Diciembre tenía otros planes 5. los planes que no quiero cambiar #2
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5. los planes que no quiero cambiar #2

Su comentario me sorprendió. Me quedé mirando el plato. Después el pincel que tenía entre los dedos. No lo había preguntado de mala manera. Parecía tener curiosidad, pero había algo en aquella frase que me hizo pensar.

—No intento que todo quede perfecto —respondí— Simplemente me gusta hacer las cosas bien.

—Ya.

Se quedó observando el plato. Después sonrio.

—Pues está quedando precioso.

Volvió a concentrarse en su taza. Yo me quedé unos segundos pensando.

Porque quizá sí había algo de verdad en su pregunta.

Llevaba toda la actividad intentando que las ramas fueran proporcionadas, que las estrellas estuvieran equilibradas y que ningún color sobresaliera demasiado.

Había repetido una de las líneas tres veces.

Y corregido una pequeña mancha que probablemente nadie habría notado.

Mientras tanto, Nico estaba pintando el reno más horrible de la historia con una felicidad absolutamente envidiable.

Lo observé. Tenía un poco de pintura verde en un dedo.

Se mordía el labio mientras intentaba añadir una bufanda al animal.

Y sonreía sin preocuparse demasiado por el resultado.

Aquello me hizo preguntarme cuándo había sido la última vez que yo había hecho algo simplemente por divertirme.

Sin pensar en si quedaría bonito. Sin buscar una utilidad.

Sin necesitar que alguien valorara el resultado.

Me quedé contemplando mi plato. Después cogí un pincel más grueso.

Lo mojé en pintura roja y dibujé una estrella pequeña en el centro.

No quedó perfectamente simétrica. Uno de los picos era un poco más largo.

Otro estaba ligeramente torcido. La observé.

Sentí el impulso inmediato de corregirla, pero no lo hice.

Nico levantó la cabeza. Miró el plato. Después me observó.

—¿Y eso?

—Una estrella.

Levantó las cejas.

—Ya lo veo.

Me quedé mirándolo. Después añadí:

—Está torcida.

Nico sonrio.

—Un poquito.

La observé otra vez, y por primera vez en mucho tiempo, no sentí ninguna necesidad de arreglarla.

Me gustaba tal como estaba. Cuando terminamos, Nico escribió una pequeña inicial en la base de su taza.

Yo hice lo mismo con mi plato. La mujer del taller nos explicó que nos avisaría cuando las piezas estuvieran listas para recoger.

Nico dejó su taza sobre la mesa. Después se acercó para examinar mi plato.

—¿Sabes qué creo? —preguntó.

Lo miré.

—Que tu estrella torcida es lo más bonito que has pintado.

Sentí algo cálido en el pecho. Bajé la mirada. Después volví a mirarlo.

—Y yo creo que tu reno debería recibir asistencia veterinaria.

Nico soltó una carcajada. Y me besó. Allí.

En medio del taller. Con un pincel en la mano y una pequeña mancha de pintura verde en la mejilla.

Fue un beso breve. Pero me dejó sonriendo durante varios minutos.

Lo cual, considerando que llevábamos dos horas pintando cerámica, me pareció una manera bastante estupenda de terminar la actividad.

Salimos del taller cuando empezaba a oscurecer.

Hacía frío, aunque no tanto como para resultar desagradable.

Las calles estaban llenas de gente que aprovechaba los días posteriores a Navidad para pasear, hacer compras o sentarse en alguna terraza.

Nico me cogió de la mano. Continuamos caminando hasta una cafetería pequeña donde decidimos merendar algo.

Encontramos una mesa junto a la ventana, pedimos dos bebidas calientes y compartimos una porción de tarta porque, según Nico, después de pasar dos horas pintando necesitábamos recuperar energías.

Empezaba a sospechar que utilizaría cualquier actividad como excusa para comer dulce.

Y, sinceramente, no me parecía una mala costumbre.

Mientras esperábamos, sacó el móvil y me enseñó una fotografía de su taza.

—¿Para qué le has hecho una foto?

—Para documentar mi talento.

—Nico, si publicas eso, van a prohibirte acercarte a cualquier centro artístico.

Sonrio. Después amplió la imagen.

—Mira qué cara.

El reno seguía pareciendo profundamente preocupado por su propia existencia. Me tapé la boca.

—Es que no tiene sentido.

Nico soltó una carcajada. Después guardó el teléfono.

—Cuando estén listas las piezas, quiero que te quedes mi taza.

—¿Perdona?

—Y yo me quedaré tu plato.

Me quedé callada. De pronto, aquella propuesta me pareció mucho más romántica de lo que debería.

No estábamos hablando de un regalo caro.

Ni de una joya. Ni de algo que pudiera enseñarle a mis amigas para que me dijeran lo maravilloso que era mi nuevo novio.

Era una taza horrible. Con un reno verde.

Una taza que había pintado él mientras yo me reía de sus escasas habilidades artísticas. Y quería que me la quedara.

—¿Seguro? —pregunté.

Nico levantó las cejas.

—¿No te gusta?

Lo miré. Después sonreí.

—Es espantosa.

Se echó a reír.

—Lo sé.

Me quedé observándolo. Después añadí:

—Pero me encanta.

Su sonrisa cambió. Se volvió más pequeña. Más bonita.

—Pues para ti.

Sentí que algo me apretaba suavemente el pecho.

Tuve que bajar la mirada hacia la mesa, porque aquel hombre estaba empezando a hacerme cosas bastante peligrosas.

No solamente besarme bien. Ni hacerme reír.

Estaba consiguiendo que me emocionara con objetos horribles.

Aquello sí que no lo había contemplado en ninguno de mis planes para diciembre.

Al terminar la merienda, Nico me preguntó si me apetecía cenar con él.

No habíamos hecho ninguna reserva. Tampoco parecía tener un restaurante concreto en mente.

Una circunstancia que, en cualquier otra época de mi vida, me habría llevado a consultar tres aplicaciones, revisar horarios y terminar elaborando una lista de opciones ordenadas por distancia.

Aquella vez me limité a preguntarle si conocía algún sitio que estuviera bien. Nico sonrio.

—Un par.

—Pues elige tú.

—¿Quién eres y qué has hecho con Martina?

Terminamos cenando en un restaurante pequeño donde compartimos varios platos y pasamos casi dos horas hablando.

Le conté algunas anécdotas de mis primeros trabajos, cuando todavía estaba aprendiendo a tratar con clientes y había aceptado proyectos que exigían el triple de horas de las que había presupuestado.

Nico me habló de su etapa en Barcelona, de las primeras recetas que intentó crear por su cuenta y de una vez que preparó un pastel de tres pisos para una celebración y terminó transportándolo en el asiento del copiloto, sujeto con el cinturón de seguridad.

—¿Y llegó entero? —pregunté.

—Perfectamente.

—¿En serio?

—Sí.

Sonrio.

—Yo, en cambio, llegué con una contractura porque me pasé todo el trayecto mirando hacia él.

Solté una carcajada. Después me contó que había llegado a odiar aquel pastel durante las siguientes veinticuatro horas y que todavía conservaba una fotografía del resultado.

Me la enseñó. Era precioso. Tenía flores pequeñas, una decoración delicada y un acabado que requería muchísima precisión. Me quedé observándolo.

—No entiendo cómo puedes hacer algo así y después pintar un reno sin cuello.

—Todos tenemos nuestras limitaciones.

Dejó el móvil sobre la mesa. Después me observó.

—¿Te está gustando el día?

—Muchísimo.

Nico pareció relajarse.

—Me alegro.

—¿Y a ti?

Frunció ligeramente el ceño.

—¿A mí qué?

—¿Te está gustando estar conmigo?

—Martina, llevo todo el día intentando encontrar excusas para besarte.

Sentí aquel cosquilleo absurdo.

—Eso no responde a mi pregunta.

Nico se inclinó un poco hacia delante.

—Me está encantando estar contigo.

Lo miré. Después sonreí. Él continuó, más despacio:

—Y quiero seguir haciéndolo.

Todavía había momentos en los que me sorprendía escucharlo hablar de nosotros con tanta naturalidad. No parecía estar preparando una estrategia. Ni intentando convencerme de que debíamos convertirnos inmediatamente en pareja. Simplemente me estaba diciendo que quería seguir viéndome.

—A mí también —reconocí.

Nico alargó la mano sobre la mesa y yo se la cogí. Seguimos hablando, sin convertir aquella conversación en algo más solemne de lo que necesitaba ser.

Regresamos al edificio cerca de las once. Aquella vez Pilar no apareció junto a los buzones. Un acontecimiento extraordinario. Empezaba a pensar que quizá habíamos conseguido desactivar su sistema de vigilancia. Subimos en el ascensor y empezamos a reírnos.

—Este ascensor tiene algo.

Me acerqué. Le coloqué bien la bufanda. No porque estuviera torcida. Bueno, un poco sí. Pero principalmente porque quería tocarlo. Nico bajó la mirada hacia mis manos. Después volvió a mirarme.

—¿Qué haces?

—Trabajos de mantenimiento.

Me rodeó la cintura. Yo le apoyé las manos sobre el pecho. Nos besamos, fue un beso largo. Mucho más largo de lo que debería durar cualquier despedida dentro de un ascensor. Las puertas terminaron cerrándose. El ascensor volvió a subir. Después bajó. Se detuvo en el tercero.

—¿Quieres venir a casa un rato?

No era una pregunta inocente. O quizá sí.

Con Nico empezaba a resultar difícil distinguir las cosas, especialmente cuando me miraba de aquella manera y yo llevaba media tarde imaginando lo que ocurriría si nos quedábamos a solas sin una mesa de cerámica entre nosotros.

Me apetecía, pero estaba cansada y al día siguiente necesitaba terminar un trabajo que llevaba varios días retrasando.

Además, había algo que quería conservar de aquella tarde.

La sensación de haber pasado un día precioso juntos sin necesidad de apresurarlo.

—Hoy no —respondí.

Nico asintió inmediatamente.

—Vale.

Le acaricié el cuello.

—Pero no porque no me apetezca.

Sonrio.

—Eso está bien saberlo.

Lo besé otra vez.

—Buenas noches, Nico.

Su sonrisa se hizo más grande.

—Buenas noches, Martina.

Salió. Las puertas se cerraron y el ascensor continuó hasta mi planta.

Cuando llegué a casa, me quité el abrigo y dejé el bolso sobre el mueble de la entrada.

Después me senté en el sofá. No encendí la televisión.

Tampoco abrí el ordenador. Simplemente me quedé un rato recordando la tarde.

El taller. Su reno horroroso. Las conversaciones.

La forma en que Nico me había cogido de la mano sin pensar demasiado en ello.

Y aquel beso en el ascensor. Me estaba gustando Nico.

No solamente porque fuera atractivo. Ni porque me hiciera reír.

Me gustaba cómo trabajaba, cómo hablaba de su familia y cómo conseguía hacerme sentir cómoda incluso cuando teníamos maneras bastante distintas de afrontar las cosas.