Diciembre tenía otros planes 3. la canción que siempre estuvo ahí #2
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3. la canción que siempre estuvo ahí #2

Las suyas, para rescatarme una vez que olvidé el bolso dentro de casa.

Era una de las muchas cosas que habíamos normalizado con los años.

Pero aquella tarde no se me ocurrio utilizarlas.

Llamé al timbre. Escuché pasos. Después la cerradura.

Y Hugo abrio. Llevaba unos pantalones oscuros, una camiseta negra y una camisa abierta por encima.

Tenía el pelo castaño un poco revuelto y una expresión de satisfacción que apareció en cuanto me vio.

—Has llegado pronto.

—Cinco minutos.

Sonrio.

—En tu caso, eso es llegar tarde.

Me eché a reír.

—Buenas tardes a ti también.

—Pasa, V.

Entré. Todo olía a ajo, tomate y pan caliente. Me detuve. Levanté la cabeza. Después miré a Hugo.

—¿Has cocinado?

Su expresión se volvió ofendida.

—Por supuesto.

Hugo cerró la puerta. Después señaló hacia la cocina.

—Quiero que sepas que llevo una hora trabajando y todavía no he provocado ningún incendio.

—Estoy muy orgullosa.

Dejé el bolso y el abrigo sobre una silla.

Después me acerqué a la cocina. Había preparado pasta con tomates asados, ajo y albahaca.

Una fuente de verduras descansaba sobre la encimera y el pan estaba cortado dentro de una cesta.

Todo tenía bastante buena pinta. Mucho más de lo que esperaba.

Lo cual era injusto. Porque Hugo no necesitaba sumar nuevos talentos a aquella lista de cosas que últimamente me estaban complicando la vida.

—¿Qué te parece? —preguntó.

—Que si sabe tan bien como huele, voy a pedirte matrimonio.

Hugo soltó una carcajada. Después se quedó observándome un instante.

Tardé un segundo en comprender lo que acababa de decir y noté cómo se me calentaban las mejillas.

Llevábamos años haciendo bromas así, pero aquella noche la palabra matrimonio había adquirido una capacidad nueva para convertir mi cerebro en una tostadora averiada.

Hugo sonrio. No pareció darle demasiada importancia. O quizá decidió no hacerlo.

—Espera a probarlo —respondió —Que todavía estamos a tiempo de cancelar la boda».

Me acerqué a ayudarlo. Su casa era exactamente como la recordaba.

Un salón amplio, muebles sencillos, varias fotografías sobre una estantería y libros colocados donde había conseguido hacerles sitio.

La mesa de comedor estaba junto a una ventana y el sofá tenía una manta azul oscuro que yo misma le había regalado hacía dos Navidades.

En una esquina descansaba su piano. No uno de esos teclados pequeños que utilizaba para preparar clases.

Un piano vertical de madera oscura, con algunas marcas de desgaste y un sonido que, según Hugo, seguía siendo precioso a pesar de sus años.

Lo había comprado de segunda mano después de ahorrar durante bastante tiempo.

Recordaba perfectamente el día que me llamó para contármelo.

Estaba tan emocionado que tardó varios minutos en conseguir explicarme dónde lo había encontrado.

Yo le dije que por fin había cumplido el sueño que llevaba mencionando desde el instituto.

Él respondió que ahora solamente le faltaba aprender a tocarlo sin molestar a los vecinos.

Aquello último seguía siendo discutible.

Pero el piano era precioso. Siempre me había gustado verlo allí.

Y aquella noche, mientras ayudaba a Hugo a poner la mesa, me descubrí mirándolo de otra manera.

No el instrumento. Lo que significaba. Recordé al chico de quince años que dibujaba notas musicales en los márgenes de mis apuntes.

El que aseguraba que algún día tendría un piano de verdad.

Y pensé en la cantidad de años que habían pasado desde entonces.

En todo lo que habíamos conseguido. Y en las cosas que todavía queríamos hacer. Hugo apareció a mi lado con dos copas.

—¿Qué miras?

Señalé el piano.

—Me estaba acordando de cuando decías que algún día tendrías uno.

Sonrio. Dejó las copas sobre la mesa. Después miró hacia el instrumento.

—Tardé un poco más de lo previsto.

—Bueno, cuando teníamos quince años también pensábamos que a los veinticinco tendríamos una casa enorme y estaríamos forrados».

Hugo soltó una carcajada.

—Yo solamente quería un piano.

—Y yo una librería con una cafetería dentro.

Lo observé.

—Fíjate. Hemos conseguido las versiones económicas de nuestros sueños.

Se rio. Después me miró.

—No están tan mal.

—No.

Y lo decía de verdad. Mi librería no era enorme.

No tenía una cafetería. Y todavía había meses en los que necesitaba revisar las cuentas con una atención que no me hacía ninguna ilusión.

Hugo tampoco tenía una casa espectacular ni una carrera musical que lo llevara de gira por el mundo.

Pero daba clases. Componía. Tenía su piano.

Y seguíamos allí. Trabajando por cosas que nos importaban.

Me gustó pensar que habíamos tenido suerte.

No porque todo hubiera salido como imaginábamos.

Sino porque habíamos encontrado otras maneras de conseguir que nuestra vida se pareciera a lo que queríamos.

Hugo se acercó al piano. Pasó los dedos suavemente por la tapa. Después me miró.

—¿Quieres escucharla antes o después de cenar?

Aquella pregunta consiguió que regresaran los nervios, porque llevaba días pensando en la canción. En que quisiera enseñármela a mí primero. Y en lo que podía significar aquella pequeña decisión. Miré la mesa. Después a Hugo.

—Después.

—¿Por?

—Porque si la canción es horrible, por lo menos habré cenado bien.

Su carcajada llenó el salón, y, de pronto, todo volvió a parecer fácil, como siempre había sido con él.

Aunque debajo de aquella facilidad empezara a moverse algo que ninguno de los dos se había atrevido todavía a mencionar.

Cenamos en la mesa del salón. Hugo había puesto un mantel que no recordaba haber visto antes, dos copas y una vela pequeña que parecía llevar varios años esperando una ocasión digna de ser encendida. Cuando la señalé, él levantó las cejas.

—¿Qué pasa?

Miré la vela. Después lo miré a él.

—¿Desde cuándo tienes esto?

Hugo siguió mi mirada.

—Desde hace bastante.

—¿Y desde cuándo la enciendes para cenar?

—Desde hoy, aparentemente.

Me eché a reír y el sonrio. Aquello fue todo.

No intentó explicar por qué había preparado la mesa de aquella manera.

Yo tampoco pregunté más, pero cuando me senté, tuve la impresión de que ambos sabíamos que aquella cena era un poco diferente de nuestras noches habituales de pizza, cerveza y películas que terminábamos comentando más de lo que veíamos.

La pasta estaba deliciosa. Lo cual me fastidió considerablemente porque ya no podía utilizar su falta de habilidades culinarias para equilibrar la lista de cualidades que estaba empezando a encontrarle.

Se lo dije. Hugo dejó el tenedor sobre el plato.

—¿Me estás diciendo que cocino bien?

—Sorprendentemente.

—Quiero que conste por escrito.

Cogí otro poco de pasta. Durante un rato hablamos de cosas normales.

De los pedidos de Navidad. De la actuación del colegio, que sería al final de aquella semana.

De una madre que había llamado a Hugo para preguntarle si su hijo debía llevar el gorro de Papá Noel puesto durante toda la representación o solamente durante la segunda canción.

—¿Y qué le has dicho? —pregunté.

Hugo dejó la copa sobre la mesa.

—Que solamente durante la segunda.

—Respuesta razonable.

Después me preguntó si podía llevarlo con luces.

—No.

Hugo asintió.

—Eso pensé yo.

Me tapé la boca porque acababa de imaginar a veintitantos niños cantando con gorros luminosos. Y también porque, por alguna razón, la imagen de Benito apareció inmediatamente en mi cabeza.

—Martina sufriría un infarto.

Hugo soltó una carcajada.

—A lo mejor podríamos pedirle el reno a Nico para decorar el escenario.

Me eché a reír.

—No. Ese pobre hombre ya ha tenido suficiente.

Seguimos hablando. Nos contamos las pequeñas tonterías del día.

Y, poco a poco, fui relajándome. No por completo.

Seguía siendo consciente de que estaba sentada frente a Hugo con un jersey que me había cambiado tres veces y una cantidad absurda de expectativas sobre una canción que todavía no había escuchado,

pero aquella casa seguía siendo un lugar cómodo y él seguía siendo alguien con quien podía hablar de cualquier cosa.

Incluso de las cosas que me daban miedo.

Quizá especialmente de esas. Cuando terminamos de cenar, Hugo recogió los platos mientras yo llevaba las copas a la cocina.

Abrí el lavavajillas. Empecé a colocar algunas cosas.

Y entonces lo escuché reírse detrás de mí.

—¿Qué?

Hugo estaba apoyado contra la encimera.

—Nada. Que sigues guardando las cosas exactamente igual».

—¿Cómo?

Señaló el lavavajillas.

—Los platos grandes detrás, los pequeños delante y los cubiertos con los mangos hacia arriba.

Miré el interior. Después a Hugo.

—Es una manera perfectamente normal de colocar un lavavajillas.

—No he dicho que no.

—¿Y qué tiene de especial?

—Que llevo años viéndote hacerlo».

Aquello me dejó callada, porque era verdad.

Había fregado platos en su casa. Había puesto lavavajillas.

Había preparado desayunos. Y él había hecho exactamente lo mismo en la mía.

Compartíamos un montón de pequeñas costumbres que nunca habíamos considerado importantes.

La forma de colocar las tazas. La manía de Hugo de dejar una botella de agua junto al sofá.

Mi necesidad de abrir las ventanas después de cocinar.

Las veces que terminábamos sentados en el suelo porque habíamos empezado a hablar mientras buscábamos algo en un armario y ninguno se había acordado de levantarse.

Lo miré. Él seguía sonriendo. Y de pronto pensé en algo que me resultó difícil de admitir.

Que había tenido parejas con las que nunca había llegado a sentirme tan cómoda en una cocina.

Hombres que habían pasado por mi vida durante meses y que seguían pareciéndome invitados.

Con Hugo nunca había tenido esa sensación.

Ni siquiera cuando éramos adolescentes y entraba por primera vez en casa de sus padres.

Siempre había encontrado la manera de hacerme sitio.

Y ahora estaba empezando a preguntarme qué ocurriría si dejaba de pensar en aquel sitio como el lugar que me correspondía dentro de una amistad.

Me acerqué al fregadero. Abrí el grifo. Después lo cerré.

No tenía nada que lavar. Estaba poniéndome nerviosa otra vez. Hugo me observó.

—¿Estás bien, V?

—Sí. Es que... estoy un poco rara últimamente.

Su expresión se volvió más atenta.

—¿Rara cómo?

Durante un segundo consideré contárselo.