4. todo lo que todavía nos queda por vivir #8
Guardé el teléfono, quería continuar celebrando la noche con mi familia y Hugo estaba haciendo lo mismo con la suya.
Aun así, cuando me acosté de madrugada, escuché otra vez la grabación de nuestra primera cita.
El viento. Las voces lejanas. Y nuestras carcajadas.
Sonreí en la oscuridad pensando que aquel había sido uno de los mejores sonidos de mi diciembre.
3 de enero. Valencia.
El domingo por la tarde me senté delante del ordenador con el cuento abierto.
Llevaba varios días intentando decidir qué hacer con él.
Ya estaba terminado. Lo había revisado. Había cambiado el final, corregido algunas repeticiones y eliminado una escena que, aunque me gustaba mucho, no aportaba demasiado a la historia.
También se lo había vuelto a enseñar a Hugo.
Esta vez le gustó más. Mucho más Me dijo que la escena del silbido era precisamente lo que necesitaba Alma.
Después añadió que todavía había un par de frases que podía mejorar.
Le pregunté si pensaba dedicarse profesionalmente a destrozar mi autoestima.
Se echó a reír. Y terminamos discutiendo durante veinte minutos sobre una palabra que yo consideraba preciosa y él opinaba que resultaba demasiado complicada para un lector infantil.
No llegamos a un acuerdo. La palabra se quedó por el momento.
Aquella era otra de las cosas que había aprendido durante las últimas semanas.
Que escuchar a alguien no significaba aceptar todas sus opiniones.
Podía agradecerle muchísimo a Hugo que leyera mis textos y, aun así, decidir que una parte debía quedarse como yo la había escrito.
Mi cuento. Mis palabras. Mis decisiones.
Aquello también me parecía bonito. Estaba empezando una relación con un hombre al que admiraba y quería, pero no deseaba que él se convirtiera en la única persona que validara las cosas que hacía.
Necesitaba continuar confiando en mi propio criterio y descubrir qué quería hacer de verdad con mi historia.
Había investigado algunas convocatorias para relatos infantiles y varios sellos editoriales pequeños que aceptaban propuestas.
Todavía no tenía claro cuál sería el camino adecuado, pero estaba considerando empezar por una lectura profesional del manuscrito antes de decidir si quería presentarlo a algún concurso o enviarlo a una editorial.
Me parecía una opción razonable. También me daba un miedo considerable.
Abrí un documento nuevo. Escribí algunas preguntas que quería hacerle a una profesional del sector.
Después revisé el cuento. Y, finalmente, lo guardé dentro de una carpeta titulada: La niña que guardaba sonidos.
Manuscrito terminado. Me quedé mirando el nombre.
Manuscrito terminado. No una idea. No unas páginas sueltas.
Ni una historia que algún día escribiría cuando tuviera tiempo.
Había terminado un cuento. Uno mío. Con sus defectos, sus escenas bonitas y sus partes que todavía podían mejorar.
Y, por primera vez, tuve ganas de descubrir qué podía ocurrir con él sin exigirle de antemano que tuviera un futuro extraordinario.
Cogí el móvil y le envié una fotografía de la carpeta a Hugo.
Vera, eso merece una celebración.
¿Con hamburguesas?
Obviamente.
Me eché a reír. Después apareció otro mensaje.
Pero antes quiero que hagas algo.
¿Qué?
Que te felicites tú. Sin esperar a que lo haga nadie.
No sé por qué aquellas palabras me emocionaron tanto.
Quizá porque Hugo había estado a mi lado durante todo aquel proceso.
Porque me había animado a continuar. Porque había escuchado mi cuento y me había hecho preguntas que me ayudaron a mejorarlo.
Pero acababa de recordarme que terminarlo era algo que había conseguido yo.
Y aquello me importaba muchísimo. Me acerqué al ordenador.
Volví a mirar la carpeta. Después sonreí.
—Lo has hecho, Vera.
Me escuché decirlo en voz alta y solté una risa pequeña.
Estaba sola en mi salón, felicitándome delante de una pantalla.
Una imagen bastante ridícula, pero también una de las mejores sensaciones que había tenido últimamente.
Al día siguiente, una niña volvió a recordarme por qué quería seguir escribiendo.
Era Abril. La del deseo guardado. Entró en la librería con su padre y una bufanda roja que parecía haber crecido desde la última vez que la vi.
En cuanto me encontró detrás del mostrador, se acercó deprisa.
—¡Vera!
Sonreí.
—¡Hola, cariño!
Abril dejó una cajita sobre la mesa. Dentro había un dibujo. Lo sacó y me lo enseñó. Era una niña sentada junto a una caja, rodeada de notas musicales, estrellas y pequeñas ondas que parecían salir de distintos objetos.
Debajo había escrito: LA NIÑA QUE GUARDABA SONIDOS.
Me quedé mirándolo. Durante varios segundos no supe qué decir.
—La he dibujado porque me gustó mucho la historia que leíste.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. Empezaba a desarrollar una relación preocupante con las lágrimas en aquella librería. Cogí el dibujo con muchísimo cuidado.
—Abril, es precioso.
La niña sonrio. Después señaló la cajita.
—He puesto dentro los sonidos que más me gustan.
Me incliné para observarlos. Había dibujado unas campanas, una puerta, un gato y una figura pequeña que parecía estar cantando.
—¿Y este? —pregunté.
—Es mi padre cuando canta en el coche.
Su padre soltó una carcajada detrás de ella.
—Fatal, además.
Me eché a reír. Abril negó con la cabeza.
—No. A mí me gusta.
Aquello terminó de emocionarme, porque era precisamente lo que había intentado escribir. Que los sonidos importantes no tenían por qué ser perfectos. Ni extraordinarios. Solamente debían pertenecer a alguien que queríamos. Me agaché para quedar a la altura de Abril.
—¿Puedo quedármelo?
Asintió inmediatamente.
—¡Claro! Lo he hecho para ti.
La abracé, y cuando se marchó con su padre, coloqué el dibujo detrás del mostrador.
Me quedé observándolo. Una niña había escuchado mi historia.
Había imaginado a Alma y después había decidido dibujarla.
Aquello me hizo una ilusión enorme. No era una publicación.
Ni una crítica. Ni una confirmación de que mi cuento fuera perfecto.
Pero era algo que ninguna de aquellas cosas podía sustituir.
Mi historia había conseguido llegar a otra persona.
Y esa persona había encontrado algo suyo dentro.
Cogí el móvil. Hice una fotografía del dibujo y se la envié a Hugo.
Después me quedé mirando el dibujo un rato más pensando que quizá había llegado el momento de dejar de esconder mis palabras.
No porque estuviera preparada para cualquier opinión.
Probablemente nunca lo estaría. Sino porque empezaba a comprender que el miedo podía acompañarme mientras hacía las cosas.
No necesitaba desaparecer para dejarme avanzar.
Aquella tarde cerré un poco antes. Hugo vino a buscarme y dimos un paseo hasta una cafetería donde habíamos quedado otras veces.
Llevábamos años entrando allí. La camarera nos conocía.
Sabía que yo solía pedir algo caliente y que Hugo cambiaba de opinión tres veces antes de decidir si quería café o chocolate. Cuando nos sentamos, nos sonrio.
—¡Hombre, vosotros! Cuánto tiempo.
Nos reímos. Hugo dejó su abrigo sobre el respaldo. Yo me acomodé frente a él. Y entonces la camarera preguntó algo que consiguió que los dos nos quedáramos callados.
—¿Seguís igual de inseparables?
La observé. Después miré a Hugo. Él estaba sonriendo mientras esperaba mi respuesta.
O quizá solamente estaba disfrutando de aquel momento.
Sentí una cosa extraña, había escuchado aquella frase cientos de veces.
Los inseparables. Así nos llamaban algunos amigos.
También varias personas de nuestra familia.
Siempre nos había hecho gracia. Dos amigos que parecían aparecer juntos en casi todas las fotografías importantes.
Pero aquella tarde, cuando la camarera nos preguntó, descubrí que ya no sabía muy bien cómo responder.
Porque sí. Seguíamos siendo inseparables.
Pero había algo nuevo. Y, por primera vez, tuve ganas de decirlo.
—Sí. Aunque últimamente estamos descubriendo que todavía nos quedaban algunas cosas por probar.
La camarera soltó una risa. No pareció comprender exactamente a qué me refería. Tampoco necesitaba hacerlo. Nos tomó nota y se marchó. Hugo me observó. Después sonrio.
—¿Cosas por probar?
Me eché a reír.
—No se me ha ocurrido nada mejor.
Se inclinó un poco sobre la mesa.
—A mí me ha gustado.
Mientras lo miraba comprendí que no necesitaba preparar un anuncio perfecto para empezar a hablar de nosotros como algo real.
Bastaba con dejar de fingir que nuestra vida seguía exactamente igual.
Después de merendar caminamos un rato. Hacía frío.
Las calles todavía estaban decoradas para Navidad y muchas tiendas habían preparado sus escaparates para los últimos días antes de Reyes.
Hugo me cogió de la mano. Yo entrelacé nuestros dedos y seguimos caminando.
Durante un rato hablamos de nuestros planes para enero.
Él quería terminar unos arreglos musicales para una actividad del colegio.
Yo tenía varios pedidos de Reyes, una pequeña reorganización pendiente en la librería y la intención de consultar con alguien sobre mi cuento.
Después Hugo me preguntó si podía hacerme una propuesta.
—Depende.
—Me gustaría grabar una versión de Aquí.
—¿En serio?
—Sí. Pero bien grabada. No con el móvil encima del piano.
Me eché a reír.
—Eso estaría muy bien.
Su expresión se volvió ligeramente nerviosa.
—Y estaba pensando en utilizar algunos de los sonidos que recogimos el día de nuestra cita.
Me quedé observándolo. Hugo continuó:
—No como algo enorme. Solamente unos segundos al principio o al final. El tranvía, las campanas, el ruido de la ciudad...
Sonrio.
—Me gusta la idea de que la canción tenga algo de aquella noche.
Sentí una emoción pequeña, pero muy bonita. Estaba proponiéndome convertir un recuerdo compartido en parte de una composición que llevaba mucho tiempo preparando.
—¿Y nuestra risa? —pregunté.
Hugo sonrio.
—También.
—Me encanta la idea.
Me acerqué un poco.
—Pero quiero que la canción siga siendo tuya.
Hugo frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Sonreí.
—Que no tienes que convertir todo lo que haces en algo sobre nosotros. Me encanta que estemos empezando una historia, pero también quiero seguir escuchando la música que compones porque te apetece componerla.
Se quedó observándome. Después su expresión se suavizó.
—Lo sé, V.