1. TODAS LAS VECES QUE NO LO VI VENIR
1 de diciembre. Valencia.
El problema de querer a alguien desde hace tanto tiempo era que una acababa confundiéndolo con el paisaje.
Con esas cosas que siempre estaban ahí y que dejabas de mirar porque no imaginabas que pudieran cambiar.
La fachada de tu casa. La calle donde habías aprendido a montar en bicicleta.
El olor del café que preparaba tu madre.
Hugo. Sobre todo Hugo. Llevaba tantos años formando parte de mi vida que a veces me costaba recordar cómo habían sido las cosas antes de conocerlo.
Sabía qué cara ponía cuando mentía, qué canción tarareaba cuando estaba nervioso y cuánto tardaba en enfadarse de verdad, que era bastante más de lo que tardaba yo.
Sabía que no le gustaban las aceitunas negras y que dormía con la ventana ligeramente abierta incluso en invierno También sabía que se acordaba de cosas que yo olvidaba.
El día que dejé mi primer trabajo. La fecha en que firmé el contrato de la librería.
El nombre de la profesora que me había dicho, con dieciséis años, que escribir sobre libros no servía para ganarse la vida.
Hugo se acordaba de todo aquello. Y yo sabía tantas cosas de él que podría haber escrito una biografía bastante completa, incluyendo capítulos que probablemente habrían acabado con una denuncia por difamación.
Lo que no sabía era que estaba a punto de descubrir algo mucho más sencillo.
Que conocía perfectamente a mi mejor amigo.
Pero quizá no me había detenido a mirarlo.
No como se mira a alguien que lleva años sentado en el mismo lugar de tu vida.
Sino como se mira a una persona cuando todavía tiene la capacidad de sorprenderte.
Y todo empezó con una escalera. Una escalera, un rollo de hilo transparente y una estrella de papel que amenazaba con provocarme una desgracia laboral antes de las diez de la mañana.
—Hugo, como te caigas, no pienso recogerte.
Desde lo alto de la escalera, mi mejor amigo soltó una carcajada.
—Qué bonita manera de empezar diciembre.
—Te estoy avisando.
—Y yo estoy perfectamente.
Lo observé desde abajo. Llevaba unos vaqueros oscuros, una camiseta gris y una sudadera azul marino que se había quitado y dejado sobre el mostrador.
Tenía las mangas remangadas y sostenía una pequeña estrella de papel entre los dedos mientras intentaba sujetarla a uno de los travesaños de madera del techo.
El problema era que la estrella no quería quedarse donde debía. Y Hugo se negaba a reconocerlo.
—Necesitas un trozo de cinta —le dije.
—Necesito que dejes de supervisarme.
—Es mi librería.
—Y yo estoy trabajando gratis.
—Nadie te lo ha pedido.
Hugo bajó la cabeza, me miró y sonrio. Y aquella sonrisa, que llevaba viendo desde que éramos adolescentes, apareció exactamente como siempre: primero en un lado de la boca y después en el otro,
con una pequeña arruga junto al ojo izquierdo que solamente se le marcaba cuando estaba realmente divertido.
—Me has llamado a las ocho y cuarto para decirme que necesitabas ayuda con la decoración.
Levanté un dedo.
—Te he preguntado si podías venir.
—Me has mandado diecisiete fotografías de estrellas colgantes.
—Porque quería que entendieras la idea.
—Y un audio de tres minutos sobre por qué era importante conseguir una iluminación cálida.
Lo miré.
—Y sigo pensando que lo es.
Hugo soltó una carcajada. Después volvió a concentrarse en la estrella.
Yo suspiré. Mi librería todavía no estaba abierta al público.
Eran las nueve y cuarenta de la mañana, tenía una caja de adornos atravesada en el pasillo y había decidido que aquel año quería preparar una decoración especial.
No porque necesitara atraer clientes desesperadamente.
Aunque, siendo sincera, cualquier persona que tuviera un negocio pequeño en diciembre agradecería bastante que la gente recordara que existían comercios más allá de las grandes plataformas.
Quería hacerlo porque me encantaba la Navidad.
Me gustaban las luces, los escaparates, las calles llenas de gente y ese pequeño entusiasmo que aparecía en las personas cuando empezaban a pensar en regalos.
Pero, sobre todo, me gustaba lo que ocurría en la librería durante aquellas semanas.
Las madres buscando el primer libro que sus hijos pudieran leer solos.
Los abuelos que venían con una lista escrita a mano.
Las parejas que intentaban recordar el título de una novela que alguien había mencionado durante una cena.
Y quienes entraban diciendo que no sabían qué regalar, pero terminaban contándome tanto sobre la persona que querían sorprender que acabábamos encontrando algo.
Aquello era mi parte favorita. No vender libros.
Encontrar historias para la gente. Aunque, por supuesto, venderlos también resultaba necesario si pretendía seguir pagando el alquiler del local.
Hugo consiguió finalmente sujetar la estrella. Se apartó un poco para observarla.
—¿Qué tal?
Levanté la cabeza. La estrella estaba torcida, pero antes de que pudiera decir nada, él añadió:
—Y piensa bien tu respuesta, porque llevo veinte minutos aquí arriba.
Me mordí el labio.
—Está preciosa.
Hugo frunció el ceño.
—Vera.
Sonreí.
—¿Qué?
—La estás mirando con lástima.
Me eché a reír.
—Un poquito.
Negó con la cabeza. Después recolocó el hilo. La estrella giró sobre sí misma. Quedó recta. Y yo levanté los pulgares.
—¡Ahora sí!
Hugo se llevó una mano al pecho.
—Por fin. El reconocimiento profesional que merezco.
Bajó de la escalera. Y fue entonces cuando ocurrio.
Nada extraordinario. No hubo música. Ni un golpe de viento.
Ni una de esas señales que aparecen en las películas románticas para indicar que la protagonista está a punto de descubrir el amor de su vida.
Simplemente, Hugo se volvió hacia mí mientras terminaba de bajarse las mangas.
Y me fijé en sus manos. No sé por qué. Las conocía perfectamente.
Había visto aquellas manos sujetar mandos de videojuegos, cuadernos del instituto, entradas de cine, una guitarra y bolsas de la compra durante años.
Las había visto vendarme un dedo cuando me corté abriendo cajas en la librería.
Y sujetarme el pelo cuando, con diecinueve años, bebí una cantidad de tequila que todavía prefiero no recordar.
Pero aquella mañana me fijé en que eran grandes.
En la forma de sus dedos. Y en que tenía los antebrazos bastante bonitos.
Lo cual fue una observación tan absurda que me quedé mirándolo como si acabara de descubrir que los árboles tenían hojas. Hugo levantó una ceja.
—¿Qué?
Parpadeé.
—Nada.
Me observó. Después miró sus manos.
—¿Tengo purpurina?
Solté una carcajada. Y el momento desapareció.
O eso pensé. Porque durante el resto de la mañana me sorprendí fijándome en Hugo de una manera que no terminaba de comprender.
Y no me gustó demasiado. No porque hubiera nada malo en encontrar atractivo a un hombre.
Sino porque aquel hombre era Hugo. Mi Hugo.
El de siempre. Y las cosas de siempre no deberían empezar a parecer diferentes un martes por la mañana.
Nos conocimos cuando teníamos quince años.
Fue en septiembre, durante los primeros días de curso, cuando un profesor decidió que la mejor manera de fomentar la convivencia consistía en sentarnos por orden alfabético.
Mi apellido me colocó junto a un chico que llevaba el pelo demasiado largo, un estuche lleno de bolígrafos que nunca escribían y la extraña costumbre de dibujar notas musicales en los márgenes de los apuntes.
Se llamaba Hugo. El primer día me pidió una goma de borrar.
El segundo, un bolígrafo. El tercero, una hoja.
A la semana siguiente le dije que, si pretendía continuar utilizando mi material escolar, tendríamos que establecer algún tipo de contrato de alquiler.
Se rio y me invitó a un bocadillo. Aquello fue suficiente para empezar una amistad.
Durante los años siguientes nos sentamos juntos siempre que pudimos.
Estudiábamos en la biblioteca, intercambiábamos canciones y pasábamos tardes enteras hablando de cosas que entonces parecían importantísimas.
Él quería dedicarse a la música. Yo quería trabajar rodeada de libros.
Hugo decía que algún día tendría un piano de verdad.
Yo aseguraba que abriría una librería donde la gente pudiera sentarse a leer sin sentir que estaba molestando.
Nos reíamos imaginándonos adultos. Personas serias.
Con trabajos. Facturas. Y vidas perfectamente organizadas.
Después nos hicimos mayores. Descubrimos que las facturas llegaban bastante antes que la estabilidad.
Y que ser adulto consistía, en buena medida, en seguir improvisando mientras fingías saber lo que hacías.
Hugo terminó estudiando música y empezó a trabajar como profesor en un colegio.
Daba clase a niños de Primaria y, por lo que me contaba, pasaba buena parte de sus días intentando convencer a grupos de criaturas de ocho años de que tocar la flauta no significaba soplar hasta provocar una emergencia sanitaria.
Yo estudié, trabajé en varias librerías y acabé atreviéndome a abrir la mía.
No fue fácil. Hubo meses complicados. Dudas.
Cuentas que no salían. Y noches en las que me pregunté si había cometido una estupidez al apostar mis ahorros por un negocio que dependía, entre otras cosas, de conseguir que la gente siguiera disfrutando del papel.
Pero había conseguido mantenerlo y me sentía orgullosa.
Hugo estuvo allí cuando firmé el contrato del local.
Me ayudó a montar estanterías. A colocar cajas.
A elegir la música que sonaría durante la inauguración.
Y, la noche antes de abrir, apareció con dos hamburguesas porque llevaba ocho horas trabajando y yo me había olvidado de cenar.
Éramos así. Estábamos. No necesitábamos grandes explicaciones.
Y precisamente por eso, quizá, nunca me había detenido a preguntarme qué ocurriría si algo entre nosotros cambiaba.
A las once abrí la librería. Hugo estaba terminando de colocar unas pequeñas luces alrededor de una estantería cuando entró la primera clienta. Era una mujer de unos sesenta años que venía todos los meses a comprar novelas para su madre. Me saludó. Después observó la decoración.
—¡Qué bonito lo has puesto, Vera!
Sonreí.
—Muchas gracias.
Se acercó a una mesa donde había preparado una selección de lecturas navideñas.
—¿Todo esto lo has hecho tú?
Antes de que pudiera responder, Hugo levantó la mano desde el fondo.
—La escalera la he puesto yo.