4. todo lo que todavía nos queda por vivir #7
Sonreí.
—¿Qué?
—Que ahora tengo unas ganas tremendas de besarte todo el tiempo.
—Qué tragedia.
Lo besé otra vez. Y entonces escuchamos un pequeño pitido. Nos apartamos. Miré hacia el banco. La grabadora seguía encendida. Después miré a Hugo. Él miró el aparato. Y empezamos a reírnos.
—¡Lo has grabado! —exclamé.
Hugo soltó una carcajada.
—Parece que sí.
Le arrebaté suavemente la grabadora. Detuve la grabación.
Después la reproduje. Al principio se escuchaba el viento.
Una bicicleta. El ruido lejano de una conversación.
Después mi voz. ¿Sabes qué estoy pensando?
La de Hugo: ¿Qué? Y aquella pequeña conversación sobre su risa.
Después se oía un silencio. Un roce de ropa.
Y, finalmente, nuestras carcajadas. Me quedé mirándolo. Hugo estaba sonriendo.
—Bueno dijo —Ya tenemos el cuarto sonido.
Volví a escuchar la grabación. Dos personas que se querían riéndose en un banco después de descubrir que habían dejado encendida una grabadora. Me pareció uno de los recuerdos más bonitos que habíamos creado juntos.
Le devolví el aparato. Después me acerqué y lo abracé.
—Quiero guardarlo.
Hugo me rodeó con los brazos.
—Pues lo guardamos.
Esa misma noche, cuando regresé a casa, me envió el archivo.
Lo tituló: Valencia. 26 de diciembre. Nuestra primera cita.
Me quedé mirando aquel nombre. Después lo reproduje otra vez.
Escuché nuestra risa. Y comprendí algo. Había recuerdos que no necesitaban ser extraordinarios para convertirse en importantes.
A veces bastaba con saber quién estaba a tu lado cuando ocurrieron.
29 de diciembre. Valencia.
Aquel martes, Julia anunció en nuestro grupo que Adrián y ella estaban juntos.
Sin fingir. Sin excusas. Y, según explicó en un audio de casi tres minutos, después de haber pasado tantas semanas comportándose como si fueran una pareja, habían llegado a la conclusión de que quizá resultaba bastante más sencillo dejar de mentir.
Escuché el audio detrás del mostrador. Después me eché a reír.
Porque Julia llevaba todo el mes insistiendo en que tenía la situación perfectamente controlada.
Y ahora estaba hablando de Adrián con una felicidad que se le escapaba por cada palabra.
Le escribimos para felicitarla. Martina aseguró que era una sorpresa para absolutamente nadie.
Clara envió varios corazones. Y yo me quedé sonriendo delante del teléfono.
Me alegraba muchísimo por ella. Por todas.
Porque diciembre estaba resultando bastante diferente de lo que habíamos imaginado aquel treinta de noviembre, cuando terminamos firmando una servilleta en mi salón.
Por aquel entonces estábamos convencidas de que lo más saludable para nuestras vidas consistía en mantener alejados los problemas sentimentales.
Y ahora Julia acababa de enamorarse de un fotógrafo.
Clara llevaba días descubriendo que volver a conocer a Marcos no tenía por qué significar repetir los mismos errores.
Martina, por su parte, estaba perdiendo una batalla bastante importante contra un panadero que tenía un reno luminoso.
Y yo... Bueno. Yo había empezado a besar a Hugo.
Abrí la conversación con él.
Vera: Julia y Adrián están juntos oficialmente.
Hugo respondió poco después.
¿El novio inventado?
Me eché a reír.
Ese mismo.
Pues me alegro. Me cae bien alguien que ha conseguido sobrevivir a las preguntas de nuestras amigas.
Sonreí. Después apareció otro mensaje.
Por cierto, ¿ellas saben lo nuestro?
Me quedé mirando la pantalla. La pregunta me sorprendió.
No porque fuera extraña. Todo lo contrario.
Era completamente normal. Pero llevaba días pensando que todavía quería guardar nuestra historia un poquito más.
No esconderla. Simplemente tener tiempo para conocer aquella parte nueva de nosotros sin que se convirtiera inmediatamente en tema de conversación de nuestras amigas.
Clara sabe que nos besamos. A las demás todavía no se lo he contado.
Hugo tardó unos segundos.
Vale.
Observé aquella respuesta. Después escribí:
¿Te molesta?
No quería que hubiera malentendidos. Ni empezar una relación en la que ambos tuviéramos que adivinar qué esperaba el otro. Hugo respondió:
No. Solo quería saberlo para no meter la pata.
Sonreí. Pero aquella frase me hizo pensar.
Porque yo había estado preocupada por lo que significaría contarles a mis amigas que Hugo y yo estábamos juntos.
Y apenas había considerado cómo podía sentirse él al tener que actuar delante de otras personas como si nada hubiera cambiado. Lo llamé. Contestó enseguida.
—Hola, V.
Su voz consiguió que sonriera.
—Hola.
—¿Todo bien?
—Sí. Es que quería preguntarte algo.
Hugo soltó una risa.
—Últimamente me haces muchas preguntas.
Me eché a reír.
—Y tú las contestas bastante bien.
—Estoy desarrollando una habilidad nueva.
Sonreí. Después me puse un poco más seria.
—¿Tú quieres que se lo contemos a la gente?
Hubo una pausa.
—¿Que estamos saliendo?
Asentí, aunque no pudiera verme.
—Sí.
Hugo se quedó pensando.
—Me gustaría que pudiéramos decirlo con naturalidad. Pero tampoco necesito anunciarlo mañana en las noticias.
Me reí. Después continuó:
—¿A ti qué te apetece?
Miré hacia la estantería donde tenía algunas novedades.
Había pasado años contando mis primeras citas a mis amigas.
Los mensajes. Los besos. Las expectativas.
Y aquella vez estaba haciendo lo contrario.
Guardándome algo precioso. Quizá porque tenía miedo de que, cuando lo contara, empezara a adquirir una importancia que todavía no sabía manejar.
—Quiero decírselo —reconocí —Pero me gustaría esperar unos días. No sé muy bien por qué.
Hugo no respondió inmediatamente. Después dijo algo que me hizo sonreír.
—Pues espera unos días.
Me apoyé contra el mostrador.
—¿Así de fácil?
Soltó una risa.
—Vera, llevamos quince años siendo amigos. Creo que podemos sobrevivir una semana sin hacer una rueda de prensa.
Volví a sentir aquella sensación agradable que empezaba a acompañarme desde que nos habíamos besado por primera vez.
Que Hugo no estaba intentando convertirme en otra persona.
No me pedía explicaciones que no supiera dar.
Tampoco asumía que todas nuestras decisiones tenían que tomarse inmediatamente.
Pero sí quería que habláramos. Y aquello me gustaba.
—Gracias —murmuré.
—De nada.
Hubo un silencio pequeño. Después Hugo añadió:
—Aunque cuando se lo digamos a Julia, me gustaría estar a una distancia prudencial.
Solté una carcajada.
—¿Por qué?
—Porque estoy convencido de que va a gritar.
Me reí todavía más.
—Va a gritar muchísimo.
—Pues eso. Quiero conservar el oído para seguir trabajando.
Terminamos haciendo planes para vernos al día siguiente. Sin más. Sin tener que decidir aquella misma tarde cómo íbamos a presentar nuestra relación al mundo.
31 de diciembre. Valencia.
La última noche del año siempre conseguía emocionarme un poquito.
No era de esas personas que preparaban una lista interminable de propósitos y después la abandonaban antes de terminar enero.
Tampoco creía que el cambio de fecha tuviera alguna capacidad misteriosa para resolver los problemas, pero me gustaba aquella sensación de empezar, de mirar los meses anteriores y reconocer que había vivido cosas que no imaginaba cuando comenzó el año.
Algunas buenas. Otras no tanto. Y otras que todavía estaba intentando comprender.
Aquella Nochevieja cené con mi familia. Mi madre había preparado comida suficiente para alimentar a un equipo de fútbol, mi padre se había empeñado en abrir una botella de vino que llevaba guardando desde una ocasión que ya no recordaba y una conversación sobre las uvas terminó convirtiéndose en un
debate bastante intenso sobre las costumbres familiares.
Me lo pasé estupendamente. Pero, entre plato y plato, me descubrí mirando el móvil.
No porque Hugo estuviera escribiéndome constantemente.
De hecho, apenas habíamos intercambiado dos mensajes desde media tarde.
Simplemente me apetecía hablar con él. Contarle que mi padre había vuelto a contar una anécdota del instituto como si nadie la hubiera escuchado antes.
Preguntarle qué estaba cenando. Y saber si había conseguido que su madre dejara de preparar comida antes de que tuvieran que solicitar un permiso de ampliación de la cocina.
Era una sensación nueva. O quizá no. Porque llevaba años queriendo contarle todo aquello.
Lo nuevo era que, cuando pensaba en él, también me imaginaba cómo sería tenerlo sentado a mi lado con nuestros dedos entrelazados mientras escuchábamos las conversaciones familiares.
Me sorprendió descubrir que me gustaba imaginarlo.
Cuando comenzaron las campanadas, cogí las uvas.
La tercera casi se me escapó. Con la quinta tuve que contener la risa porque mi padre estaba protestando por el ritmo.
Y con la última conseguí terminar justo antes de que mi madre empezara a abrazarnos.
Nos felicitamos. Brindamos. Nos hicimos fotografías.
Y después abrí el grupo de mis amigas. Julia había enviado un mensaje lleno de corazones.
Martina estaba quejándose de que alguien había empezado el año con las uvas todavía en la boca.
Clara había escrito: Feliz año, chicas. Por cierto, Marcos y yo hemos vuelto.
Esta vez de verdad, sin prisas y haciendo las cosas bien.
Me quedé mirando aquellas palabras. Después sonreí.
Le escribí inmediatamente para felicitarla.
Julia empezó a enviar emoticonos. Martina aseguró que diciembre nos había tomado el pelo a todas.
Y entonces Julia escribió: Solo queda Vera, nuestra última esperanza de cumplir el pacto.
Solté una carcajada. Me quedé observando el mensaje. Después abrí la conversación con Hugo.
Vera: Feliz año, H.
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
Feliz año, V. ¿Sabes qué es lo que más me apetece del año nuevo?
Sonreí.
¿Terminar de aprender por qué los pingüinos tienen rodillas?
Eso está bastante arriba en la lista.
Su siguiente mensaje apareció unos segundos después.
Seguir conociéndote.
Aquella era precisamente la parte más bonita de lo que nos estaba ocurriendo. Que, después de tantos años, todavía teníamos cosas por descubrir.
Pues tenemos trabajo. Soy una mujer muy complicada.
Lo sé.
Me eché a reír.
Qué poco romántico eres.
Soy realista.
Después añadió:
Y me gustas muchísimo.
Tú también me gustas muchísimo.