3. la canción que siempre estuvo ahí #4
Él me miró. Y, por primera vez, me di cuenta de que no quería encontrar una broma para salir de aquella conversación. Quería quedarme. Aunque estuviera nerviosa. Aunque no supiera qué decir. Aunque empezara a asustarme lo mucho que me importaba.
—Es una de las cosas más bonitas que me han enseñado nunca —reconocí.
Hugo sonrio. Bajó un instante la mirada. Después volvió a levantarla.
—Me alegro.
Nos quedamos callados. Un silencio largo, pero no incómodo.
Y mientras lo observaba, tuve una sensación extraña.
La de estar sentada frente a alguien a quien conocía desde hacía años y, sin embargo, estar descubriéndolo por primera vez.
No porque hubiera cambiado. Sino porque había empezado a mostrarme cosas que quizá siempre estuvieron allí.
Y yo ya no sabía cómo fingir que no las veía.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije finalmente.
Hugo sonrio.
—Claro.
Me humedecí los labios. Miré hacia el piano. Después volví a mirarlo.
—¿Por qué no me la habías enseñado antes?
Su sonrisa desapareció despacio. Se quedó pensando. Demasiado para alguien que normalmente encontraba una respuesta antes de que yo terminara la pregunta.
—Porque estaba sin acabar.
Era una explicación perfectamente razonable, podría haberla aceptado, podría haberme levantado, felicitarlo otra vez y pedirle que me enviara una grabación, pero había algo en su manera de mirarme que me hizo comprender que aquella no era toda la respuesta.
—¿Solamente por eso?
Hugo bajó la mirada. Después se frotó las manos sobre las rodillas. Estaba nervioso. Mucho más que antes de ponerse a tocar.
—No —admitió.
Sentí que el corazón empezaba a latirme más deprisa. Hugo respiró hondo.
—También porque sabía que, si te la enseñaba, seguramente terminarías preguntándome por qué la había escrito.
No apartó la mirada, y fui consciente de que estaba tan asustado como yo.
—¿Y por qué la escribiste? —pregunté.
Hugo sonrio ligeramente. Se acomodó en el sofá. Después me miró de una manera que consiguió que dejara de pensar en todas las cosas que podría decir para quitarle importancia a aquel momento.
—Porque hay personas que terminan formando parte de tu vida de una manera que cuesta explicar, y a veces no te das cuenta de lo importantes que son determinados momentos hasta que intentas recordarlos.
Tragué saliva.
Hugo continuó:
—La noche que inauguraste la librería me quedé pensando en la cantidad de años que llevábamos siendo amigos. En todas las cosas que habíamos hecho juntos. En lo raro que sería no tenerte en mi vida.
Me quedé mirándolo. Aquello era exactamente lo que yo llevaba días pensando. Con otras palabras, pero lo mismo.
—Y supongo que empecé a escribir algo sobre eso —añadió —Sobre tener un lugar al que volver, aunque cambien las cosas.
Sonrio un poco.
—No sé explicarlo mejor.
Me acerqué ligeramente.
—Creo que lo has explicado bastante bien.
Hugo sostuvo mi mirada. Después bajó la cabeza. Y entonces dijo algo que me dejó completamente quieta.
—Lo que no sabía cuando empecé a escribirla era que algún día iba a preguntarme si tú y yo podríamos ser algo más.
El silencio que siguió fue distinto de todos los anteriores, porque aquella frase había cambiado las cosas.
No era una broma. Ni una interpretación mía.
Hugo acababa de decir en voz alta una posibilidad que llevaba días intentando esconder incluso de mí misma.
Lo miré. Él parecía preocupado por mi reacción.
Y aquella expresión, tan distinta de su habitual seguridad, me dio unas ganas enormes de abrazarlo, pero no me moví.
—¿Te lo has preguntado? —murmuré.
—Sí.
Me quedé callada. Después pregunté:
—¿Desde cuándo?
Hugo soltó una pequeña risa. Se pasó una mano por el pelo.
—No sabría decirte un día exacto.
—No necesito una fecha.
—Menos mal. Porque se me habría olvidado apuntarla.
Me eché a reír un poquito, lo suficiente para que ambos pudiéramos respirar.
Hugo continuó:
—Hubo una época en la que empecé a darme cuenta de que algunas cosas contigo me importaban de una manera diferente. Que cuando me decías que habías conocido a alguien, una parte de mí se preguntaba cómo sería estar en su lugar.
Lo miré. Su expresión era seria, pero no parecía estar reprochándome nada.
—Y después se me pasaba —reconoció —O creía que se me pasaba. Porque seguíamos quedando, hablando y haciendo las mismas cosas de siempre. Me quedé escuchándolo.
—Nunca pensé que tuviera sentido decirte nada —añadió —Estabas contenta con nuestra amistad. Yo también. Y no quería ponerte en una situación incómoda por algo que ni siquiera sabía explicar.
Lo comprendía demasiado.
¿Y ahora? —pregunté.
Hugo me observó. Durante unos segundos no respondió. Después sonrio, nervioso.
—Ahora llevo varios días intentando no mirarte la boca cuando me hablas».
Me quedé inmóvil. Un segundo. Dos. Y entonces empecé a reírme. No porque me pareciera gracioso. Bueno. Un poco sí. Pero, sobre todo, porque acababa de escuchar exactamente aquello que llevaba días deseando escuchar. Y no sabía qué hacer con la emoción.
—Joder, Vera. Qué manera de confesar algo.
Negué con la cabeza todavía sonriendo.
—No, no.
Me acerqué un poquito más.
—Es que...
Me quedé sin palabras otra vez. Después respiré hondo.
—Es que a mí me está pasando lo mismo.
Hugo dejó de reírse.
—¿Cómo?
Tenía el corazón aceleradísimo. Pero, por primera vez desde que todo aquello había empezado, no sentí ganas de esconderme.
—Que llevo días mirándote de una manera bastante poco apropiada para una amiga de toda la vida».
Su expresión cambió. La sonrisa apareció lentamente. Y algo en sus ojos me hizo sentir que acababa de quitarle un peso enorme de encima.
—¿En serio?
—Muchísimo.
Hugo soltó aire. Después se echó a reír. Una risa nerviosa. Preciosa. Que conocía desde hacía años y que, sin embargo, aquella noche me hizo sentir algo completamente nuevo.
—Joder —murmuró.
Nos quedamos mirándonos. Después Hugo negó despacio con la cabeza.
—¿Y llevamos días haciendo el imbécil?
Solté una carcajada.
—Bastantes.
Cuando nuestras risas se apagaron, ya no quedaba ninguna duda de que estábamos hablando de lo mismo.
No nos besamos inmediatamente. Creo que aquello fue lo que hizo que el momento me pareciera tan nuestro.
Porque después de aquella confesión todavía necesitábamos hablar.
Mirarnos. Acostumbrarnos a que acabábamos de decir algo que nunca nos habíamos dicho.
Hugo se acomodó un poco más cerca. Yo me giré hacia él.
Durante unos segundos nos quedamos observándonos con una mezcla de nervios y curiosidad.
Como dos personas que acababan de conocerse.
Aunque supiéramos perfectamente qué bebida prefería el otro, qué canciones odiaba y cuál de los dos tenía más posibilidades de perder las llaves de casa. Que era él. Sin ninguna duda.
—Me da miedo —reconocí.
—A mí también.
Aquello me sorprendió. No porque pensara que él fuera incapaz de sentir miedo.
Sino porque había imaginado que, si algún día ocurría aquello, uno de los dos tendría que mostrarse mucho más seguro para convencer al otro.
Pero no. Estábamos los dos sentados en su sofá.
Nerviosos. Un poco asustados. Y con unas ganas enormes de acercarnos que empezaban a resultar difíciles de disimular.
—No quiero perderte —dije.
—Vera...
Negué ligeramente con la cabeza.
—Ya sé que es pronto para pensar en eso. Todavía no ha pasado nada. Pero es que tú no eres alguien a quien haya conocido hace dos semanas.
Tragué saliva. Después continué:
—Si algo saliera mal, no sé cómo haría para dejar de contarte mis cosas. O para no llamarte cuando tenga un día horrible. No sé cómo sería ir a mi librería y que no estuvieras.
Mi voz se quebró ligeramente en la última frase y me dio rabia, porque no quería llorar. No aquella noche. Ya había llorado suficiente con su canción. Pero Hugo me conocía demasiado. Se acercó y me cogió suavemente la mano.
—Yo tampoco quiero perderte.
Su pulgar acarició despacio mis dedos.
—Y precisamente por eso llevo tanto tiempo sin decir nada —añadió —Porque nuestra amistad es una de las cosas más importantes de mi vida.
Me quedé observándolo. Hugo respiró hondo.
—Pero últimamente me he dado cuenta de que estar callado tampoco estaba evitando que las cosas cambiaran.
Aquello consiguió que levantara la cabeza. Él continuó:
—Seguía queriendo verte. Seguía pasándomelo bien contigo. Pero también empecé a tener ganas de cosas que antes no me planteaba.
Sonrio ligeramente.
—De cogerte la mano por la calle. De quedarme un rato más cuando nos despedíamos. De besarte.
Me acerqué un poquito. Hugo sostuvo mi mirada.
—No sé qué va a pasar si lo intentamos, V. No voy a prometerte que todo va a salir perfecto, porque sería una estupidez.
Asentí.
—Ya.
—Pero sí sé que no quiero tratarte de una manera que te haga sentir que tienes que adivinar qué me pasa. Ni desaparecer si algo se complica.
Lo miré. Aquello me importó mucho. Porque quizá no necesitábamos prometer que nunca nos haríamos daño. No podíamos saberlo. Pero sí podíamos elegir cómo queríamos cuidarnos. Incluso si teníamos dudas. Incluso si terminábamos descubriendo que lo nuestro funcionaba mejor como amistad.
—¿Sabes qué es lo peor?
Hugo levantó las cejas.
—¿Qué?
—Que he pasado días intentando convencerme de que no podía gustarme mi mejor amigo.
Soltó una risa pequeña.
—¿Y?
Me acerqué otro poquito. Lo suficiente para que nuestras rodillas se tocaran.
—Que me gustas muchísimo.
Durante unos segundos me observó de una manera que me hizo sentir preciosa.
No porque estuviera especialmente arreglada.
Ni porque me hubiera puesto el jersey que me quedaba mejor.
Sino porque llevaba años siendo yo misma delante de aquel hombre.
Había visto mis peores días. Mis inseguridades.
Mis tonterías. Y las partes de mí que todavía estaba intentando mejorar.
Y, aun así, acababa de decirme que quería besarme.
Hugo levantó una mano. Me apartó suavemente un mechón pelirrojo de la cara.
Sus dedos rozaron mi mejilla. Y sentí que se me encogía el estómago. No de miedo. De muchísimas ganas.
—Vera.
Lo miré.
—¿Sí?
Sonrio. Una sonrisa pequeña. Nerviosa. Muy distinta de las que utilizaba cuando estaba a punto de hacer alguna estupidez.
—Quiero besarte.