5. los planes que no quiero cambiar #6
Solté una carcajada. Le rodeé el cuello con los brazos, después lo besé otra vez.
Y mientras sus manos me acercaban suavemente contra él, comprendí que había algo profundamente divertido en todo aquello.
Porque habíamos empezado diciembre intentando no tener dramas sentimentales.
Julia había terminado enamorándose de un fotógrafo.
Clara estaba empezando otra vez con Marcos.
Yo había decidido mantenerme completamente alejada de cualquier complicación romántica.
Y ahora tenía novio. Un novio panadero. Que horneaba galletas de mantequilla.
Que tenía un árbol enorme en el balcón. Y que acababa de pedir que fuera su novia junto a un reno llamado Benito Me aparté un poco. Nico me miró.
—¿Qué pasa?
Sonreí.
—Nada. Estaba pensando en una cosa.
—Peligroso.
Después le acaricié el pelo.
—Que todavía faltan unos días para Reyes.
Nico frunció el ceño.
—Sí.
Sonreí.
—Y yo tenía terminantemente prohibido enamorarme antes.
Su expresión cambió. Durante un instante no dijo nada. Después sonrio despacio, con aquella sonrisa que había empezado a gustarme demasiado.
—Pues estamos jodidos, Martina.
Nico me acarició la mejilla.
—Porque creo que yo también me estoy enamorando de ti.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. No fue una frase preparada. Ni una promesa de amor eterno. La dijo allí, en su balcón, con una chaqueta que me quedaba enorme y un reno luminoso observándonos desde una esquina. Y me hizo feliz. Muchísimo. Lo miré. Después sonreí.
—Bueno...
Nico levantó las cejas.
—¿Bueno?
Le acaricié el cuello.
—Supongo que podemos hacer una excepción.
Su carcajada resonó suavemente en el balcón.
Me besó. Y yo lo abracé con una felicidad que no tenía ninguna intención de disimular.
Cuando finalmente regresamos al salón, eran casi las tres de la madrugada.
Nico apagó las luces del balcón. Yo me quité la chaqueta y la dejé sobre el respaldo del sofá, después me quedé mirando al árbol a través del ventanal.
Observé nuestra estrella blanca. Los adornos.
La pequeña guirnalda cálida. Todo estaba bonito.
No perfecto. Había alguna rama mal colocada.
Una bola colgaba ligeramente más baja que las otras.
Y, si me fijaba demasiado, podía descubrir varios detalles que habría cambiado inmediatamente en cualquiera de mis proyectos.
Pero aquella vez no me apetecía corregir nada.
Me gustaba como estaba. Nico apareció detrás de mí.
Me rodeó la cintura y apoyó la barbilla sobre mi hombro.
—¿Estás buscando defectos?
Sonreí.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
Me besó suavemente el cuello. Después me abrazó un poco más.
Permanecimos unos segundos sin hablar mirando el árbol, y pensé que nunca habría elegido aquella decoración para mi casa.
Probablemente tampoco habría elegido a Nico si alguien me hubiera presentado una lista con todas sus características antes de conocerlo.
Horarios complicados. Una familia que vivía prácticamente dentro de una panadería.
Un sentido del humor insoportable. Y una capacidad extraordinaria para hacerme perder la paciencia.
Pero tampoco habría podido imaginar todo lo demás.
Sus manos trabajando la masa. La manera en que hablaba de su abuelo.
Cómo escuchaba cuando algo me preocupaba.
Lo mucho que me hacía reír. Y las ganas que tenía de seguir descubriendo cosas suyas. Me volví entre sus brazos. Nico sonrio.
—Qué?
Le di un beso pequeño.
—Nada.
Me observó con desconfianza.
—Martina.
—Que estoy muy contenta.
—Yo también.
Lo abracé. Y allí, en el salón del vecino al que había querido denunciar a principios de diciembre, me di cuenta de que no todos los planes que salían mal eran un desastre.
A veces una decisión improvisada te llevaba a una tarde preciosa.
Un cuadro torcido terminaba dando pie a una conversación.
Y una noche de insomnio podía acabar conociendo a alguien que te hiciera tener todavía menos ganas de dormir.
Sonreí contra su pecho. Nico me acarició suavemente la espalda.
—¿Te quedas? —preguntó.
Aquella vez no tenía trabajo urgente. Ni una reunión al día siguiente. Ni ninguna razón para marcharme salvo la costumbre de regresar siempre a mi propia casa. Y, por primera vez, me apetecía cambiar aquel pequeño plan.
—Sí.
Nico me besó. Después me cogió de la mano y caminamos hacia el dormitorio. Pero justo antes de llegar, me detuve.
—Una cosa.
Cerró los ojos.
—Por supuesto.
Me eché a reír.
Mañana no quiero que pongas ninguna alarma a las cinco.
Nico sonrio.
—Mañana es fiesta. No voy a trabajar.
Asentí, satisfecha.
—Perfecto.
Se acercó para besarme, pero levanté otra vez un dedo.
—Y nada de levantarte de madrugada a preparar masas.
Su carcajada resonó por el pasillo.
—Joder, Martina. ¿Quieres que firme un contrato?
—No sería mala idea.
Nico negó con la cabeza, riéndose. Me rodeó la cintura y me besó.
Esta vez no lo interrumpí. Había algo que estaba empezando a gustarme muchísimo de aquella nueva versión de mi vida.
Seguía teniendo mis planes. Mis horarios.
Mis cosas. Pero ahora también tenía a Nico.
Y descubrir que el futuro podía sorprenderme no me provocaba la necesidad de abrir una hoja de cálculo.
Bueno. Quizá una pequeña. Tampoco había que exagerar.