4. todo lo que todavía nos queda por vivir #3
Su comentario consiguió que lo mirara. Había algo importante en aquellas palabras. Algo que iba bastante más allá de mi cuento. Él continuó:
—Me gusta cómo escribes. Muchísimo. Y también me gusta poder decirte que una parte no termina de convencerme sin que eso signifique que pienso menos de ti.
Sentí que se me aflojaba algo dentro del pecho.
Estaba diciendo exactamente lo que yo necesitaba escuchar.
No quería que nuestra amistad desapareciera debajo de una capa de cumplidos románticos.
Ni que Hugo empezara a medir cada opinión para evitar molestarme.
Llevábamos años diciéndonos las cosas, con cariño, pero diciéndolas.
Y aquella era una parte de nosotros que no quería perder.
—Tienes razón —reconocí.
Hugo sonrio. Después me acercó un poco.
—Y si un día soy yo quien escribe una canción horrible, espero que me lo digas.
—Te lo diré.
—Con delicadeza.
—No prometo nada.
Soltó una carcajada. Después me besó suavemente.
Y yo comprendí algo que debería haber sido evidente.
Que estar empezando una relación con Hugo no significaba que tuviera que convertirse en una versión distinta de sí mismo.
Ni yo en otra mujer. Podíamos querernos.
Besarnos. Ilusionarnos. Y seguir teniendo opiniones diferentes.
Incluso sobre las cosas que más nos importaban.
Pero aquella tarde todavía nos quedaba una conversación pendiente.
La descubrí mientras recogíamos los cafés.
Hugo estaba colocando las tazas en la cocina y yo llevaba sus hojas bajo el brazo.
Había vuelto a leer su pregunta. ¿Qué se atreve a hacer Alma que antes no habría hecho? Me quedé apoyada contra la encimera.
—¿Puedo preguntarte algo?
Hugo levantó la cabeza.
—Claro.
—¿Tú llevabas mucho tiempo pensando en besarme?
Dejó la taza en el fregadero. Después sonrio un poco.
—Vera...
—No te lo pregunto para que me digas algo bonito. Es que desde el otro día no dejo de pensar en lo que me contaste. En que alguna vez te habías preguntado cómo sería estar en el lugar de los hombres con los que salía.
Hugo bajó ligeramente la mirada.
—Ya.
—Y necesito saber algo.
Me observó con atención.
—Dime.
Respiré hondo.
—¿Has estado esperando a que yo sintiera algo por ti?
Su expresión se volvió seria.
—No.
Lo miré. Hugo se acercó un poco más.
—He tenido momentos en los que me he preguntado cómo sería que fuéramos algo más. Eso es verdad. Pero no he pasado todos estos años esperando a que cambiaras de opinión.
Sentí alivio. No quería que nuestra amistad escondiera una deuda sentimental que nunca había sabido que existía. Hugo continuó:
—He tenido otras relaciones. He estado enamorado. He hecho planes que no tenían nada que ver contigo. Y durante mucho tiempo no me planteé que pudiera pasar esto.
—Ya.
—Lo que no cambia nada de eso es que ahora me gustes.
Lo observé. Su expresión se suavizó.
—Me gustas ahora, Vera. No porque haya estado esperando mi turno.
Aquello me emocionó. Era precisamente lo que necesitaba.
No quería ser el premio por haber mantenido una amistad durante quince años.
Tampoco quería descubrir que todos nuestros recuerdos habían sido una especie de preparación secreta para llegar hasta allí.
Me gustaba que hubiéramos sido amigos. Que hubiéramos tenido vidas diferentes.
Que ambos hubiéramos aprendido cosas. Y que, después de todo aquello, estuviéramos descubriendo la posibilidad de querernos de otra manera.
—Gracias —murmuré.
Hugo sonrio.
—¿Por qué?
Me acerqué. Le rodeé la cintura con los brazos.
—Por decirme la verdad.
Su expresión se suavizó. Me acarició el pelo. Después añadió:
—Y hay otra cosa que quiero que sepas.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—No tienes que sentir lo mismo que yo al mismo tiempo. Si un día necesitas ir más despacio, dímelo. Y si un día descubres que esto te resulta demasiado raro, también.
Me mordí el labio.
—¿Y tú?
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Yo qué?
—¿Y si tú descubres que prefieres que sigamos siendo amigos?
Hugo guardó silencio unos segundos. Después me acarició la mejilla.
—Pues tendré que encontrar la manera de decírtelo sin hacerte daño innecesariamente.
Aquello no era una promesa de que nunca sufriríamos. Era algo mucho más sencillo y quizá más importante. Podíamos seguir hablándonos con sinceridad incluso cuando no tuviéramos respuestas bonitas. Me acerqué. Lo besé lentamente y cuando nos separamos, Hugo sonrio.
—Por cierto.
—¿Qué?
Señaló las hojas que llevaba bajo el brazo.
—Sigo pensando que el final necesita otra escena.
Solté una carcajada. Le di un golpe suave en el pecho y terminamos besándonos otra vez. Porque algunas discusiones merecían una segunda oportunidad. Y algunas críticas, aunque dolieran un poco, podían convertirse en el principio de algo mejor.
22 de diciembre. Valencia.
El martes descubrí que mis amigas podían detectar un secreto sentimental con una precisión que debería haber sido utilizada por los servicios de inteligencia.
Y que esconder algo delante de ellas resultaba todavía más complicado cuando una era la anfitriona.
Habíamos quedado en la librería para cenar algo después de cerrar.
Era una tradición que llevábamos manteniendo desde hacía años, aunque con diferentes formatos.
A veces organizábamos una cena de verdad.
Otras comprábamos pizza y nos sentábamos alrededor de una mesa improvisada entre las estanterías.
Aquella noche habíamos elegido la segunda opción.
Principalmente porque ninguna tenía tiempo para cocinar.
Julia llegó primero, con el móvil pegado a la oreja y una expresión que indicaba que alguien acababa de complicarle la existencia.
Levantó una mano para saludarme. Después continuó hablando durante casi tres minutos sobre horarios, fotografías y una boda que tendría lugar el veintisiete. Cuando colgó, dejó escapar un suspiro.
—Como alguien más cambie una cosa, me voy a vivir al monte.
Me eché a reír.
—¿Con cobertura?
Julia lo pensó.
—Sí. Que tengo que trabajar.
Volví a reírme. Después apareció Martina.
Llevaba un abrigo precioso, el pelo castaño recogido en un moño y una expresión de mujer que había decidido no perder la paciencia con nadie durante las siguientes dos horas.
La conocía desde hacía demasiado tiempo.
No lo conseguiría. Sobre todo porque Julia tardó aproximadamente treinta segundos en preguntarle por Nico.
—Está trabajando —respondió Martina mientras se quitaba el abrigo.
Julia levantó las cejas.
—No he preguntado dónde está.
—Pero ibas a hacerlo.
—Claro que iba a hacerlo.
Me mordí el labio para no reírme. Martina se dejó caer en una silla.
—Sois insoportables.
Julia sonrio.
—Y tú estás muy guapa últimamente.
—Siempre estoy guapa.
—Sí, cariño. Pero últimamente sonríes hasta cuando miras el móvil.
Aquello consiguió que Martina nos fulminara con la mirada.
Yo solté una carcajada. Porque había algo maravilloso en ver a nuestra amiga más organizada intentando fingir que aquel panadero no le estaba haciendo perder buena parte de sus facultades.
Finalmente llegó Clara, cargada con una bolsa de comida y las mejillas sonrojadas por el frío.
Nos dimos un abrazo. Después nos sentamos y empezamos a hablar.
De trabajo. De nuestras familias. De los regalos que todavía nos faltaban.
Y, por supuesto, de hombres. Porque habíamos firmado un pacto contra los dramas sentimentales, pero aparentemente nadie había especificado que tuviéramos prohibido hablar de ellos.
Julia seguía asegurando que lo suyo con Adrián estaba perfectamente controlado.
Clara intentaba explicarnos que volver a conocer a Marcos no significaba que hubiera olvidado las razones por las que terminaron.
Martina insistía en que Nico seguía siendo un vecino bastante insoportable, aunque cada vez que hablaba de él parecía tener que hacer un esfuerzo considerable para no sonreír.
Las escuché. Me reí. Les pregunté cosas.
Y, durante un rato, me sentí exactamente donde quería estar.
Con mis amigas. Las de siempre. Las que me habían visto llorar, hacer el ridículo y tomar decisiones que parecían estupendas hasta que las explicaba en voz alta.
Pero también me descubrí pensando en Hugo.
En que aquella noche probablemente estaría preparando las últimas actividades del trimestre.
En que seguramente tenía el piano abierto.
Y en que, si le enviaba un mensaje diciendo que estaba pasando una tarde horrible, aparecería con algún comentario absurdo para hacerme reír.
Aquella idea me provocó una sonrisa. Una que, por supuesto, Julia detectó inmediatamente.
—Vera.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
Mi amiga dejó un trozo de pizza sobre el plato.
—¿Y tú?
Noté cómo Clara levantaba ligeramente la mirada. Martina también. Magnífico. Tres mujeres. Seis ojos. Y una capacidad extraordinaria para detectar situaciones comprometidas.
—¿Yo qué?
Julia sonrio.
—¿Qué tal tu vida sentimental?
Cogí mi vaso. Bebí un poco de agua. Después lo dejé sobre la mesa con una tranquilidad que no estaba sintiendo en absoluto.
—Bien.
Martina levantó las cejas.
—¿Bien?
—Muy bien.
Julia entrecerró los ojos.
—Qué respuesta más sospechosa.
Me eché a reír.
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad, por ejemplo.
Miré a Clara. Ella sonrio apenas. No iba a delatarme. Me lo había prometido. Y Clara normalmente cumplía sus promesas. Julia continuó:
—¿Has conocido a alguien?
La pregunta me hizo sentir un pequeño vuelco en el estómago. Porque técnicamente no había conocido a nadie. Ese era precisamente el problema. Llevaba quince años conociéndolo.
—No —respondí.
Y era verdad. Aunque solamente una parte. Julia me observó durante unos segundos. Después sonrio.
—Pues mejor. Alguna tiene que mantener vivo nuestro pacto.
Me eché a reír. Martina también. Clara bajó la mirada hacia su plato para disimular una sonrisa.
Continuamos cenando, pero yo me quedé pensando en mi respuesta.
No he conocido a nadie. Era cierta. No estaba escondiendo la existencia de un hombre desconocido.
No había aparecido nadie nuevo en mi vida.
Sin embargo, había algo importante que todavía no les había contado a mis amigas.
Y no porque me avergonzara. Ni porque pensara que iban a juzgarme.
Sabía que se alegrarían. Julia probablemente gritaría lo suficiente para provocar una alarma en el local.