cuántos besos?
Hugo empezó a reírse. Yo abrí mucho los ojos.
—¡Julia!
—Es una pregunta.
—Una pregunta que no pienso responder.
Se encogió de hombros. Después miró a Hugo.
—¿Y tú?
Mi novio levantó ambas manos.
—Yo valoro muchísimo mi integridad física.
Solté una carcajada. Julia también. Después me abrazó otra vez. Pero aquella vez su expresión cambió. Se volvió más suave.
—Me alegro muchísimo, Vera.
Noté un nudo pequeño en el pecho.
—Gracias.
Mi amiga me acarició el brazo.
—De verdad. Os quiero muchísimo a los dos.
Sonreí. Y, durante un instante, Julia dejó de ser aquella mujer que podía convertir una conversación sobre sentimientos en un espectáculo de variedades. Simplemente era mi amiga. Alegrándose por nosotros. Después, por supuesto, volvió a mirar a Hugo.
—Eso sí. Si le haces daño, te rompo las piernas.
Hugo asintió solemnemente.
—Lo tengo en cuenta.
Clara y Martina llegaron con apenas dos minutos de diferencia. Clara apareció primero, envuelta en un abrigo color crema, con el pelo rubio suelto y una bolsa de bombones en la mano. Me abrazó nada más verme. Después me observó con una sonrisa tan bonita que supe inmediatamente qué estaba pensando.
—¿Qué tal, cariño?
—Muy bien.
Su sonrisa se hizo más grande.
—Me alegro.
No dijo nada más. No necesitaba hacerlo.
Clara había sido la primera en escuchar mis dudas sobre Hugo.
Me había animado a darme tiempo, a no confundir el miedo con una señal de que debía alejarme y a permitirme descubrir lo que sentía sin necesidad de tomar una decisión inmediata.
Y ahora estaba allí. Viendo que aquella historia había encontrado una manera de empezar. Me acarició suavemente el brazo.
—Luego me cuentas.
—Luego te cuento.
Martina llegó inmediatamente después. Llevaba el pelo castaño recogido en un moño bajo, unos pendientes pequeños y una caja entre las manos. Cuando entró, se detuvo. Observó el salón. Después miró a Hugo. Luego a mí.
—Bueno.
La observé.
—Bueno.
Martina sonrio.
—¿Ya podemos hacer comentarios o hay que esperar al postre?
Me eché a reír. Hugo apareció detrás de mí.
—Preferiría después del roscón. Por lo menos moriré alimentado.
Julia soltó una carcajada desde el sofá. Clara también. Martina dejó la caja sobre la mesa. Después se acercó a nosotros. Nos miró durante unos segundos. Y sonrio. Una sonrisa mucho más cálida de lo que esperaba.
—Me alegro, idiotas.
Aquello consiguió que me emocionara. Porque Martina no era especialmente dada a los discursos sentimentales.
Podía hacerlos. Por supuesto. Pero normalmente prefería demostrar las cosas de otra manera.
Con consejos. Con gestos. Con la capacidad de aparecer cuando alguien la necesitaba.
Y aquella frase tan suya me pareció preciosa. La abracé fuerte.
—Gracias.
Martina me dio unas palmadas en la espalda. Después se apartó. Miró a Hugo. Y añadió:
—Eso sí. A partir de ahora hay que dejar una cosa clara.
Mi novio levantó las cejas.
—Dime.
Martina señaló la mesa.
—Si algún día rompéis, el amigo invisible no se cancela.