Diciembre tenía otros planes 3. la canción que siempre estuvo ahí #5
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3. la canción que siempre estuvo ahí #5

Sentí un vuelco en el pecho y me eché a reír. Llevaba varios días pensando en aquello. Imaginándolo. Preguntándome cómo sería. Y ahora que estaba ocurriendo, me parecía absurdo que hubiéramos tardado tanto tiempo en llegar hasta allí.

—Pues bésame —murmuré.

Hugo sonrio. Se acercó despacio y me besó.

No fue un beso perfecto. Creo que eso fue lo que más me gustó.

Porque al principio los dos estábamos demasiado nerviosos.

Yo sonreí justo cuando sus labios encontraron los míos y terminamos chocando ligeramente la nariz.

Hugo soltó una risa pequeña. Yo también.

Nos apartamos unos centímetros. Nos miramos.

Y empezamos a reírnos. Como siempre. Como cuando nos equivocábamos con una receta, cuando nos perdíamos siguiendo el GPS o cuando intentábamos recordar el nombre de una película que habíamos visto juntos hacía años.

Solo que aquella vez estábamos a punto de besarnos.

Y el simple hecho de reconocerlo me parecía extraordinario. Hugo apoyó la frente contra la mía.

—Joder, V.

Me reí.

—No estás haciendo una crítica muy constructiva.

Soltó una carcajada. Después me acarició la mejilla.

—Es que llevo tanto tiempo pensando en esto que ahora no sé ni qué hacer con las manos.

Me eché a reír. Cogí una de ellas. La coloqué sobre mi cintura. Después le rodeé el cuello con los brazos.

—Puedes empezar por aquí».

Volvió a besarme. Esta vez fue diferente, ya no estábamos intentando averiguar si podíamos hacerlo, simplemente lo hicimos.

Sus labios se movieron suavemente sobre los míos y yo cerré los ojos, sintiendo cómo me acercaba un poco más contra él.

La mano que tenía sobre mi cintura me sostuvo con una delicadeza que me emocionó.

Y descubrí algo que no esperaba. Que besar a Hugo resultaba nuevo.

Completamente nuevo. Pero también familiar.

No tenía que acostumbrarme a su olor. Ni al sonido de su respiración.

Ni a la forma en que sus dedos me acariciaban el pelo.

Conocía todas aquellas cosas, pero nunca las había sentido juntas de aquella manera.

Le acaricié la nuca. Hugo profundizó el beso lentamente y yo dejé de pensar.

En el pacto. En mis amigas. En todos los motivos por los que aquello podía complicarnos la vida.

Solo pensé en que tenía muchas ganas de besarlo.

Y en que, por primera vez, podía hacerlo sin necesidad de imaginarlo.

Cuando nos separamos, me quedé con los ojos cerrados unos segundos.

Hugo me acarició suavemente la mejilla. Después escuché su voz.

—V.

Abrí los ojos. Lo miré. Sonreía. Y aquella sonrisa me pareció la más bonita que le había visto nunca.

—¿Qué?

Negó despacio con la cabeza.

—Nada. Que me gustas.

Me acerqué para darle otro beso pequeño.

—Tú también me gustas, idiota».

Hugo soltó una carcajada. Me abrazó y yo apoyé la cabeza sobre su pecho.

Nos quedamos así durante un rato sin hablar, escuchando el silencio de su casa, el ruido lejano de algún coche y nuestra respiración, que poco a poco empezó a tranquilizarse.

No sabía qué ocurriría después, pero aquella noche me parecía imposible arrepentirme de algo que acababa de hacerme tan feliz.

Nos quedamos en el sofá hasta bastante tarde.

Empezamos a hablar. De nosotros. De lo raro que resultaba reconocer que nos gustábamos.

Y de todas las veces que quizá habíamos estado a punto de darnos cuenta antes.

Hugo recordó una noche de verano en la que nos quedamos solos en una terraza después de que nuestros amigos se marcharan.

Yo recordé una tarde en la que apareció en la librería con un café y me dio un abrazo que duró un poco más de lo habitual.

Después nos reímos. Porque resultaba absurdo intentar revisar quince años de amistad buscando pruebas de algo que ni siquiera sabíamos cuándo había empezado.

—Creo que deberíamos dejar de investigar —dije.

Hugo levantó las cejas.

—¿Por qué?

—Porque como sigamos buscando señales, vamos a terminar convencidos de que estábamos enamorados cuando teníamos dieciséis años.

Se echó a reír.

—A los dieciséis yo estaba enamorado de una chica de segundo que llevaba un piercing en la ceja.

Solté una carcajada.

—¡Lo sé! ¡Y llevaba unas botas horribles!

Hugo empezó a reírse.

—A mí me encantaban.

—Tú no tenías criterio.

—Sigo sin tenerlo. Me gustas tú.

Se rio y volvió a besarme. Después nos quedamos hablando de qué haríamos a partir de entonces.

No llegamos a ninguna conclusión extraordinaria.

No decidimos que éramos pareja. Ni hicimos planes para el siguiente año.

Simplemente acordamos algo que nos pareció importante.

Queríamos seguir viéndonos sin fingir que nada había cambiado, pero sin obligarnos a saber inmediatamente qué significaba aquel cambio.

—¿Y si mañana nos resulta raro? —pregunté.

—Pues me lo dices.

—¿Así de fácil?

—No sé si será fácil. Pero prefiero que me digas que estás nerviosa a que empieces a comportarte de una manera distinta porque no sabes qué hacer.

Aquello me gustó porque era una de las cosas que más temía, que empezáramos a medir nuestras palabras, a fingir y a comportarnos como dos desconocidos que intentaban impresionarse.

No quería aquello. Quería seguir riéndome de sus tonterías.

Compartiendo canciones. Quejándome de los clientes difíciles.

Y apareciendo en su casa sin tener que pensar durante veinte minutos qué podía decirle.

Solo que ahora también quería besarlo. Una posibilidad bastante agradable.

—Vale —respondí.

Hugo sonrio.

—Vale.

Después me miró con una expresión ligeramente divertida.

—Aunque debo decirte algo.

—Miedo me das.

—Si ahora vamos a besarnos, voy a necesitar que dejes de contarle a todo el mundo aquella historia del karaoke.

Solté una carcajada.

—Ni hablar.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé otra vez, porque empezaba a descubrir que aquella era una manera extraordinariamente eficaz de terminar determinadas conversaciones.

Cuando me marché eran casi las once y media.