Diciembre tenía otros planes 1. TODAS LAS VECES QUE NO LO VI VENIR #2
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1. TODAS LAS VECES QUE NO LO VI VENIR #2

Solté una carcajada. La mujer se volvió. Lo observó. Después sonrio.

—Muy bien, hombre. Hay que ayudar.

Hugo asintió con una seriedad exagerada.

—Se lo digo constantemente.

Puse los ojos en blanco. La clienta se rio.

Después me preguntó por una novela que había visto anunciada en una revista y nos pusimos a buscarla.

Mientras la atendía, Hugo terminó las luces y empezó a recoger las cajas vacías.

Lo hacía con aquella naturalidad que siempre me había gustado.

No necesitaba que le explicara dónde estaba cada cosa.

Sabía qué armario utilizaba para guardar los adornos, dónde dejaba los paquetes de papel de regalo y qué estantería tenía una balda que se descolocaba si alguien apoyaba demasiado peso sobre ella.

Conocía mi librería casi tanto como yo. Quizá porque había estado allí desde que todavía olía a pintura.

Cuando la clienta se marchó, me acerqué al mostrador.

Hugo estaba escribiendo algo en una pequeña pizarra. Me incliné para verlo. Me eché a reír.

—Hugo.

—¿Qué?

Señalé la pizarra.

—¿En serio?

—Es publicidad.

—Es una amenaza contra las personas que vienen aquí a comprar thrillers.

Hugo soltó una carcajada.

—Precisamente. Así sabemos quién entra buscando un final feliz y quién quiere que aparezca un cadáver en el capítulo tres.

Observé el cartel, era una tontería, pero me gustó muchísimo.

—Déjalo —dije.

—¿En serio?

—Sí. Es bonito.

Su expresión cambió. Sonrio de aquella manera pequeña que aparecía cuando algo le hacía ilusión, pero no quería darle demasiada importancia.

Después dejó la tiza. Y yo me quedé pensando en algo.

Llevaba años sintiéndome afortunada por tenerlo en mi vida, pero casi nunca se lo decía.

No porque diera por hecho que siempre estaría allí.

O quizá precisamente por eso. Porque había personas cuya presencia acababas considerando tan natural que olvidabas que también necesitaban escuchar lo importantes que eran.

Me acerqué y lo abracé. Hugo se quedó quieto un instante. Después me rodeó con los brazos.

—¿Y esto?

Sonreí contra su hombro.

—Porque sí.

Lo noté reírse.

—Qué sospechoso.

Me aparté un poco.

—Gracias por venir.

—De nada, V.

Me llamaba así desde el instituto. Una sola letra.

V. Al principio había sido una manera de ahorrar tiempo cuando me escribía mensajes.

Después se quedó. Y, con los años, se convirtió en algo que solamente utilizaba él.

Me gustaba. Siempre me había gustado. Pero aquella mañana, cuando volvió a llamarme así, sentí una cosa pequeña en el estómago.

Una sensación que no debería haber estado allí y que decidí ignorar con todas mis fuerzas, porque no pensaba empezar diciembre cuestionándome quince años de amistad.

Mucho menos después de haber firmado, junto a mis amigas, un pacto contra los dramas sentimentales.

El universo podía tener sentido del humor, pero no hacía falta animarlo.

A mediodía, cuando la librería empezó a quedarse tranquila, Hugo desapareció durante un rato.

No le di demasiada importancia. Había ido a buscar algo para comer, según me dijo, y yo aproveché para ordenar las últimas novedades, contestar dos correos y revisar los pedidos que tenían que llegar durante la semana.

Estaba colocando una novela en la mesa principal cuando regresó con dos bolsas.

Una de ellas contenía bocadillos. La otra, una pequeña caja de cartón.

—Te he traído comida —anunció —Antes de que vuelvas a sobrevivir a base de café y las galletas que te regalan los proveedores.

Me acerqué.

—Yo como estupendamente.

Hugo levantó la vista hacia el mostrador, donde descansaban una taza de café frío y medio croissant que llevaba allí desde las nueve. No dijo nada. No hacía falta.

—Eso era el desayuno —me defendí.

—Lo sé. Me preocupa que todavía lo consideres una comida reciente.

Solté una risa y cogí una de las bolsas. Dentro había un bocadillo de tortilla. Mi favorito de aquel bar. Lo abrí. Después lo miré.

—Te quiero muchísimo.

Hugo sonrio mientras se sentaba al otro lado del mostrador.

—Normal. Soy una persona excepcional.

Me eché a reír. Y aquella frase quedó flotando entre nosotros sin ninguna importancia.

Te quiero muchísimo. Se la había dicho cientos de veces.

Quizá miles. Cuando me llevaba a casa después de salir con mis amigas.

Cuando se acordaba de comprarme algo que me gustaba.

Cuando me escuchaba después de una cita desastrosa o aparecía para ayudarme con alguna avería absurda.

Él también me lo decía. Sin pudor. Sin solemnidad.

Era una de las cosas que más me gustaban de nuestra amistad.

Nunca habíamos tenido que fingir que nos queríamos menos de lo que nos queríamos.

Lo extraño fue que aquella mañana me quedé pensando en cómo sonaría si lo dijera de otra manera.

No como una broma. Ni como un agradecimiento por un bocadillo.

Sino mirándolo a los ojos con toda la verdad que pudiera caber dentro de aquellas dos palabras.

Sacudí ligeramente la cabeza. Hugo abrio la otra bolsa y sacó la pequeña caja.

—Por cierto, te he comprado una cosa.

Lo observé con curiosidad.

—¿Qué?

Me la acercó y la abrí. Dentro había veinticuatro sobres diminutos, de papel crema, y varias tarjetas pequeñas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es esto?

Hugo cogió uno de los sobres.

—Una idea.

Aquella respuesta no me tranquilizó demasiado. Cuando Hugo tenía una idea podían ocurrir dos cosas: que termináramos pasándonos una tarde estupenda o que acabáramos en una ferretería comprando materiales que ninguno sabía utilizar.Algunas veces sucedían ambas.

—Te escucho —respondí.

Dejó el sobre sobre la mesa.

—Estaba pensando que podríamos hacer algo diferente este año en la librería. Un pequeño calendario de diciembre, pero en lugar de vender productos o hacer descuentos, que cada día haya una invitación.

Me quedé observándolo. Hugo continuó mientras colocaba algunos sobres en fila.

—Algo sencillo. Recomendarle un libro a alguien. Leer un poema en voz alta. Escribir una dedicatoria que normalmente te daría vergüenza. Regalar un marcapáginas. Cosas así.

Miré las tarjetas. Después los sobres. Y noté que empezaba a gustarme la idea.

—¿Y la gente podría participar?

—Si quiere. Pones un sobre cada día junto a la caja. Quien entre puede sacar la tarjeta y hacer lo que pone. O ignorarla y seguir con su vida, que tampoco vamos a detener a nadie.

Me eché a reír. Cogí una tarjeta. Hugo había escrito: Regala un libro que te habría gustado leer a los quince años.

La observé. Después otra: Deja una nota bonita dentro de un libro que vayas a regalar.

Y otra: Pregúntale a alguien qué historia le cambió la vida.

Me quedé callada. Hugo estaba mirándome.

No parecía especialmente nervioso, pero había algo en la forma en que movía la tapa de la caja que me hizo comprender que mi opinión le importaba.

—¿Qué te parece? —preguntó.

Volví a mirar las tarjetas.

—Me parece precioso.

—¿Sí?

—Muchísimo. Pero quiero añadir algunas cosas.

Hugo soltó una carcajada.

—Por supuesto. Ya sabía que ibas a querer intervenir.

Le di una pequeña patada por debajo del mostrador. Después cogí un bolígrafo.

—Podríamos hacer que algunas tarjetas fueran solamente para uno mismo. Algo que no hubiera que compartir con nadie.

Hugo se quedó pensando.

—¿Como qué?

Miré los sobres. Después escribí en una tarjeta: Haz algo pequeño que llevas demasiado tiempo posponiendo. Se la enseñé. Hugo la leyó.

—Esa me gusta.

Cogí otra: Vuelve a una página que te hizo feliz.

Hugo asintió. Después me quitó suavemente el bolígrafo de los dedos. Escribió algo doblando ligeramente la cabeza, como hacía siempre cuando estaba concentrado. Después me enseñó la tarjeta.

Me quedé mirándola. No era una frase extraordinaria.

De hecho, probablemente la había leído alguna vez en una postal, en un libro o en alguno de esos calendarios llenos de mensajes que la gente regalaba cuando no sabía qué comprar.

Pero había algo diferente en verla escrita por Hugo.

Con su letra. En una pequeña tarjeta que sostenía entre los dedos. Levanté la mirada. Él sonrio.

—¿Demasiado cursi?

—No.

Volví a leerla. Después añadí:

—Esa la pondría el veinticuatro.

Continuamos preparando el calendario. Durante más de una hora estuvimos escribiendo tarjetas, doblando sobres y discutiendo si determinadas propuestas eran demasiado complicadas para alguien que solamente quería entrar a comprar un libro.

Hugo propuso una que decía: Abraza a la primera persona que veas.

La descarté inmediatamente. Principalmente por motivos de seguridad.

Él aseguró que estaba censurando su creatividad.

Yo respondí que no pensaba responsabilizarme de que una señora acabara abrazando al repartidor de mensajería contra su voluntad.

Nos reímos tanto que tuvimos que detenernos unos minutos.

Y entonces ocurrio algo curioso. Mientras lo observaba escribir, comprendí que aquel era uno de los recuerdos que me gustaría conservar.

No porque hubiera pasado nada extraordinario.

No habíamos hecho un viaje. Ni celebrado un acontecimiento importante.

Solamente estábamos sentados en mi librería, con los bocadillos a medio terminar, preparando una actividad navideña que quizá participarían veinte personas o quizá ninguna.

Pero me sentía feliz. De una manera tranquila.

Y empecé a preguntarme si precisamente ahí estaba el problema.

Que con Hugo siempre me había resultado demasiado fácil estar bien.

Tanto que nunca había necesitado preguntarme qué significaba.

3 de diciembre. Valencia.

Dos días después apareció en la librería una niña de unos nueve años acompañada de su padre. Llevaba una bufanda roja, una mochila demasiado grande para su cuerpo y una expresión de concentración absoluta mientras examinaba las estanterías. Su padre se acercó al mostrador.

—Hola, Vera. Veníamos a buscar un regalo para su profesora.

Los conocía de otras ocasiones. La niña se llamaba Abril y había empezado a venir a la librería cuando aprendió a leer.

Al principio buscaba cuentos ilustrados.

Después empezó con novelas infantiles y ahora estaba descubriendo esa etapa maravillosa en la que una persona todavía no distingue demasiado entre un libro que debería gustarle y uno que realmente le gusta.

Simplemente lee y disfruta. Abril se acercó.

—Quiero regalarle uno para la clase que sea bonito.