4. todo lo que todavía nos queda por vivir #2
Después de la actuación nos encontramos en el patio.
Los niños estaban despidiéndose de sus compañeros y algunos profesores recogían materiales.
Hugo apareció con varias partituras bajo el brazo.
Cuando me vio, sonrio. Se acercó y me dio un abrazo.
Uno de los nuestros. Solo que aquella vez, cuando me rodeó la cintura, yo le apoyé las manos sobre el pecho y tuve unas ganas enormes de besarlo.
No lo hice. Estábamos en el patio del colegio, rodeados de alumnos y familias.
Y aunque no me avergonzaba lo que estaba pasando entre nosotros, tampoco quería convertir la celebración de sus alumnos en un espectáculo sobre nuestra vida sentimental.
Hugo pareció pensar lo mismo. Me acarició brevemente la espalda antes de apartarse.
—¿Qué te ha parecido?
Lo miré. Tenía el pelo revuelto, una hoja doblada sobresaliéndole del bolsillo y una expresión de nervios que me hizo sonreír.
—Me ha encantado.
Soltó aire.
—Menos mal.
—Hugo, ha sido precioso.
Su sonrisa se hizo más grande. Después señaló hacia el escenario.
—Se han equivocado en un par de cosas.
—Y no ha pasado absolutamente nada.
—Eso les digo yo.
—El niño que estaba nervioso ha estado genial.
La expresión de Hugo se volvió más suave.
—Teo.
Hugo miró hacia el patio. Lo vi buscar al pequeño entre los grupos de familias. Finalmente lo encontró hablando con una mujer que probablemente era su madre.
—Ha pasado toda la semana pensando que iba a equivocarse —me contó—Ayer le dije que, si necesitaba parar, podía hacerlo. Que nadie iba a enfadarse.
Sonreí.
—Y lo ha conseguido.
Hugo asintió.
—Sí.
Se quedó observándolo un momento. Después añadió:
—Creo que hoy ha sido uno de esos días que va a recordar bastante tiempo.
Lo miré. Y tuve la sensación de que Hugo también lo recordaría.
Me acerqué. Le cogí suavemente la mano. Hugo bajó la mirada hacia nuestros dedos.
Después levantó la cabeza y sonrio. Aquello me hizo sentir una felicidad tan sencilla que casi me dio vergüenza, pero no aparté la mano inmediatamente.
Me quedé allí un poco más, porque empezaba a gustarme la idea de que hubiera gestos que ya no necesitáramos esconder.
Cenamos después en un pequeño restaurante cerca del colegio.
No habíamos reservado. Tuvimos suerte y encontramos una mesa junto a la ventana.
Hugo estaba cansado se le notaba en los hombros y en la manera en que dejó escapar un suspiro enorme cuando se sentó, pero también estaba contento.
Me habló de los ensayos, de las dificultades para coordinar la música con los diálogos y de una profesora que había terminado fabricando una parte del decorado en su casa porque el material encargado nunca llegó.
Yo lo escuchaba mientras comíamos. Y me descubrí disfrutando de aquella parte de nuestra relación.
De preguntarle por cosas que me interesaban.
De verlo emocionarse hablando de su trabajo.
Y de no necesitar que nuestra conversación girara constantemente alrededor de lo que sentíamos el uno por el otro.
Porque estábamos descubriendo algo nuevo.
Sí. Pero no habíamos dejado de tener una vida.
Ni profesiones. Ni proyectos. Ni cosas que nos apasionaban más allá de nuestra relación.
Aquello me parecía importante. Cuando terminamos de cenar, Hugo pidió dos cafés.
—¿En qué piensas?
—En que me ha gustado verte hoy.
—A mí también me ha gustado que estuvieras.
—Y en que es un poco raro.
Levantó una ceja.
—¿El qué?
—Que llevemos tantos años conociéndonos y todavía haya partes de nuestra vida que apenas hayamos compartido.
Hugo se quedó pensando. Después asintió.
—Sí. A veces me pasa contigo. Entro en la librería, te veo atendiendo a alguien y me doy cuenta de que eres completamente distinta de la chica que conocí en el instituto.
Sonreí.
—Espero que sí. Sería preocupante seguir teniendo el mismo criterio para elegir cortes de pelo
Se echó a reír. Después Hugo continuó, todavía sonriendo:
—Pero también sigues siendo tú. Haces algunas cosas exactamente igual. La manera en que te muerdes el labio cuando estás concentrada, cómo hablas de un libro cuando te gusta de verdad...
Bajé la mirada. Él se quedó observándome.
—Y a veces me sorprende pensar que todavía tenemos tantas cosas por descubrir del otro.
Sentí una emoción pequeña, pero bonita. Aquello era precisamente lo que llevaba días intentando comprender.
Nuestra historia no tenía que consistir en descubrir que siempre habíamos estado enamorados.
Podíamos habernos querido como amigos durante años.
Y empezar a sentir otra cosa ahora. Sin que ninguna de las dos versiones fuera menos verdadera. Levanté la mirada.
—Pues me gusta pensar que todavía nos quedan muchas.
Hugo alargó la mano sobre la mesa y se la cogí. Nos quedamos un rato así. Hablando de música, libros y de un niño llamado Teo que acababa de recordarnos a los dos que tener miedo no significaba que hubiera que quedarse quieto.
20 de diciembre. Valencia.
El domingo cometí un error que no descubrí hasta varias horas después.
Le envié mi cuento completo a Hugo. No fue un error porque no confiara en él.
Todo lo contrario. Precisamente se lo envié porque confiaba.
Había pasado parte del sábado revisando algunos párrafos, corrigiendo repeticiones y cambiando un diálogo que llevaba días sin convencerme.
Cuando terminé, guardé el documento y me quedé mirando el archivo. Después abrí WhatsApp.
Te voy a mandar una cosa.
Espero que no sea otra fotografía de aquel corte de pelo.
Muchísimo peor.
Le envié el archivo. La niña que guardaba sonidos.docx
V... ¿es el cuento entero?
Sí.
¿Estás segura?
Aquella pregunta me gustó. Hugo sabía cuánto me había costado escribirlo y cuánto miedo me daba enseñárselo a alguien.
Sí. Pero quiero que me digas de verdad lo que piensas.
Lo haré.
Y lo hizo. El problema fue que yo estaba mucho menos preparada para escucharlo de lo que creía.
Nos vimos aquella tarde en mi casa. Hugo apareció con una bolsa de mandarinas, dos cafés y varias hojas impresas donde había apuntado algunas observaciones.
Cuando las vi, sentí una mezcla bastante desagradable de agradecimiento y pánico.
No esperaba un informe editorial. Tampoco quería que me dijera que todo era maravilloso.
Pero había algo inquietante en descubrir que una persona había leído tus palabras con suficiente atención como para necesitar papel donde comentarlas.
Nos sentamos en el sofá. Hugo dejó las hojas sobre la mesa. Yo cogí mi café. Después lo miré.
Bueno.
Sonrio.
—Bueno.
—¿Te ha gustado?
Hugo asintió.
—Mucho.
Sentí que una parte de mis nervios desaparecía.
—¿De verdad?
—Sí. Me encanta la idea, los sonidos que elige Alma y la relación con su abuela. Hay escenas muy bonitas.
Sonreí. Después señaló el documento.
—Pero creo que todavía le falta algo al final.
La sonrisa se me quedó un poco a medias.
No porque hubiera dicho algo horrible. Era una observación perfectamente razonable.
Además, yo misma llevaba días pensando que las últimas páginas necesitaban trabajo.
Pero escuchar que otra persona también lo había notado resultó bastante menos agradable que descubrirlo por mi cuenta.
—¿Qué crees que le falta?
Hugo cogió una de las hojas. Se tomó unos segundos para ordenar sus ideas.
—A ver si consigo explicarme. Durante toda la historia, Alma guarda sonidos porque tiene miedo de perder a la gente que quiere. Y me gusta mucho cómo va construyendo esa colección. Pero al final comprende que hay recuerdos que no necesita guardar y, de pronto, parece que todo está solucionado.
Fruncí ligeramente el ceño.
—No exactamente.
—Ya. Sé que no es tan sencillo. Pero creo que la escena puede dar esa sensación.
Me quedé escuchándolo. Hugo continuó:
—Me gustaría verla hacer algo con lo que ha aprendido. No solamente comprenderlo.
Miré hacia la mesa. Después el ordenador que tenía cerrado junto al sofá.
—¿Como qué?
Hugo se encogió de hombros.
—No lo sé. Eso tienes que decidirlo tú.
Aquella respuesta me molestó más de lo que debería, porque era justo lo que siempre había querido de él.
Que fuera sincero. Que me tratara como alguien capaz de escribir una historia propia.
Y que no intentara resolverme el cuento para que dejara de sentirme insegura.
Pero había una parte de mí que había imaginado aquel momento de una manera diferente.
Hugo leyendo mis palabras. Emocionándose.
Diciéndome que no cambiaría nada. Y yo sintiéndome absolutamente segura de que había escrito algo que merecía la pena.
Una fantasía estupenda. Y bastante poco compatible con pedir una opinión sincera.
Cogí una de las hojas. Leí sus anotaciones.
Había subrayado varios fragmentos que le gustaban, marcado un par de frases que resultaban repetitivas y escrito una pregunta junto al final.
¿Qué se atreve a hacer Alma que antes no habría hecho?
Me quedé mirándola y tuve la desagradable impresión de que se parecía bastante a otra que llevaba semanas intentando responder.
¿Qué me atrevía a hacer yo? ¿Besar a Hugo?
¿Decirle que me gustaba? ¿Dejar de fingir que tenía todo bajo control? Cerré el documento. Hugo me observó.
—¿Te he molestado?
—No.
Lo pensé mejor.
—Bueno, un poco.
Su expresión cambió. No pareció enfadarse. Simplemente esperó. Yo dejé las hojas sobre la mesa.
—Es absurdo. Te he pedido que seas sincero y ahora resulta que me molesta que hayas encontrado cosas que mejorar.
Hugo sonrio ligeramente.
—Es normal que te afecte. Llevas mucho tiempo trabajando en esto.
—Ya.
Se quedó pensando. Después añadió:
—Pero que haya algo que mejorar no significa que la historia no sea buena.
—Lo sé.
Guardamos silencio unos segundos. Yo miraba las hojas. Hugo observaba mi expresión, seguramente intentando decidir si necesitaba hablar o si era mejor darme un rato. Finalmente dejé escapar una risa pequeña.
—Creo que quería que me dijeras que estaba perfecta.
—Ya me lo imaginaba.
—Podrías haberlo hecho.
—Podría.
Se acomodó un poco más cerca.
—Pero entonces, cuando encontraras tú misma esas cosas dentro de una semana, me preguntarías por qué no te las había dicho.
Sonreí porque tenía razón. Una circunstancia bastante irritante.
—Sí.
Hugo me cogió suavemente la mano.
—Vera, no quiero convertirme en alguien que te diga siempre que todo está bien por miedo a que te enfades conmigo.