1. TODAS LAS VECES QUE NO LO VI VENIR #3
Me incliné ligeramente hacia ella.
—¿Qué cosas le gustan a tu profesora?
Se quedó pensando. Después respondió:
—Los animales. Y siempre nos dice que no tengamos miedo de preguntar cosas.
—Pues creo que podemos encontrar algo.
Fuimos hasta una estantería de literatura infantil. Le enseñé varios libros. Ella los examinó con una seriedad conmovedora, abrio algunas páginas y empezó a hacer preguntas sobre las ilustraciones y los personajes. Finalmente eligió uno. Lo sostuvo contra el pecho. Después me miró.
—¿Puedes envolverlo bonito?
—Por supuesto.
Regresamos al mostrador. Saqué papel de regalo, una cinta y una pequeña tarjeta. Mientras preparaba el paquete, Abril observó los sobres del calendario de diciembre. Señaló uno.
—¿Eso qué es?
Le expliqué la actividad. Sus ojos se iluminaron.
—¿Puedo coger uno?
—Claro.
Abrio el sobre del día tres. Leyó la tarjeta en silencio. Después levantó la mirada.
—Pone que escriba una cosa que me gustaría atreverme a hacer.
Abril se quedó pensando. Luego miró a su padre. Él sonrio.
—¿Ya sabes qué vas a poner?
La niña asintió lentamente. Se acercó a la pequeña mesa donde habíamos dejado algunas tarjetas en blanco. Cogió un lápiz. Escribió algo. Después dobló el papel y me lo entregó.
—¿Lo puedo guardar aquí?
Señaló una cajita que había colocado junto al calendario. Dentro había tarjetas vacías y pequeños sobres para quien quisiera llevarse su propuesta a casa. No habíamos pensado utilizarla para guardar los deseos de nadie, pero la expresión de Abril me hizo dudar
—¿Quieres dejarlo aquí?
—Sí. Y venir a buscarlo otro día.
—Claro.
Le ofrecí un sobre. Abril guardó dentro su tarjeta, escribió su nombre y me la entregó.
Cuando se marcharon, dejé el sobre detrás del mostrador.
Lo observé durante unos segundos. No lo abrí.
No tenía ninguna intención de leer lo que había escrito.
Pero aquella pequeña decisión me hizo pensar en lo mucho que a veces costaba reconocer lo que queríamos.
Incluso cuando éramos niños. Cogí mi móvil.
Le hice una fotografía al calendario y se la envié a Hugo.
Una niña ha dejado aquí su deseo para venir a recogerlo otro día.
Respondió al poco rato.
Pues parece que tu librería ya es oficialmente una sucursal de los Reyes Magos.
Sonreí. Después apareció otro mensaje.
¿Y tú? ¿Has escrito el tuyo?
Me quedé mirando la pantalla. No. No había escrito nada. Llevaba días invitando a desconocidos a atreverse a hacer cosas, a decir lo que sentían y a recuperar páginas que los habían hecho felices. Pero no se me había ocurrido participar.
Todavía no.
Pues tienes deberes, V.
Sonreí y guardé el teléfono. Me quedé pensando en qué escribiría si tuviera que guardar una tarjeta que nadie fuera a leer.
Había muchas cosas que quería. Que la librería continuara funcionando.
Poder contratar a alguien para ayudarme durante las campañas importantes.
Hacer algún viaje. Terminar aquel proyecto de escritura que llevaba meses escondido en una carpeta del ordenador.
Y que mis amigas fueran felices. Que Julia dejara de buscarse problemas con hombres que no la merecían.
Que Clara encontrara la manera de decidir qué quería hacer con Marcos sin volver a olvidarse de sí misma.
Que Martina consiguiera relajarse un poco, aunque fuera solamente durante cinco minutos.
Aquello último parecía estar avanzando a una velocidad sospechosa gracias a un panadero.
Sonreí. Después cogí una tarjeta en blanco, la dejé sobre el mostrador y escribí: Me gustaría tener el valor de terminar algo que empecé hace mucho tiempo.
La observé. Era verdad, pero no toda la verdad.
Porque había algo más. Algo que todavía no conseguía explicarme y que empezaba a aparecer cada vez que Hugo me escribía, me abrazaba o sonreía de aquella manera.
Le di la vuelta a la tarjeta. Pensé en añadir otra frase.
No lo hice. La guardé en un sobre y lo dejé dentro de mi bolso.
Por primera vez desde que habíamos preparado el calendario, tenía la sensación de estar participando en él de verdad.
Aquella tarde Hugo me llamó cuando estaba cerrando.
Contesté sujetando el teléfono entre el hombro y la oreja mientras intentaba bajar la persiana.
—Dime.
—Buenas tardes, librera favorita.
—Buenas tardes, profesor favorito.
—Eso suena bien.
—Eres el único profesor de música que conozco.
—No hacía falta aclararlo.
Me eché a reír. Conseguí bajar la persiana. Después recogí mi bolso.
—¿Qué tal el día?
Escuché un suspiro al otro lado.
—Interesante.
Cuando Hugo decía que un día había sido interesante, normalmente significaba que algún alumno había conseguido poner a prueba la resistencia de las instituciones educativas.
—¿Qué ha pasado?
—Estamos preparando la actuación de Navidad. He pasado dos horas intentando que veintitrés niños entren a cantar al mismo tiempo.
Me reí.
—¿Y lo has conseguido?
—Quince han entrado bien. Cuatro han empezado demasiado pronto. Dos han decidido cantar otra canción y uno ha aprovechado para preguntarme si los pingüinos tienen rodillas.
Solté una carcajada.
—Es una pregunta interesante.
—Muchísimo. Pero complicada de responder mientras intento dirigir un coro.
Me reí otra vez. Después lo escuché moverse. Parecía estar saliendo de algún sitio.
—Oye, Vera, ¿el viernes por la tarde tienes algo?
—Depende. ¿Qué necesitas?
Hugo guardó silencio un instante.
—Me gustaría que vinieras a ver una parte del ensayo.
Aquello me sorprendió. Había asistido a algunas actuaciones del colegio en años anteriores. Conocía a varios compañeros de Hugo. Incluso había llevado libros para pequeñas actividades de lectura. Pero no solía ir a los ensayos.
—¿Por algo en especial?
—Estamos preparando un cuento musical para la fiesta de Navidad y necesito una opinión.
—¿Sobre música?
Hugo soltó una carcajada.
—No. Sobre la historia.
Me quedé pensando.
—¿La has escrito tú?
—Parte. La estamos adaptando con los niños.
Aquello despertó inmediatamente mi curiosidad.
—¿Y qué quieres que haga?
—Que vengas, lo escuches y me digas qué te parece. Si algo no funciona, prefiero saberlo ahora.
Sonreí.
—Claro que voy.
Hugo pareció aliviado.
—Gracias.
—Pero no me hagas cantar.
Se echó a reír.
—No te preocupes. Después de escucharte en aquel karaoke de 2019, el colegio tiene una orden de alejamiento contra tu voz.
Abrí la boca, indignada.
—¡Yo canto estupendamente!
Hugo empezó a reírse todavía más.
—Vera, estabas interpretando una canción de Adele y parecías estar peleándote con una aspiradora.
Me tapé la cara. Aquella noche. Maldita fuera aquella noche.
—Había bebido.
—Eso explicaría algunas cosas, pero no todas.
Me eché a reír. Terminamos concretando la hora. Antes de colgar, Hugo añadió:
—Y acuérdate de tu deseo.
Miré mi bolso. Dentro llevaba el sobre pequeño. El que acababa de escribir. Sonreí.
—Ya lo he hecho.
Hubo un silencio al otro lado. Después su voz se suavizó.
—¿Sí?
Asentí, aunque no pudiera verme.
—Sí.
—Me alegro, V.
Me quedé quieta. Porque aquellas tres palabras sonaron de una manera que no esperaba.
No preguntó qué había escrito. No intentó adivinarlo.
Simplemente se alegró de que hubiera encontrado algo que desear.
Y, por una razón que empezaba a complicarme bastante la vida, me pareció uno de los gestos más bonitos que había tenido conmigo.
Nos despedimos. Guardé el móvil y terminé de recoger, pero cuando salí de la librería, caminando entre las luces de diciembre, me descubrí pensando en el viernes.
En Hugo. En verlo trabajar. Y en las ganas que tenía de descubrir una parte de su vida que conocía menos de lo que imaginaba.
Quizá porque durante años había pensado que saber de memoria la historia de una persona era lo mismo que conocer todas sus versiones.
Y empezaba a sospechar que estaba equivocada.
4 de diciembre. Valencia.
El viernes descubrí que había algo bastante injusto en ver a tu mejor amigo haciendo aquello para lo que parecía haber nacido.
Porque una cosa era saber que Hugo era profesor de música y otra muy distinta verlo en medio de un aula, rodeado de niños, con una guitarra colgada al hombro y una paciencia que yo no habría conseguido mantener ni durante diez minutos.
Llegué al colegio poco después de las cinco.
Una profesora me acompañó hasta una sala grande donde habían colocado varias filas de sillas y un pequeño escenario improvisado.
Había dibujos navideños en las paredes, unas cajas de instrumentos en una esquina y veintitantos niños hablando al mismo tiempo.
Hugo estaba de espaldas. Llevaba unos pantalones oscuros, una camisa de cuadros y las mangas remangadas.
Tenía la guitarra apoyada contra el cuerpo y estaba intentando explicar algo a un grupo de alumnos que parecían considerar las instrucciones una sugerencia completamente voluntaria.
Me quedé junto a la puerta. No quise interrumpir.
Y entonces lo vi hacer algo que me sorprendió.
Uno de los niños, un crío pequeño de pelo oscuro, estaba sentado en una silla apartado del resto.
Tenía la mirada fija en sus zapatillas y sostenía un pequeño instrumento de percusión entre las manos.
Hugo se acercó. Se agachó hasta quedar a su altura.
Y habló con él. No conseguí escuchar lo que decía, pero vi que el niño negó con la cabeza.
Hugo volvió a decir algo. Después señaló el escenario.
El pequeño se encogió de hombros. Y mi amigo se quedó allí, escuchándolo.
Sin mirar el reloj. Sin intentar convencerlo deprisa.
Simplemente esperó. Al cabo de un rato, Hugo cogió otro instrumento igual y tocó tres notas.
El niño levantó la cabeza. Hugo repitió las notas.
Después le ofreció el instrumento. El pequeño sonrio y respondió con otras tres.
Hugo abrio mucho los ojos, fingiendo una sorpresa enorme.
El niño soltó una carcajada. Y, unos segundos después, se levantó para reunirse con sus compañeros.
Me quedé observándolos. Hugo volvió a colocarse delante del grupo.
Dio unas palmadas. Los niños guardaron silencio.
Bueno. La mayoría. Uno continuó hablando hasta que el compañero de al lado le dio un pequeño codazo y empezaron a cantar.