Diciembre tenía otros planes 5. los planes que no quiero cambiar #4
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5. los planes que no quiero cambiar #4

Nico no respondió inmediatamente. Se quedó escuchando.

—Andrés solía cambiar planes a última hora. Y cuando yo me enfadaba, decía que necesitaba aprender a improvisar, que era demasiado rígida y que no podía pretender tenerlo todo organizado.

Miré hacia la mesa del comedor. Todavía tenía allí una pequeña vela de la noche anterior, la había dejado porque me gustaba, pero, de pronto, me resultó bastante simbólico verla. Nico siguió la dirección de mis ojos. Después volvió a mirarme.

—No quiero hacerte sentir así, Martina.

—Lo sé. Y también sé que tú no eres Andrés.

Aquello me pareció importante decirlo. Porque durante las últimas semanas había estado descubriendo que Nico no era aquel hombre caótico e irresponsable que yo imaginaba cuando escuchaba su batidora a medianoche.

Era trabajador. Tenía proyectos. Se preocupaba por su familia.

Y llevaba días demostrando que le importaba pasar tiempo conmigo.

Pero también tenía defectos. Como yo. Y uno de ellos parecía ser aquella tendencia a asumir más trabajo del que podía hacer sin que terminara afectando a sus planes personales. Nico se inclinó un poco hacia delante.

—Ayer me di cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que hice durante mi última relación.

Lo miré.

—¿Qué?

—Poner el trabajo por delante de todo porque me da miedo que algo salga mal.

Se quedó callado unos segundos. Después continuó:

—Esta mañana he hablado con mis padres. Les he explicado que no podemos aceptar pedidos urgentes sin comprobar primero si tenemos capacidad para prepararlos. Y hemos organizado mejor quién se encarga de cada cosa.

—¿Y qué han dicho?

Nico soltó una carcajada.

—Mi madre que ya era hora.

—Me cae muy bien tu madre.

—A mí también. Aunque tiene la mala costumbre de tener razón.

Sonreí. Después él volvió a ponerse serio.

—No te voy a prometer que nunca volveré a llegar tarde. Sería absurdo. Pero sí puedo prometerte que no voy a dar por hecho que tu tiempo es menos importante que el mío.

Aquella era exactamente la diferencia que necesitaba.

No quería un hombre perfecto. Ni alguien que abandonara su trabajo cada vez que yo quisiera verlo.

Quería que nuestros planes importaran. Que si algo cambiaba pudiéramos hablarlo.

Y que ninguno terminara sintiendo que tenía que reorganizar toda su vida para adaptarse constantemente al otro. Me acerqué un poco.

—Gracias.

Nico sonrio. Después añadió:

—Y, para que conste, ayer estaba deseando cenar contigo.

—Pues te perdiste una pasta estupenda.

—No me lo recuerdes.

—Me salió buenísima.

—Estás disfrutando haciéndome sufrir.

—Muchísimo.

Nico soltó una carcajada. Después me cogió suavemente la mano.

—¿Estamos bien?

Me gustó que lo preguntara.

—Sí.

—Bien.

Me acerqué y lo besé. Un beso tranquilo, que comenzó casi como una despedida de aquella conversación y terminó con sus manos sobre mi cintura y las mías alrededor de su cuello. Cuando nos separamos, Nico sonrio.

—Por cierto, ¿me queda alguna infracción pendiente?

Me eché a reír.

—Varias.

—¿Graves?

—La decoración del balcón sigue bajo investigación.

Soltó una carcajada y yo me di cuenta de algo.

Habíamos tenido nuestro primer desacuerdo de verdad.

Uno que no podía solucionarse simplemente apagando unas luces.

Y estábamos allí. Juntos. Sin necesidad de fingir que no había pasado nada.

Aquello me pareció una señal bastante buena.

Nico se quedó a cenar. No porque lo hubiéramos planeado.

Sino porque, cuando terminamos de hablar, le pregunté si tenía hambre.

Su respuesta fue mirarme como si acabara de hacerle la pregunta más absurda de la historia.

—Soy panadero, Martina. Siempre tengo hambre.

Saqué la pasta que había guardado la noche anterior y la calenté mientras Nico preparaba una ensalada con las verduras que encontró en la nevera.

Cenamos en la cocina. Sin velas. Sin mantel especial.

Ni ningún plan romántico preparado con horas de antelación.

Y, sin embargo, me lo pasé estupendamente.

Después recogimos juntos. Nico lavó las copas mientras yo guardaba algunas cosas en los armarios.

En un momento determinado dejó una taza en una estantería diferente de donde solía colocarla.

Lo observé. Él siguió la dirección de mis ojos. Después sonrio.

—¿La he puesto mal?

La taza estaba en el armario adecuado, pero no junto a las demás y una parte de mí estaba deseando moverla. Una parte enorme.

—Martina.

Lo miré. Después miré la taza y me eché a reír.

—Sí.

Me acerqué. La coloqué junto a las otras y después lo miré.

—Pero no pasa nada.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Se acercó, me rodeó la cintura y me besó.

—Estoy muy orgulloso de ti.

Apoyó la frente contra la mía, permanecimos así unos segundos hasta que me miró con una expresión más seria.

—Oye, Martina.

—¿Qué?

—¿Te apetece que mañana nos veamos después de las uvas?

Nochevieja. Habíamos hablado de nuestros planes familiares, pero todavía no habíamos comentado si queríamos encontrarnos después. Me hizo ilusión.

—Sí.

Nico sonrio.

—Perfecto.

—Pero nada de preparar galletas a la una de la madrugada.

—Prometido.

—Ni poner villancicos a todo volumen.

—Tampoco.

—Ni encender a Benito.

Nico soltó un suspiro teatral.

—Martina, estás arruinando la Navidad de ese pobre animal.

Volví a besarlo. Porque aquella vez no tenía ninguna intención de continuar discutiendo. Al menos durante los siguientes cinco minutos.

31 de diciembre. Valencia.

La Nochevieja en casa de mis padres transcurrio entre comida, risas y una discusión bastante intensa sobre si las uvas debían pelarse antes de las campanadas.

Mi padre aseguraba que aquello era hacer trampas.

Mi madre opinaba que no tenía sentido empezar el año atragantándose.

Yo me limité a preparar las mías con una precisión que habría resultado admirable en cualquier otro contexto.

Doce. Exactamente doce. Sin pepitas. Perfectamente colocadas.

Mi madre me observó. Después negó con la cabeza.

—Hija, eres igual que yo.

Sonreí.

—Lo sé.

Durante la cena hablamos de los planes para el año siguiente, de los viajes que nos gustaría hacer y de algunos proyectos de trabajo que tenía pendientes.

No les conté demasiado sobre Nico. Mi madre sabía que había empezado a salir con alguien.

También sabía que trabajaba en una panadería.

Y, por algún motivo, aquella última información le parecía extraordinariamente interesante.

—Pues si hace buenos roscones, ya me lo presentarás.

Me eché a reír.

—Mamá, todavía estamos conociéndonos.

Se encogió de hombros.

—Yo solo quiero saber dónde comprar el roscón.

Mi padre soltó una carcajada, y yo decidí que probablemente Nico se llevaría estupendamente con ellos. Aunque aquello era una idea que prefería dejar para más adelante. A las doce menos cinco abrí el grupo de WhatsApp.

Las de siempre 🍷

Julia había enviado una fotografía donde aparecía arregladísima, con una copa en la mano y una sonrisa enorme.

Clara estaba celebrando la noche con su familia y había mandado un vídeo de Inés intentando conseguir que Paúl volviera a ponerse el famoso jersey navideño.

Vera había enviado una fotografía de su mesa, con las doce uvas cuidadosamente colocadas junto a un pequeño adorno de Navidad.

Escribí: Feliz año, chicas. Aunque todavía no haya empezado.

Julia: Martina, no puedes felicitar antes de las doce. Eso trae mala suerte.

Martina: Julia, llevas años tomando decisiones sentimentales cuestionables. No creo que felicitar cinco minutos antes sea tu mayor problema.

Clara envió varios emoticonos riéndose.

Vera añadió: Os quiero mucho. Incluso cuando sois insoportables.

Martina: Yo también os quiero.

Las campanadas comenzaron. Mi padre se equivocó con la tercera.

Mi madre empezó a reírse con la quinta. Y yo terminé atragantándome con la última porque había cometido el error de mirar a ambos en lugar de concentrarme en las uvas.

Cuando terminaron, nos abrazamos. Nos besamos.

Brindamos. Y mi madre empezó a repartir los dulces que habían sobrado de la cena como si no acabáramos de comer suficiente para sobrevivir durante tres semanas. Poco después recibí un mensaje de Nico.

Feliz año, Martina.

Sonreí.

Feliz año, Nico.

Su siguiente mensaje llegó inmediatamente.

¿Sigues queriendo verme esta noche?

Muchísimo.

Entonces te espero en casa. Sin música, sin horno y con Benito en libertad vigilada.

Solté una carcajada, guardé el teléfono y me quedé un rato más con mi familia. Sin prisa. Sin sentir que tenía que marcharme inmediatamente para demostrarle a Nico que quería estar con él. Sabía que me esperaba y que no pasaba nada por llegar un poco más tarde. Aquella confianza empezaba a gustarme.

1 de enero. Valencia.

Eran casi las dos de la madrugada cuando llamé al timbre del tercero.

Nico abrio enseguida. Llevaba unos pantalones oscuros, una camisa blanca con las mangas remangadas y una sonrisa que me hizo olvidar momentáneamente que estábamos a principios de enero.

Me observó. Después abrio un poco más los ojos.

—Joder, Martina.

Sonreí.

—¿Qué?

Bajó la mirada hacia mi vestido. Era verde, sencillo, con la espalda ligeramente descubierta y una caída que me encantaba. Me había recogido el pelo en un moño bajo y llevaba unos pendientes dorados pequeños. Me sentía guapa y me encantó ver que Nico también lo pensaba.

—Estás espectacular.

Noté que se me calentaban las mejillas.

—Gracias.

Se acercó. Me cogió suavemente por la cintura.

Y me besó. No fue un saludo breve. Ni especialmente prudente.

Llevábamos casi un día sin vernos y, por algún motivo, aquello nos pareció suficiente para besarnos como si hubieran pasado semanas.

Le rodeé el cuello con los brazos. Nico me acercó un poquito más.

Cuando nos separamos, los dos estábamos sonriendo.

—Feliz año —murmuró.

—Feliz año.

El salón estaba iluminado con pequeñas luces cálidas.

Había dos copas sobre la mesa, una botella de cava y una bandeja con varios dulces.

El árbol seguía junto al balcón, con la estrella blanca que le había regalado ocupando una de las ramas delanteras.

Todo estaba precioso. Sin resultar exagerado.

Sin aquella acumulación de colores que tanto había criticado al principio.

Me acerqué al árbol. Observé los adornos. Después miré a Nico.

—¿Qué has hecho?

Sonrio.

—Nada especial.