Diciembre tenía otros planes 4. todo lo que todavía nos queda por vivir
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4. todo lo que todavía nos queda por vivir

16 de diciembre. Valencia.

La primera vez que besé a Hugo pensé que lo más difícil sería volver a mirarlo al día siguiente.

Me equivoqué. Lo más difícil fue descubrir que seguía haciendo exactamente las mismas tonterías de siempre y que ahora, además, tenía unas ganas tremendas de besarlo mientras las hacía.

El martes había aparecido en la librería diez minutos antes del cierre con la excusa de comprar un libro para su padre.

Un libro que llevaba semanas diciendo que tenía que comprar y que, casualmente, decidió necesitar con una urgencia extraordinaria justo el día después de nuestro primer beso.

Lo encontré examinando una estantería de historia.

—¿Buscas algo en concreto? —le pregunté.

Hugo se volvió con una novela en la mano.

—Sí. Un libro.

—Qué sorpresa. Has venido al sitio adecuado.

Sonrio, dejó la novela donde estaba y se acercó al mostrador.

Llevaba la misma chaqueta de siempre y tenía el pelo castaño claro ligeramente revuelto por el viento.

Lo había visto vestido así cientos de veces, pero aquella tarde me descubrí observando cómo se le marcaban los hombros bajo la tela.

Una desgracia. Yo había sido una mujer perfectamente funcional hasta que descubrí que mi mejor amigo tenía hombros.

—¿A qué hora cierras hoy? —preguntó.

—En diez minutos.

Hugo consultó el reloj, aunque lo tenía perfectamente visible detrás de mí.

—Qué casualidad.

Me eché a reír.

—Muchísima.

Después se quedó mirándome con aquella sonrisa torcida que conocía desde los quince años. Solo que ahora había algo diferente en la forma en que la sostenía, como si los dos estuviéramos esperando a que el otro reconociera que las excusas ya no eran necesarias.

—V —dijo finalmente —He venido porque quería verte.

Y yo, que llevaba todo el día preguntándome si nuestra amistad empezaría a convertirse en algo extraño, sentí que una parte de mis nervios desaparecía.

—Pues podrías haberlo dicho.

—Te conozco. Me habrías pedido que te ayudara a colocar cajas.

—También puedo pedírtelo ahora.

Hugo se echó a reír. Pero antes de que pudiera responder, me acerqué y lo besé.

Allí mismo, junto al mostrador, con una novela de misterio esperando a que la devolviera a su estantería.

Fue un beso breve, de los que empiezan con una sonrisa y terminan provocando otra.

Cuando me aparté, Hugo seguía mirándome.

—Vale. Esto me está gustando.

—¿Más que ordenar cajas?

—Muchísimo más.

Nos reímos. Y durante un rato todo me pareció sencillo.

No necesitábamos aprender a conversar ni descubrir qué tipo de humor tenía el otro.

Tampoco averiguar si nuestras maneras de ver el mundo eran compatibles.

Llevábamos media vida discutiendo sobre música, libros, películas, política, vacaciones y sobre si la tortilla de patatas debía llevar cebolla.

Hugo decía que sí. Yo también. Una de las razones por las que nuestra amistad había sobrevivido tantos años.

Sin embargo, aquella noche, cuando nos despedimos en la puerta de mi casa, descubrí que había cosas que no sabíamos hacer todavía.

Por ejemplo, marcharnos. Nos dimos un beso.

Después otro. Hugo empezó a bajar las escaleras, se volvió para decirme una estupidez y terminó subiendo dos peldaños para volver a besarme.

Yo me reí tanto que desperté al perro de una vecina.

Y cuando finalmente cerré la puerta, me quedé apoyada contra ella con una sonrisa que no conseguí quitarme durante un buen rato.

Aquello me hizo feliz. Pero también me recordó que besar a tu mejor amigo no resolvía automáticamente todo lo que podía venir después.

Solo abría una parte nueva de la historia.

Una para la que no teníamos instrucciones.

Y, aunque a Julia le habría encantado saberlo, todavía no habíamos decidido si aquello significaba que estábamos saliendo, que éramos pareja o que acabábamos de perder definitivamente el juicio.

De momento nos gustábamos. Nos besábamos.

Y queríamos seguir haciéndolo. Me parecía suficiente.

El miércoles por la mañana recibí una llamada de Hugo mientras estaba ordenando una entrega.

—Buenos días, señorita librera.

Me acomodé el móvil entre el hombro y la oreja.

—Buenos días, señor profesor.

—Tengo una pregunta importante.

—¿Los pingüinos siguen sin rodillas?

Se echó a reír.

—He tenido que buscarlo, por cierto. Sí tienen, pero la anatomía es bastante menos evidente de lo que parece.

Solté una carcajada.

—No puedo creer que hayas investigado eso.

—Trabajo con niños. Mi vida está llena de preguntas que nadie necesita hacerse.

Lo escuché moverse al otro lado. Parecía estar buscando algo dentro de su mochila.

—Oye, el viernes es la actuación de Navidad.

Lo recordaba. Había estado en uno de los ensayos del colegio y me había encantado el cuento musical que Hugo estaba preparando con sus alumnos.

—¿Están nerviosos?

—Muchísimo. Ayer uno me preguntó si podía fingir un desmayo para no cantar su parte.

Me eché a reír.

—Pobrecito.

—Le he explicado que probablemente sea más sencillo cantar sus cuatro frases que organizar un desmayo convincente.

Sonreí.

—Una observación razonable.

Hubo una pausa. Después Hugo preguntó:

—¿Vendrás?

Dejé la caja que llevaba entre las manos.

—Claro.

—Es que sé que estás hasta arriba con la campaña de Navidad. Si no puedes, no pasa nada.

Me quedé pensando. Hugo casi nunca me pedía que asistiera a sus cosas. Me invitaba. Me contaba dónde estaría. Y después aceptaba perfectamente que yo tuviera otros planes. Pero aquella vez me había parecido escuchar algo diferente en su voz. No una exigencia. Una ilusión.

—Hugo, quiero ir.

Hubo un silencio pequeño. Después sonrio. Pude notarlo en su forma de respirar antes de contestar.

—Vale.

—Además, necesito comprobar que el niño del desmayo sigue vivo.

Su carcajada resonó al otro lado del teléfono.

—Te guardaré un sitio.

Cuando colgué, abrí mi agenda. El viernes tenía varios pedidos pendientes, pero podía organizarme para terminar antes. Revisé los encargos, adelanté dos tareas y marqué la actuación con un pequeño corazón rojo.

Me quedé mirando el corazón. Durante unos segundos pensé en borrarlo.

No porque me avergonzara. Sino porque era algo nuevo.

Había apuntado cientos de cosas relacionadas con Hugo a lo largo de los años: conciertos, cumpleaños, cenas, viajes y reuniones con nuestros amigos.

Nunca había dibujado un corazón al lado de su nombre.

Decidí dejarlo y me fui a atender a una clienta que necesitaba un regalo para su suegra.

Una tarea que, comparada con mis problemas sentimentales, resultó sorprendentemente complicada.

18 de diciembre. Valencia.

El viernes, a las cinco y veinte de la tarde, estaba sentada en la tercera fila del salón de actos del colegio de Hugo.

A mi alrededor había padres, madres, abuelos y varios hermanos pequeños que parecían haber decidido que el principal objetivo de la tarde consistía en comprobar cuánto ruido podían hacer las sillas plegables.

El escenario estaba decorado con estrellas de cartulina, un pequeño árbol de Navidad y un telón azul donde habían colocado varias figuras de papel.

No era una decoración espectacular, pero tenía algo precioso.

Se notaba que los niños habían participado.

Algunas estrellas estaban torcidas. Un árbol de cartón tenía demasiadas bolas y una luna amarilla parecía haber sufrido un accidente durante su proceso de fabricación.

Sonreí al observarla. Después saqué el móvil para comprobar que lo había silenciado. Tenía un mensaje de Hugo.

Estoy detrás del escenario. ¿Has llegado?

Tercera fila. He conseguido asiento sin necesidad de pelearme con ningún padre.

Milagro navideño.

Sonreí. Después apareció otro mensaje.

Gracias por venir, V.

Me quedé con aquella frase unos segundos.

No me lo perdería.

Guardé el móvil justo cuando empezaron a apagarse las luces.

El cuento musical salió precioso. No perfecto.

Hubo un niño que entró dos frases antes de tiempo, una niña perdió momentáneamente el gorro de su personaje y un pequeño instrumento de percusión terminó rodando por el suelo en un momento bastante inoportuno.

Pero nada de aquello importó. Los niños estaban felices.

Algunos cantaban mirando a sus familias.

Otros buscaban a Hugo con los ojos cada vez que dudaban de una entrada.

Y él los acompañaba desde un lateral del escenario, pendiente de cada uno sin robarles protagonismo.

Había algo emocionante en verlo trabajar.

No solamente por su paciencia. Sino por la manera en que parecía conocer exactamente lo que necesitaba cada niño.

A uno le hizo un gesto discreto para recordarle que era su turno.

A otra le sonrio cuando se equivocó. Y, cuando llegó el momento de que el protagonista del cuento cantara su pequeña parte, Hugo dejó de tocar unos segundos para escucharlo.

Era el niño que había visto tan nervioso durante el ensayo.

El que se había quedado sentado con un instrumento entre las manos.

Aquella tarde subió al escenario. Miró hacia las primeras filas.

Después hacia Hugo. Y empezó a cantar. Su voz tembló un poco al principio, pero continuó.

Cantó las cuatro frases. Terminó. Y el resto de sus compañeros lo acompañó en el estribillo.

Me emocioné muchísimo. Recordé lo que había escrito en mi cuento.

Aquella niña que guardaba sonidos. Y pensé que, si alguna vez hubiera podido añadir uno nuevo a su caja, habría elegido aquel.

La voz pequeña de un niño que había encontrado el valor de cantar delante de todos.

Cuando terminó la actuación, el público se levantó para aplaudir.

Los niños hicieron una reverencia bastante desorganizada.

Hugo apareció junto a ellos y vi algo que me hizo sonreír todavía más.

En lugar de colocarse delante, se quedó a un lado.

Señaló a sus alumnos. Les pidió que se acercaran.

Y aplaudió con nosotros. Me quedé observándolo.

Pensé en el chico de quince años que dibujaba notas musicales en mis apuntes.

El que soñaba con tener un piano. Y en aquel hombre que ahora dedicaba buena parte de sus días a conseguir que otros niños descubrieran lo que podían hacer con la música.

Sentí un orgullo enorme. De esos que te llenan el pecho sin pedir permiso.

Y, cuando Hugo me encontró entre el público, le sonreí con tantas ganas que me dio absolutamente igual que alguien pudiera darse cuenta.