Diciembre tenía otros planes 4. manual de instrucciones para #3
61%

4. manual de instrucciones para #3

Aquella escena junto a los buzones. La forma en que habíamos perdido el ascensor mientras intentábamos averiguar si íbamos a besarnos.

—¿Quieres que te avise?

—No hace falta que prepares una declaración oficial.

Me acercó suavemente por la cintura.

—Entonces voy a besarte.

—Eres idiota.

—Pero te gusto.

Y me besó. Aquella vez no hubo tanta prudencia.

Ni dudas. Ni la sensación de estar haciendo algo que podía sorprendernos.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo acerqué un poco más.

Nico apoyó una mano en mi espalda y yo sentí cómo su cuerpo se ajustaba al mío con una naturalidad que me hizo olvidar el frío.

Su beso empezó siendo lento. Después se volvió más intenso.

Y tuve que sujetarme ligeramente de su jersey cuando una de sus manos me acarició la cintura.

No había nada especialmente indecente en aquello.

Pero mi imaginación, que llevaba días funcionando sin supervisión, empezó a proponerme varias continuaciones bastante interesantes.

Nico se separó lo suficiente para mirarme.

Tenía la respiración algo agitada y una sonrisa que me resultó peligrosamente atractiva.

—Hola otra vez —murmuró.

—Hola.

Apoyó la frente contra la mía y nos quedamos así un momento. Después levanté la mirada.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Que tengo razón sobre tus cojines?

Le di un pequeño golpe.

—No.

Lo observé. Después respiré hondo.

—Que me estoy acostumbrando a esto.

—Yo también.

Sentí aquel cosquilleo absurdo otra vez.

Nico me acarició la mejilla. Después me besó suavemente.

Y yo decidí que aquella costumbre no tenía nada de malo.

Aunque quizá debería empezar a preocuparme por cuánto tiempo podríamos continuar utilizando el ascensor como principal escenario romántico sin que Pilar solicitara una reunión extraordinaria de vecinos.

22 de diciembre. Valencia.

El martes por la tarde llegué a la librería de Vera con la firme intención de comportarme como una persona normal.

Una mujer que había quedado con sus amigas para cenar, hablar de sus vidas y pasar un rato agradable.

Nada de mencionar a Nico cada cinco minutos.

Nada de comprobar si me había escrito. Y, sobre todo, nada de convertir una reunión de amigas en una especie de consulta sentimental sobre el vecino del tercero.

Era un plan estupendo. Duró aproximadamente siete minutos.

Cuando entré, Julia estaba examinando una estantería y Vera terminaba de preparar una mesa donde íbamos a colocar la cena.

Clara todavía no había llegado. Me quité el abrigo, dejé el bolso sobre un taburete y acepté una bolsa de patatas fritas que Julia me tendió sin dejar de mirar su teléfono.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Bien.

—¿Mucho trabajo?

—Bastante.

Asintió. Después guardó el móvil y sonrio.

—¿Y el panadero?

Siete minutos. Un récord bastante lamentable.

—Nico se llama Nico.

Julia levantó las cejas.

—Uy.

La miré.

—¿Qué?

—Que antes era el pesado del tercero y ahora es Nico.

Vera soltó una carcajada desde el mostrador. Me crucé de brazos.

—Siempre se ha llamado así.

—Claro, cariño —respondió Julia —Y tú siempre has bajado tan contenta al tercero a inspeccionar galletas.

Cogí una patata. Después otra. Necesitaba mantener la boca ocupada para no responder algo que terminara dándoles todavía más argumentos. Pero entonces Vera se acercó.

—¿Qué tal vais?

Su pregunta fue mucho más amable. Lo cual no la hacía menos peligroso.

—Bien —respondí —Estamos preparando las cajas y el escaparate está funcionando bastante mejor.

Julia se echó a reír.

—Vera, está hablando de trabajo.

—Lo sé.

—¡Pues preguntadle por los besos!

La miré indignada.

—¡Julia!

Mi amiga levantó las manos.

—¿Qué? ¡Es Navidad! Necesito alegrías.

Me eché a reír. Después miré a Vera. Mi amiga sonreía. No de aquella manera escandalosa de Julia, sino con una ternura que me hizo sentir bastante más cómoda.

—Estamos quedando —reconocí —Y me gusta.

Vera asintió.

—Me alegro.

Julia se sentó frente a mí.

—¿Cuánto?

La observé.

—¿Cuánto qué?

—Cuánto te gusta.

—¿Qué quieres? ¿Que te lo mida en centímetros?

—Me conformo con una escala del uno al diez.

—Bastante.

Mi amiga abrio mucho los ojos.

—¡LO SABÍA!

—Julia, por Dios.

—Es que es maravilloso. Has pasado de querer denunciarlo a querer comértelo.

Casi me atraganté con una patata. Vera empezó a reírse. Yo me tapé la cara.

—Sois insoportables.

—Sí —respondió Julia —Pero llevamos años trabajando para conseguirlo.

Fue entonces cuando llegó Clara. Entró con las mejillas sonrojadas por el frío y una bolsa de comida en la mano.

Nos saludó a las tres, dejó sus cosas sobre la mesa y empezó a contarnos que había tenido un día bastante largo en el centro.

Durante un rato hablamos de sus pacientes, de los preparativos de Navidad y del programa de formación que iba a hacer en Madrid.

Después Julia recibió un mensaje. Lo leyó y sonrio. Las tres la miramos.

—¿Adrián? —pregunté.

Julia abrio los ojos.

—Es trabajo. Tenemos una boda el veintisiete.

—Claro.

—Y todavía hay cosas por confirmar.

—A las nueve de la noche.

Julia me señaló.

—Tú cállate, que te estás acostando mentalmente con el vecino del tercero.

Abrí la boca. La cerré. Clara soltó una carcajada.

Vera se tapó la cara. Y yo llegué a la conclusión de que aquel grupo necesitaba urgentemente unas normas básicas de convivencia.

Después cenamos. Hablamos de los regalos que nos faltaban, de la familia de Clara, de las Navidades complicadas que Julia tenía por delante y de la manera en que Vera había decidido convertir su librería en una sucursal permanente de un mercado navideño.

Me encantó estar con ellas. Como siempre.

Pero hubo un momento, mientras recogíamos las cajas de pizza, en el que me descubrí mirando el móvil. Tenía un mensaje de Nico.

He conseguido que mi padre apruebe definitivamente las etiquetas. Creo que necesitamos un monumento.

Respondí:

Un monumento no, pero podrías invitarme a una galleta.

Te guardo una.

Después añadió:

¿Qué tal con tus amigas?

Aquello sí me gustó. Que preguntara. Que se acordara de dónde estaba. Y que no esperara que abandonara la conversación con ellas para dedicarle toda mi atención.

Bien. Julia sigue teniendo un problema serio con la discreción.

Nico respondió con una carcajada.

Me cae bien sin conocerla.

Sonreí. Guardé el teléfono y volví con mis amigas. Estaba empezando a descubrir que podía ilusionarme con alguien sin dejar de disfrutar de las personas que llevaban años formando parte de mi vida. Aunque aquella noche, cuando nos despedimos, Julia me abrazó y me susurró al oído:

—Si ese hombre sigue haciendo galletas tan buenas como dices, yo exigiría una relación seria.

Le di un pequeño empujón. Se rio. Y yo también.

23 de diciembre. Valencia.

El miércoles a mediodía La Espiga parecía estar celebrando simultáneamente la Navidad, las Fallas y la apertura de un supermercado.

Había gente esperando para recoger pedidos, una empleada llevaba tres bandejas de dulces hacia el mostrador y Vicente intentaba localizar una caja de roscones que, por algún motivo, había terminado en el almacén equivocado.

Cuando llegué, Nico estaba atendiendo a un cliente.

Me vio entrar. Sonrio. Y yo tuve que hacer un esfuerzo considerable para no devolverle una sonrisa excesivamente estúpida.

Lo conseguí. Más o menos. Había ido para supervisar los últimos detalles de las cajas especiales y comprobar cómo había quedado la zona de exposición.

Era la visita final incluida en mi proyecto, y después solamente tendría que enviarles la documentación con algunas recomendaciones para futuras campañas.

El escaparate estaba precioso. Muchísimo mejor que cuando lo vi por primera vez.

Las bandejas tenían espacio, las etiquetas eran coherentes con el estilo de la panadería y las pequeñas cajas de galletas destacaban sobre una base de madera que ya utilizaban en el negocio.

No había una cantidad absurda de adornos.

No había lazos de plástico. Y, sobre todo, no había ninguna figura de Papá Noel que pareciera haberse escapado de un bazar después de una pelea.

Saqué el móvil. Hice varias fotografías.

Me alejé unos pasos. Y sonreí. Era una de esas ocasiones en las que el resultado final justificaba todas las horas de trabajo.

Nico salió a la calle cuando terminó de atender al cliente. Se colocó a mi lado.

—¿Qué tal?

Observé el escaparate. Después lo miré.

—Muy bien.

Su sonrisa se hizo enorme.

—¿Un ocho?

Negué con la cabeza.

—Un nueve.

Se llevó una mano al pecho.

—Joder. Casi me emociono.

Solté una carcajada.

—El diez te lo doy cuando cambies esa papelera de la entrada.

Nico miró la papelera.

—¿También está mal la papelera?

—No combina con nada.

—Voy a terminar pidiendo un préstamo para reformar hasta los enchufes.

Me eché a reír. Nico sonrio. Y, aprovechando que nadie estaba prestándonos demasiada atención, me rozó suavemente los dedos.

Un gesto pequeño. Discreto. Pero suficiente para que me entraran unas ganas enormes de cogerle la mano.

No lo hice. Estábamos trabajando. Había clientes.

Y Vicente estaba observándonos desde detrás del cristal con una expresión que no supe interpretar.

Nico debió de notar hacia dónde miraba. Siguió mi mirada. Después sonrio.

—Mi padre todavía no ha terminado de acostumbrarse a que una mujer consiga convencerlo de mover sus cestas.

—Pues tendrá que superarlo.

Entramos. Y durante la siguiente media hora todo fue perfectamente normal. Hasta que Marisa apareció con una bandeja de galletas y decidió complicarme la existencia.

—¡Martina, hija!

Me volví. Marisa llevaba el pelo recogido, un delantal verde y una expresión de satisfacción enorme.

—Hola, Marisa.

Se acercó. Me dio dos besos. Después señaló el escaparate.

—Ha quedado precioso.

—Me alegro de que os guste.

—Nos encanta. Esta mañana una señora ha comprado tres cajas para regalar y ha dicho que le recordaban a las tiendas antiguas de cuando era pequeña.

Aquello me hizo muchísima ilusión, porque era exactamente la sensación que habíamos intentado transmitir. Nico apareció detrás de su madre con una bandeja vacía.

—Y se están vendiendo bastante bien —añadió —Mejor de lo que esperábamos.