5. los planes que no quiero cambiar #5
Lo miré.
—Nico.
Se echó a reír.
—He recogido un poco. He puesto las luces y he preparado algo para brindar contigo.
Sentí que algo cálido me llenaba el pecho. No era una decoración extraordinaria, pero me conocía lo suficiente para haber preparado un espacio donde sabía que me encontraría cómoda y aquello me encantó.
—Es precioso.
—¿Un diez?
—Un diez.
Nico se llevó una mano al pecho.
—No me lo puedo creer.
Se acercó, me rodeó la cintura y me besó otra vez.
Brindamos por el año nuevo. Hablamos de nuestras familias, de la cantidad absurda de comida que habíamos cenado y de los planes que nos apetecía hacer durante los próximos días.
Nico quería aprovechar enero para organizar nuevas propuestas para La Espiga.
Las cajas navideñas habían funcionado bastante mejor de lo que esperaban y sus padres estaban empezando a considerar la posibilidad de preparar una línea pequeña de productos especiales durante todo el año.
Me hizo muchísima ilusión escucharlo. Era una idea que Nico llevaba tiempo intentando desarrollar y empezaba a hacerse realidad.
—Mi padre me ha dicho que después de Reyes quiere sentarse conmigo para hablar de los cambios que podemos hacer este año —me contó.
Sonreí.
—Eso está muy bien.
—Sí.
Después añadió:
—Y quiero organizarme mejor. No quiero pasarme la vida trabajando doce horas al día.
No parecía estar haciendo una promesa romántica.
Simplemente estaba hablando de su futuro.
Y me gustó escucharlo de aquella manera.
Porque empezaba a comprender que una relación no consistía en encontrar a alguien que pudiera adaptarse perfectamente a nuestra vida sin mover nada.
Tampoco en renunciar a lo que nos importaba.
Quizá consistía en encontrar el espacio suficiente para construir cosas nuevas sin que ninguna de las anteriores tuviera que desaparecer.
Nico dejó su copa sobre la mesa. Después me miró.
—Dime.
Se quedó pensando un instante, algo poco habitual en él y aquello consiguió despertar mi curiosidad.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Levanté las cejas.
—Depende.
Sonrio, pero no hizo ninguna broma. Se acercó un poco.
—¿Te apetece que dejemos de decir que somos dos vecinos que están quedando?
Había algo en su expresión que me hizo sentir un cosquilleo enorme en el estómago.
—¿Cómo?
Nico sonrio ligeramente.
—Que me gustas muchísimo, Martina. Me gusta estar contigo, me encanta hacer planes contigo y llevo varios días deseando volver a verte incluso cuando acabo de despedirme de ti.
Sé que llevamos poco tiempo. No quiero que pienses que tenemos que hacer planes enormes ni empezar a organizar el resto de nuestra vida.
Sonrio.
—Pero me gustaría que fueras mi novia.
No esperaba escuchar aquello precisamente esa noche.
Aunque, pensándolo bien, tampoco sabía cuándo habría sido el momento adecuado.
¿Después de tres citas? ¿Cinco? ¿Una reunión extraordinaria de vecinos?
Había pasado demasiado tiempo intentando encontrar el instante perfecto para las cosas.
Y Nico acababa de preguntarme algo importante de una manera tan sencilla que consiguió que todas aquellas preocupaciones perdieran bastante sentido.
Lo observé. Tenía una expresión ligeramente nerviosa.
Y aquello me encantó. Había algo profundamente bonito en descubrir que el hombre que siempre parecía tener una broma preparada también podía sentirse vulnerable. Me acerqué un poco.
—Nico.
—¿Sí?
Sonreí.
—Quiero ser tu novia.
La sonrisa apareció lentamente. Después se hizo enorme. Me abrazó con tanta fuerza que terminé riéndome contra su cuello. Nico me levantó apenas unos centímetros del suelo y giró conmigo antes de volver a dejarme sobre la alfombra.
—¡Nico!
Se echó a reír.
—Perdón.
Le rodeé el cuello con los brazos. Lo miré. Y lo besé. Mucho. Sin pensar en el ascensor. Ni en Pilar. Ni en los horarios de descanso. Aunque, por consideración hacia la comunidad, procuramos no hacer demasiado ruido. Cuando nos separamos, Nico apoyó la frente contra la mía.
—Hola, novia.
—Hola, novio.
Me besó otra vez, y yo descubrí que aquella palabra me gustaba, porque estábamos eligiendo llamar de alguna manera a algo que ambos deseábamos continuar construyendo.
Un rato después salimos al balcón. Hacía frío, así que Nico me dejó una chaqueta y yo me la puse sobre el vestido.
Desde allí podían verse las luces de algunas ventanas y pequeños grupos de personas que regresaban a casa después de celebrar la Nochevieja.
El árbol ocupaba buena parte de un lateral.
La estrella blanca seguía colgada de una rama.
Y Benito, mi viejo enemigo, descansaba apagado junto a la barandilla.
Me acerqué a mirarlo, después miré a Nico.
—Oye.
—¿Qué?
Señalé el reno.
—Creo que deberíamos hacer algo con Benito.
Nico abrio mucho los ojos.
—¿El qué?
—No sé. Mejorarlo.
Su expresión cambió. Después se llevó una mano al pecho.
—¿Estás diciendo que quieres intervenir artísticamente a mi reno?
Me eché a reír.
—Estoy diciendo que tiene unas luces espantosas, pero quizá podamos ponerle una guirnalda más discreta.
Nico se quedó mirándome. Después empezó a sonreír muchísimo.
—Martina.
—¿Qué?
Se acercó.
—Creo que acabas de aceptar a Benito como miembro de la familia.
—No exageres.
—Esto es un momento histórico.
Me acercó otra vez y me besó. Fue un beso lento, cálido, de esos que consiguen que una se olvide de que está en un balcón a principios de enero.
—¿Sabes qué? —murmuró.
—¿Qué?
—Que me alegro muchísimo de haberte conocido.
Sentí una ternura enorme. Si alguien me hubiera dicho unas semanas atrás que terminaría empezando el año besándome con el hombre del tercero, probablemente habría recomendado a esa persona que descansara un poco y consultara con un profesional, pero allí estaba, con Nico,
con sus manos sobre mi cintura, con su árbol de Navidad y aquel reno horroroso que, contra todo pronóstico, había terminado formando parte de nuestra historia.
—Yo también me alegro —respondí.
Nico me acarició la mejilla.
—Aunque debo reconocer que al principio pensé que ibas a matarme.
Me eché a reír.
—Estuve bastante cerca.
—Lo sé, pero mereció la pena.
—¿El qué?
—Que bajaras aquella noche a protestar.
Recordé mi pijama de cuadros. El moño mal hecho. El enfado. La música navideña. El olor a mantequilla. Y a Nico abriéndome la puerta con harina en la cara y una sonrisa que me había parecido profundamente irritante.
—Menuda primera impresión.
Nico sonrio.
—A mí me encantó.
—¿En serio?
—Sí. Aunque estaba convencido de que ibas a ponerme una denuncia.
—Pues yo pensé que eras el hombre más insoportable de Valencia.
Nico se encogió de hombros.
—Eso todavía puede ser verdad.