4. todo lo que todavía nos queda por vivir #6
Aunque en una librería el descanso era bastante relativo.
Todavía quedaba Reyes. Y los clientes capaces de entrar el cinco de enero preguntando si podías conseguir un libro agotado en otra provincia.
Estaba colocando unas novelas cuando escuché la campanilla de la puerta.
—Todavía no he abierto —dije sin volverme.
—Pues muy mal. Venía buscando a una librera.
Sonreí inmediatamente. No tuve que levantar la cabeza para saber quién era.
Hugo. Conocía su voz incluso cuando intentaba cambiarla.
Me volví. Estaba junto a la entrada con un abrigo oscuro, el pelo castaño claro algo revuelto y dos vasos de café en las manos.
Me observó. Después sonrio. Y yo sentí aquella cosa absurda en el estómago que todavía no había conseguido controlar.
—¿Qué clase de librera? —pregunté.
Hugo fingió pensárselo.
—Una pelirroja. Bastante guapa. Tiene la costumbre de recomendarme libros aunque todavía no me haya terminado los anteriores.
Me eché a reír.
—No me suena.
—Qué pena. Creo que trabaja aquí.
Dejó los cafés sobre el mostrador. Yo me acerqué. Y lo besé. Sin pensarlo demasiado. Sin mirar primero hacia la puerta. Simplemente porque me apetecía. Hugo me rodeó suavemente la cintura y sonrio contra mis labios. Cuando nos separamos, me observó.
—Buenos días, V.
Sonreí.
—Buenos días, H.
Después señaló los cafés.
—Te he traído el tuyo.
Lo cogí. Estaba preparado exactamente como me gustaba. Con leche. Sin demasiado azúcar. Y lo suficientemente caliente para obligarme a esperar unos minutos antes de beberlo. Me quedé mirándolo.
—¿Sabes qué es lo raro?
Hugo levantó una ceja.
—Que hayas tardado tanto en besarme.
Me eché a reír.
—También.
Su sonrisa se ensanchó. Después me acomodé junto al mostrador.
—Es que llevamos años haciendo estas cosas.
Hugo miró los vasos.
—¿Comprarte café?
Asentí.
—Venir a verme. Ayudarme en la librería. Quedar para cenar. Ver películas.
Se quedó pensando. Después sonrio un poco.
—Ya.
Lo observé.
—Y ahora no sé cuándo estamos teniendo una cita y cuándo estamos haciendo lo mismo que siempre.
Hugo soltó una carcajada.
—Pues yo tampoco.
Aquello me hizo reír. Porque una parte de mí había imaginado que él tendría algún tipo de respuesta.
Que estaba llevando aquella nueva situación con más tranquilidad que yo.
Pero no. Estábamos los dos exactamente igual.
Un poco enamorados. Bastante nerviosos. Y sin ninguna idea clara de cómo se suponía que debía funcionar aquello. Hugo se apoyó contra el mostrador.
—Podríamos probar una cosa.
Levanté las cejas.
—Miedo me das.
Sonrio.
—Una cita de verdad.
—¿Una cita?
—De esas en las que quedas con alguien porque quieres conocerlo.
Me eché a reír.
—Hugo, te conozco desde que tenías quince años y llevabas el flequillo por encima de los ojos.
Cerró los ojos.
—Otra vez con mi pelo.
—Era espantoso.
—El tuyo tampoco era una maravilla.
Solté una carcajada. Después él se acercó un poco.
—Pues precisamente por eso. Quiero llevarte a algún sitio donde no hayamos estado juntos. Hacer algo que no forme parte de nuestras costumbres.
Me quedé observándolo. Aquella idea me gustó. Porque llevaba días sintiendo que estábamos construyendo algo nuevo sobre una vida que ya conocíamos perfectamente. Y quizá estaba bien recordar que todavía nos quedaban experiencias por compartir.
—Vale —respondí —Quiero una cita contigo.
Su sonrisa apareció despacio y me resultó tan bonita que terminé acercándome para besarlo otra vez. Cuando nos separamos, Hugo me acarició suavemente el pelo.
—Esta tarde, entonces.
—¿Esta tarde?
—A las siete.
—De acuerdo.
Sonrio. Después añadió:
—Solo tienes que venir.
Me gustó aquella invitación. Hugo estaba proponiéndonos algo que nunca habíamos tenido.
Una primera vez después de quince años, y por algún motivo, aquello me pareció precioso.
A las siete estaba esperándolo frente a la librería.
Había cerrado a las seis y media, terminado los pedidos pendientes y conseguido cambiarme de ropa sin dedicarle veinte minutos a elegir un jersey.
Un avance importante. Llevaba unos vaqueros oscuros, un abrigo verde botella y una bufanda crema.
Me había dejado el pelo suelto, aunque el viento de diciembre ya había empezado a desordenármelo.
Hugo apareció caminando desde la esquina. Cuando me vio, sonrio.
—Hola.
Sonreí.
—Hola.
Se quedó callado. Después empezó a reírse.
—¿Qué?
Negó con la cabeza.
—Nada. Que estaba pensando en darte dos besos, como si acabáramos de conocernos.
Me eché a reír.
—¿Quieres que empecemos de cero?
—Podría estar bien.
Se aclaró exageradamente la garganta. Después me ofreció una mano.
—Hola. Soy Hugo. Treinta años. Profesor de música. Tengo un piano y sé hacer una pasta bastante decente.
Solté una carcajada, pero le estreché la mano.
—Encantada. Vera. Tengo una librería, leo demasiado y puedo hablar durante horas sobre novelas que probablemente no te interesen.
Hugo sonrio.
—Pues creo que podríamos llevarnos bien.
Me acerqué un poco.
—¿Tú crees?
—Tengo buenas sensaciones.
Le acaricié la mejilla. Después lo besé. Y aquella fue nuestra primera cita. Una que empezó riéndonos en mitad de la calle porque no sabíamos cómo presentarnos después de haber compartido media vida. Hugo me cogió de la mano.
—Ven. Tengo un plan.
Lo seguí.
—¿Adónde vamos?
—A buscar sonidos.
Lo miré.
—¿Qué?
Hugo sacó el móvil del bolsillo. Después levantó una pequeña grabadora portátil que yo recordaba de sus clases de música.
—He pensado que podríamos hacer algo parecido a lo que hace Alma en tu cuento.
Me quedé inmóvil. Aquello me sorprendió muchísimo.
—¿Coleccionar sonidos?
Asintió.
—Pero de verdad. Los de una noche de diciembre en Valencia.
Lo observé. No sabía qué decir. Hugo sonrio ligeramente.
—Nunca hemos hecho eso juntos.
Y tenía razón. Habíamos recorrido Valencia cientos de veces. Habíamos ido al cine, a conciertos, a restaurantes y a tomar algo. Habíamos pasado tardes enteras paseando sin ningún destino concreto. Pero nunca habíamos salido a escuchar la ciudad. No de aquella manera. Me acerqué y lo abracé.
—¿Eso significa que te gusta?
Asentí contra su pecho.
—Muchísimo.
Me aparté para mirarlo.
—Es una de las ideas más bonitas que has tenido nunca.
—¿Más que aquella vez que propuse ir a un karaoke?
Me eché a reír.
—Hugo, casi nos expulsan.
—Porque no supieron valorar nuestro talento.
—Porque intentaste cantar una canción de Queen tres tonos por encima de tus posibilidades.
Su carcajada resonó en la calle. Me cogió de la mano y empezamos a caminar.
Nuestro primer sonido fue el de un tranvía.
No especialmente romántico. Tampoco extraordinario.
Pero Hugo insistió en que era importante empezar con algo que formara parte de la ciudad.
Nos quedamos junto a una parada y esperamos a que llegara.
Cuando lo hizo, levantó la grabadora. Registró el ruido de las ruedas, el pequeño aviso de las puertas y las voces de las personas que subían y bajaban.
Después escuchamos la grabación. Me eché a reír.
—Parece que estemos preparando un documental sobre transporte público.
Hugo sonrio.
—Toda gran historia necesita un principio.
Continuamos caminando. El segundo sonido fue el tintineo de una cucharilla contra una taza de café.
Nos sentamos en una cafetería pequeña, pedimos dos chocolates calientes y esperamos a que la camarera terminara de servirlos.
Cuando Hugo levantó la grabadora, ella nos observó con curiosidad.
Le explicó que estábamos recopilando sonidos para un proyecto creativo.
La mujer sonrio. Después golpeó la cucharilla tres veces contra una taza con tanta solemnidad que terminamos riéndonos los tres.
El tercer sonido fue el de unas campanas.
Nos detuvimos en una plaza y esperamos hasta que comenzaron a sonar.
Hugo levantó la grabadora. Yo me quedé a su lado.
Y durante aquel minuto no hablamos. Simplemente escuchamos.
Aquello me gustó. Porque llevaba años recorriendo la ciudad sin detenerme demasiado a prestar atención a los sonidos que formaban parte de mi vida.
Las conversaciones de la gente. Los pasos sobre las aceras.
El ruido de las persianas de los comercios al cerrar.
Las puertas de los autobuses. Las campanas.
El sonido de alguien riéndose en una terraza.
Todo estaba allí siempre, pero normalmente caminábamos demasiado deprisa para escucharlo.
Continuamos hasta el Jardín del Turia. Había poca gente a aquella hora, aunque todavía podían verse algunas personas paseando y varios corredores que parecían haber decidido que las fiestas navideñas eran un momento estupendo para sufrir voluntariamente.
Nos sentamos en un banco. Hugo guardó la grabadora. Después me miró.
—¿Qué te parece?
—Que me encanta.
Su expresión se suavizó.
—Me alegro.
Me acomodé un poco más cerca. Hacía frío y Hugo tenía las manos calientes. Una combinación extraordinariamente eficaz para justificar que terminara apoyada contra su hombro. Durante unos minutos permanecimos en silencio. Después él sacó la grabadora otra vez. La encendió y la dejó sobre el banco.
—¿Qué vas a grabar ahora?
Sonrio.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Vamos a esperar.
Me eché a reír.
—Eso no es un plan.
—Pues me está gustando.
Negué con la cabeza. Me acomodé contra él y esperamos.
Escuchamos el viento moviendo las hojas.
Un perro ladró a lo lejos. Pasó una bicicleta.
Después llegaron las voces de unas personas que caminaban por el sendero.
Y yo empecé a pensar en Alma. En mi cuento.
En aquella niña que había pasado tanto tiempo preocupada por conservar las cosas que terminó olvidando disfrutarlas.
Me quedé observando las luces de la ciudad. Después miré a Hugo.
—¿Sabes qué estoy pensando?
—¿Qué?
—Que seguramente Alma habría guardado tu risa.
Hugo se quedó observándome. Después sonrio.
—¿Mi risa?
Asentí.
—Es un sonido bastante reconocible.
—Eso no sé si es un cumplido.
Me acerqué un poquito más.
—Lo es.
Hugo me observó. Su sonrisa se suavizó y entonces me besó.
Con una mano apoyada sobre mi mejilla y la otra sujetando suavemente la mía.
Yo cerré los ojos. Sentí el frío en la punta de la nariz.
El calor de sus labios. Y una felicidad tan tranquila que, durante unos segundos, no tuve ganas de pensar en nada más.
—¿Sabes qué es lo peor de esto? —preguntó.