Diciembre tenía otros planes 4. todo lo que todavía nos queda por vivir #5
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4. todo lo que todavía nos queda por vivir #5

Se acercó. Me rodeó con los brazos y me abrazó fuerte, de una manera que me hizo cerrar los ojos inmediatamente. Apoyé la cara contra su pecho y sentí cómo me acariciaba el pelo.

—Me encanta —murmuró.

Sonreí contra su jersey.

—Menos mal.

Se apartó lo suficiente para mirarme.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta?

Negué con la cabeza. Hugo levantó ligeramente la hoja.

—Que no me prometas que vamos a estar juntos para siempre.

Lo observé. Su expresión era muy seria, pero había algo bonito en ella.

—Me gusta que quieras averiguar qué puede pasar —continuó —Porque yo también quiero.

Sentí que se me llenaba el pecho de una felicidad tranquila.

De esas que no necesitan grandes discursos para instalarse dentro.

Me acerqué. Lo besé. Y, durante unos segundos, no pensé en la librería.

Ni en las compras pendientes. Ni en todos los planes que teníamos para aquella noche.

Solamente en Hugo. En sus manos sobre mi cintura.

En su boca. Y en que llevaba años conociéndolo sin imaginar cuánto me gustaría besarlo precisamente allí, entre las estanterías.

Cuando nos separamos, Hugo apoyó la frente contra la mía.

—Feliz Navidad, V.

Sonreí.

—Feliz Navidad, H.

Después se apartó. Cogió su bolsa y me la entregó.

—Ahora te toca.

La abrí. Dentro había un pequeño cuaderno de tapas color crema. Era precioso. Tenía las páginas gruesas, ligeramente amarillentas, y una cubierta sencilla donde Hugo había escrito con su letra:

Me quedé mirándolo. Pasé los dedos por las palabras. Después abrí el cuaderno. En la primera página había una dedicatoria:

Una vez me dijiste que querías vivir rodeada de libros. Ahora tienes una librería. Y has empezado a escribir los tuyos. No dejes de hacerlo por miedo a que no sean perfectos.

H.

Había regalos que resultaban bonitos por lo que costaban.

Otros por lo difíciles que eran de encontrar.

Y algunos, los mejores, porque demostraban que la persona que los había elegido te conocía de verdad.

Hugo me había regalado un cuaderno. Un cuaderno sencillo, pero había conseguido recordarme algo que llevaba años olvidando.

Que todavía tenía historias que contar. Y que no necesitaba esperar a estar completamente segura de mí misma para empezar a escribirlas.

Levanté la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Hugo sonrio.

—Vera, por favor, que llevo una semana haciéndote llorar.

Solté una carcajada. Me limpié las mejillas.

—Es culpa tuya.

—Lo sé.

Me besó. Después me abrazó otra vez. Y yo me quedé allí, junto al mostrador, sujetando un cuaderno nuevo y preguntándome cómo demonios había conseguido pasar tantos años queriendo a aquel hombre sin descubrir que todavía me quedaban tantas maneras de hacerlo.

Nos sentamos un rato en el rincón de lectura.

No teníamos demasiada prisa. Hugo debía ir a casa de sus padres más tarde y yo todavía tenía que terminar de preparar unas cosas antes de reunirme con mi familia.

Hablamos de nuestras cenas. De los regalos.

De los roscones que compraríamos para Reyes.

Y de las vacaciones que comenzaban después de aquella semana.

Hugo tenía algunos días libres del colegio.

Yo seguiría trabajando, pero con horarios un poco más tranquilos después de Navidad.

Podríamos vernos. Pasar una tarde en casa.

Salir a cenar. Hacer cosas que llevábamos años haciendo.

Solo que ahora, cuando él hablara, yo tendría permiso para acercarme y besarlo sin necesidad de inventar ninguna excusa. Aquella idea me hizo sonreír.

—¿Qué? —preguntó Hugo.

Negué con la cabeza.

—Vera, llevas días diciéndome que no pasa nada cuando claramente estás pensando en algo.

Levanté las cejas.

—¿Y tú no?

Se quedó callado. Después sonrio.

—Sí.

Me acerqué un poco.

—¿En qué piensas?

Hugo me observó. Después miró el cuaderno que tenía sobre mis rodillas.

—En que me apetece mucho empezar enero contigo.

Sentí una emoción enorme. Me estaba diciendo que quería seguir compartiendo tiempo conmigo después de Navidad. Cuando desaparecieran las luces. Cuando la librería dejara de estar llena de regalos. Y cuando diciembre dejara de ofrecer excusas para organizar planes especiales. Le cogí la mano.

—A mí también.

Nos quedamos mirándonos. Después me acerqué y lo besé. Sin nervios. Sin aquella sensación de estar haciendo algo que podía desaparecer si lo pensábamos demasiado. Cuando nos separamos, Hugo sonrio.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—Creo que el año que viene deberíamos hacer un calendario parecido.

Miré los sobres. Después la tarjeta que todavía tenía junto a la caja.

—¿Otro calendario de diciembre?

—Sí. Pero con propuestas nuevas.

Me quedé pensando.

—Podríamos pedir a la gente que escribiera algunas.

Hugo sonrio.

—Eso estaría bien.

Después añadió:

—Aunque yo pondría una obligatoria.

—¿Cuál?

Se acercó un poco. Su sonrisa se volvió preciosa.

—Besar a la persona que te gusta cuando tienes ganas de hacerlo.

Me eché a reír.

—Hugo, no podemos poner eso en un calendario para clientes.

Soltó una carcajada.

—Vale. Lo dejamos para uso privado.

Le rodeé el cuello con los brazos.

—Me parece estupendo.

Y lo besé otra vez. Porque empezaba a comprender que algunas cosas no necesitaban una ocasión especial.

Ni una fecha. Ni un plan perfectamente organizado.

A veces bastaba con tener ganas y atreverse.

Cuando Hugo se marchó, me quedé sola en la librería durante unos minutos.

Recogí las últimas cosas, guardé el cuaderno dentro del bolso, apagué las luces y comprobé que todo estuviera en orden.

Antes de bajar definitivamente la persiana, me detuve frente al calendario.

El último sobre estaba abierto. La tarjeta seguía junto a la caja.

Dile a alguien que te importa. Sin esperar a que lo adivine.

La cogí y sonreí. Había pasado años recomendando historias de amor.

Algunas empezaban con un encuentro inesperado.

Otras con una discusión. O con dos personas que no podían soportarse y terminaban descubriendo que tenían más cosas en común de lo que imaginaban.

Pero nunca había pensado demasiado en las historias que comenzaban de otra manera.

Sin un primer encuentro extraordinario. Sin desconocidos.

Sin un flechazo. Historias que llevaban años existiendo antes de que sus protagonistas descubrieran que podían convertirse en algo diferente.

Como aquella tarde en la que Hugo me pidió una goma de borrar.

Como nuestras primeras conversaciones. Como las hamburguesas que compartimos sentados en el suelo cuando inauguré la librería.

Como todas las veces que me había llamado V.

Aquellos recuerdos no habían cambiado. Seguían siendo nuestros.

Seguían formando parte de una amistad que no quería perder.

Pero ahora teníamos algo nuevo. No una garantía.

Ni un final escrito. Una posibilidad. Y lo más bonito de aquella posibilidad era que no necesitábamos borrar nada de lo anterior para empezar a descubrirla.

Guardé la tarjeta entre las primeras páginas del cuaderno.

Después cogí el bolso y salí. En la calle hacía frío.

Había familias caminando deprisa, personas cargadas de regalos y escaparates que brillaban bajo las luces de Navidad.

Me quedé un instante observándolo todo. Después pensé en Hugo.

En que lo vería al día siguiente. En que quizá me escribiría cuando terminara de cenar.

Y en que todavía no sabía cómo íbamos a llamar a aquello que estábamos empezando.

No me importó demasiado no tener una respuesta.

Me bastaba con saber que no quería volver atrás.

No a una vida sin besos. Sin aquella emoción nueva.

Sin las ganas de descubrir qué otras cosas todavía podíamos compartir.

Porque lo nuestro no había empezado de repente.

Pero tampoco estaba terminado. Y quizá eso era lo más bonito de todo.

Que después de tantos años, Hugo y yo todavía teníamos una historia entera por delante.

5. el lugar al que siempre quiero volver.

26 de diciembre. Valencia.

La mañana del veintiséis de diciembre descubrí que había una pregunta mucho más complicada que saber si tu mejor amigo estaba enamorado de ti.

Qué demonios hacías después de averiguarlo.

Porque Hugo y yo ya habíamos superado la parte de mirarnos durante semanas sin saber si el otro estaba pensando lo mismo.

Nos habíamos besado, habíamos hablado de lo que sentíamos e incluso habíamos empezado a despedirnos con aquella confianza nueva que hacía que cerrar una puerta resultara bastante más complicado.

También habíamos pasado la Nochebuena intercambiando regalos y diciéndonos cosas que, apenas un mes antes, habrían conseguido que los dos nos quedáramos mirando el suelo con la cara roja.

Hasta ahí, estupendo. El problema era que ahora teníamos que averiguar cómo funcionaba una relación romántica entre dos personas que llevaban quince años comportándose como si formaran parte del mobiliario de la vida del otro.

Y yo no encontraba ningún libro que explicara aquello.

Lo cual, teniendo en cuenta a qué me dedicaba, me parecía bastante ofensivo.

Había novelas sobre matrimonios de conveniencia, vecinos insoportables, segundas oportunidades y hombres que fingían ser novios para sobrevivir a una cena familiar.

Tenía estanterías enteras dedicadas a personas que se enamoraban en circunstancias improbables.

Pero ninguna parecía contemplar la situación de una mujer que había empezado a besar al hombre al que le pedía ayuda cuando necesitaba mover una estantería.

Mi vida sentimental había desarrollado una categoría propia.

Amigos desde el instituto que ahora se lían y no saben cómo comportarse.

Un título horrible. Imposible de vender.

Aunque Julia probablemente habría sugerido una portada con nuestros cuerpos medio desnudos y un piano de fondo.

Sonreí mientras abría la librería. Después dejé mi bolso detrás del mostrador y empecé a recoger los últimos restos de la campaña navideña.

Había papel de regalo, pequeños trozos de cinta y una cantidad sorprendente de purpurina que no recordaba haber utilizado.

Algunas personas habían dejado tarjetas del calendario de diciembre sobre las mesas y todavía quedaban varios paquetes pendientes de recoger.

Me gustaba aquella parte de las fiestas.

El momento en que la locura de los días anteriores empezaba a disminuir y la ciudad parecía concederse un pequeño descanso antes de Nochevieja.