Diciembre tenía otros planes 4. todo lo que todavía nos queda por vivir #4
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4. todo lo que todavía nos queda por vivir #4

Martina me haría varias preguntas prácticas sobre qué ocurriría si nuestra relación salía mal.

Y Clara acabaría abrazándome mientras intentaba no emocionarse.

Las conocía perfectamente, pero todavía necesitaba un poquito de tiempo.

Quería descubrir qué éramos Hugo y yo antes de convertirlo en una historia que todo el mundo pudiera comentar.

Porque durante años había compartido con mis amigas absolutamente todo lo que ocurría en mi vida sentimental.

Las primeras citas. Los mensajes. Las decepciones.

Los hombres que desaparecían y los que habría sido mejor que desaparecieran antes.

Pero aquello era diferente. Hugo no era alguien sobre quien pudiera contarles una anécdota y después pasar página.

Era parte de nuestras vidas. También de las suyas.

Y necesitaba sentir que lo que estábamos empezando a construir tenía un espacio propio.

Aunque fuera pequeño. Aunque todavía no supiéramos cómo llamarlo.

Cuando terminamos de cenar, Clara se quedó conmigo mientras Julia y Martina salían un momento a tirar los envases.

Estábamos recogiendo los vasos cuando mi amiga se acercó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Y Hugo?

Aquella pregunta consiguió que dejara de fingir. Me apoyé contra el mostrador y sonreí. Clara abrio los ojos.

—Vera.

Me eché a reír.

—Nos hemos besado.

Mi amiga se llevó una mano a la boca. No gritó. Lo cual agradecí profundamente. Pero su expresión cambió tanto que tuve que empezar a reírme otra vez.

—¿En serio?

Asentí. Clara se acercó y me abrazo fuerte. Con aquella manera suya de abrazar que siempre conseguía hacerme sentir que no necesitaba explicar demasiado.

—Qué bonito, cariño.

Me emocioné un poquito. Escucharlo en voz alta, contárselo a una de mis amigas y sentir que podía alegrarse conmigo terminó de volverlo real.

—Me da muchísimo miedo —reconocí cuando nos separamos.

Clara me acarició el brazo.

—Lo sé.

—Pero estoy muy contenta.

Sonrio.

—Pues quédate también con eso.

Asentí. Después miré hacia la puerta. Julia y Martina todavía estaban fuera.

—Quiero contárselo a las demás, pero todavía no sé cómo.

Clara negó suavemente con la cabeza.

—No tienes que hacerlo esta noche.

—Ya.

—Lo importante es que lo habléis vosotros primero. Que os sintáis cómodos.

Sonreí.

—Estamos intentándolo.

Clara me abrazó otra vez. Y, cuando escuchamos las voces de Julia y Martina acercándose, se apartó con una discreción que le agradecí muchísimo. Mi secreto seguía siendo mío por el momento, pero había empezado a pesar un poco menos.

23 de diciembre. Valencia.

El miércoles terminé de reescribir el final del cuento.

No porque Hugo me hubiera dicho exactamente qué tenía que hacer.

De hecho, no me había dado ninguna solución.

Solamente había hecho una pregunta que llevaba varios días acompañándome.

¿Qué se atreve a hacer Alma que antes no habría hecho?

Había probado varias posibilidades. Una escena donde dejaba de utilizar la caja.

Otra donde perdía uno de sus sonidos favoritos.

Incluso escribí un final en el que regalaba algunos recuerdos a otras personas.

Ninguno terminaba de convencerme. Hasta que, aquella tarde, mientras ordenaba unas novelas infantiles, recordé a Teo.

El niño de la actuación. El que había tenido miedo de cantar y que terminó haciéndolo, aunque su voz temblara.

Entonces lo comprendí. Alma no necesitaba dejar de guardar sonidos.

No había nada malo en conservar recuerdos.

Ni en tener miedo de olvidar. Lo que necesitaba era descubrir que su vida no podía consistir únicamente en proteger lo que ya tenía.

También debía permitirse vivir cosas nuevas.

Volví al ordenador. Abrí el documento. Y escribí una escena donde Alma, después de cerrar su caja, acompañaba a una amiga al parque.

Su amiga estaba intentando enseñarle a silbar.

Alma no sabía hacerlo. Nunca había conseguido producir un sonido que se pareciera mínimamente a un silbido, pero decidió intentarlo.

Lo hizo una vez. Después otra. Terminó expulsando aire, salpicándose con su propia saliva y provocando una carcajada enorme en las dos.

Volvió a probar. Y, finalmente, consiguió una pequeña nota.

Desafinada. Breve. Bastante ridícula. Su amiga aplaudió.

Alma se rio. Después metió la mano en el bolsillo para buscar su pequeña grabadora.

Pero se detuvo. No porque aquel sonido no mereciera ser recordado.

Sino porque tenía ganas de intentarlo otra vez y no quería perderse el momento buscando la manera de guardarlo.

Continué escribiendo. Hasta que llegué a la última frase: «Alma volvió a silbar. Le salió fatal. Su amiga se rio tanto que terminó contagiándola. Y aquella tarde comprendió que algunas cosas merecían guardarse. Pero otras eran demasiado bonitas para no vivirlas mientras estaban ocurriendo».

Me quedé observando la pantalla. Lo releí.

Una vez. Después otra. No era un final perfecto.

Probablemente todavía cambiaría algunas palabras.

Pero me gustaba. Porque Alma no tenía que convertirse en otra niña para aprender algo nuevo.

Podía conservar su caja. Sus recuerdos. Su manera de querer a las personas.

Y, al mismo tiempo, descubrir que el futuro también podía regalarle sonidos que todavía no conocía.

Guardé el documento y sonreí. Después cogí el móvil.

Creo que ya tengo el final.

¿En serio?

Sí.

¿Me lo enseñarás?

El día veinticinco. Hoy quiero quedármelo para mí.

Me parece perfecto.

Sonreí. Y aquella vez no sentí ninguna necesidad de preguntarle si le gustaría. Porque ya me gustaba a mí. Y eso también importaba.

24 de diciembre. Valencia.

La mañana de Nochebuena llegó con una cantidad extraordinaria de personas buscando regalos de última hora.

Había quien entraba con una lista. Quien no tenía absolutamente ninguna idea.

Y quien esperaba que yo consiguiera encontrar, envolver y entregar un libro agotado desde hacía tres meses antes de la hora de comer.

Hice lo que pude. Recomendé novelas. Preparé paquetes.

Contesté preguntas. Y me pasé buena parte de la mañana envolviendo libros mientras escuchaba villancicos que, después de cuatro semanas, empezaba a conocer mejor que mi propio nombre.

A las dos y media conseguí cerrar. Bajé la persiana, apagué parte de las luces y dejé solamente encendida la guirnalda del escaparate.

Después me apoyé contra el mostrador. Estaba agotada, pero contenta.

Había sido una campaña preciosa. Todavía quedaban días importantes, especialmente Reyes, pero la librería estaba funcionando bien y aquella Navidad había conseguido organizar actividades de las que me sentía especialmente orgullosa.

Me acerqué al calendario. Quedaba el último sobre.

El del día veinticuatro. Lo abrí, y encontré la tarjeta que Hugo había escrito el primer día.

Dile a alguien que te importa. Sin esperar a que lo adivine.

La observé durante unos segundos. Después sonreí, porque recordaba perfectamente cuándo la escribió.

Estábamos sentados detrás del mostrador, rodeados de papeles y sobres.

Yo había propuesto pequeñas actividades relacionadas con los libros.

Hugo sugirio aquella frase. Y decidimos guardarla para Nochebuena.

En aquel momento no imaginaba que pudiera tener tanto sentido.

Mucho menos para mí. Me quedé mirando la tarjeta.

Después cogí una hoja de papel de la impresora.

La doblé por la mitad y empecé a escribir unas palabras que llevaba días queriendo decirle.

Cuando terminé, releí lo que había escrito.

Me gustó. Aunque me dio un poquito de vergüenza.

Después busqué un sobre pequeño y guardé la hoja dentro.

En la parte delantera puse una sola letra.

H. Sonreí y lo dejé sobre el mostrador. Hugo apareció a las tres menos cuarto.

Habíamos quedado para vernos un rato antes de marcharnos a nuestras respectivas cenas familiares.

Cuando escuché el golpe suave en el cristal, levanté la cabeza.

Estaba al otro lado de la puerta, con un abrigo oscuro y una bolsa pequeña en la mano.

—Pensaba que ya estarías en casa —dijo mientras entraba.

—Estaba terminando unas cosas.

Hugo miró las bolsas vacías, las cajas de libros y los trozos de papel que todavía tenía sobre el mostrador. Después levantó las cejas.

—Veo que has tenido una mañana tranquila.

Me eché a reír.

—Muchísimo. Creo que he envuelto suficientes libros para abastecer a media Valencia.

Se acercó. Me dio un beso. Breve. Natural.

Y yo descubrí que estaba empezando a acostumbrarme a aquello de una manera que me gustaba muchísimo.

No dejaba de ser emocionante. No había perdido la capacidad de ponerme nerviosa.

Pero empezaba a sentirse como una parte más de nuestras conversaciones.

Una que habíamos tardado muchos años en descubrir. Hugo dejó su bolsa sobre el mostrador.

—Te he traído una cosa.

—¿Un regalo?

—Un regalo de Navidad.

Me quedé observándolo. Después señalé el pequeño sobre que había preparado.

—Qué casualidad.

Hugo siguió mi dedo. Leyó la letra. Después sonrio.

—¿Es para mí?

—Sí.

Se acercó. Cogió el sobre y lo giró entre las manos.

—¿Lo abro?

—Claro.

Hugo sacó la hoja. La desdobló. Y empezó a leer. Yo me quedé observándolo. No quería ponerme nerviosa, pero era demasiado tarde para intentarlo.

Había escrito:

Hugo.

Llevo quince años encontrando maneras de decirte que te quiero.

Te lo he dicho cuando me has hecho reír, cuando me has ayudado, cuando me has acompañado y cuando simplemente has estado ahí.

Pero este diciembre he descubierto que todavía me quedaban cosas por decirte.

Me gusta besarte. Me gusta que sigas haciéndome reír.

Me gusta que podamos discutir por el final de un cuento y que después ninguno tenga que fingir que todo está bien si todavía no lo está.

Y me gusta pensar que, aunque llevemos tantos años compartiendo recuerdos, todavía podemos vivir un montón de cosas que no conocemos.

No sé exactamente qué seremos dentro de un año.

Pero me gustaría muchísimo descubrirlo contigo.

Feliz Navidad, H.

V.

Hugo terminó de leer. No levantó la cabeza inmediatamente. Se quedó mirando la hoja. Después volvió a leer una parte. Yo estaba empezando a plantearme seriamente la posibilidad de salir corriendo cuando finalmente me miró. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa pequeña. Preciosa.

—Vera...

Me mordí el labio.

—¿Demasiado cursi?