Diciembre tenía otros planes 1. TODAS LAS VECES QUE NO LO VI VENIR #5
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1. TODAS LAS VECES QUE NO LO VI VENIR #5

Hugo me soltó enseguida. Continuó hablando de una actuación que había preparado el año anterior.

Yo intenté concentrarme, pero algo dentro de mí había empezado a moverse y ya no conseguía convencerme de que era solamente una tontería.

Cuando llegamos a mi librería, Hugo me ayudó a recoger unas cajas que tenía junto al mostrador.

Después cerramos. Apagué las luces. Comprobé la alarma.

Y salimos a la calle. Antes de marcharnos, me quedé mirando el escaparate.

Las estrellas de papel colgaban sobre los libros, las pequeñas luces iluminaban las estanterías y la pizarra de Hugo seguía allí.

SE BUSCAN FINALES FELICES.

Él siguió mi mirada.

—Todavía no la has borrado. Me siento valorado.

Me eché a reír. Después me quedé observando el cartel.

Y me acordé de nuestro pacto del treinta de noviembre.

De Julia, Clara y Martina sentadas en mi salón, convencidas de que íbamos a conseguir atravesar diciembre sin enredarnos sentimentalmente.

Lo habíamos escrito en una servilleta. Lo habíamos firmado.

Y nos habíamos reído muchísimo. Yo lo había hecho con absoluta tranquilidad, porque no tenía ningún ex que pudiera reaparecer.

Ningún vecino al que quisiera denunciar.

Ni un fotógrafo atractivo dispuesto a complicarme la existencia.

Mi vida sentimental estaba completamente vacía.

Y me parecía estupendo. O eso había pensado.

Hasta que empecé a descubrir que quizá llevaba años teniendo delante una posibilidad que ni siquiera me había atrevido a imaginar. Hugo se acercó.

—¿Qué pasa?

Me volví. Estaba a poca distancia. La luz del escaparate le iluminaba un lado de la cara y tenía el pelo ligeramente desordenado por el viento.

Lo observé. Me pareció guapísimo. No de aquella manera en que una reconoce que un amigo es atractivo porque tiene ojos.

Guapísimo de verdad. De una forma que me hizo sentir un nerviosismo inesperado. Hugo levantó ligeramente las cejas.

—Vera.

Parpadeé.

—¿Qué?

Sonrio.

—¿Seguro que estás bien?

Asentí demasiado deprisa.

—Sí. Es que estoy cansada.

Hugo se acercó y me dio un abrazo de los suyos.

De esos abrazos en los que nunca tenía la sensación de estar molestando, aunque duraran demasiado.

Me rodeó los hombros. Yo apoyé la mejilla contra su pecho.

Y durante unos segundos me quedé quieta.

Escuché el ruido de un coche. Las voces de unas personas que pasaban por la calle.

El roce de su abrigo. Y los latidos de mi propio corazón demasiado rápidos.

Aquello no me había pasado nunca abrazándolo.

O quizá sí, pero nunca me había detenido a escucharlo. Hugo me acarició suavemente la espalda.

—Descansa este fin de semana, anda.

Asentí contra su pecho.

—Lo intentaré.

—Y termina ese cuento cuando te apetezca. No cuando pienses que debería estar perfecto.

Lo miré, y sin pensarlo demasiado, levanté una mano para apartarle un mechón de pelo que el viento había dejado sobre su frente.

Fue algo completamente natural. Un gesto que podría haber hecho mil veces.

Pero esta vez, cuando mis dedos rozaron su pelo, Hugo se quedó quieto.

Me miró. Y hubo un instante extraño. Breve.

Tan breve que podría haber imaginado todo lo que vino después.

Su sonrisa desapareció ligeramente. No parecía incómodo.

Simplemente me observó con una atención diferente.

Como si, durante un segundo, también estuviera descubriendo algo que no sabía dónde colocar.

—Tienes el pelo fatal.

Hugo soltó una pequeña carcajada.

—Gracias.

Me reí y el momento terminó. O quizá solamente decidimos los dos que era más fácil dejarlo terminar. Nos despedimos. Él caminó hacia su coche y yo me quedé frente a la librería. Cuando estaba a punto de alejarse, se volvió.

—¡Vera!

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

Hugo sonrio desde la otra acera.

—¡Me alegro mucho de que estés escribiendo!

Sentí que se me llenaba el pecho de algo cálido. Le devolví la sonrisa.

—¡Gracias!

Lo vi marcharse, después empecé a caminar hacia casa y durante todo el trayecto me acompañó una sensación que no sabía describir.

No era solamente alegría. Tampoco miedo.

Era algo parecido a descubrir una puerta en una habitación donde llevabas años viviendo.

Siempre había estado allí, pero acababas de darte cuenta de que podía abrirse.

Aquella noche, al llegar a casa, me puse el pijama, preparé una infusión y abrí el ordenador.

Busqué la carpeta donde guardaba mis textos.

Había varios documentos. Algunas ideas sueltas.

Comienzos de historias. Y aquel cuento que llevaba casi un año esperando a que decidiera qué hacer con él.

Lo abrí para releer las primeras páginas.

Encontré frases que me gustaban. Otras que habría cambiado.

Y algunos párrafos que todavía necesitaban bastante trabajo.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí avergonzada.

Me dieron ganas de continuarlo. De descubrir cómo terminaba.

Quizá porque había pasado la tarde observando a un grupo de niños cantar una historia imperfecta y, aun así, preciosa.

Quizá porque Hugo me había recordado que no necesitaba enseñar algo hasta estar preparada.

O porque empezaba a comprender que esconder lo que nos importaba también podía convertirse en una forma de renunciar a ello.

Escribí durante casi una hora. No demasiado.

Unas páginas. Pero suficientes para sentir que había recuperado algo.

Después cerré el documento. Me levanté para coger mi bolso, busqué el pequeño sobre que había escrito el día anterior.

Lo saqué. Dentro estaba mi tarjeta: Me gustaría tener el valor de terminar algo que empecé hace mucho tiempo.

Cogí un bolígrafo y debajo, añadí: Y no tener tanto miedo de lo que pueda pasar después.

La doblé y volví a guardarla. Entonces vibró el móvil.

Era Hugo.

¿Has llegado bien?

Sonreí.

Sí. Ya estoy en casa.

Bien. Yo también.

Después añadió:

Hoy me ha gustado mucho que vinieras.

Aquella frase no debería haber tenido ninguna importancia.

Hugo me había dado las gracias cientos de veces.

Por acompañarlo a conciertos. Por escucharlo tocar.

Por ayudarlo a preparar una clase. Por estar.

Pero aquella noche, después del abrazo frente a la librería y de aquel instante extraño en que nos habíamos quedado demasiado pendientes el uno del otro, sus palabras me hicieron sentir una ilusión nueva.

Una que no sabía si quería tener. Escribí: Me ha encantado verte trabajar.

Tus alumnos tienen mucha suerte contigo.

Gracias, V. Significa mucho que me lo digas tú.

Lo releí. Después dejé el teléfono sobre la cama.

Había algo en aquella última frase que me tocó de una manera diferente.

No era una declaración. Ni una invitación.

Ni siquiera un comentario romántico. Era Hugo siendo Hugo, y precisamente por eso me hizo sentir tanto.

Apagué la luz. Me tumbé y miré hacia la ventana.

Las luces de Navidad de la calle entraban suavemente entre las cortinas.

Pensé en todas las veces que había dicho que Hugo era mi mejor amigo.

Lo había dicho con orgullo. Con cariño. Con esa seguridad de quien tiene algo bonito y sabe reconocerlo.

Seguía siéndolo. Aquello no había cambiado.

Pero empezaba a sospechar que había utilizado aquella explicación durante tanto tiempo que nunca me había preguntado si también podía ser algo más.

Mi mejor amigo. La persona que conocía mis peores momentos.

El hombre que aparecía con bocadillos cuando me olvidaba de comer.

El que recordaba mis sueños incluso cuando yo empezaba a dudar de ellos.

El que acababa de decirme que le importaba especialmente lo que yo pensaba.

Cerré los ojos, y entonces recordé la servilleta: DICIEMbrE SIN DRAMAS SENTIMENTALES.

Solté una pequeña carcajada en la oscuridad.

Las cuatro convencidas de que podríamos mantener nuestras vidas perfectamente ordenadas durante todo un mes.

No imaginaba que diciembre pudiera sorprenderme de ninguna manera y mucho menos con Hugo.

Con el único hombre al que siempre había querido sin preguntarme cómo.

Me giré sobre la almohada. Intenté dormir, pero antes de conseguirlo tuve que reconocer algo.

Algo todavía sin forma. Todavía sin nombre.

Por primera vez en todos los años que llevábamos siendo amigos, me habían entrado ganas de saber cómo sería que Hugo me besara.

Y lo peor era que no quería dejar de pensarlo.