Diciembre tenía otros planes 4. manual de instrucciones para #4
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4. manual de instrucciones para #4

—Pues estupendo. Cuando terminéis la campaña podemos revisar los resultados y ver qué os interesa mantener para otras fechas.

Marisa sonrio. Después dejó la bandeja sobre el mostrador.

—Oye, Martina, ¿y mañana qué haces?

La pregunta me sorprendió.

—¿Mañana?

—Sí, hija. Nochebuena.

—Ceno con mi familia.

—Claro, claro.

Asintió. Después miró a Nico y volvió a mirarme.

—Nosotros mañana terminamos a mediodía. Después comeremos algo aquí antes de cerrar. Si quieres venir, estás invitada.

Aquello me pilló desprevenida, porque no estaba invitándome a una cata profesional, ni a revisar unas cajas. Estaba invitándome a una comida familiar. En Nochebuena. Y yo llevaba apenas unos días besándome con su hijo. Noté cómo se me tensaban los hombros.

—Muchas gracias, Marisa, pero no creo que pueda.

Ella sonrio.

—Bueno, si te apetece pasarte aunque sea un ratito...

—Es que no quiero que os hagáis una idea equivocada.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Nico levantó la mirada. Marisa también. Noté inmediatamente que había sonado demasiado brusca, pero ya era tarde.

—Quiero decir que Nico y yo estamos conociéndonos —continué —No somos pareja ni nada de eso.

Se hizo un silencio. Breve. Pero suficiente para que me dieran unas ganas enormes de desaparecer debajo del mostrador. Marisa parpadeó. Después sonrio con cierta incomodidad.

—Claro, hija. Yo solo te invitaba a comer.

Sentí que se me calentaba la cara.

—Ya. Perdona. Es que...

No terminé. Porque no sabía cómo explicar que llevaba días disfrutando muchísimo de la compañía de Nico y que, sin embargo, la posibilidad de sentarme a una mesa familiar en Nochebuena acababa de provocarme una necesidad completamente absurda de salir corriendo.

Nico dejó la bandeja que llevaba en las manos.

Me miró. No parecía enfadado, pero su expresión había cambiado.

Y aquello me dolió bastante más que si hubiera respondido con alguna de sus bromas habituales.

—Mamá, tenemos que revisar los pedidos del mediodía —dijo con tranquilidad.

Marisa asintió y se marchó hacia el obrador. Yo no sabía qué hacer con las manos. Ni con el móvil. Ni con la vergüenza que acababa de instalarse cómodamente sobre mis hombros. Nico se acercó.

—¿Podemos hablar un momento?

Asentí. Lo seguí hasta una pequeña zona junto al almacén donde no había clientes. En cuanto nos detuvimos, me pasé una mano por la frente.

—Nico, perdona.

Él se apoyó contra una pared. No me interrumpió.

—No quería contestarle así a tu madre.

—Ya lo sé.

Había algo en su tono que me preocupó. Nico solía bromear y cuando no lo hacía, normalmente significaba que estaba pensando algo importante.

—No me molesta que no quieras venir mañana —dijo después —Ni que no quieras presentarte como mi pareja. Es verdad que todavía no lo somos.

Sentí un pequeño alivio, pero duró poco. Nico continuó:

—Lo que me ha molestado es que parecía que necesitabas dejarlo clarísimo para que nadie pensara que hay algo entre nosotros.

Me quedé callada. Aquella era precisamente la parte que no sabía cómo explicar.

No me avergonzaba Nico. Todo lo contrario.

Me gustaba muchísimo. Y llevaba días descubriendo cosas de él que me hacían querer seguir conociéndolo.

Pero la palabra pareja había aparecido delante de su madre y yo había reaccionado como si acabaran de proponerme firmar una hipoteca conjunta.

—No me avergüenzo de ti —respondí.

—Me alegro.

—Es que ha ido todo muy deprisa.

Su expresión se suavizó ligeramente.

—Lo sé.

—Hace dos semanas estaba pensando en presentar una queja contra ti. Después empezamos a trabajar juntos, quedamos para comer, nos besamos... Y ahora tu madre me invita a pasar Nochebuena con vosotros.

Nico soltó una risa breve.

—Mi madre invita a comer a cualquiera que entre dos veces en la panadería.

Sonreí.

—Pues eso no lo sabía.

—La semana pasada invitó al repartidor de bebidas.

Me eché a reír. Aquello consiguió aliviar un poco la tensión, pero Nico no volvió inmediatamente a bromear.

—Martina, no estoy intentando que seamos pareja mañana. Ni que vengas a comer con mis padres ni que empecemos a hacer planes para los próximos cinco años.

—Ya.

—Pero me gustas. Y no quiero empezar algo contigo si cada vez que alguien se da cuenta de que estamos quedando tienes que explicarle que no somos nada.

La frase me dolió. No era justo para él ni para mí.

Había algo en aquella palabra que me hizo reconocer lo mal que había sonado mi respuesta.

Nada. Como si los besos, las conversaciones y todas aquellas ganas que tenía de verlo pudieran desaparecer solamente porque todavía no habíamos decidido qué nombre ponerles.

—Tienes razón.

Nico negó ligeramente con la cabeza.

—No se trata de quién tiene razón.

—Ya lo sé.

Me quedé unos segundos pensando. Después volví a hablar.

—Lo que quería decirle a tu madre es que todavía estamos empezando. Que quiero ir despacio y que me pone nerviosa sentir que otras personas ya tienen decidido cómo debería terminar esto.

—Eso lo entiendo.

—¿Sí?

—Claro.

Se acercó un poco.

—Pero puedes decirlo sin hacer que parezca que darte un beso es un error administrativo.

Me tapé la cara.

—Joder, Nico.

Sonrio.

—Es que eres muy de formularios.

Me reí, pero aquella vez había algo de tristeza en mi risa.

Porque estaba empezando a comprender que mi necesidad de tener las cosas controladas podía terminar haciéndole daño a alguien que no estaba intentando quitarme nada.

Nico no me había pedido que cambiara mis planes.

Ni que trabajara gratis. Ni que dejara de ver a mis amigas.

Tampoco había intentado acelerar nuestra relación.

Simplemente me había dicho que le gustaba.

Y llevaba días demostrándomelo de una manera bastante bonita. Me acerqué.

—Perdona.

—Vale.

Le cogí la mano.

—Y para que quede claro, no me arrepiento de haberte besado.

—Menos mal.

—Ni de haber quedado contigo.

—Eso también me tranquiliza.

—Ni de estar empezando a sentir cosas.

Aquello sí consiguió que dejara de bromear. Me miró. Había algo en sus ojos que me hizo sentir un calor pequeño en el pecho.

—¿Qué cosas?

—No abuses.

Me acercó suavemente por la cintura.

—Vale.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé.

No durante mucho tiempo. Estábamos en la panadería, rodeados de cajas y con Vicente a pocos metros discutiendo con un proveedor, pero necesitaba hacerlo para que Nico supiera que aquellas palabras no habían salido de mi boca porque quisiera alejarme de él.

Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

—Martina.

—¿Qué?

—Podemos ir despacio.

—Ya.

—Pero sin fingir que nos da igual.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

—Sin fingir.

Nico me besó otra vez. Y, durante unos segundos, el olor a pan recién hecho consiguió recordarme que estaba empezando a asociar aquel lugar con cosas que no tenían absolutamente nada que ver con mi trabajo.

24 de diciembre. Valencia.

La mañana de Nochebuena empezó con un mensaje de mi madre preguntándome si podía llevar hielo a la cena.

Respondí que sí. Cinco minutos después me pidió que comprara también pan.

Y poco después llegó otro mensaje preguntando si tenía alguna fuente grande que pudiera prestarle porque había decidido preparar un plato más y se había quedado sin recipientes.

Aquella mujer llevaba más de treinta años organizando cenas familiares y, aun así, conseguía que cada Nochebuena pareciera la primera.

La quería muchísimo, pero empezaba a comprender de dónde había heredado mi necesidad de tener las cosas controladas.

A media mañana salí de casa. Tenía que recoger un pequeño encargo de dulces que había hecho para llevar a casa de mis padres.

Había decidido comprarlos en La Espiga, una elección completamente lógica teniendo en cuenta que acabábamos de terminar un proyecto juntos.

No tenía nada que ver con Nico. Por supuesto.

Ni con las ganas que tenía de verlo después de nuestra conversación del día anterior.

En absoluto. De hecho, antes de salir pasé por una tienda de decoración para comprar unas servilletas navideñas que me había pedido mi madre.

Y terminé comprando otra cosa. Una pequeña estrella de madera.

Muy sencilla. Pintada en blanco. Con una cinta verde oscura.

La observé durante varios minutos. Después decidí llevármela.

No sabía muy bien por qué. O quizá lo sabía perfectamente y simplemente no tenía ganas de reconocérmelo.

Cuando llegué a La Espiga, había bastante gente esperando para recoger encargos.

Marisa estaba detrás del mostrador, colocando cajas dentro de bolsas de papel.

Nico entraba y salía del obrador con varias bandejas.

Vicente estaba comprobando nombres en una lista y parecía llevar media mañana discutiendo con un bolígrafo que se negaba a escribir.

Me coloqué al final de la pequeña cola. No quería interrumpir.

Y tampoco quería aparecer como si tuviera algún tipo de privilegio por estar empezando a salir con el hijo de los dueños.

Cuando llegó mi turno, Marisa levantó la mirada. Sonrio.

—¡Martina!

Sentí un pequeño alivio.

—Hola, Marisa. Venía a recoger un encargo.

Consultó la lista. Después señaló una bolsa que estaba preparada junto al mostrador.

—Aquí lo tienes, cariño.

Me la entregó. Dentro estaban los dulces que había pedido y una pequeña caja de galletas de mantequilla.

—Creo que hay algo de más.

—Eso es de regalo.

Levanté la cabeza.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

Me observó con aquella expresión cálida que empezaba a reconocer.

—Es para agradecerte el trabajo. Estamos contentísimos con cómo ha quedado todo.

—Me alegro mucho.

Hubo un silencio pequeño. Después me pasé una mano por el pelo. Tenía algo que decirle. Y no quería marcharme sin hacerlo.

—Marisa, por cierto, quería pedirte perdón por lo de ayer.

Su expresión cambió.

—¿Por qué, hija?

—Por cómo te contesté cuando me invitaste a comer. Fuiste muy amable y yo reaccioné fatal.

Marisa dejó una bolsa sobre el mostrador. Me observó durante unos segundos. Después sonrio.

—Ay, Martina. No te preocupes.

Negué con la cabeza.

—Es que no quería parecer una borde.

Soltó una carcajada.

—Un poquito borde sí pareciste.

Me eché a reír. Aquello me relajó inmediatamente. Marisa sonrio.