Diciembre tenía otros planes 2. el sonido de las cosas que no decimos
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2. el sonido de las cosas que no decimos

7 de diciembre. Valencia.

El lunes por la mañana, una señora me preguntó si podía comprar un final feliz.

Lo hizo con absoluta seriedad, sujetando una novela de casi quinientas páginas contra el pecho y señalando la pizarra que Hugo había colocado en mi escaparate.

La miré. Después miré el libro que llevaba en las manos.

Era un thriller. Uno bastante desagradable, además, en el que desaparecían tres personas antes de llegar al capítulo cincuenta.

—Depende de lo que entienda usted por un final feliz —respondí.

La mujer se quedó pensando.

—Que no se muera nadie.

Observé la portada. Después volví a mirarla.

—Pues creo que vamos a tener que buscarle otro libro.

La señora soltó una carcajada. Terminó llevándose una comedia romántica, dos marcapáginas y una novela de misterio que, según me aseguró, pensaba leer cuando estuviera emocionalmente preparada para sufrir.

Me encantaban mis clientes. Incluso los que entraban a las nueve y media de la mañana haciendo preguntas que deberían resolverse después del segundo café.

Cuando se marchó, me quedé mirando la pizarra.

Hugo la había escrito el primer día de diciembre.

Había utilizado una tiza blanca, dibujado dos estrellas diminutas junto al texto y dejado la letra ligeramente inclinada hacia la derecha.

Seguía allí. No porque me hubiera olvidado de borrarla.

Simplemente me gustaba. La gente se detenía a leerla, algunos sonreían y otros entraban preguntando qué clase de finales felices teníamos disponibles.

En menos de una semana se había convertido en una pequeña conversación que repetía varias veces al día.

Y cada vez que alguien preguntaba por ella, terminaba hablando de Hugo.

Mi mejor amigo. El profesor de música. El hombre que, según empezaba a sospechar, había conseguido instalarse en mi cabeza sin pagar alquiler.

Aquello último resultaba bastante injusto, teniendo en cuenta los precios de la vivienda en Valencia.

Cogí un paño y limpié una pequeña mancha del mostrador.

Después revisé los sobres del calendario que habíamos preparado juntos.

Era día siete. Saqué la tarjeta correspondiente, comprobé que estaba bien escrita y la coloqué junto a la caja.

Me quedé observándola. Después solté una pequeña risa.

—Pues empezamos bien.

Llevaba tres días haciéndome exactamente la misma pregunta.

¿Desde cuándo me gusta Hugo? La había formulado mientras me duchaba.

Mientras colocaba libros. Mientras esperaba a que se calentara la leche del café.

Y, sobre todo, cuando me despertaba por la mañana y recordaba aquel abrazo frente a la librería.

No había encontrado una respuesta. Lo que sí había encontrado era un problema nuevo.

Que, cuanto más pensaba en ello, más momentos recordaba.

La vez que Hugo vino a buscarme a las dos de la madrugada porque se me había averiado el coche.

Aquella tarde que pasamos tumbados en el sofá de su casa viendo una película que ninguno consiguió terminar porque nos quedamos dormidos.

Los mensajes que me enviaba antes de las presentaciones importantes de la librería.

Las fotografías absurdas que me mandaba cuando encontraba libros con títulos que podían interpretarse de manera inapropiada.

Habían sido momentos de amistad. Lo sabía.

Los había vivido así. Pero ahora mi cerebro parecía decidido a revisarlos todos buscando pistas de una historia romántica que quizá ni siquiera existía.

Aquello me estaba volviendo loca. Una cosa era descubrir que tu mejor amigo era atractivo y otra muy distinta empezar a preguntarte si cada vez que te había abrazado había sentido algo parecido a lo que estabas empezando a sentir tú.

Necesitaba hablar con alguien. Con una persona sensata.

Equilibrada. Capaz de escucharme sin hacer una fiesta de cumpleaños alrededor de mis problemas sentimentales.

Así que descarté a Julia y llamé a Clara. Contestó cuando llevaba cuatro tonos.

—Hola, cariño.

Escuché ruido de fondo y varias voces lejanas.

—¿Te pillo mal?

—Estoy saliendo del centro. Dame un segundo.

Esperé mientras se despedía de alguien. Después escuché una puerta cerrarse.

—Ya está. Dime.

Me apoyé contra el mostrador. Miré hacia la calle para comprobar que no entraba nadie.

—Necesito preguntarte una cosa.

—Eso suena preocupante.

—No demasiado.

—Vera.

Suspiré.

—Vale. Un poco.

Hubo un silencio. Después su voz se volvió más atenta.

—¿Qué pasa?

Me quedé mirando la tarjeta del calendario.

Haz una pregunta que llevas tiempo queriendo hacer.

Magnífico. El universo había decidido dedicarse a la ironía.

—¿Tú crees que se puede empezar a sentir algo por alguien después de llevar años conociéndolo?

Clara no respondió inmediatamente. Aquello me puso nerviosa, porque Clara era una persona bastante reflexiva, pero también tenía una capacidad extraordinaria para detectar cuando alguna de nosotras estaba intentando esconder información.

—Sí —contestó finalmente —Claro que se puede.

Me quedé callada.

—¿Y no te parece raro?

—¿Por qué iba a parecerme raro?

Miré hacia la estantería de novedades.

—Porque si llevas tantos años con alguien en tu vida, se supone que ya sabes qué sientes.

Clara soltó aire suavemente.

—No estoy segura de que funcione así. A veces conocemos a una persona en un momento de nuestra vida y la colocamos en un sitio determinado. Pero las cosas pueden cambiar.

Me quedé pensando. Aquello tenía sentido.

—¿Y qué pasa si la otra persona no siente lo mismo?

Hubo una pausa.

—Pues puede doler —respondió —No te voy a decir que no. Pero tampoco significa que tengas que actuar inmediatamente ni que estés obligada a contarle nada antes de entender qué quieres tú.

Me mordí el labio. Aquello era precisamente lo que necesitaba escuchar. No una invitación a lanzarme sobre Hugo en cuanto lo viera. Ni una explicación sobre cómo saber si estaba enamorada. Simplemente permiso para no tener todavía una respuesta.

—Gracias —murmuré.

—De nada.

Después añadió:

—¿Puedo hacerte yo una pregunta?

—Depende.

—¿Estamos hablando de Hugo?

Miré hacia la puerta. Después la caja registradora. Después el techo. Como si alguno de aquellos objetos pudiera proporcionarme una coartada.

—No he dicho eso.

Clara soltó una pequeña carcajada.

—Lo sé.

—Podría estar hablando de cualquier persona.

—Claro.

—Hay muchos hombres en Valencia.

—Muchísimos.

Me pasé una mano por la cara.

—Clara.

Su voz se suavizó.

—Vera, tranquila. No voy a contárselo a nadie.

Aquello me hizo respirar.

—Es que ni siquiera sé qué me está pasando —reconocí —Hace una semana todo era normal. Y ahora me quedo mirándolo como una idiota cuando se arremanga.

Clara empezó a reírse.

—¡No te rías!

—Perdona, perdona.

Escuché que seguía riéndose. Me tapé la cara.

—Esto es horrible.

—No parece horrible.

—Es mi mejor amigo.

Clara guardó silencio unos segundos. Después habló más despacio.

—Precisamente por eso entiendo que te dé miedo.

Aquello consiguió que dejara de reírme. Porque había dado con la parte que más me preocupaba.

No me daba miedo que Hugo me gustara. Ni siquiera me daba miedo imaginar que pudiéramos besarnos.

Me daba miedo todo lo que podía perder si convertía aquella posibilidad en algo real y después no funcionaba.

Clara pareció comprenderlo sin que tuviera que explicárselo.

—No tienes que decidir nada hoy, Vera. Conócete también en esto. Observa qué sientes cuando estáis juntos, qué echas de menos cuando no está y si lo que quieres es una historia con él o solamente estás descubriendo una atracción que antes no habías notado.

Asentí, aunque no pudiera verme.

—Vale.

—Y una cosa.

—Dime.

—No conviertas el miedo a perderlo en una razón para no permitirte sentir.

Me quedé callada. Miré la pizarra del escaparate. Después los sobres que habíamos preparado juntos. Y sentí que aquellas palabras se instalaban en algún lugar importante.

—Gracias, Clara.

—Para eso estamos.

—Y, por favor, no se lo digas a Julia.

—Vera, cariño, si se lo digo a Julia, mañana tenemos reservado un salón de bodas.

Me eché a reír. Aquello sí era completamente cierto.

9 de diciembre. Valencia.

El miércoles tuve uno de esos días en los que empezaba a preguntarme si debería haber montado una librería o una empresa especializada en resolver problemas ajenos.

Primero llegó un pedido incompleto. Después una clienta llamó para preguntar por una novela que llevaba agotada varias semanas y se enfadó conmigo como si hubiera sido yo personalmente quien hubiera decidido dejar de imprimirla.

A media mañana se estropeó la impresora de etiquetas.

Y, para rematar, una de las cajas que esperaba para preparar los regalos de una empresa llegó con dos libros golpeados.

Los observé sobre el mostrador. Tenían las esquinas dobladas.

Uno de ellos, además, llevaba una marca bastante visible en la cubierta.

Suspiré. No podía entregarlos así. Tendría que solicitar una sustitución y confiar en que el distribuidor consiguiera mandarla a tiempo.

Me senté frente al ordenador. Abrí el correo.

Empecé a escribir. Y fue entonces cuando recibí un mensaje de Hugo.

¿Cómo va el día, V?

Miré la pantalla. Después los libros. Después la impresora. Respiré hondo.

Maravillosamente. Estoy considerando abrir un negocio de cría de caracoles.

¿Qué ha pasado?

Le envié una fotografía de los libros. Después otra de la impresora. Y un audio de cuarenta segundos que podría utilizarse como prueba judicial de que el estrés profesional afecta gravemente a la capacidad de una persona para expresarse con educación. Hugo respondió con otro audio.

«Vale. Primero, respira. Segundo, no sé absolutamente nada de impresoras de etiquetas, pero puedo pasarme al salir del colegio y mirar qué le pasa. Tercero, si montas lo de los caracoles, me gustaría ser socio. Siempre he querido tener un negocio con un nombre absurdo».

Me eché a reír. Después le escribí:

No hace falta que vengas. Ya lo solucionaré.

No he dicho que haga falta. He dicho que puedo.

Aquella frase era muy suya. Hugo llevaba años ofreciéndome ayuda sin tratarme como si no pudiera hacer las cosas por mí misma.

Y yo llevaba años aceptándola unas veces y rechazándola otras.