3. la canción que siempre estuvo ahí #6
Hugo insistió en acompañarme hasta la puerta.
Le dije que llevaba años saliendo sola de su casa y que no necesitaba escolta.
Él respondió que no pretendía protegerme de ningún peligro, sino despedirse como correspondía.
Aquello me hizo sonreír. Nos quedamos junto a la entrada.
Mi abrigo descansaba sobre mis hombros. Llevaba el bolso en una mano y tenía unas ganas enormes de volver a sentarme en su sofá. Hugo me observó. Después sonrio.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
—Nada.
Se acercó. Me dio un beso. Uno pequeño que terminó convirtiéndose en otro bastante más largo. Cuando nos separamos, apoyó suavemente la frente contra la mía.
—¿Te escribo cuando llegues? —preguntó.
Me eché a reír.
—Eso no tiene sentido, Hugo.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque primero te tendré que avisar de que he llegado.
Se quedó mirándome. Después soltó una carcajada.
—Joder. Estoy bastante espeso.
Le acaricié el pelo.
—Un poquito.
Hugo sonrio. Después me cogió la mano.
—Vera.
Su expresión se volvió seria.
—Me alegro mucho de que hayamos hablado.
—Yo también. Y me ha encantado tu canción.
Hugo sonrio.
—Gracias.
—¿Me la grabarás algún día?
—Claro.
Me acerqué para besarlo otra vez. Después abrí la puerta, pero antes de salir me volví.
Hugo seguía allí, observándome. Sonrio. Y yo me descubrí pensando en algo que me pareció precioso.
Llevaba años despidiéndome de aquel hombre.
En el instituto. En estaciones de tren. En la puerta de mi casa.
Delante de la librería. Y ninguna de aquellas despedidas había sido exactamente igual a esta.
No porque hubiera cambiado la persona que tenía delante.
Sino porque, por primera vez, había dejado de esconder lo que quería hacer.
Me acerqué. Le di un último beso y salí al rellano.
—Buenas noches, V.
—Buenas noches, Hugo.
Cuando llegué a casa, dejé el bolso sobre el sofá y me quité los zapatos.
No encendí la televisión. Tampoco abrí el ordenador.
Simplemente me senté y me quedé un rato mirando el salón.
Todo estaba exactamente como lo había dejado.
La manta sobre el respaldo. Los libros junto a la mesa.
Las pequeñas luces del árbol encendidas.
Nada había cambiado, pero yo sí. No me había convertido de pronto en una mujer completamente diferente.
Seguía siendo Vera. La de la librería. La que llevaba años coleccionando novelas románticas y recomendando finales felices a desconocidos.
La que había firmado una servilleta prometiendo un diciembre sin dramas sentimentales.
Y la que acababa de besar a su mejor amigo.
Me eché a reír sola en mi salón como una idiota.
Después cogí el móvil. Hugo acababa de escribirme.
¿Has llegado bien?
Sonreí.
Sí.
Bien.
Después añadió:
Estoy sentado en el sofá pensando que acabamos de besarnos.
Me tapé la boca de la risa. Después respondí:
Yo también.
¿Y qué tal?
¿Qué tal qué?
Besar a tu mejor amigo.
Sorprendentemente recomendable.
Su carcajada apareció inmediatamente.
Menos mal.
Aunque creo que necesitamos repetir la experiencia para emitir una opinión definitiva.
Mañana mismo, si quieres.
Sentí aquel cosquilleo absurdo otra vez.
Me parece una investigación muy interesante.
Dejé el móvil. Después miré hacia la pequeña estantería donde guardaba algunas fotografías.
Había una de nuestras amigas en una fiesta.
Otra de mis padres. Y una de Hugo y mía, hecha durante la inauguración de la librería.
Estábamos sentados en el suelo. Cada uno sostenía una hamburguesa.
Yo tenía el pelo completamente despeinado y él sonreía a la cámara con una expresión de absoluto agotamiento.
Me levanté. Cogí la fotografía y la observé.
Recordé lo nerviosa que estaba esa noche.
La ilusión. El miedo. Y a Hugo apareciendo con comida porque sabía que me había olvidado de cenar.
Me quedé mirándonos. No había ninguna señal evidente de que algún día terminaríamos besándonos.
Ninguna pista escondida. Ningún gesto extraordinario.
Solamente dos amigos celebrando algo importante.
Y me gustó que fuera así. Todo lo que habíamos vivido había sido real.
Nuestra amistad. El cariño. Los años compartidos.
No tenía que descubrir que habíamos estado enamorados desde el instituto para que aquello resultara bonito.
Bastaba con reconocer que, en algún momento, habíamos empezado a querernos de otra manera.
Y que esa noche habíamos decidido descubrir qué podía pasar.
Dejé la fotografía en su sitio. Apagué las luces y me fui a dormir, pero antes de cerrar los ojos recordé su canción.
Aquí. Pensé en las notas del principio. En cómo regresaban al final acompañadas de otras.
Y en algo que Hugo había dicho mientras hablábamos.
Que no quería obligarse a saber cómo terminaría aquello.
Me gustó. Porque yo tampoco lo sabía. No podía imaginar qué ocurriría en Navidad.
Ni cómo reaccionarían nuestras amigas. Ni qué haríamos si en algún momento empezábamos a tener miedo de verdad.
Pero aquella noche había aprendido algo.
Que se podía conocer a alguien durante media vida y todavía descubrir una manera nueva de quererlo.
Y que, a veces, las cosas más importantes no empezaban con un desconocido llamando a una puerta.
A veces empezaban con alguien que llevaba años teniendo tus llaves.