3. la canción que siempre estuvo ahí #3
Allí.En la cocina. Entre dos platos y una sartén.
Decirle que llevaba días fijándome en su boca.
Que había empezado a recordar todos nuestros abrazos.
Y que aquella tarde había tardado veinte minutos en decidir qué jersey ponerme.
Pero no me atreví. En lugar de eso, sonreí ligeramente.
—Supongo que diciembre me tiene cansada.
Hugo me observó. No pareció completamente convencido.
Pero tampoco insistió. Se acercó a cerrar el lavavajillas.
Quedamos uno frente al otro. Bastante cerca.
Lo suficiente para notar el olor de su colonia, esa que llevaba utilizando desde hacía años y que yo siempre había reconocido sin pensar demasiado en ello.
Hugo bajó la mirada hacia mí. Su sonrisa se suavizó.
—Pues vamos a sentarnos un rato.
Lo seguí hasta el salón. Antes de tocar, Hugo apagó la luz principal.
No dejó la habitación a oscuras. Encendió una lámpara junto al sofá y otra pequeña que tenía sobre el piano.
La iluminación era cálida y suficiente para que pudiera ver sus manos cuando se sentara frente a las teclas.
Después colocó un vaso de agua sobre el instrumento.
Revisó unas hojas. Las cambió de orden. Y volvió a cambiarlas.
Yo estaba sentada en el sofá observándolo.
Hasta que me di cuenta de algo. Hugo estaba nervioso.
Mi Hugo. El hombre que había conseguido dirigir a veintitrés niños mientras uno preguntaba por las rodillas de los pingüinos.
El que tocaba delante de familias enteras sin perder el hilo de una canción.
El que siempre encontraba una manera de hacerme reír cuando yo empezaba a agobiarme.
Estaba nervioso por tocar delante de mí. Aquello me enterneció muchísimo.
—Hugo.
Levantó la cabeza.
—¿Qué?
Sonreí.
—Te va a salir bien.
—Eso espero.
Lo observé. Después me incliné ligeramente hacia delante.
—Oye. No tienes que impresionarme.
Algo cambió en su expresión. Una emoción pequeña difícil de identificar.
—Ya lo sé. Precisamente por eso me importa tanto».
No supe qué decir. Hugo volvió a mirar las partituras. Respiró hondo y se sentó frente al piano. Durante unos segundos no tocó. Colocó las manos sobre las teclas. Bajó ligeramente la cabeza. Después levantó la mirada hacia mí.
—La he llamado Aquí.
Sonreí.
—Me gusta.
—Todavía no la has escuchado.
—El título, imbécil.
Empezó a tocar. No sé demasiado de música.
Quiero decir que sé distinguir una canción que me gusta de otra que no, que tengo listas de reproducción para casi todos los estados de ánimo y que podría reconocer algunas bandas sonoras con escuchar los primeros segundos.
Pero si alguien me pidiera que explicara por qué una melodía funciona o qué está haciendo exactamente un compositor, probablemente terminaría hablando de emociones mientras Hugo intentaba no reírse de mí.
Aquella noche fue diferente. La canción comenzó con unas notas suaves.
Pocas. Espaciadas. Como si alguien estuviera probando una idea antes de decidir si merecía la pena continuar.
Después apareció una melodía sencilla, que se repetía con pequeñas variaciones.
Algunas notas eran más graves, otras parecían responder desde un lugar más alto, y poco a poco todo empezó a adquirir una forma que me resultó extrañamente familiar.
No porque hubiera escuchado aquella pieza antes.
Estaba segura de que no. Pero había algo en ella que me recordaba a momentos que conocía.
A caminar de vuelta del instituto con una mochila demasiado pesada.
A tardes de lluvia en las que nos quedábamos estudiando hasta que cerraban la biblioteca.
A una noche de verano en la que Hugo y yo terminamos sentados en la arena, hablando de lo que haríamos cuando fuéramos mayores.
A aquella inauguración de mi librería, cuando me quedé sola entre las estanterías y descubrí que tenía tanto miedo como ilusión.
La melodía cambió. Se hizo más intensa. No de una manera triste.
Había algo en aquellas notas que parecía querer avanzar, aunque cada cierto tiempo regresaban al motivo del principio.
Como si estuvieran buscando algo conocido.
Una voz. Un sitio. Una manera de volver.
Empecé a emocionarme. No esperaba llorar.
No esperaba sentirme así. Había ido a escuchar una canción que había compuesto mi mejor amigo, pero aquella música estaba consiguiendo recordarme cosas que hacía años que no pensaba.
El chico de quince años que me prestó su chaqueta cuando empezó a llover.
El de diecinueve que me llevó a casa después de una noche horrible.
El de veintitantos que me acompañó a firmar el contrato del local y después se pasó tres tardes montando estanterías.
Hugo. Siempre Hugo. No ocupando el centro de todos mis recuerdos.
Sino estando allí. En una esquina. En una conversación.
En una fotografía. En todas esas partes de mi vida que no habría querido vivir sin él.
La melodía volvió a cambiar y entonces ocurrio algo que terminó de desarmarme.
Las notas del principio regresaron, pero ya no sonaban igual.
Estaban acompañadas por otras. La música había crecido.
Se había llenado de cosas. Y aquella pequeña frase inicial, tan sencilla que casi parecía una pregunta, regresaba convertida en algo que sonaba a respuesta.
Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Me las limpié deprisa. No quería distraerlo.
Hugo seguía tocando. Tenía la cabeza ligeramente inclinada y las manos moviéndose sobre las teclas con una seguridad que me pareció preciosa.
No sonreía. Estaba completamente concentrado.
Y comprendí que aquella canción era importante para él.
No solamente porque le hubiera costado escribirla.
Sino porque había algo suyo dentro. Algo que quizá tampoco sabía expresar de otra manera.
La última nota quedó suspendida unos segundos.
Después desapareció. Hugo mantuvo las manos sobre las teclas.
No se volvió inmediatamente. Yo seguía sentada en el sofá, intentando recomponerme.
Me había prometido comportarme como una persona adulta.
Y estaba a punto de empezar a llorar delante de un hombre que me conocía desde antes de que supiera utilizar correctamente un rizador de pelo.
Una situación bastante lamentable. Hugo giró la cabeza.
Me observó. Y su expresión cambió en cuanto vio mis ojos.
—Vera...
Solté una pequeña risa. Me limpié otra lágrima.
—Es preciosa.
Se quedó quieto. Después sonrio. No de aquella manera abierta que utilizaba cuando hacía una broma. Fue una sonrisa pequeña. Casi incrédula.
—¿De verdad?
—Muchísimo.
Hugo bajó la mirada. Se pasó una mano por el pelo.
Y soltó aire. Como si llevara demasiado tiempo conteniéndolo.
Aquello consiguió emocionarme todavía más, porque mi opinión le importaba.
Tanto que, por primera vez, empecé a comprender que quizá no era la única que llevaba días sintiendo que había algo diferente entre nosotros.
Hugo se levantó del piano. Se sentó a mi lado dejando una distancia prudente entre ambos.
Una distancia que nunca habíamos necesitado calcular.
Y que aquella noche me pareció demasiado grande.
—¿Cuándo la escribiste?
—Empecé hace bastante.
—¿Cuánto?
Hugo apoyó los codos sobre las rodillas. Entrelazó las manos. Después sonrio ligeramente.
—La noche que inauguraste la librería. Cuando volví a casa, después de ayudarte a cerrar, me senté al teclado que tenía entonces y empecé a tocar unas notas.
Aquella noche. La recordaba perfectamente.
Habíamos inaugurado la librería después de semanas de trabajo.
Habían venido mis padres, mis amigas, algunos conocidos y varias personas que habían descubierto el local gracias a las redes sociales.
Había estado contentísima y aterrada. Cuando se marchó todo el mundo, me quedé mirando las estanterías y empecé a preguntarme si había cometido una locura.
Hugo apareció con dos hamburguesas. Nos sentamos en el suelo porque todavía no había terminado de colocar las sillas del rincón de lectura.
Comimos allí. Entre cajas vacías. Y me hizo reír tanto que conseguí olvidar durante un rato la cantidad de dinero que acababa de invertir en aquel negocio. Lo miré.
—¿Empezaste a escribirla aquella noche?
—Sí.
Se quedó observando sus manos. Después continuó:
—No sé muy bien por qué. Habíamos pasado tantas semanas preparando la librería que, cuando llegué a casa, me quedé con una sensación rara.
Sonrio.
—Estaba contento por ti. Muchísimo. Pero también me di cuenta de que había algo muy bonito en verte conseguir algo que llevabas soñando desde que éramos críos.
Sentí un nudo pequeño en la garganta. Hugo levantó la mirada.
—Me senté a tocar. Salieron las primeras notas y las guardé. Pensé que algún día haría algo con ellas.
—¿Y por qué no la terminaste?
—Porque no sabía cómo.
Sonrio un poco.
—Tenía el principio, pero cada vez que intentaba continuar, todo me sonaba forzado. Como si quisiera llevar la música a un sitio al que todavía no sabía llegar».
Guardé silencio. Hugo miró hacia el piano.
—He vuelto a ella varias veces. Cambié cosas, añadí otras, borré medio archivo...
Se rio.
—Una vez estuve a punto de tirarlo todo.
—¿Y qué pasó?
Su expresión se volvió distinta. Más seria. Más vulnerable.
—Que el otro día te escuché leer tu cuento.
Me quedé quieta. Hugo continuó:
—Y empecé a pensar en esa niña que guardaba sonidos. En que había pasado tanto tiempo intentando conservar cosas que casi se había olvidado de vivir otras nuevas».
Tragué saliva. No porque aquella idea estuviera expresada exactamente así en mi historia. Sino porque había entendido algo que yo misma había tardado meses en descubrir mientras la escribía.
—Entonces volví a sentarme al piano —añadió —Y esta vez pude terminarl».
Miré hacia el instrumento. Después a Hugo.
No sabía qué decir. Porque no se trataba solamente de que mi cuento le hubiera inspirado.
Era la idea de que nuestras historias llevaban tiempo encontrándose en lugares que ninguno había previsto.
Yo había escrito sobre recuerdos y sonidos.
Él llevaba años intentando terminar una canción que había nacido la noche en que yo cumplí uno de mis sueños.
Y ahora estábamos allí. Escuchando algo que parecía recoger momentos que habíamos vivido juntos sin que ninguno supiera todavía qué significaban.
—Hugo...