4. manual de instrucciones para #6
—Por supuesto.
—Nada de despertarme a las seis de la mañana para llevarme a ver cómo fermenta una masa.
Soltó una carcajada.
—Joder, Martina.
—Lo digo en serio.
—Vale. Nada de masas.
Sonreí.
—¿Alguna otra cláusula?
Lo observé. Me quedé pensando. Después negué con la cabeza. Su expresión cambió ligeramente.
—¿No?
Sonreí.
—Quiero que me sorprendas.
Nico se quedó mirándome. Después su sonrisa apareció despacio, y me dio la impresión de que acababa de regalarle algo mucho más importante que una estrella de madera.
Estaba dejando que organizara un plan, sin preguntarle adónde íbamos, sin necesitar conocer todos los detalles y sin intentar comprobar de antemano si merecería la pena.
Nico me acercó suavemente por la cintura.
—Me gusta esta Martina.
Levanté una ceja.
—Ten cuidado. La otra sigue aquí.
Se echó a reír. Después me besó. Lo suficientemente lento para que se me olvidara durante unos segundos que estábamos en plena calle. Cuando nos separamos, Nico apoyó la frente contra la mía.
—Feliz Navidad, Martina.
—Feliz Navidad, Nico.
Regresó a la panadería. Yo me quedé un instante junto a la puerta, sujetando la bolsa de los dulces.
Después empecé a caminar hacia el coche.
No me volví inmediatamente, pero cuando llegué a la esquina, miré por encima del hombro.
Nico seguía dentro, colocando una bandeja en el mostrador.
En una mano llevaba la pequeña estrella que le había regalado.
La dejó cuidadosamente sobre una estantería, junto a sus cosas, antes de continuar trabajando.
Y aquello me hizo sonreír. Esa noche, después de cenar con mi familia, regresé a casa cerca de la una.
Había comido demasiado. Mi madre me había obligado a llevarme varios táperes.
Y mi padre había insistido en contar una anécdota que todos conocíamos perfectamente, pero que seguía haciéndole muchísima gracia.
Me quité los zapatos junto a la entrada.
Dejé las bolsas en la cocina y me acerqué a la ventana.
El balcón de Nico estaba encendido. Las luces cálidas iluminaban suavemente el árbol.
Benito seguía en su sitio. Apagado. Y, colgada de una de las ramas delanteras, había una pequeña estrella blanca.
Sonreí. La reconocí inmediatamente. Saqué el móvil y le hice una fotografía. Después abrí nuestra conversación.
Clara:
Me detuve. Había entrado por error en el chat de Clara. Solté una carcajada. Mis amigas tenían tantas historias sentimentales ocurriendo a la vez que empezaba a necesitar un sistema de clasificación. Cerré aquella conversación. Abrí la de Nico. Y escribí:
He visto que has colocado la estrella.
Su respuesta llegó unos minutos después:
Claro. Es el mejor adorno del árbol.
Sonreí.
Eso tampoco era muy difícil.
Nico respondió con una carcajada. Después añadió:
Benito está ofendido.
Que se acostumbre.
Su siguiente mensaje tardó un poco más.
Oye, Martina.
Me senté en el sofá.
Dime.
Gracias por hoy. Por lo de mi madre, por la estrella y por no salir corriendo cuando te he besado delante de medio barrio.
Me quedé mirando aquellas palabras. Sonreí.
Después empecé a escribir. Borré el mensaje.
Volví a intentarlo. Porque podía responder con una broma.
Tenía varias preparadas. Podía decirle que su madre era mucho más peligrosa que él.
O que había decidido no denunciarlo porque se acercaban las fiestas y los juzgados estarían saturados.
Pero aquella noche me apetecía hacer algo distinto.
Algo que todavía me costaba bastante. Decir lo que sentía sin esconderlo detrás de una estupidez.
Me hace ilusión estar contigo, Nico.
Lo envié. Y sentí un pequeño vuelco en el estómago. Su respuesta llegó casi inmediatamente.
A mí también, Martina. Muchísima.
Me quedé mirando la pantalla. Después apoyé la cabeza sobre el respaldo del sofá.
Había pasado buena parte de mi vida intentando organizar las cosas para que no me sorprendieran.
Había elegido cuidadosamente mis trabajos, mis horarios y hasta la distribución de los muebles de mi casa.
Me gustaba tener respuestas. Saber qué ocurriría después.
Evitar cambios innecesarios. Y ahora me encontraba allí.
En Nochebuena. Sonriendo por culpa de un hombre que horneaba galletas a horas raras y tenía un reno luminoso llamado Benito.
Todavía no sabía si aquello terminaría convirtiéndose en una historia importante.
No sabía si conseguiríamos encajar nuestros horarios.
Ni si algún día dejaríamos de discutir por las luces del balcón.
Pero tenía unas ganas enormes de que llegara el veintiséis.
De volver a besarlo. De seguir descubriendo cosas suyas.
Y de comprobar qué podía pasar si, por una vez, dejaba de intentar controlar cada pequeño detalle.
Apagué la pantalla del móvil. Me levanté.
Y, antes de irme a dormir, volví a mirar hacia el balcón del tercero.
La estrella blanca seguía allí. Pequeña.
Discreta. Justo al lado de aquel reno que, en circunstancias normales, habría considerado una ofensa contra todos mis principios estéticos.
Sonreí. Después cerré la cortina. Había algo que no podía seguir negando, empezaba a gustarme muchísimo más el hombre que vivía debajo de mi casa que la tranquilidad que tenía antes de conocerlo.