Diciembre tenía otros planes 2. el sonido de las cosas que no decimos #5
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2. el sonido de las cosas que no decimos #5

Sentí un calor inesperado en las mejillas. Bajé la mirada un instante. Después volví a levantarla.

—Claro que quiero escucharla.

Hugo sonrio. Aquella vez de verdad. Con alivio. Y algo más que no terminé de comprender.

—Pues el lunes vienes a casa. Preparo algo para cenar y te la enseño.

—Vale.

Se quedó mirándome. Después añadió:

—Pero quiero que seas sincera.

Solté una carcajada.

—Eso me suena.

Hugo también se rio.

—No quiero que me digas que te encanta solamente porque la haya compuesto yo.

Me acerqué un poco.

—Hugo.

—¿Qué?

—Si has escrito algo horrible, buscaré una manera educada de decírtelo.

Su carcajada llenó la librería. Me reí también.

Y durante unos segundos estuvimos allí, uno frente al otro, disfrutando de aquella broma que solamente tenía sentido porque llevábamos años conociéndonos.

Pero cuando dejamos de reír, nuestras miradas continuaron encontrándose.

Un instante más. Demasiado para que yo pudiera fingir que no estaba sintiendo nada.

Hugo bajó ligeramente la cabeza. Parecía estar pensando.

Yo me quedé quieta. Y, por un segundo, me dieron unas ganas enormes de preguntarle si él también había notado que últimamente nos mirábamos de otra manera.

No lo hice. Todavía no. Porque había algo precioso en lo que estábamos empezando a descubrir.

Y me daba miedo tocarlo antes de saber qué era.

Aquella noche regresé a casa caminando. No hacía demasiado frío, aunque las calles estaban llenas de personas abrigadas y el aire tenía aquel olor de diciembre que siempre me recordaba a las castañas asadas, las luces recién encendidas y los escaparates llenos de regalos.

Llevaba la hoja de mi cuento dentro del bolso.

Estaba doblada. Un poco arrugada. Y probablemente tendría que imprimir otra copia si algún día quería enseñarla de nuevo.

Pero me encantaba conservar aquella. Porque había sido la primera.

La primera vez que me atreví a leer mis palabras delante de otras personas.

La primera vez que alguien me preguntó dónde podía comprarlas.

Y la primera vez que Hugo me escuchó hablar de algo tan mío sin que yo intentara esconderme detrás de una broma.

Sonreí. Después recordé la tarjeta: Dile a alguien algo que no sepa.

Y la expresión de Hugo cuando le pregunté si tenía algo pendiente de decir.

Su silencio. La manera en que miró el papel.

Y aquella respuesta: Todavía estoy intentando encontrar la manera.

Me quedé pensando. No sabía qué significaba.

Tampoco quería construir una historia entera alrededor de una frase.

Pero llevaba días sintiendo que algo se estaba moviendo entre nosotros.

Pequeños gestos. Silencios nuevos. Miradas que duraban un poco más.

Y una sensación extraña cada vez que nos despedíamos, como si de pronto ninguno tuviera tanta prisa por hacerlo.

Quizá estaba imaginándolo. Quizá Hugo seguía viéndome exactamente como siempre y era yo quien había empezado a interpretar de otra manera todo lo que hacía.

No tenía forma de saberlo, pero aquella noche comprendí algo importante.

Estaba empezando a cansarme de mirar el futuro con miedo.

Había pasado casi un año escondiendo mi cuento porque temía que alguien pudiera juzgarlo.

Y, sin embargo, aquella tarde lo había leído en voz alta.

Me habían temblado las manos. Había sentido vergüenza.

Y había estado a punto de arrepentirme. Pero lo hice.

Y ahora estaba contenta. Pensé en Hugo. En nuestra amistad.

En todo lo que habíamos vivido. Y, por primera vez, me permití imaginar algo que hasta entonces había intentado evitar.

Una tarde cualquiera. Él preparando café en su cocina.

Yo sentada en la encimera, contándole alguna tontería de la librería.

Hugo acercándose. Una mano sobre mi cintura.

Su boca encontrando la mía. No fue una imagen extraordinaria.

Ni especialmente apasionada. Fue una escena doméstica.

Sencilla. Una posibilidad que podía existir perfectamente dentro de nuestras vidas.

Y precisamente por eso me emocionó tanto.

Porque no estaba imaginando una historia romántica completamente diferente de la que ya teníamos.

Estaba imaginando nuestra vida con algo más.

Algo que todavía no sabía si era posible, pero que empezaba a desear con una intensidad que me asustaba un poco.

Llegué a casa. Dejé el bolso. Me quité el abrigo.

Y antes de irme a dormir miré el móvil. Tenía un mensaje de Hugo.

Gracias por hoy, V. Me ha gustado muchísimo escucharte leer.

Gracias por ayudarme a atreverme.

El mérito es tuyo. Yo solamente estaba sentado delante.

Me quedé mirando aquellas palabras. Después escribí:

No solamente.

Tardó unos segundos en responder.

¿No?

Sonreí. Me mordí ligeramente el labio. Y aquella vez decidí no esconderme detrás de una broma.

Contigo siempre me resulta más fácil hacer las cosas que me dan miedo.

Lo envié. Sentí que el corazón empezaba a latirme un poquito más deprisa.

Hugo tardó bastante en contestar. Mucho más de lo habitual.

Durante aquellos segundos me pregunté si había sonado demasiado intensa.

Si había convertido una conversación normal entre amigos en algo extraño.

Si debería haber añadido algún comentario divertido para quitarle importancia.

Pero no lo hice. Dejé el teléfono sobre la cama.

Esperé. Y finalmente apareció su mensaje.

Ojalá supieras lo importante que es para mí que confíes así en mí.

Lo releí. Una vez. Después otra. Y sentí algo que no sabía describir.

Algo bonito y aterrador al mismo tiempo, porque aquella noche no había ninguna razón para pensar que Hugo estuviera enamorado de mí.

No me había besado. Ni confesado nada. Ni hecho ninguna promesa.

Pero, por primera vez desde que había empezado diciembre, tuve la sensación de que quizá no era la única que estaba descubriendo que nuestra amistad podía esconder algo más.

Apagué el teléfono. Me metí en la cama y cerré los ojos.

El lunes iba a ir a casa de Hugo a escucharlo tocar una canción que llevaba mucho tiempo componiendo.

Una canción que nunca me había enseñado.

Y, mientras intentaba dormirme, pensé en todos los sonidos que habría guardado Alma, la niña de mi cuento, si hubiera conocido a alguien como él.

Su risa. Sus pasos. La guitarra sonando en una habitación cercana.

Su voz pronunciando aquella única letra que solo él utilizaba para llamarme.

V. Sonreí en la oscuridad. Había pasado años creyendo que las historias más bonitas eran las que empezaban con un encuentro extraordinario.

Dos desconocidos que coincidían. Una mirada.

Una casualidad. Algo que cambiaba de pronto el rumbo de sus vidas.

Y ahora empezaba a preguntarme si algunas historias de amor podían comenzar mucho antes de que sus protagonistas se dieran cuenta.

Con un bolígrafo prestado a los quince años.

Con una hamburguesa compartida. Con una escalera, unas estrellas de papel y un hombre que siempre encontraba tiempo para quedarse un rato más.

Quizá lo difícil no era descubrir a alguien nuevo.

Quizá lo difícil era atreverse a mirar de otra manera a la persona que siempre había estado allí.

Y yo empezaba a tener unas ganas enormes de averiguar qué pasaría cuando volviera a encontrarme con Hugo.