Diciembre tenía otros planes 5. los planes que no quiero cambiar #3
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5. los planes que no quiero cambiar #3

Me gustaba que escuchara. Que no intentara cambiarme.

Y que, cuando tenía una opinión diferente, pudiera decírmela sin convertirlo inmediatamente en una pelea.

Aquello me importaba más de lo que había imaginado. Cogí el móvil y abrí su conversación.

Gracias por hoy. Me lo he pasado genial.

Respondió enseguida.

Yo también. Aunque creo que mi reno ha sufrido críticas injustificadas.

Tu reno necesita una intervención urgente.

Cuando nos den las piezas, voy a escribir al taller para que le pongan una placa de artista incomprendido.

Solté una carcajada. Después me quedé mirando el teléfono. Y, sin pensarlo demasiado, escribí:

Me gustas mucho, Nico.

Lo envié. Esta vez no me arrepentí inmediatamente. No intenté añadir una broma para quitarle importancia. Simplemente esperé.

A mí también me gustas muchísimo, Martina.

Después apareció otro mensaje.

Y mañana pienso seguir intentándolo.

¿Intentando qué?

Que te guste un poquito más.

Me quedé mirando la pantalla. Después sonreí. Porque, sinceramente, lo tenía bastante fácil.

29 de diciembre. Valencia.

El martes descubrí que el comienzo de una historia bonita no te protegía de tener un día de mierda.

Y que, a veces, las personas que te gustaban podían decepcionarte sin necesidad de ser malas personas.

Llevaba toda la mañana trabajando. Había terminado los planos de una reforma, contestado varios correos y tenido una reunión con un cliente que decidió cambiar las manillas de todas las puertas cuando ya estaban encargadas.

Después de explicarle que aquello implicaba modificar el presupuesto, conseguí cerrar el asunto sin necesidad de recurrir a la violencia.

Una victoria profesional importante. Por la tarde fui al supermercado.

Compré pasta fresca, champiñones, queso, verduras y una botella de vino.

Nico venía a cenar. Habíamos quedado a las nueve.

Y aunque llevaba todo el día intentando convencerme de que no estaba especialmente nerviosa, había terminado dedicando casi media hora a elegir qué ponerme.

No porque quisiera impresionarlo. Eso ya estaba bastante superado.

Simplemente porque me apetecía estar guapa para él.

Había algo muy agradable en reconocerlo sin sentir que estaba traicionando mi independencia.

A las ocho terminé de preparar la mesa. Había colocado dos platos, unas copas, una vela pequeña y una servilleta de tela junto a cada cubierto.

No era una decoración extraordinaria, pero me gustaba que las cosas estuvieran cuidadas.

La salsa estaba casi terminada. La pasta tardaría unos minutos.

Y yo tenía ganas de cenar con Nico, poner una película y comprobar cuánto tiempo conseguíamos verla antes de empezar a besarnos.

Un plan bastante estupendo. A las ocho y treinta y ocho recibí un mensaje.

Martina, voy un poco justo. Se nos ha complicado un pedido en la panadería. Te aviso en cuanto salga.

Fruncí ligeramente el ceño. Después miré la hora. Todavía faltaban veintidós minutos. Podía retrasarse un poco. No pasaba nada.

Vale. Avísame.

Guardé el teléfono. Bajé el fuego de la salsa y me senté un rato en el sofá.

A las nueve y diez todavía no había vuelto a escribir.

Miré el móvil. Después la mesa. Volví a mirar el móvil.

No quería convertirme en una mujer que necesitara recibir actualizaciones constantes de dónde estaba la persona con la que había quedado.

Nico estaba trabajando. Lo entendía, pero también había preparado una cena.

Había organizado mi tarde para poder terminar las cosas a tiempo y necesitaba saber si íbamos a cenar juntos o si era mejor guardar todo en la nevera. A las nueve y diecisiete le escribí.

¿Sabes cuánto vas a tardar? Para organizar la cena.

Esperé. Cinco minutos. Diez. A las nueve y treinta y cuatro llegó su respuesta.

Perdona, Martina. Ha habido un problema con las etiquetas de un pedido grande para fin de año y estamos intentando resolverlo. No creo que pueda llegar antes de las diez y media.

Me quedé mirando la pantalla. Respiré hondo. Las diez y media. Una hora y media después de la hora prevista. Y todavía no estaba seguro. Miré la mesa. La salsa. La botella de vino. La pequeña vela que había encendido hacía un rato y que, por alguna razón, ahora me pareció bastante ridícula.

Vale. Entonces lo dejamos para otro día.

Nico respondió poco después.

¿Seguro? Puedo ir en cuanto terminemos.

Me quedé mirando aquellas palabras y sentí algo desagradable.

No exactamente enfado. Era decepción. Una sensación pequeña, pero bastante incómoda, que empezaba a mezclarse con recuerdos que creía tener más que superados.

Andrés. Mi ex. Las veces que cancelaba planes a última hora.

Las bromas sobre mis horarios. Aquella costumbre de hacerme sentir que organizar algo era una manía mía y que, si me molestaba que no se cumpliera, el problema estaba en mi falta de espontaneidad.

Nico no había hecho eso. No se había burlado de mí.

Tampoco me había dicho que exageraba. Pero llevaba casi una hora esperando una información que podría haberme dado antes, y aquello sí me molestaba.

Sí, seguro. Estoy cansada y mañana madrugo. Espero que podáis resolverlo.

Dejé el móvil. Apagué el fuego y me quedé un rato mirando la cocina.

No quería montar un drama. No quería empezar a pensar que Nico era igual que Andrés porque hubiera tenido un problema en el trabajo.

Pero tampoco quería fingir que no me importaba.

Porque me importaba. Había preparado aquella noche con ilusión y ahora estaba guardando la cena en recipientes mientras intentaba convencerme de que no estaba decepcionada.

Me senté a comer una pequeña porción de pasta.

No estaba mala. De hecho, estaba bastante buena.

Aquello consiguió enfadarme todavía más, porque era una cena estupenda y me habría encantado compartirla con él.

A las diez y cuarenta recibí otro mensaje.

Acabamos de terminar. Siento muchísimo lo de hoy.

Lo leí. Esperé unos segundos. Después respondí:

Mañana hablamos, Nico. Buenas noches.

Buenas noches, Martina. Perdona.

Dejé el móvil boca abajo. No porque quisiera castigarlo.

Sino porque necesitaba irme a dormir. Y porque sabía que, si empezábamos aquella conversación a las once de la noche, terminaríamos hablando desde el cansancio, el enfado y una sensación de frustración que probablemente no ayudaría demasiado a ninguno.

Pero aquella noche tardé bastante en conciliar el sueño.

Y no fue por la música. Ni por el horno.

Ni por Benito. Fue porque me había dado cuenta de que Nico empezaba a importarme lo suficiente como para que una decepción pequeña pudiera dolerme. Y no sabía muy bien qué hacer con eso.

30 de diciembre. Valencia.

A las seis de la tarde tenía un mensaje de Nico.

No era el primero. Me había escrito por la mañana para preguntarme cómo estaba y disculparse otra vez por lo de la cena.

Le había respondido que estaba bien, pero que me gustaría hablar con él tranquilamente cuando termináramos de trabajar.

No habíamos discutido. Tampoco quería hacerlo.

Pero había algo importante que necesitaba explicarle.

Su nuevo mensaje decía: He terminado. ¿Te viene bien que suba un rato?

Miré el reloj. Había conseguido terminar casi todo lo que tenía pendiente. Me apetecía verlo, y, sinceramente, llevaba demasiado tiempo pensando en aquella conversación como para seguir retrasándola.

Sí. Sube cuando quieras.

Cinco minutos después llamaron al timbre.

Abrí. Nico estaba frente a mi puerta. Llevaba unos vaqueros, un jersey gris y el pelo ligeramente revuelto.

Tenía aspecto de haber trabajado mucho y una pequeña sombra de cansancio bajo los ojos.

Pero no llevaba galletas. Ni flores. Ni una bolsa con algún regalo improvisado.

—Hola —dijo.

Sonreí ligeramente.

—Hola.

Nos quedamos mirándonos unos segundos. Después me acerqué y le di un beso. No especialmente largo. Pero sí lo suficiente para dejar claro que seguía teniendo ganas de besarlo. Nico sonrio un poco.

—¿Puedo pasar?

—Claro.

Entró. Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una silla. Después se sentó conmigo en el sofá. Durante un momento ninguno habló. No resultaba incómodo exactamente, pero era evidente que ambos estábamos intentando encontrar la manera de empezar. Finalmente Nico soltó aire.

—Lo siento, Martina.

Lo miré.

—Ya me lo has dicho.

—Ya. Pero quiero explicarte qué pasó.

Me acomodé en el sofá.

—Vale.

Se pasó una mano por el pelo.

—Ayer llegó un pedido de cuarenta cajas especiales para fin de año. Habíamos preparado casi todas, pero cuando empezamos a colocarlas nos dimos cuenta de que una parte de las etiquetas estaba mal impresa.

Fruncí el ceño.

—¿Las del nuevo proveedor?

—Sí. Algunas tenían un error en el texto y no podíamos utilizarlas.

Me quedé pensando. Aquello era una complicación real. Especialmente con los plazos que tenían.

—¿Y qué hicisteis?

Nico soltó una risa breve.

—Lo que hago siempre cuando se complica algo. Intentar resolverlo yo.

Lo observé. Él continuó:

—Podríamos haber separado las cajas afectadas, hablar con el proveedor y organizar el trabajo para el día siguiente. Pero me empeñé en dejarlo todo terminado porque no quería que mi padre empezara a decir que las cajas nuevas estaban trayendo demasiados problemas.

Bajó la mirada.

—Y cuando me di cuenta de la hora, ya estaba llegando tarde.

Asentí lentamente.

—Ya.

Nico me miró.

—Lo peor es que podría haberte avisado bastante antes. Sabía desde las siete que aquello no iba a solucionarse en media hora.

Aquello era precisamente lo que me había molestado. No que tuviera trabajo. Ni que surgiera un problema. Sino que hubiera esperado hasta el último momento para avisarme de que nuestros planes podían cambiar.

—Es que yo no necesito que siempre llegues puntual, Nico —respondí —Sé que pueden pasar cosas. A mí también se me complica el trabajo y hay días en los que no puedo terminar cuando tenía previsto.

Asintió.

—Pero si hemos quedado y sabes que vas a llegar tarde, necesito que me lo digas. No quiero pasarme una hora esperando sin saber si voy a cenar contigo o si es mejor guardar la comida.

Su expresión se suavizó.

—Tienes razón.

—Y me molestó. Mucho.

Nico asintió otra vez.

—Lo entiendo.

—Creo que también me removió cosas de mi última relación.