3. la canción que siempre estuvo ahí
14 de diciembre. Valencia.
Mi mejor amigo me había visto con varicela, con brackets, con un flequillo que debería estar prohibido por la Convención de Ginebra y vomitando detrás de una discoteca cuando teníamos diecinueve años.
Sin embargo, aquella tarde me cambié tres veces de jersey antes de ir a su casa.
Tres. La primera opción era demasiado arreglada.
La segunda, demasiado informal. Y la tercera tenía un pequeño descosido en la manga que llevaba semanas prometiéndome arreglar.
Al final volví a ponerme el primero. Era verde oscuro, de punto fino, con un escote redondo y unas mangas que me quedaban ligeramente largas.
Lo combiné con unos vaqueros negros, botines y un abrigo de lana.
Me miré al espejo. Después me recogí el pelo pelirrojo con una pinza.
Me lo solté. Volví a recogerlo. Y terminé apoyando ambas manos sobre el lavabo.
—Esto es ridículo.
Lo dije en voz alta por si mi cerebro necesitaba escucharlo.
Iba a casa de Hugo. La misma casa donde me había quedado dormida viendo películas, donde había cenado pizza directamente de la caja y donde una vez pasamos una tarde entera intentando montar un mueble que terminó sobrando una pieza.
No era una primera cita. Ni una cena romántica.
Hugo quería enseñarme una canción que estaba componiendo y yo iba a escucharla.
Eso era todo. Al menos sobre el papel. El problema era que, desde hacía unos días, las cosas que tenían que ver con Hugo ya no se quedaban tranquilamente sobre el papel.
Empezaban a moverse. A transformarse. Y a provocarme una cantidad de nervios absolutamente incompatible con una mujer que había conseguido abrir una librería sin sufrir una crisis nerviosa permanente. Cogí el móvil. Tenía un mensaje suyo.
¿Sigues viniendo a las ocho?
Sí. ¿Por?
Por calcular la cena. Hay una diferencia importante entre cocinar para una persona y para dos.
Hugo, eres capaz de preparar macarrones para seis aunque cenes solo.
Eso es una acusación muy grave.
Es una experiencia que he vivido personalmente.
Respondió con un emoticono indignado.
Después añadió:
Trae hambre, V.
Me quedé mirando aquellas palabras. No eran distintas de las que llevaba años enviándome.
Y quizá aquella era la parte más desconcertante de todo.
Que Hugo continuaba siendo Hugo. El mismo.
No había cambiado su manera de hablarme, de bromear o de preocuparse por si había comido.
Era yo quien había empezado a escuchar otra cosa debajo de nuestras conversaciones.
Una posibilidad. Y todavía no sabía si aquella posibilidad existía también para él.
Durante toda la mañana me había costado concentrarme en la librería.
No porque hubiera tenido poco trabajo. Todo lo contrario.
Diciembre estaba resultando mucho más movido de lo que esperaba.
Habían aumentado los pedidos para regalo, varias personas preguntaban por las cajas de libros que preparaba por encargo y todavía tenía que terminar de organizar una pequeña selección de lecturas infantiles para las vacaciones escolares.
Además, el calendario que Hugo y yo habíamos preparado estaba funcionando sorprendentemente bien.
Algunas personas cogían las tarjetas y sonreían.
Otras volvían días después para contarme que habían hecho lo que les había tocado.
Una chica había regalado una novela a su hermana sin esperar a su cumpleaños.
Un hombre había escrito una dedicatoria a su padre por primera vez en muchos años.
Y una clienta habitual había dejado una nota dentro de un libro de la estantería de intercambio, aunque no quiso contarme qué había escrito.
Me encantaba aquello, porque había empezado como una ocurrencia de Hugo.
Veinticuatro sobres pequeños. Unas tarjetas escritas a mano.
Y la idea de que diciembre podía servir para hacer algo más que comprar regalos.
Pero se estaba convirtiendo en una de las cosas más bonitas que habíamos organizado en la librería.
A las cinco de la tarde entró Julia. Llevaba un abrigo negro, unos vaqueros y esa expresión de mujer que había pasado el día resolviendo problemas que otras personas deberían haber sabido solucionar por sí mismas.
La conocía perfectamente. Trabajaba organizando bodas y eventos.
Y había días en los que parecía regresar de una misión militar.
—Necesito un libro —anunció.
Levanté la mirada del ordenador.
—Buenas tardes a ti también.
Julia dejó el bolso sobre una silla.
—Hola, preciosa. Necesito un libro.
Me eché a reír.
¿Para ti?
—Para un regalo. Algo bonito, pero no demasiado empalagoso. Que tenga amor, pero que la protagonista no pierda el cerebro por el camino.
La observé. Después sonreí.
—Qué requisitos tan específicos.
—Estoy pasando una etapa complicada con el género masculino.
Me mordí el labio. Había algo especialmente divertido en escuchar aquello de una mujer que llevaba días hablando más de la cuenta de Adrián, el fotógrafo con quien supuestamente mantenía una relación falsa.
O eso decía ella. Las relaciones falsas no solían provocar tantas sonrisas delante del móvil.
Pero decidí no mencionarlo. Tenía mis propios problemas sentimentales.
Y necesitaba conservar el derecho a la privacidad.
La acompañé hasta la estantería de romántica.
Le enseñé varios títulos, le expliqué las diferencias y terminamos eligiendo una novela que me gustaba especialmente por la manera en que sus protagonistas aprendían a quererse sin dejar de ser quienes eran.
Julia examinó la cubierta. Después leyó la sinopsis.
—Me gusta.
—Creo que es justo lo que buscas.
Me siguió hasta el mostrador. Mientras preparaba el paquete, se quedó observándome demasiado. Levanté la mirada.
—¿Qué?
Julia sonrio.
—Nada.
Volví a bajar los ojos. Coloqué una pequeña tarjeta sobre el papel de regalo. Corté la cinta. Y entonces la escuché otra vez.
—¿Tienes algún plan esta noche?
Me quedé inmóvil. Solamente un instante. Pero fue suficiente. Porque Julia abrio mucho los ojos y sonrio.
—Tienes un plan.
Negué con la cabeza.
—Tengo cosas que hacer.
—Eso es un plan.
Mi amiga se apoyó sobre el mostrador.
—¿Con quién?
Me quedé mirándola. Después decidí utilizar la verdad. Una estrategia arriesgada, pero normalmente eficaz.
—Con Hugo.
—Ah.
—Vale.
Continué envolviendo el libro. Estaba empezando a relajarme cuando añadió:
—¿Y por qué te has puesto roja?
Maravilloso. Mi pelo ya era pelirrojo. No necesitaba que el resto de mi cara decidiera combinar.
—No me he puesto roja.
Julia soltó una carcajada.
—Cariño, pareces una decoración navideña.
La miré. Ella sonrio, pero no siguió bromeando. En lugar de eso, se apoyó un poco más cerca.
—¿Está pasando algo con Hugo?
La pregunta me dejó sin palabras. No porque no pudiera responder. Sino porque, por primera vez, alguien había formulado en voz alta una posibilidad que yo todavía no me atrevía a reconocer del todo. Me quedé mirando la cinta que tenía entre las manos. Después la solté.
—No lo sé.
Julia dejó de sonreír. Su expresión cambió. Se volvió más atenta.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Pues eso. Que últimamente estoy un poco rara con él.
Mi amiga no dijo nada y aquello me sorprendió bastante. Julia era perfectamente capaz de organizar una celebración con tres palabras, dos emoticonos y una fotografía tomada desde un ángulo sospechoso. Pero aquella vez se quedó escuchando.
—¿Rara de qué manera? —preguntó finalmente.
—De la manera en que empiezas a pensar cosas que antes no pensabas.
Su sonrisa apareció despacio.
—Vera...
Me cogió la mano por encima del mostrador.
—Es Hugo, Julia. Llevamos media vida siendo amigos. Y ahora de repente me fijo en cosas que siempre han estado ahí, pero que antes no me... no sé.
No terminé la frase. Julia me acarició los dedos.
—¿Te gusta?
La miré. Y aquella vez no intenté buscar una excusa.
—Creo que sí.
—Pues qué bonito.
Sentí una presión pequeña en el pecho.
—No sé si es bonito o una catástrofe.
Julia soltó una risa.
—Todavía no tienes que decidirlo.
—Me da miedo que esto lo cambie todo.
Mi amiga guardó silencio unos segundos. Cuando volvió a hablar, lo hizo mucho más despacio.
—¿Y no te da un poco de miedo que no cambie nada?
Me quedé mirándola. No esperaba aquella pregunta.
Y precisamente por eso me hizo pensar. Llevaba días preocupada por lo que podía perder.
Por la posibilidad de que Hugo no sintiera lo mismo.
Por una relación que quizá terminara arruinando nuestra amistad.
Pero apenas me había detenido a considerar la otra opción.
Que nunca ocurriera nada. Que pasáramos otros diez años compartiendo cenas, películas y canciones mientras yo me preguntaba en silencio qué habría pasado si me hubiera atrevido a decirle lo que sentía.
No sabía cuál de las dos posibilidades me asustaba más. Julia me apretó suavemente la mano.
—No te digo que te lances a besarlo esta noche, cariño. Solo que no cierres una puerta por miedo a descubrir lo que hay detrás».
—¿Desde cuándo das consejos tan sensatos?
Soltó una carcajada.
—Desde que tengo cuarenta problemas propios y me he especializado en detectar los de las demás.
Terminamos de envolver el libro. Julia se marchó después de darme un abrazo y prometer, con escasa credibilidad, que no iba a interrogarme al día siguiente.
Cuando la puerta se cerró, me quedé mirando el trozo de papel que había sobrado sobre el mostrador.
Después consulté el reloj. Las cinco y cuarenta y ocho.
Por primera vez, tuve la sensación de que aquella noche podía ser importante.
No necesariamente porque fuera a pasar algo.
Sino porque empezaba a comprender que ya no podía seguir fingiendo que no estaba pasando nada.
A las ocho menos cinco estaba delante de su puerta.
Llevaba una botella de vino y un pequeño paquete de chocolates que había comprado de camino.
También llevaba los nervios de una adolescente que estaba a punto de llamar a casa de un chico que le gustaba por primera vez.
Aquello era especialmente ridículo porque tenía una copia de las llaves de Hugo.
Me las había dado años atrás, después de que se dejara las suyas dentro y tuviéramos que esperar casi dos horas a un cerrajero.
Desde entonces conservábamos una copia de las llaves del otro para emergencias.
Las mías habían servido para regar las plantas cuando me fui de viaje.