Diciembre tenía otros planes 5. los planes que no quiero cambiar
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5. los planes que no quiero cambiar

26 de diciembre. Valencia.

Hay una diferencia considerable entre dejar que alguien te sorprenda y pasar dos días intentando averiguar qué demonios está preparando.

Lo primero es romántico. Lo segundo debería estar reconocido como una modalidad de tortura psicológica.

Nico había prometido organizar nuestra cita del veintiséis de diciembre y, por primera vez en mucho tiempo, yo había aceptado sin exigirle una descripción detallada del itinerario.

No sabía dónde íbamos, cuánto duraríamos ni si tendría que caminar mucho.

Cuando le pregunté qué ropa debía ponerme, respondió que fuera cómoda y que llevara algo de abrigo.

Cómoda. Una palabra extraordinariamente poco útil.

Podía significar zapatillas para pasear, pantalones para sentarse en el suelo o ropa que no me importara manchar.

Lo único que tenía claro era que Nico había quedado en recogerme a las cinco.

A las cuatro y veinte llevaba media hora delante del armario.

Había descartado dos jerséis, tres pantalones y unos botines que, aunque eran preciosos, tenían una relación bastante complicada con las caminatas largas.

Finalmente elegí unos vaqueros rectos, un jersey de punto color crema y un abrigo marrón.

Me dejé el pelo rubio suelto, con unas ondas suaves, y utilicé un poco de maquillaje.

Me miré al espejo. Después cogí el móvil.

Martina: Una última pregunta.

Nico respondió enseguida. Dispara.

¿Necesito llevar algo?

Ganas de pasarlo bien.

Cerré los ojos. Qué respuesta tan odiosa.

¿Algo material, Nico?

Tu maravillosa personalidad.

Estoy a punto de cancelar.

Vale, vale. No necesitas llevar nada.

¿Y cuánto vamos a tardar?

Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.

Martina, cariño, ¿sabes cómo funcionan las sorpresas?

Cariño. La palabra había aparecido allí, entre mensajes sobre horarios y ropa, con una naturalidad que consiguió que me olvidara momentáneamente de lo que quería preguntarle.

No era una declaración. Ni una promesa. Era una palabra que Nico había utilizado sin pensarlo demasiado.

Y me había gustado. Lo cual me pareció bastante más preocupante que no saber adónde íbamos.

Dejé el teléfono sobre la cama. No contesté.

Necesitaba recuperar una cantidad razonable de dignidad antes de volver a hablar con aquel hombre.

A las cinco menos dos llamaron a la puerta.

Sonreí antes de abrir. Otra cosa que estaba empezando a ocurrirme con una frecuencia preocupante.

Nico apareció en el rellano con un abrigo azul oscuro, vaqueros y una bufanda gris.

Tenía el pelo ligeramente despeinado, como siempre, y sostenía una pequeña bolsa de papel.

Me observó de arriba abajo. Después sonrio.

—Estás guapísima.

—Gracias.

Me acerqué para besarlo. Nico me rodeó suavemente la cintura y respondió con un beso mucho más largo de lo que había previsto. Cuando nos separamos, sonrio contra mis labios. Después señalé la bolsa.

—¿Qué llevas ahí?

—Un regalo.

—¿Para mí?

Me la ofreció. Dentro había una pequeña caja de cartón natural, con una etiqueta crema y una cinta verde oscura.

La reconocí inmediatamente. Era una de las cajas que habíamos preparado para La Espiga, pero esta tenía algo diferente.

Sobre la etiqueta, debajo del nombre de la panadería, Nico había escrito a mano: Para la vecina más paciente del edificio.

Solté una carcajada.

—¿La más paciente?

Nico asintió con absoluta seriedad.

—Con diferencia.

Abrí la caja. Dentro había seis galletas de mantequilla con forma de estrella, decoradas con pequeños detalles de chocolate blanco. Una de ellas tenía un dibujo diminuto de un reno. Levanté la mirada. Nico sonreía.

—No puede ser.

Cogí la galleta. La examiné. El reno tenía dos cuernos desiguales y una expresión que parecía indicar que acababa de recibir una noticia terrible.

—¿Esto es Benito?

—En versión comestible.

Me reí tanto que tuve que apoyarme contra la puerta.

—Por favor, dime que no vais a venderlas así.

—No. Esta es una edición exclusiva.

Volví a mirar la galleta. Después a él. Había pasado un rato preparando aquello para mí.

No había comprado unas flores a última hora ni elegido un regalo que pudiera servir para cualquier persona.

Había hecho una caja utilizando el diseño en el que habíamos trabajado juntos y había añadido una broma que solamente nosotros podíamos entender.

Me acerqué y lo besé. Esta vez fui yo quien tardó un poquito más de lo previsto en apartarse.

—Gracias —murmuré.

Nico sonrio.

—De nada.

Después señaló el reloj.

—Y ahora tenemos que irnos.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque tenemos una reserva.

—¿Una reserva?

Su sonrisa se volvió peligrosamente satisfecha.

—Sí, Martina. Las personas que no hacemos listas también sabemos reservar cosas.

Le di un golpe suave en el pecho y salimos de casa.

Descubrí el destino veinte minutos después.

Nico había reservado una actividad en un pequeño taller de cerámica situado en una calle tranquila de Valencia.

Tenía un escaparate lleno de piezas pintadas a mano, tazas de diferentes tamaños y pequeños platos decorativos.

Me detuve frente a la puerta. Miré el local. Después a Nico.

—¿Vamos a pintar cerámica?

—Sí.

No sabía qué decir, y aquello era extraordinariamente raro.

Me encantaban los materiales, las formas y los trabajos artesanales.

Siempre me había interesado cómo un objeto cotidiano podía convertirse en algo especial gracias al diseño, pero llevaba años sin dedicar tiempo a crear algo que no respondiera a las necesidades de un cliente.

La última vez que había pintado una pieza de cerámica fue durante una actividad de la universidad. Y me lo había pasado estupendamente.

—¿Cómo se te ha ocurrido? —pregunté.

—El otro día me dijiste que te gustaba trabajar con materiales y hacer cosas con las manos. Y pensé que estaría bien que vinieras a un sitio donde pudieras crear algo sin que nadie te pidiera presupuesto.

Lo miré. Su sonrisa se volvió un poco más tímida.

—Aunque ahora que estamos aquí estoy pensando que quizá no ha sido buena idea. Seguramente te pasarás dos horas criticando cómo están colocadas las estanterías.

Solté una carcajada. Pero antes de responder volví a observar el escaparate. Había pensado en mí. En algo que me gustaba. No solamente en un plan que pudiera resultar romántico. Y aquello me emocionó mucho más de lo que esperaba. Le cogí la mano.

—Me encanta.

—¿Sí?

—Muchísimo.

Se acercó un poco.

—Pues menos mal, porque ya he pagado la reserva.

El taller era pequeño y acogedor. Había mesas de madera clara, estanterías llenas de piezas sin decorar y botes con pinceles de diferentes tamaños.

Una mujer nos recibió, nos explicó cómo funcionaba la actividad y nos enseñó los objetos disponibles.

Podíamos elegir tazas, pequeños platos, cuencos o figuras decorativas.

Las piezas se pintarían con materiales especiales y después pasarían por el horno del taller.

No podríamos llevárnoslas aquella tarde, pero nos avisarían cuando estuvieran listas.

Nico examinó una estantería. Después cogió una taza.

Era grande. Con el asa ligeramente irregular. La observó.

—Esta.

Me acerqué.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Hay otras más bonitas.

—Precisamente.

Fruncí el ceño.

—No te entiendo.

—Quiero hacer una taza horrible.

—¿Perdona?

—Una taza que no combine con absolutamente nada.

Me quedé mirándolo. Después comprendí.

—Nico.

—La pondré en mi cocina.

—No pienso ayudarte a cometer semejante barbaridad.

Se echó a reír. Después cogió un plato pequeño y me lo ofreció.

—Pues tú haz algo bonito y así tendremos equilibrio.

El plato era blanco, redondo, con un borde ligeramente ondulado.

Me gustó. Lo cogí y nos sentamos a trabajar.

Durante los primeros veinte minutos descubrí que Nico tenía un talento artístico sorprendentemente limitado.

No para la repostería. Aquello estaba claro que se le daba de maravilla.

Pero pintar una taza parecía superar ampliamente sus capacidades.

Había decidido dibujar un reno. Por supuesto.

Un reno verde. Con una nariz roja. Y cuatro patas que, por motivos que todavía no conseguía comprender, parecían salirle directamente del cuello.

Lo observé en silencio. Después miré a Nico. Él levantó las cejas.

—¿Qué?

—Nada.

—Tienes cara de querer decir algo.

Me acerqué ligeramente. Examiné la taza. Después señalé el dibujo.

—¿Eso de ahí es una pierna?

Nico miró su obra.

—Sí.

—¿Y por qué nace de la cabeza?

—Porque es un reno especial.

Me tapé la boca. No quería reírme, pero aquello era espantoso.

—Vale, reconozco que no ha salido exactamente como esperaba.

Levanté la taza. La giré. El reno tenía un ojo mucho más grande que el otro y una expresión que parecía indicar que estaba experimentando un problema digestivo considerable.

—Es horroroso.

—Muchísimo.

La mujer del taller se acercó para comprobar cómo íbamos. Miró la taza. Después sonrio educadamente.

—Qué original.

Aquello terminó de destrozarme. Tuve que bajar la cabeza para no reírme delante de ella. Nico, por supuesto, parecía encantado.

—Gracias. Es un reno.

La mujer asintió.

—Ah, sí. Ahora lo veo.

Me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que estuve a punto de hacerme daño. Cuando se marchó, Nico me observó.

—Te estás riendo de mi arte.

Asentí, incapaz de hablar.

—Me parece una falta de respeto.

Conseguí recuperar un poco de aire.

—Nico, esa criatura está pidiendo auxilio.

Su carcajada hizo que varias personas levantaran la cabeza.

Yo también me reí. Y durante unos minutos olvidé por completo que tenía veintiocho años, una empresa que gestionar y una agenda llena de cosas pendientes.

Simplemente estaba pintando cerámica con un hombre que me gustaba.

Y me lo estaba pasando como una niña. Mi plato, en cambio, estaba quedando precioso.

Había elegido un diseño sencillo, con pequeñas ramas verdes alrededor del borde y varias estrellas doradas distribuidas de manera irregular.

No quería recargarlo demasiado. Me gustaba que hubiera espacios blancos y que cada elemento tuviera su lugar. Nico se inclinó para observarlo.

—Joder, Martina.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—El tuyo sí que parece comprado en una tienda.

—Gracias.

Siguió examinándolo. Después señaló una de las estrellas.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿No te cansas de intentar que todo quede perfecto?