Diciembre tenía otros planes 4. todo lo que todavía nos queda por vivir #9
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4. todo lo que todavía nos queda por vivir #9

Me acarició los dedos.

—Y a mí me gusta que sigas escribiendo historias que no tengan nada que ver conmigo.

Me eché a reír.

—Menos mal. Porque estoy pensando en escribir un thriller.

Hugo levantó las cejas.

—¿Con un cadáver?

—Por supuesto.

Su sonrisa se ensanchó.

—¿Y quién va a morir?

Sonreí de una manera que habría preocupado a cualquier persona sensata.

—Todavía no lo sé.

Hugo soltó una carcajada.

—Voy a empezar a preocuparme.

Continuamos caminando. Con ganas de compartir cosas. Pero sin necesidad de convertirnos en la única cosa importante de la vida del otro. Aquello me pareció una manera bastante bonita de empezar el año.

5 de enero. Valencia.

El cinco de enero debería estar reconocido como una prueba de resistencia para cualquier persona que tuviera un comercio.

A las diez de la mañana ya había atendido a un hombre que buscaba un libro cuyo título no recordaba, a una mujer que necesitaba un regalo para su sobrino de doce años y a una abuela que llevaba una fotografía de una portada en el móvil,

pero que no conseguía encontrarla porque tenía abiertas diecisiete aplicaciones.

A mediodía había preparado nueve paquetes de regalo.

A las tres estaba empezando a sospechar que nunca volvería a sentir los dedos.

Y a las cinco tuve que explicar, con toda la amabilidad de la que fui capaz, que no podía conseguir un libro de una editorial extranjera antes de que pasaran los Reyes Magos por las casas.

La mujer pareció considerarlo. Después preguntó si podía pedirlo con envío urgente.

Respiré hondo. Sonreí. Y decidí que, si sobrevivía a aquella tarde, merecía un monumento.

O vacaciones. Preferiblemente vacaciones.

A las seis menos cuarto entró Hugo. Llevaba una bufanda gris, el pelo revuelto y una pequeña bolsa en la mano.

Cuando lo vi, sentí un alivio inmediato.

No porque necesitara que me ayudara. Aunque probablemente habría aceptado que se pusiera detrás del mostrador y empezara a envolver regalos hasta que se le cayeran los dedos.

Sino porque me apetecía verlo. Así de sencillo.

Hugo observó la librería. Después las bolsas. Después mi expresión.

—¿Qué tal el día?

—He perdido la sensibilidad de tres dedos y creo que una señora me ha amenazado con escribir a los Reyes Magos para quejarse de mi gestión.

Se echó a reír.

—Vaya.

Se acercó, me dio un beso y, por alguna razón, aquello consiguió que el día dejara de parecerme tan horrible.

No porque resolviera todos mis problemas.

Todavía tenía trabajo pendiente. El suelo necesitaba barrerse.

Y había una pila de cajas vacías junto a la entrada.

Pero Hugo estaba allí. Y me había besado.

Y, sinceramente, en aquel momento me pareció una combinación bastante estupenda.

—¿Te ayudo? —preguntó.

Sonreí.

—¿De verdad?

—Claro.

Le señalé la pila de cajas.

—Pues si las llevas al almacén, prometo quererte durante al menos los próximos veinte minutos.

Hugo levantó las cejas.

—Una oferta tentadora.

Me eché a reír. Se quitó el abrigo. Se remangó.

Y empezó a recoger. Sin dramatizar. Sin convertir aquella ayuda en un gesto extraordinario.

Simplemente porque estaba allí y podía echarme una mano.

Como había hecho cientos de veces. Solo que ahora, cuando pasaba a mi lado, aprovechaba para darme un beso pequeño en la mejilla.

Y yo terminaba sonriendo delante de la impresora.

Aquello estaba convirtiéndose en una costumbre peligrosa, pero bastante agradable.

Cerramos cerca de las siete. Había terminado la campaña de Reyes.

Todavía tendría que revisar las cuentas, devolver algunos libros pendientes y organizar el local después de tantos días de movimiento, pero lo más intenso había pasado.

Apagué el ordenador. Bajé la persiana. Y me quedé unos segundos en silencio.

La librería estaba preciosa. Desordenada, sí.

Todavía había algunas cosas que recoger.

Pero las luces cálidas continuaban iluminando las estanterías y las estrellas de papel que Hugo había colocado a principios de diciembre seguían colgadas del techo.

Una de ellas estaba ligeramente torcida.

La primera. La que tanto nos había costado sujetar.

Sonreí al verla. Recordé aquella mañana.

A Hugo subido en la escalera. A mí protestando desde abajo.

Y a la manera en que había empezado a fijarme en sus manos.

Me pareció increíble que hubieran pasado solamente unas semanas.

Diciembre había terminado. El año había cambiado.

Y yo ya no conseguía imaginar mi vida exactamente como era antes.

Hugo apareció desde el almacén. Se acercó al mostrador. Después miró las estrellas.

—¿Qué haces?

Negué con la cabeza.

—Nada. Estaba pensando.

Miramos juntos la decoración. Después él señaló la primera estrella.

—Esa sigue torcida.

—Lo sé.

Me rodeó la cintura, apoyé la cabeza sobre su hombro y permanecimos así durante un rato, escuchando el silencio del local. Y entonces me acordé de algo.

—Hay una cosa que todavía no te he dicho.

Su expresión cambió.

—Dime.

Me quedé callada. Llevaba días intentando encontrar una manera bonita de hacerlo.

Una frase que estuviera a la altura de nuestra historia.

Algo que no sonara demasiado cursi. Ni solemne.

Ni parecido a las declaraciones que había leído tantas veces en las novelas que vendía.

Pero cuando lo tuve delante, comprendí que no necesitaba ninguna de aquellas cosas. Solamente decir la verdad.

—Te quiero, H.

Hugo sonrio inmediatamente.

—Yo también te quiero, V.

Negué suavemente con la cabeza. Me acerqué un poco.

—Pero quiero explicarte algo. Te quiero desde hace muchísimo tiempo y no quiero que eso cambie. No quiero que un día miremos hacia atrás y pensemos que nuestra amistad fue solamente una manera de llegar hasta aquí.

Hugo me observó. No dijo nada. Me dejó continuar.

—Porque no lo fue. Éramos amigos. Y fue precioso. Me encanta recordar todas las cosas que hemos vivido juntos sin pensar que teníamos que haber hecho algo diferente.

Sentí que se me quebraba un poquito la voz.

—Pero ahora te quiero de otra manera también. Y... estoy empezando a enamorarme de ti.

Hubo un silencio precioso. Primero apareció una sonrisa.

Después se le humedecieron ligeramente los ojos.

Y, durante unos segundos, tuve la sensación de estar viendo a Hugo sin ninguna de las defensas que todos aprendemos a utilizar cuando somos adultos.

No había una broma preparada. Ni una respuesta ingeniosa.

Solo aquel hombre al que llevaba queriendo media vida mirándome como si acabara de darle algo que no esperaba recibir.

Se acercó. Me cogió la cara entre las manos.

Y me besó. Con una ternura que consiguió que dejara de preocuparme por si había encontrado las palabras adecuadas.

—Joder, Vera.

Me eché a reír.

—Eres muy malo haciendo declaraciones.

Hugo sonrio. Después me acarició la mejilla.

—Es que contigo siempre he tenido demasiadas cosas que decir.

Aquello terminó de emocionarme. Él continuó hablando:

—Yo también me estoy enamorando de ti.

Sentí que se me llenaba el pecho de una felicidad enorme. Hugo sonrio.

—Y también me gusta muchísimo todo lo que fuimos antes. No cambiaría nuestra amistad por nada.

Me acarició suavemente el pelo.

—Pero últimamente me pasa una cosa.

—¿Qué?

Se quedó mirándome. Después soltó una risa pequeña.

—Que antes siempre encontraba una excusa para quedarme un rato más contigo.

—¿Y ahora?

Su sonrisa se volvió preciosa.

—Ahora ya no quiero inventarme ninguna.

Lo abracé fuerte. Hugo me rodeó con los brazos.

Nos quedamos allí, junto al mostrador, mientras las estrellas de papel se movían suavemente con el aire de la calefacción.

No supe cuánto tiempo pasó. Tampoco me importó.

Porque durante aquel abrazo comprendí que llevaba semanas intentando imaginar cómo sería convertir nuestra amistad en una historia de amor.

Y que quizá había estado haciéndome la pregunta equivocada.

No necesitábamos convertirnos en otras personas.

Ni empezar desde cero. Solamente encontrar una manera nueva de seguir eligiéndonos.

Un rato después nos sentamos en el suelo.

Justo donde habíamos comido aquellas hamburguesas la noche de la inauguración.

No sé a quién se le ocurrio. Quizá a mí.

Quizá a Hugo. Simplemente terminamos allí, apoyados contra una estantería, con una pequeña bolsa de galletas entre los dos y las piernas estiradas sobre la alfombra.

Me quité los zapatos. Hugo hizo lo mismo.

Y durante un rato nos dedicamos a hablar de todas las cosas absurdas que todavía queríamos hacer juntos.

Volver al karaoke aunque fuera una pésima idea.

Hacer un viaje sin organizar absolutamente todas las paradas.

Encontrar un sitio donde pudiera escuchar su canción tocada en un piano de verdad, delante de gente que no lo conociera desde el instituto.

Y conseguir que mi cuento encontrara algún día lectores más allá de los que entraban por casualidad en la librería.

Después Hugo levantó una galleta. La observó.

—Por cierto, tengo que decirte algo.

—¿Qué?

—Creo que estas galletas son las mejores que he probado nunca.

Me eché a reír.

—Se lo diré a Nico.

Hugo asintió.

—Y otra cosa.

Levanté las cejas.

—¿Más importante que las galletas?

—Muchísimo más.

Se quedó mirándome. Después dijo:

—Me gustaría que, cuando alguien nos pregunte, podamos decir que estamos juntos.

Sentí un pequeño cosquilleo. No porque aquello me pareciera una decisión enorme.

Sino porque reconocí que había llegado el momento.

Durante días había querido guardar nuestra historia para nosotros.

Y había sido bonito. Muchísimo. Pero ya no sentía la necesidad de esconder aquella parte nueva de mi vida para protegerla.

No porque hubiera dejado de tener miedo.

Seguía teniéndolo un poco. Nunca podríamos saber con certeza cómo saldrían las cosas.

Pero había empezado a comprender que no necesitábamos mantener nuestra relación en secreto para conservar lo que la hacía especial.

—Me parece bien.

Su expresión se iluminó.

—¿Sí?

—Sí, pero antes tengo que contárselo a las chicas.

Hugo soltó una carcajada.

—Por supuesto.

Abrí el grupo. Me quedé mirando nuestras conversaciones.

Las fotografías de Julia. Los mensajes de Clara sobre Marcos.

Las quejas de Martina acerca de Nico, cada vez menos convincentes.

Y nuestros planes para el día de Reyes. Sonreí.