Diciembre tenía otros planes 4. manual de instrucciones para #5
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4. manual de instrucciones para #5

—Pero no pasa nada. Nico me contó que estáis empezando a quedar y que queréis ir despacio.

—Sí.

Se quedó observándome. Después añadió:

—Pues hacedlo a vuestra manera, hija. Que bastante tiene una con aclararse con lo que siente como para andar pendiente de lo que opinen los demás.

Me quedé mirándola. No esperaba aquella respuesta.

Y me emocionó un poquito, porque había algo especialmente bonito en descubrir que la familia de Nico no estaba intentando convertirme inmediatamente en una nuera oficial.

Solo parecían contentos de que estuviéramos conociéndonos. Marisa me acarició suavemente el brazo.

—Además, yo invito a comer a todo el mundo.

Solté una carcajada.

—Eso me ha dicho Nico.

—La semana pasada vino el repartidor de bebidas.

Me reí todavía más. Después miré hacia el obrador. Nico apareció con una bandeja. Cuando me vio, sonrio. Y aquella sonrisa consiguió que se me olvidara durante unos segundos que había más gente en el local. Dejó la bandeja y se acercó.

—Hola, vecina.

—Hola, panadero.

Marisa nos miró. Después sonrio de una manera peligrosamente satisfecha.

—Bueno, yo voy a seguir con los encargos.

Se apartó. Nico se apoyó junto al mostrador.

—¿Has venido a inspeccionar las cajas?

—He venido a recoger unos dulces.

—Ah. Qué decepción.

Lo miré. Después saqué la pequeña estrella del bolso.

—Y a darte esto.

Nico frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué es?

Se la ofrecí. Era una estrella pequeña, de madera blanca, con una cinta verde oscura. Nada extraordinario. Un adorno sencillo, pero cuando lo vi, pensé inmediatamente en su balcón y en aquel árbol que había pasado semanas criticando. Nico la observó. Después me miró.

—¿Para mí?

Asentí.

—Bueno, para tu árbol.

Su sonrisa apareció despacio. Me sentí ridículamente nerviosa.

—Como ya has demostrado que eres capaz de utilizar unas luces normales, he decidido que quizá mereces un adorno que no parezca comprado durante una emergencia navideña.

Nico soltó una carcajada. Después volvió a mirar la estrella. La giró entre los dedos y sonrio. No con aquella expresión provocadora de siempre. Fue una sonrisa más pequeña. Más bonita.

—Me encanta, Martina.

—Es una tontería.

—No lo es.

Se acercó un poco. Lo suficiente para hablar más bajo.

—Me encanta que hayas pensado en mí.

Aquello consiguió que dejara de encontrar palabras inteligentes.

Una situación verdaderamente excepcional, porque yo siempre tenía alguna respuesta.

Normalmente varias. Pero allí, frente a Nico, con su madre atendiendo a unos clientes y el olor a pan recién hecho llenándolo todo, no se me ocurrio nada mejor que sonreír.

Él me observó. Después levantó ligeramente la estrella.

—Prometo colocarla lejos de Benito, por si se pone celoso.

—Ese reno necesita terapia.

Nico soltó una carcajada. Después se inclinó y me dio un beso breve en los labios.

Delante del mostrador. Sin esconderlo. Me sorprendió y no por el beso, por mi.

Fui consciente de que Marisa podía verlo y Vicente también.

Incluso la señora que estaba esperando una bandeja de pasteles.

Y, por primera vez, no sentí la necesidad de explicar absolutamente nada.

Simplemente le devolví el beso. Cuando nos separamos, Nico me miró con una sonrisa que me hizo sospechar que había notado aquel pequeño cambio, pero no dijo nada.

y se lo agradecí. Salimos un momento a la puerta porque Nico quería enseñarme cómo había quedado la última colocación de las cajas en el escaparate.

La calle estaba llena de gente haciendo compras de última hora.

Algunas personas llevaban bolsas enormes y otras caminaban con esa expresión de urgencia característica de quienes acababan de recordar que necesitaban un regalo para alguien. Nico se apoyó junto a la entrada.

—¿Qué tal esta noche? ¿Cena familiar?

—Sí. En casa de mis padres. Mi madre lleva tres días comprando comida y todavía cree que nos vamos a quedar con hambre.

—Eso me suena.

—¿Y vosotros?

—Cenamos todos juntos en casa de mis padres. Mi madre ha preparado una lista de platos que parece un menú degustación para cuarenta personas.

Durante unos segundos nos quedamos observando a la gente. Después él me cogió suavemente la mano. Lo miré.

—¿Qué?

—Nada. Que me alegro de que hayas venido.

Le apreté los dedos.

—Yo también.

Hubo un silencio pequeño. Después Nico se volvió hacia mí.

—Oye, ¿tienes algún plan el veintiséis?

El sábado después de Navidad no tenía nada importante previsto.

—De momento no.

—¿Te apetecería pasar el día conmigo?

Sentí aquel cosquilleo familiar.

—¿Qué tienes pensado?

—Podríamos hacer algo juntos. Sin panadería, sin presupuestos y sin que mi madre intente adoptarte.

—Eso último no sé si va a ser posible.

—Yo tampoco.

Sonrio. Después añadió:

—Pero me gustaría pasar tiempo contigo fuera de todo esto.

Miré hacia la tienda. Las cajas. El mostrador.

La familia de Nico trabajando. Y comprendí algo que llevaba días intentando ordenar dentro de mi cabeza.

Me había encantado trabajar con ellos. Disfrutaba muchísimo del proyecto.

Pero también necesitaba conocer a Nico cuando no hubiera una bandeja de galletas entre nosotros.

Cuando no tuviera que pensar en materiales, horarios ni presupuestos.

Cuando pudiéramos hablar de cualquier cosa sin que la conversación acabara convirtiéndose en una reunión de trabajo. Y quería hacerlo.

—Me apetece —respondí.

Su sonrisa se ensanchó.

—Perfecto.

Me acerqué un poco.

—Pero tenemos que establecer una condición.