4. todo lo que todavía nos queda por vivir #10
Después empecé a escribir: Chicas, tengo algo que contaros. Julia respondió inmediatamente.
JULIA: ¿QUÉ PASA?
Martina apareció unos segundos después.
MARTINA: Espero que no sea otra avería de la librería.
Clara envió un corazón. Yo miré a Hugo. Estaba observándome con una sonrisa divertida.
—¿Qué? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nada. Que tengo miedo.
Me eché a reír. Después escribí: Hugo y yo estamos juntos. Lo envié y esperé. Hubo un silencio. Después Julia escribió:
JULIA: ¿¿¿¿¿QUÉEEEEEEEE?????
Solté una carcajada. Hugo se tapó la cara. Después apareció un audio. Lo reproduje. Julia gritó muchísimo. Tanto que tuve que alejar el teléfono.
—¡PERO BUENO! ¡PERO SI LLEVAMOS QUINCE AÑOS ESPERANDO A QUE OS ENTERÉIS!
Me eché a reír. Hugo también. Después apareció Martina.
MARTINA: Perdona. Necesito procesarlo. ¿EL HUGO DE TODA LA VIDA?
Me tapé la boca.
VERA: No, Martina. Otro Hugo que he encontrado en el supermercado.
Clara envió varios corazones. Después escribió:
CLARA: Me alegro muchísimo, cariño. Muchísimo.
Julia empezó a exigir detalles. Martina preguntó desde cuándo. Clara quiso saber si estábamos felices. Yo miré a Hugo. Él me observaba. Sonreía. Y aquello me pareció una respuesta bastante clara.
Estamos muy felices. Y el día seis os lo contamos todo.
Julia respondió: LLEVAD PAÑUELOS. VOY A LLORAR.
Martina añadió: Y por favor, que alguien controle a Julia.
Clara envió una carcajada. Yo dejé el móvil sobre la alfombra. Después miré a Hugo.
—Ya está.
—¿Hemos sobrevivido?
—De momento.
Soltó una carcajada. Después me acercó suavemente por la cintura.
—¿Y ahora qué?
Lo observé. No tenía una respuesta perfecta.
No sabía qué haríamos dentro de seis meses.
Ni cómo serían nuestras primeras discusiones de pareja.
Ni si acabaríamos viviendo juntos algún día o continuaríamos durante años teniendo cada uno su casa y sus pequeñas costumbres.
Tampoco sabía si conseguiría publicar mi cuento.
Ni si Hugo terminaría grabando Aquí de la manera en que quería.
Había muchísimas cosas que todavía no podíamos saber.
Pero por primera vez aquella incertidumbre no me pareció una amenaza.
Me pareció una vida entera esperando a que empezáramos a vivirla. Me acerqué. Lo besé. Después sonreí.
—Pues ahora seguimos.
—¿Juntos?
Le acaricié la mejilla.
—Juntos.
Me besó otra vez. Y me quedé abrazada a él, sentada en el suelo de mi librería, mientras las luces de Navidad seguían iluminando las estanterías.
Cuando regresé a casa aquella noche, saqué el cuaderno que Hugo me había regalado por Navidad.
Lo abrí por la primera página. Volví a leer su dedicatoria.
Para las historias que todavía te quedan por contar.
Sonreí. Después pasé varias hojas hasta encontrar una en blanco.
Cogí un bolígrafo y escribí una fecha: 5 de enero.
Me quedé pensando, podría haber escrito sobre aquella tarde.
Sobre Hugo diciéndome que se estaba enamorando de mí.
Sobre los mensajes de mis amigas. O sobre lo absurdo que resultaba que hubiéramos terminado sentados en el mismo lugar donde habíamos celebrado la inauguración de mi librería años atrás.
Pero aquella noche no me apetecía escribir una historia romántica.
Quería guardar algo más pequeño. Una sensación. Así que escribí:
“Hoy he entendido que hay personas que llegan a tu vida y la cambian. Y otras que llevan tanto tiempo contigo que un día descubres que también pueden cambiar la manera en que las miras. Hugo no apareció de repente. No llegó a mi puerta con flores ni me sorprendió en una cafetería. Llevaba años aquí.
En las tardes buenas. En los días horribles. En los cumpleaños, los viajes, las mudanzas y las conversaciones que terminaban de madrugada. Y durante todo ese tiempo lo quise muchísimo. Lo quiero todavía. Solo que ahora hay otras cosas que me gustaría vivir con él. No sé cuántas. No sé cuáles.
Pero tengo ganas de descubrirlas.”
Me quedé mirando la página. Después añadí una última frase: Y, por primera vez, no necesito saber cómo termina esta historia para atreverme a empezarla.
Cerré el cuaderno. Lo dejé sobre la mesita de noche.
Después cogí el móvil. Busqué la grabación que habíamos hecho durante nuestra primera cita Escuché el viento del Turia.
Las voces lejanas. Nuestra conversación.
Y aquella carcajada compartida que había terminado convirtiéndose en el cuarto sonido de la noche.
Pensé en Alma la niña de mi cuento. En su caja llena de pequeños recuerdos.
Y en todas las veces que había intentado conservar lo que quería porque le daba miedo perderlo.
Después pensé en Hugo. En nuestra amistad.
En los quince años que llevábamos compartiendo cosas.
Y en todas las que todavía nos quedaban por vivir.
Guardé el móvil. Apagué la luz. Mañana sería Reyes.
Volvería a reunirme con mis amigas. Habría roscón, regalos, risas y probablemente alguna discusión absurda sobre quién había conseguido el haba.
Julia seguramente gritaría. Martina protestaría.
Clara terminaría emocionándose. Y Hugo estaría allí.
A mi lado. Cerré los ojos y sonreí.El treinta de noviembre habíamos firmado un pacto convencidas de que diciembre sería un mes tranquilo.
Sin complicaciones. Sin grandes historias sentimentales.
Sin hombres capaces de poner nuestras vidas patas arriba.
No se había cumplido ni un poquito. Mientras empezaba a quedarme dormida, pensé que había algo que nuestras cuatro historias tenían en común.
Ninguna había ocurrido exactamente como imaginábamos.
Y quizá por eso habían merecido tanto la pena.
Diciembre tenía otros planes. Y por una vez, me alegraba muchísimo no haber podido cumplir los míos.