1. TODAS LAS VECES QUE NO LO VI VENIR #4
No sonó perfecto. Había voces que entraban antes de tiempo, otras que llegaban tarde y un niño que parecía haber decidido que la canción necesitaba un acompañamiento de tos bastante creativo, pero sonó muy bonito.
Los niños estaban disfrutando, Hugo los miraba con una mezcla de concentración y orgullo que nunca le había visto y porque, por primera vez, comprendí que aquel hombre tenía una vida entera que no sucedía delante de mí.
Una vida donde era importante para personas que yo apenas conocía.
Donde enseñaba, escuchaba y ayudaba. Donde tenía días difíciles, pequeñas victorias y problemas que no siempre me contaba.
No porque quisiera esconderlos. Sino porque ninguno de los dos podía estar presente en todos los momentos de la vida del otro.
Aquello debería haber sido evidente, sin embargo, me emocionó descubrirlo.
Cuando terminó la canción, Hugo me vio junto a la puerta.
Sonrio. Después levantó la mano. Los niños se volvieron.
Veintitantos pares de ojos empezaron a observarme.
Maravilloso. Mi pesadilla infantil. Ser el centro de atención delante de una clase.
—Chicos, ella es Vera— anunció Hugo —Una amiga que tiene una librería y ha venido a ayudarnos con el cuento.
Una niña levantó la mano.
—¿Es escritora?
Abrí la boca. Me quedé callada. Hugo me miró. Después sonrio.
—Sabe muchísimo de historias.
No respondió por mí. No dijo que sí. Tampoco que no.
Y, por algún motivo, agradecí aquel pequeño detalle.
Me acerqué para saludar a los niños, después me senté en una de las sillas y comenzó la representación.
El cuento trataba sobre un niño que estaba convencido de que su voz era demasiado pequeña para formar parte de una canción.
Los demás personajes intentaban enseñarle a cantar más fuerte, pero cuanto más insistían, menos conseguía hacerlo.
Hasta que una niña del bosque descubría que no necesitaba gritar.
Solo encontrar el lugar donde su voz pudiera escucharse.
Era una historia sencilla. Había diálogos divertidos, canciones cortas y varios momentos donde los niños podían intervenir con instrumentos.
Pero tenía algo bonito. Una idea que me gustó inmediatamente.
Que no todos necesitábamos hacernos escuchar de la misma manera.
Cuando terminó el ensayo, los alumnos empezaron a recoger sus cosas.
Algunos se acercaron para preguntarme si me había gustado.
Les dije que muchísimo. Una niña quiso saber qué personaje era mi favorito.
Otro me preguntó si creía que podrían actuar delante de sus familias sin equivocarse.
Respondí que seguro que habría algún error.
Hugo levantó la cabeza desde el fondo para mirarme, le sonreí y añadí:
—Pero eso no significa que vaya a salir mal. A veces las cosas bonitas también tienen partes que no son perfectas.
El niño pareció considerar aquella posibilidad.
Después asintió. Y se marchó bastante satisfecho.
Cuando todos se fueron, Hugo empezó a guardar los instrumentos.
Yo me acerqué para ayudarlo. Durante unos minutos recogimos sillas, colocamos partituras y guardamos los pequeños instrumentos de percusión dentro de sus cajas.
Después nos quedamos solos. Hugo cerró el armario y se volvió hacia mí.
—Bueno. ¿Qué te ha parecido?
Me senté sobre el borde de una mesa.
—Me ha encantado.
Su expresión cambió, lo suficiente para que me diera cuenta de que estaba esperando aquella respuesta con más nervios de los que quería reconocer.
—¿De verdad?
—Sí. La historia es preciosa. Y creo que los niños la entienden muy bien.
Hugo sonrio. Después se sentó en una silla frente a mí.
—¿Cambiarías algo?
Lo pensé. Había un momento en el que el protagonista decidía abandonar la canción porque creía que no podía hacerlo.
La transición hacia su regreso me había parecido demasiado rápida.
Se lo expliqué. Hugo escuchó con atención.
Después cogió la partitura. Hicimos algunas anotaciones y hablamos de cómo podía resolverse aquella escena sin alargar demasiado la representación.
Terminamos proponiendo un pequeño diálogo donde el niño confesara que no tenía miedo de cantar mal.
Tenía miedo de que los demás se rieran de él. Hugo se quedó pensando. Después sonrio.
—Eso es mucho mejor.
Me encogí de hombros.
—La historia ya era bonita.
—Pero necesitaba algo que la hiciera más real.
Guardó las hojas. Después me observó.
—Vera, ¿tú nunca has pensado en escribir algo así?
Sentí que se me tensaban ligeramente los hombros. Y supe que acabábamos de llegar a un terreno que llevaba años evitando. Me quedé mirando las partituras. Después mis manos.
—Alguna vez.
Hugo sonrio.
—Alguna vez significa que lo has pensado muchas veces.
Me conocía demasiado.
—Tengo algunas cosas escritas —reconocí.
Su expresión cambió. Se incorporó ligeramente.
—¿En serio?
—Sí.
Hugo me observó. Después sonrio.
—¿Y nunca me las has enseñado?
—No.
—¿Por qué?
Aquella era precisamente la pregunta. Llevaba años recomendando libros.
Hablando de ellos. Defendiendo la importancia de leer historias que nos ayudaran a comprender cosas que no sabíamos explicar.
Pero cuando se trataba de mis propias palabras, me resultaba muchísimo más difícil.
Había empezado a escribir un cuento hacía casi un año.
Una historia sobre una niña que coleccionaba sonidos que las personas dejaban de escuchar.
El crujido de la madera por la noche. Las cucharillas golpeando las tazas.
El ruido de una llave entrando en una cerradura.
La respiración tranquila de alguien que se había quedado dormido a tu lado.
Al principio solamente había escrito unas páginas, después añadí otras, y otras.
Hasta que terminé teniendo una historia bastante más larga de lo previsto.
Una historia que me gustaba. Que me emocionaba.
Y que, precisamente por eso, me daba muchísimo miedo enseñar, porque mientras estuviera guardada en mi ordenador, todavía podía imaginar que era buena, que algún día la terminaría, que quizá merecía la pena, pero si alguien la leía y no encontraba nada especial...
Aquella posibilidad conseguía que me entraran unas ganas enormes de dejarlo todo como estaba.
Hugo me observó. No parecía impaciente. Simplemente esperaba.
—Porque me da vergüenza.
—¿Vergüenza de qué?
Miré hacia las partituras. Después volví a levantar la cabeza.
—De que no sea buena.
—Vera, no tienes que enseñarme nada si no quieres.
—Ya.
—Pero me da pena pensar que llevas tanto tiempo haciendo algo que te importa y no puedas disfrutarlo porque tienes miedo de que otra persona opine sobre ello.
Sentí un pequeño nudo en la garganta, porque estaba hablándome de una parte de mí que yo apenas me permitía reconocer.
—Es que no sé si estoy preparada para que alguien lo lea —admití.
—Pues cuando lo estés, aquí estaré.
Lo miré. Sonrio.
—Y si nunca quieres enseñármelo, también.
Aquello consiguió emocionarme todavía más.
No había ninguna exigencia en sus palabras.
Ningún intento de convencerme. Simplemente estaba dejándome decidir como llevaba haciendo desde que éramos adolescentes.
Y, por primera vez, me pregunté si aquella manera suya de estar en mi vida era una de las razones por las que nunca había necesitado buscar demasiado lejos cuando quería sentirme comprendida.
Salimos del colegio cerca de las siete. Hugo había insistido en acompañarme hasta la librería para que pudiera recoger unas cosas que había dejado pendientes.
Después caminaríamos juntos un rato antes de irnos a casa.
El aire estaba fresco. Las calles tenían luces navideñas y algunas personas paseaban con bolsas de compras mientras nosotros caminábamos sin demasiada prisa.
Hugo llevaba la guitarra colgada a la espalda, yo tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
Durante un rato hablamos de la actuación.
De las familias que irían a verla. De lo nerviosos que estaban algunos niños.
Y de la posibilidad de organizar una pequeña actividad de lectura en la librería durante las vacaciones.
Después nos quedamos callados. No fue un silencio incómodo.
Con Hugo casi nunca lo eran. Podíamos pasar diez minutos caminando sin decir nada y después continuar una conversación exactamente donde la habíamos dejado.
Pero aquella vez yo tenía algo dando vueltas dentro de la cabeza.
Algo que no conseguía colocar en su sitio.
Me había encantado verlo trabajar. Me había emocionado cómo habló con aquel niño que estaba nervioso.
Y me había sorprendido sentirme tan comprendida cuando le conté lo de mi cuento.
No eran cosas nuevas. Hugo siempre había sido así.
Atento. Paciente. Capaz de escuchar sin intentar resolverlo todo inmediatamente.
Pero había empezado a darme cuenta de algo.
Llevaba años admirando muchas de sus cualidades sin detenerme a pensar qué ocurriría si las encontrara en un hombre al que acabara de conocer.
Probablemente me gustaría. Y aquella conclusión resultaba tremendamente inoportuna, porque Hugo no era un hombre al que acababa de conocer.
Era mi mejor amigo. El que había visto mis peores cortes de pelo.
El que sabía cómo lloraba cuando estaba agotada.
El que me había acompañado a comprar medicamentos, a recoger paquetes y a elegir un sofá.
Conocía cosas de mí que ningún hombre con el que había salido había llegado a descubrir.
Y yo conocía las suyas. Pensé en lo que ocurriría si empezaba a mirarlo de otra manera y algo salía mal.
En las cenas incómodas. En los mensajes que dejarían de llegar.
En las tardes en la librería sin Hugo. Y sentí un miedo pequeño, pero real.
Podía sobrevivir perfectamente a una cita desastrosa, a una relación que no funcionara, incluso a una ruptura complicada, pero no sabía qué haría si un día dejara de tenerlo en mi vida.
—V.
Levanté la cabeza. Hugo se había detenido junto a un paso de peatones.
—¿Estás bien?
—Sí.
Frunció ligeramente el ceño.
—Llevas un rato muy callada.
Sonreí.
—Estoy pensando.
Su expresión se volvió divertida.
—Eso suele ser peligroso.
Me eché a reír. El semáforo cambió. Cruzamos.
Y cuando llegamos a la otra acera, Hugo me cogió suavemente del brazo para evitar que tropezara con el borde levantado de una baldosa.
Fue un gesto normal. Uno de los miles que había tenido conmigo durante años.
Pero aquella vez, cuando sus dedos rozaron mi muñeca, me quedé demasiado pendiente de aquel contacto.