Diciembre tenía otros planes 2. el sonido de las cosas que no decimos #2
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2. el sonido de las cosas que no decimos #2

Nunca había necesitado justificarme. Pero desde que empezaba a mirarlo de aquella manera, cada gesto suyo parecía adquirir un significado nuevo. Incluso los más pequeños.

Vale. Si te viene bien, pásate cuando termines.

Hecho. Y no vendas la librería antes de que llegue, que me gusta mucho.

Sonreí. Después me obligué a volver al trabajo.

Porque Hugo podía conseguir que se me olvidaran temporalmente los problemas, pero no iba a conseguir que los libros golpeados se arreglaran solos.

Llegó a las seis y cuarto. Entró con la mochila colgada de un hombro, una chaqueta oscura y una bolsa de papel en la mano.

—Buenas tardes, señora empresaria.

—Buenas tardes, señor profesor.

Dejó la bolsa sobre el mostrador.

—He traído provisiones.

Dentro de la bolsa había dos empanadillas y una pequeña caja de galletas.

—¿De dónde has sacado esto?

Hugo sonrio.

—De una panadería.

Levanté las cejas.

—¿La de Nico?

—Pasaba cerca y me acordé de que dijiste que las galletas estaban muy buenas.

Miré la caja, y tuve que reconocer que Martina había hecho un trabajo precioso con el diseño. El cartón natural, la etiqueta crema y la cinta verde oscura resultaban mucho más bonitos que algunas cajas de regalo que había visto en tiendas considerablemente más caras.

—Te ha quedado un regalo muy romántico.

Hugo levantó una ceja.

—¿Una caja de galletas?

Me encogí de hombros.

—Hay personas a las que se conquista con menos.

Durante un instante tuve la impresión de que iba a decir algo, pero terminó señalando la impresora.

—Bueno, ¿dónde está la paciente?

Me aparté.

—Ahí.

Hugo dejó la mochila y se agachó para comprobar la conexión.

Yo me quedé junto al mostrador observándolo y volví a cometer el error de fijarme en sus manos, en el pelo castaño oscuro que se le había desordenado sobre la frente y en la manera en que fruncía ligeramente el ceño cuando estaba concentrado.

Me pregunté si había hecho aquello toda mi vida.

Mirarlo y no darme cuenta. Hugo levantó la cabeza.

—¿Tienes un destornillador pequeño?

—¿Qué?

—Un destornillador.

—Ah. Sí.

Fui al armario donde guardaba las herramientas.

Cogí una caja y cuando se la entregué, nuestros dedos se rozaron.

Un contacto mínimo. Completamente normal.

Pero sentí una especie de corriente absurda que me recorrio desde la mano hasta el estómago.

Me aparté demasiado deprisa. Hugo levantó la mirada.

—¿Estás bien?

—Sí.

Me observó durante un segundo. Después volvió a concentrarse en la impresora. Yo me quedé preguntándome cuánto tiempo podría seguir comportándome como una persona normal antes de que terminara necesitando ayuda profesional.

La respuesta resultó bastante humillante. Apenas diez minutos. Porque cuando Hugo consiguió sacar una pequeña etiqueta atascada y la impresora volvió a funcionar, lo abracé. Lo hice sin pensar. Me acerqué, le rodeé el cuello con los brazos y solté:

—¡Te quiero!

Hugo se rio y me abrazó también.

—Normal. Acabo de salvarte el negocio.

Levanté la cabeza. Estábamos muy cerca. Demasiado.

Tenía las manos apoyadas en mi espalda y yo seguía rodeándole el cuello.

Lo observé. Su sonrisa se suavizó. Y, durante un segundo, volví a notar aquella sensación.

La misma que había aparecido frente a la librería unos días antes.

Una pausa. Pequeña. Extraña. Como si hubiera algo que ninguno de los dos terminara de comprender. Me aparté despacio.

—Voy a imprimir las etiquetas antes de que vuelva a estropearse.

Hugo me soltó.

—Buena idea.

Me senté frente al ordenador intentando recordar cómo funcionaban mis propias manos.

Cuando terminamos con la impresora eran casi las siete.

Hugo se había sentado en uno de los taburetes del mostrador y estaba comiéndose una empanadilla mientras yo preparaba los pedidos que debía dejar listos para el día siguiente.

La librería estaba tranquila. Sonaba música suave.

Fuera había empezado a oscurecer y las pequeñas luces de Navidad se reflejaban en el cristal del escaparate.

Me gustaban aquellas horas. Cuando el movimiento del día disminuía, las estanterías recuperaban el silencio y todavía podía quedarme un rato allí sin sentir que tenía que atender cinco cosas al mismo tiempo.

Hugo también parecía cómodo. Siempre lo había estado en mi librería.

Había días en los que aparecía solamente para saludar, cogía un libro cualquiera y terminaba sentado en el rincón de lectura hasta que yo cerraba.

Otras veces me ayudaba a colocar cajas. Y, algunas tardes, simplemente se quedaba escuchando música mientras yo trabajaba.

Nunca me había parecido extraño. Pero desde que había empezado a cuestionarme lo que sentía por él, aquella intimidad cotidiana se había convertido en algo difícil de ignorar.

Porque Hugo conocía mis rutinas. Sabía que cuando estaba cansada me recogía el pelo de cualquier manera.

Que odiaba el sonido de la impresora cuando se quedaba sin papel.

Que nunca conseguía terminarme un café caliente.

Y que, después de cerrar, me gustaba sentarme cinco minutos en silencio antes de regresar a casa.

Eran cosas pequeñas. De esas que normalmente descubrías después de pasar mucho tiempo con una pareja.

Hugo las sabía todas. Y yo no tenía ni idea de qué hacer con aquella información.

—¿En qué andas pensando?

Levanté la cabeza. Mi mejor amigo había dejado la empanadilla sobre una servilleta. Me observaba.

—En el sábado.

—¿La tarde de lecturas?

Asentí.

Había organizado una pequeña actividad para el doce de diciembre.

Nada demasiado ambicioso: una tarde en la que los clientes pudieran acercarse a escuchar fragmentos de libros, compartir algún texto que les gustara y tomar chocolate caliente.

Había anunciado la actividad en las redes sociales de la librería y colocado un pequeño cartel junto al escaparate.

No sabía cuánta gente vendría. Quizá diez personas.

Quizá veinte. O quizá terminaríamos Hugo y yo leyendo en voz alta mientras alguien preguntaba si teníamos el último libro de algún famoso.

Cualquiera de las tres posibilidades entraba dentro de lo razonable.

—Estoy un poco nerviosa —reconocí.

Hugo sonrio.

—Siempre te pones nerviosa antes de organizar algo.

—Porque quiero que salga bien.

—Y normalmente sale bien.

—Eso no significa que no pueda salir mal.

Se rio. Después señaló las pequeñas tarjetas del calendario.

—¿Vas a leer alguna?

Lo miré.

—¿Yo?

—Sí.

Solté una risa.

—No tengo nada preparado.

Hugo levantó las cejas.

—Tienes una librería entera.

—Me refiero a que no he elegido ningún fragmento.

Se quedó pensativo. Lo vi mirar hacia el ordenador. Y supe inmediatamente lo que estaba a punto de preguntar.

—¿Has seguido escribiendo?

—Un poco.

Hugo sonrio.

—¿Y qué tal?

Podría haber respondido que bien. Que normal. Que todavía estaba trabajando. Pero aquella vez me apeteció decir algo diferente.

—Me está gustando.

Su sonrisa se hizo más grande.

—Eso es estupendo.

—Sí.

Me acerqué a una estantería y empecé a colocar tres libros que estaban fuera de sitio. No necesitaban colocarse precisamente en aquel momento. Pero tener algo entre las manos me ayudaba a pensar. Hugo esperó. Yo respiré hondo. Y terminé preguntando:

—¿Tú leerías algo que he escrito?

El silencio fue tan inmediato que me volví para comprobar si había escuchado bien. Hugo estaba mirándome. Parecía sorprendido.

—Claro —respondió.

Tragué saliva.

—Pero quiero que seas sincero.

—Siempre lo soy contigo.

Era verdad. Hugo podía ser cariñoso, paciente y tener una tendencia considerable a buscar el lado divertido de las cosas, pero nunca había sido de los que decían que todo estaba bien simplemente para evitar una conversación incómoda.

Si algo le parecía una mala idea, me lo decía.

A veces con una broma. Otras directamente.

Y, aunque no siempre me gustara escucharlo, confiaba en su criterio.

—No quiero que me digas que te encanta solamente porque lo he escrito yo.

Hugo se levantó del taburete. Se acercó. Después sonrio.

—Vera, si escribes algo horrible, buscaré una manera educada de decírtelo.

Solté una carcajada.

—Qué tranquilizador.

—De nada.

—Todavía no está terminado.

—No pasa nada.

—Y hay partes que seguramente cambie.

—Perfecto.

—Y...

Hugo levantó un dedo.

—¿Qué?

Sonrio.

—Puedes enseñármelo cuando quieras. No tienes que justificar cada cosa que todavía no has hecho.

Me quedé callada. Después respiré hondo.

—Vale.

Él volvió a sentarse. No insistió. No me preguntó si podía leerlo aquella misma tarde.

Simplemente continuó comiéndose la empanadilla mientras yo terminaba los pedidos.

Y, por algún motivo, aquello consiguió que me sintiera bastante más preparada.

Porque sabía que, cuando decidiera enseñarle mi historia, podría hacerlo sin tener que defenderla antes de que hubiera leído una sola palabra.

11 de diciembre. Valencia.

El viernes terminé el cuento. Bueno. Terminé una primera versión, que no era exactamente lo mismo.

Todavía había párrafos que necesitaban trabajo, algunas escenas que resultaban demasiado largas y un final sobre el que seguía teniendo dudas.

Pero había una última frase. Un punto. Y ninguna página en blanco esperando a que encontrara el valor de continuar.

Me quedé mirando el documento. Durante varios minutos no hice nada.

Después guardé el archivo. Y volví a abrirlo para comprobar que seguía allí.

Una reacción absolutamente ridícula. Pero comprensible, teniendo en cuenta que llevaba casi un año escribiendo aquella historia a ratos.

Cuando tenía tiempo. Cuando estaba de humor.

Cuando las cuentas de la librería me dejaban dormir tranquila.

Y, sobre todo, cuando conseguía convencerme de que escribir algo solamente porque me apetecía era una forma perfectamente válida de utilizar mi tiempo.

El cuento se titulaba La niña que guardaba sonidos.

Hablaba de una niña que había empezado a coleccionar pequeños ruidos porque tenía miedo de olvidar a las personas que quería.

No grababa canciones. Ni grandes discursos.

Guardaba cosas sencillas. El ruido de una cuchara golpeando la taza de su abuela.

Los pasos de su padre por el pasillo. La risa de su mejor amiga cuando intentaba contar un chiste y se equivocaba.

Y el sonido de una llave entrando en una cerradura.