2. el sonido de las cosas que no decimos #3
La historia había cambiado muchas veces desde que empecé a escribirla.
Al principio era un cuento sobre los recuerdos.
Después empezó a convertirse en algo diferente.
Sobre la manera en que las personas se quedan dentro de nosotros incluso cuando no están delante.
Sobre las cosas que damos por seguras. Y sobre cómo, a veces, no sabemos qué momentos van a importarnos hasta mucho después de haberlos vivido.
No era una historia extraordinaria. No iba a revolucionar la literatura infantil.
Pero era mía. Y me gustaba. Cogí el móvil.
Abrí la conversación con Hugo. Después escribí:
Lo he terminado.
¿EL CUENTO?
Sí.
Hugo respondió con un audio.
«¡V! ¡Pero qué alegría! Joder, estoy muy orgulloso de ti. ¿Cómo te sientes?».
Me quedé mirando el teléfono. Después sonreí.
Porque había algo en su entusiasmo que me hizo sentir que acababa de conseguir algo importante.
No era una exageración. Había terminado una historia que me había costado mucho escribir.
Y la persona a la que más me apetecía contárselo acababa de alegrarse como si hubiera ganado un premio. Le envié otro audio.
«Pues no lo sé. Contenta. Nerviosa. Un poco preocupada porque ahora ya no tengo la excusa de que está sin terminar».
Hugo respondió:
Puedes dejarla reposar unos días. Y después vuelves a leerla.
Asentí aunque no pudiera verme.
Sí. Creo que haré eso.
Hubo una pausa. Después apareció otro mensaje suyo.
Y mañana, en la actividad, podrías leer un poquito.
Me quedé inmóvil. Lo observé. Mi primera reacción fue negar con la cabeza, porque aquello no formaba parte de mis planes.
Había organizado una tarde de lecturas no una presentación de mi propia historia.
Iba a leer fragmentos de libros publicados, conocidos y suficientemente buenos como para no tener que preocuparme por la opinión de nadie sobre mis palabras.
Pero ahora Hugo acababa de proponerme algo que llevaba mucho tiempo evitando. Compartir mi historia.
No estoy segura.
Pues no lo hagas si no te apetece.
Después apareció otro mensaje.
Pero si el único motivo es que te da miedo, piénsalo.
Dejé el teléfono sobre la mesa. Respiré hondo.
Y abrí otra vez el documento. Durante varios minutos busqué un fragmento que pudiera funcionar sin necesidad de explicar toda la historia.
Encontré uno. Lo releí. Después lo copié en un archivo nuevo.
Lo imprimí. Y dejé la hoja sobre el mostrador.
No había decidido nada, pero, por primera vez, la posibilidad de leer algo mío delante de otras personas no me parecía completamente imposible, solo aterradora, que era un avance considerable.
12 de diciembre. Valencia.
A las seis de la tarde había diecisiete personas en mi librería.
Diecisiete. Las conté tres veces. No porque pensara que iban a desaparecer, sino porque necesitaba asegurarme de que había colocado suficientes sillas,
preparado bastantes vasos y dejado espacio para que cualquiera pudiera acercarse a las estanterías sin tener que pedir permiso a media docena de desconocidos.
Había decorado una pequeña mesa con ramas de pino, algunas estrellas de papel y una bandeja de galletas de La Espiga.
Hugo estaba junto a la ventana, comprobando el pequeño teclado que había llevado para acompañar algunas lecturas con música.
Cuando me vio revisar las sillas por cuarta vez, levantó la cabeza.
—V.
Lo miré.
—¿Qué?
Señaló la última fila.
—Esa silla no se ha movido desde hace veinte minutos.
Fruncí el ceño.
—Está un poco torcida.
Hugo se acercó. Después me miró.
—Creo que estás pasando demasiado tiempo con Martina.
Solté una carcajada.
—Eso no es malo.
—No he dicho que lo sea.
Sonrio. Después bajó un poco la voz.
—¿Estás nerviosa?
Podría haber mentido. Decirle que no. Que había organizado muchas actividades y que aquello era solamente otra tarde de lecturas. Pero Hugo llevaba demasiados años conociéndome. Y yo empezaba a cansarme de fingir que algunas cosas no me daban miedo.
—Muchísimo —reconocí.
—¿Por la gente?
Negué con la cabeza. Después miré hacia el mostrador. Debajo de una libreta estaba la hoja que había impreso el día anterior. El fragmento de mi cuento. La posibilidad de hacer algo que nunca me había atrevido a hacer. Hugo siguió mi mirada. No necesitó preguntar. Se acercó un poquito más.
—Vera, no tienes que leerlo.
—Ya lo sé.
—La actividad va a salir bien igualmente.
—También lo sé.
Me quedé mirando la hoja. Después respiré hondo.
—Pero quiero hacerlo.
Hugo no respondió inmediatamente. Su sonrisa apareció despacio. Y aquella vez hubo algo en sus ojos que me hizo sentir que estaba completamente presente conmigo. No parecía sorprendido. Tampoco orgulloso de haberme convencido. Simplemente se alegraba de que hubiera tomado una decisión.
—Pues entonces voy a sentarme delante —dijo —Para que tengas una cara conocida a la que mirar.
Me eché a reír.
—Tu cara es bastante conocida, sí.
Sonrio.
—Y extraordinariamente agradable.
Puse los ojos en blanco, pero me acerqué y le di un abrazo. No demasiado largo. Solo lo suficiente para sentir que podía permitirme estar nerviosa sin que aquello significara que estaba haciendo algo mal. Hugo me abrazó también.
—Vamos, librera. Hay gente esperando.
La primera media hora fue preciosa. Mucho más de lo que había imaginado.
Una mujer leyó un fragmento de una novela que había descubierto durante un viaje.
Un chico universitario compartió unas líneas de un libro que le había regalado su padre.
Y una señora mayor nos contó que llevaba décadas escribiendo dedicatorias en todos los ejemplares que regalaba porque, según ella, las personas podían olvidar quién les había comprado un libro, pero no deberían tener que adivinar por qué alguien había pensado en ellas.
Aquello me encantó. La mujer enseñó una fotografía de una de sus dedicatorias.
Estaba escrita en la primera página de una novela.
No decía nada extraordinario. Solamente: Para que tengas algo bonito que hacer cuando el mundo se ponga pesado.
Te quiero. Me emocionó muchísimo. Había algo precioso en aquella sencillez.
Después Hugo tocó una pieza breve al teclado.
No era un villancico. Era una melodía tranquila, con algunas notas que se repetían y otras que aparecían suavemente, como si estuvieran intentando encontrar su sitio.
Me quedé escuchándolo. Había visto a Hugo tocar cientos de veces.
Desde el instituto. En conciertos pequeños, en reuniones de amigos y en su casa.
Pero aquella tarde me pareció diferente.
Quizá porque llevaba unos días observándolo de otra manera.
O porque la librería estaba en silencio y podía escuchar cada nota sin que nadie hablara por encima.
Tenía las manos apoyadas sobre las teclas y la cabeza ligeramente inclinada.
No tocaba mirando al público. Parecía estar completamente concentrado en la música.
Y me pregunté cuántas veces habría estado delante de mí haciendo algo así sin que yo me detuviera a pensar en lo mucho que me gustaba.
Cuando terminó, algunas personas aplaudieron.
Yo también. Hugo levantó la cabeza. Buscó mi mirada.
Y sonrio. Sentí una cosa pequeña en el pecho.
Una emoción que ya empezaba a resultarme familiar, pero que todavía no sabía qué hacer con ella.
Poco después apareció Abril. La niña que había dejado un deseo guardado en la librería unos días antes.
Venía con su padre y llevaba un jersey rojo con un árbol de Navidad bordado. Se acercó al mostrador.
—Hola, Vera.
—Hola, cariño.
Miró la pequeña caja donde habíamos colocado algunos sobres. Después levantó la cabeza.
—¿Todavía tienes el mío?
Asentí. Lo había guardado detrás del mostrador, tal como le prometí. Busqué su nombre. Saqué el sobre y se lo entregué. Abril lo observó durante unos segundos. Después lo abrio, sacó la tarjeta, la leyó en silencio y sonrio.
—Ya lo he hecho.
Aquello me sorprendió. Me incliné ligeramente hacia ella.
—¿Sí?
Asintió. Su padre estaba detrás, sonriendo también. No pregunté qué había escrito. Era suyo. Pero Abril levantó la mirada.
—Puse que quería atreverme a hablar delante de mi clase sin ponerme roja.
Sonreí.
—¿Y lo has conseguido?
La niña asintió.
—Ayer tuve que explicar un trabajo. Me puse roja igual, pero lo terminé.
Sentí una ternura enorme.
—Pues eso es lo importante.
Abril sonrio. Después dobló la tarjeta. La guardó en el bolsillo del abrigo.
Y regresó junto a su padre. Me quedé observándola.
Aquella niña había hecho algo que le daba miedo.
No había dejado de ponerse nerviosa. Ni conseguido hacerlo todo perfectamente.
Pero lo había hecho. Y parecía feliz. Miré hacia el mostrador.
Mi hoja seguía debajo de la libreta. Sentí que el corazón empezaba a latirme un poco más deprisa.
Después respiré hondo y la cogí. Cuando llegó mi turno, me coloqué frente a las personas que estaban sentadas.
Hugo ocupaba una silla junto al teclado tal como había prometido.
Sostenía una taza entre las manos y me observaba con una tranquilidad que consiguió ayudarme a respirar.
Miré la hoja. Después levanté la cabeza.
—Bueno... Antes de terminar quería compartir algo diferente.
Mi voz sonó un poco más aguda de lo habitual. Tragué saliva. Algunas personas sonrieron. Yo continué.
—Llevo bastante tiempo recomendando historias que han escrito otras personas. Es una de las cosas que más me gustan de mi trabajo. Pero hace unos meses empecé a escribir una propia y... bueno, me ha costado bastante atreverme a enseñarla.
Me quedé callada. Después sonreí ligeramente.
—De hecho, todavía no estoy completamente segura de que sea una buena idea.
Varias personas se rieron. Yo también. Y aquello consiguió que me relajara un poco. Miré hacia Hugo. Seguía observándome. Sonrio. No levantó los pulgares. Ni hizo ningún gesto exagerado. Simplemente estaba allí. Y me pareció suficiente.
—Se titula La niña que guardaba sonidos —continué —Es un cuento sobre una niña que colecciona pequeños ruidos porque tiene miedo de olvidar las cosas que quiere.
Bajé la mirada hacia la hoja. Respiré hondo y empecé a leer.