Diciembre tenía otros planes 2. el sonido de las cosas que no decimos #4
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2. el sonido de las cosas que no decimos #4

«Cada noche, antes de dormir, Alma abría su caja de sonidos y elegía uno. Había guardado la lluvia golpeando el tejado, las cucharillas dentro del cajón y el ruido que hacía su abuela al pasar las páginas del periodico. También había guardado la risa de su mejor amigo.

Era una risa que siempre empezaba demasiado fuerte, se interrumpía a la mitad y terminaba haciéndola reír a ella, incluso cuando no sabía de qué se estaban riendo. Durante mucho tiempo creyó que guardaba aquellos sonidos para no olvidarlos. Hasta que una tarde descubrio algo.

Había sonidos que conocía tan bien que no necesitaba escucharlos para saber que alguien estaba cerca. Como los pasos de una persona que siempre volvía. O una voz que sabía pronunciar su nombre de una manera que no utilizaba nadie más.

Entonces comprendió que su caja no estaba llena de cosas que podían desaparecer. Estaba llena de momentos que habían conseguido quedarse con ella».

Terminé. Había silencio. Un silencio que duró apenas unos segundos, pero que a mí me pareció interminable.

Durante aquel instante tuve tiempo de arrepentirme de haber leído.

De preguntarme si el texto resultaba demasiado sencillo.

Si era cursi. Si tendría que haber elegido otra escena.

Si había cometido un error al mostrar algo que todavía necesitaba trabajo.

Después una mujer empezó a aplaudir. Otra persona se unió.

Y, de pronto, toda la pequeña librería estaba aplaudiendo.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

No porque creyera que acababa de escribir una obra extraordinaria.

Ni porque estuviera convencida de que aquella historia merecía publicarse.

Sino porque acababa de hacer algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer y no había pasado nada terrible.

Nadie se había reído. Nadie me había dicho que debería dedicarme exclusivamente a vender libros.

Simplemente había compartido unas palabras y algunas personas parecían haber encontrado algo bonito en ellas.

Les di las gracias. Después miré hacia Hugo.

Seguía sentado junto al teclado, pero tenía una expresión que no esperaba.

Estaba emocionado de verdad. Me observaba con los ojos brillantes y una sonrisa pequeña.

Cuando nuestras miradas se encontraron, asintió una vez.

Como si quisiera decirme que lo había hecho bien.

Y aquella fue la parte que casi consiguió hacerme llorar.

Porque me importaba muchísimo lo que pensara.

Quizá demasiado. La actividad terminó poco después de las ocho.

Algunas personas se quedaron comprando libros, otras se despidieron y una mujer me preguntó si mi cuento estaba publicado. Me quedé mirándola. Después sonreí.

—No. Todavía no.

—Pues me gustaría leerlo cuando lo esté.

No supe qué responder. Al final le di las gracias.

Y, cuando se marchó, me quedé un rato mirando la puerta.

Aquella pregunta me había hecho una ilusión enorme.

Y también me había dado vértigo. Porque hasta entonces había pensado en mi cuento como algo que escribía para mí.

Una historia pequeña. Privada. Que quizá algún día enseñaría a alguien de confianza.

Pero ahora había descubierto que podía existir fuera de mi ordenador.

Que otras personas podían leerla. Y que, incluso si nunca llegaba a publicarla, no tenía por qué pasar el resto de su vida escondida dentro de una carpeta.

Hugo apareció a mi lado mientras recogía algunas tazas.

—Oye.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Ven aquí.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Para qué?

No respondió. Simplemente abrio los brazos y yo me acerqué. Lo abracé. Apoyé la cara contra su pecho y sentí cómo me rodeaba suavemente la espalda. Durante unos segundos ninguno habló. No hacía falta. Estaba contenta. Nerviosa. Emocionada. Y un poco abrumada. Hugo me acarició el pelo.

—Estoy muy orgulloso de ti, V.

Cerré los ojos. Y aquella frase consiguió que algo dentro de mí se aflojara. Como si hubiera estado conteniendo la respiración durante demasiado tiempo.

—Me temblaban las manos —murmuré.

Lo escuché reírse suavemente.

—Lo he visto.

—Y la voz.

—Un poquito.

Me aparté para mirarlo.

—Podrías mentirme.

Sonrio.

—Podría, pero entonces no tendría mérito que te dijera que lo has hecho muy bien.

—¿De verdad te ha gustado?

Hugo no respondió inmediatamente, pareció buscar las palabras. Lo cual me tranquilizó más que si hubiera empezado a decirme que era maravillosa sin haber pensado en lo que acababa de escuchar.

—Sí —contestó —Me ha gustado mucho.

Sonreí. Él continuó:

—La idea de guardar sonidos me parece preciosa. Y hay algo muy bonito en que la niña empiece coleccionándolos porque tiene miedo de olvidar, pero termine entendiendo que algunos recuerdos no necesitan guardarse.

Me quedé escuchándolo. Después añadió:

—Eso sí, no sé si el final está completamente claro todavía. Me gustaría leer el resto para entender mejor cómo llega hasta ahí.

Aquello me hizo sonreír, porque acababa de demostrarme que estaba prestando atención a la historia. No solamente a mí.

—Todavía tengo que revisarlo —reconocí.

—Pues revísalo. Y cuando quieras, me lo pasas.

Lo miré y sentí una ternura enorme. Llevaba años confiando en Hugo para muchas cosas, pero aquella era diferente.

Era una parte de mí que ni siquiera mis amigas conocían demasiado.

Algo que había escrito en silencio. Y que me daba mucho miedo que alguien pudiera juzgar.

Sin embargo, delante de Hugo había conseguido leerlo y no me sentía expuesta.

Me sentía escuchada. Nos quedamos recogiendo la librería después de que se marchara la última clienta.

Hugo guardó el teclado. Yo retiré los vasos, doblé las sillas y comprobé que ninguna de las tarjetas del calendario hubiera terminado en el suelo.

Cuando llegué al mostrador, encontré una hoja doblada.

La reconocí inmediatamente. Era la que había utilizado para leer mi cuento.

La cogí. Estaba algo arrugada por la manera en que la había sujetado durante la actividad.

En una esquina había una pequeña marca donde mis dedos habían apretado demasiado el papel.

La doblé con cuidado y la guardé dentro de mi bolso. Hugo apareció a mi lado.

—¿Qué vas a hacer con ella?

Miré la hoja. Después sonreí.

—Guardarla.

Levantó las cejas.

—¿Para qué?

Me encogí de hombros.

—Para acordarme de que hoy he hecho algo que me daba mucho miedo.

—Me parece una buena idea.

Nos quedamos unos segundos en silencio. El local estaba casi recogido. Fuera seguían pasando personas cargadas de bolsas y el cartel de los finales felices continuaba en el escaparate, ligeramente torcido hacia la izquierda. Me acerqué para enderezarlo. Hugo soltó una risa.

—¿Qué?

Nada. Que antes de cerrar necesitabas colocar algo en su sitio.

Me eché a reír.

—Es que estaba torcida.

—Ya.

Sonrio.

—Y eso sería una tragedia nacional.

Le di un pequeño empujón. Después me ayudó a apagar las luces de las estanterías.

Cuando terminamos, solo quedó encendida la guirnalda del escaparate.

La librería parecía más pequeña. Más cálida.

Y, por alguna razón, más mía que nunca. Hugo se acercó al pequeño calendario.

Observó los sobres. Después cogió uno de los que todavía no habíamos colocado. Lo giró entre los dedos.

—¿Sabes qué? —preguntó.

—¿Qué?

Sonrio ligeramente.

—Creo que esto del calendario ha terminado funcionando mejor de lo que esperaba.

—Sí. Aunque todavía hay algunas tarjetas que me parecen un poco difíciles.

Hugo levantó las cejas.

—¿Cuáles?

Señalé una que habíamos escrito juntos: Dile a alguien algo que no sepa.

La leyó. Después sonrio, pero aquella vez no hizo ninguna broma. Se quedó mirando el papel un instante.

—Sí— reconoció —Esa puede ser complicada.

Lo observé. Me acordé de nuestra conversación de los días anteriores.

De las veces que había sentido ganas de preguntarle algo y no había sabido cómo hacerlo.

Y, por primera vez, se me ocurrio que quizá Hugo también tenía cosas que no me contaba.

No porque nuestra amistad no fuera importante.

Sino porque ninguna amistad, por antigua que fuera, podía contener absolutamente todo lo que una persona pensaba o sentía.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

Señalé la tarjeta.

—¿Tienes algo que te gustaría decirle a alguien y no sabes cómo?

No respondió inmediatamente. Aquello me sorprendió. Porque Hugo siempre tenía una respuesta. Una broma. Una historia. Algo que decir. Pero aquella vez se quedó callado. Después bajó la mirada hacia la tarjeta. Y sonrio un poco.

—Sí.

Sentí un movimiento extraño en el estómago.

No sabía por qué. Ni tenía ningún derecho a pensar que aquella respuesta podía estar relacionada conmigo.

Podía tratarse de algo del colegio. De su familia.

De un amigo. De cualquiera de las muchas personas que formaban parte de su vida Pero me descubrí queriendo saberlo.

—¿Y por qué no se lo dices? —pregunté.

Hugo soltó una risa pequeña sin demasiado humor. Después volvió a mirarme.

—Porque todavía estoy intentando encontrar la manera.

Aquello sonó diferente. No sabría explicar cómo.

Quizá fue su voz. O la forma en que me observó.

Pero durante unos segundos tuve la impresión de que había algo entre nosotros que estaba esperando a que alguno se atreviera a ponerle nombre.

No lo hice. Tampoco él. Hugo dejó la tarjeta sobre la mesa. Después sonrio.

—Oye, ¿el lunes por la tarde tienes algo?

La pregunta consiguió que regresara al presente.

—No lo sé. Depende de la hora.

—Sobre las ocho.

Tenía trabajo, pero podría terminarlo antes.

—Creo que puedo.

Hugo asintió. Después se pasó una mano por el pelo. Un gesto que conocía perfectamente. Y que hacía cuando estaba un poco nervioso. Aquello me llamó la atención.

—Qué pasa? —pregunté.

—Quería enseñarte una cosa.

—¿Qué cosa?

Hugo guardó silencio un momento. Y, por primera vez en mucho tiempo, pareció dudar.

—He estado escribiendo música —respondió —Algo mío.

Sabía que componía. Lo había hecho desde adolescente.

Pero últimamente casi siempre lo escuchaba hablar de las canciones del colegio, de arreglos para actuaciones o de pequeñas piezas que preparaba para sus alumnos.

No recordaba la última vez que me había contado que estaba trabajando en algo personal.

—¿Una canción nueva?

—Más o menos.

Sonrio ligeramente.

—Llevo tiempo con ella. Bastante.

—¿Y quieres enseñármela?

—Sí.

Hubo un silencio. Después añadió: —A ti primero.