Diciembre tenía otros planes 4. manual de instrucciones para #2
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4. manual de instrucciones para #2

—Esa mujer va a organizar una despedida de soltera antes de Reyes.

Nico soltó otra carcajada. Después me cogió de la mano.

Y aquella vez me resultó sorprendentemente fácil dejar que lo hiciera.

El paseo por el Turia resultó una de esas tardes que no necesitan grandes planes para salir bien.

Había familias en bicicleta, niños corriendo detrás de pelotas y parejas que aprovechaban el sol de diciembre para caminar sin demasiada prisa.

Los árboles habían perdido parte de sus hojas y el aire tenía ese frío suave que conseguía que llevar abrigo fuera agradable en lugar de convertirse en una necesidad desesperada.

Nico caminaba a mi lado, de vez en cuando me rozaba el brazo o me apretaba ligeramente la mano cuando tenía que esquivar a alguien.

Gestos pequeños. Naturales. Y que estaban consiguiendo que mi cerebro se comportara de una forma bastante poco profesional.

Hablamos de la panadería. De las cajas que empezarían a utilizar aquella semana.

De los pedidos navideños. Y de una señora que, según Nico, llevaba años comprando la misma barra de pan y todavía se quejaba si le daban una un centímetro más corta.

—Mi padre dice que si algún día deja de venir, la panadería perderá la mitad de su personalidad.

—Tu padre parece tener una relación bastante intensa con los clientes.

—Lleva treinta años viendo a las mismas personas. Algunas han pasado más tiempo con él que conmigo.

Después me preguntó por mis proyectos. Le hablé de una vivienda que estaba reformando en el centro y de un cliente que había decidido cambiar los azulejos del baño después de que ya estuvieran colocados.

—¿Y qué hiciste?

Me encogí de hombros.

—Prepararle un presupuesto nuevo.

—¿Sin matarlo?

—Soy muy profesional.

—Me consta.

Lo miré de reojo.

—Aunque estuve tentada de preguntarle si también quería cambiar los cimientos.

Su carcajada resonó por el camino, y yo descubrí que me encantaba hacerlo reír.

No solamente porque tenía una risa bonita.

Sino porque, cuando se reía de verdad, dejaba de parecer aquel hombre que siempre tenía preparada una respuesta ingeniosa y se convertía en alguien mucho más espontáneo.

Más fácil de leer. Más cercano. Nos detuvimos junto a un banco para dejar pasar a un grupo de ciclistas.

Nico soltó mi mano un momento para apartarse.

Después volvió a ofrecérmela sin darle importancia.

Y aquello me gustó, porque parecía hacerlo sin preguntarse qué significaba.

Yo, en cambio, llevaba varios días intentando encontrar una etiqueta para todo lo que estaba ocurriendo.

Si una comida era una cita. Si un beso significaba algo.

Si nuestros mensajes eran coqueteo o simplemente bromas.

Nico parecía estar disfrutando de conocerme.

Sin más. Y empezaba a considerar que quizá podía aprender algo de aquello.

—Oye —dije mientras continuábamos caminando —¿Tú siempre has sido así?

Nico levantó las cejas.

—¿Así de guapo?

Puse los ojos en blanco.

—Así de insoportable.

Se rio. Después me miró.

—¿A qué te refieres?

Me quedé pensando. No sabía explicarlo sin parecer una mujer que llevaba demasiado tiempo analizándolo. Que era exactamente lo que estaba haciendo.

—A que parece que te tomes las cosas con bastante tranquilidad.

—Depende de cuáles.

—No sé. Los imprevistos, los cambios de planes... Yo necesito organizarme. Tú pareces capaz de decidir sobre la marcha qué vas a hacer dentro de cinco minutos.

Su expresión se volvió pensativa.

—Bueno, eso no es del todo verdad.

Lo miré. Nico continuó:

—En el obrador tengo que organizarlo absolutamente todo. Si no calculo los tiempos, las masas no están listas cuando tienen que estarlo. Y si me equivoco con un pedido, no puedo decirle a un cliente que venga mañana porque he tenido un mal día.

Lo sabía. Había visto cómo trabajaba.

—Pero fuera intento no vivir igual —añadió —Paso tantas horas pendiente de horarios, cantidades y temperaturas que, cuando salgo, me gusta hacer cosas sin pensarlas demasiado.

Aquello tenía bastante sentido, y por supuesto, me molestó. Porque estaba empezando a comprender que Nico no era caótico. Simplemente elegía cuándo dejar de organizarlo todo. Una diferencia importante.

—¿Y nunca te ha traído problemas? —pregunté.

—Claro que sí. Mi última relación terminó, en parte, porque yo creía que con encontrar un rato libre de vez en cuando era suficiente.

Era la primera vez que hablaba de una pareja anterior. No me había preguntado por mi vida sentimental. Tampoco yo por la suya. Hasta entonces habíamos estado demasiado ocupados descubriendo que nos gustábamos como para empezar a revisar nuestras respectivas biografías amorosas.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Estuve saliendo con una chica durante casi un año.

Ella tenía un trabajo con horarios más normales y yo estaba empezando a asumir más responsabilidades en la panadería.

Al principio encontrábamos tiempo. Después empecé a cancelar planes porque surgían pedidos, tenía que cubrir turnos o se estropeaba alguna máquina.

Me quedé escuchándolo. No parecía estar intentando justificarse.

—Yo creía que ella tenía que entenderlo porque era mi trabajo —continuó —Y tenía razón en una cosa: el trabajo era importante. Pero ella también lo era y dejé de demostrárselo.

Bajó la mirada hacia nuestras manos.

—Al final se cansó.

Había algo en aquella confesión que me hizo recordar a Andrés.

Mi ex. El hombre que se reía de mis agendas, de mis horarios y de mi necesidad de tener las cosas organizadas.

Con él había aprendido lo agotador que podía resultar sentir que debía elegir entre mi manera de vivir y una relación.

Nico parecía haber aprendido algo diferente.

Que querer a alguien no era suficiente si nunca encontrabas tiempo para estar con esa persona.

—¿Y ahora cómo lo haces? —pregunté.

—De momento, intentando no invitarte a salir y después cancelar porque tengo que hornear doscientas magdalenas.

Me eché a reír.

—Me parece un buen comienzo.

Nico se rio también. Después añadió, más serio:

—No quiero repetirlo, Martina. Me encanta mi trabajo, pero no quiero utilizarlo siempre como excusa para dejar todo lo demás en segundo plano.

Me gustó que lo dijera. No porque estuviera prometiéndome que jamás volvería a cancelar un plan.

Eso sería absurdo. Trabajaba en un negocio familiar y había días en los que podían surgir problemas.

Pero parecía comprender que una relación necesitaba algo más que ganas.

También tiempo. Atención. Y decisiones pequeñas que demostraran que la otra persona tenía un lugar en tu vida. Me acerqué un poco.

—Pues te advierto que yo tampoco pienso cambiar todos mis planes por ti.

—Menos mal.

Fruncí el ceño.

—¿Menos mal?

—Sí. Me gustas precisamente porque tienes tu vida, tus cosas y ese carácter que probablemente termine llevándome a juicio.

Solté una carcajada. Después lo miré.

—¿Y si un día no tenemos tiempo para vernos?

—Pues buscaremos otro.

—Qué fácil lo dices.

—No he dicho que siempre sea fácil. Solo que no hace falta convertir cada cambio de planes en un problema enorme.

Quizá tenía razón. O quizá estaba a punto de descubrir que enamorarse de Nico requería una capacidad para improvisar de la que yo todavía no disponía.

En cualquier caso, la perspectiva empezaba a gustarme demasiado.

Terminamos sentados en una terraza con dos chocolates calientes.

Por alguna razón que empezaba a parecerme una estrategia cuidadosamente diseñada, Nico siempre terminaba consiguiendo que hubiera algún producto dulce entre nosotros.

Aquella vez había pedido también una porción de tarta de zanahoria.

Insistió en que necesitaba probarla para comprobar cómo la elaboraban en otros establecimientos.

Yo le dije que aquella era una excusa lamentable para comer tarta un domingo.

Él respondió que la investigación gastronómica exigía sacrificios y acabamos compartiéndola.

La conversación se volvió más personal después.

Le hablé un poco de Andrés. No demasiado, tampoco me apetecía convertir una tarde bonita en un análisis exhaustivo de todo lo que había salido mal con otra persona.

Le expliqué que durante bastante tiempo había sentido que ser organizada era algo que debía corregir.

Que mi ex solía burlarse de mis listas, de mis horarios y de las cosas que necesitaba hacer antes de poder relajarme.

Nico escuchó. Después dejó el tenedor sobre el plato.

—Pero a ti te gusta organizarte.

—Sí.

—¿Y eso qué tiene de malo?

Era una pregunta tan sencilla que, por algún motivo, me costó responder.

—Nada, supongo.

Nico sonrio ligeramente.

—Pues ya está.

—No es tan fácil.

—Ya sé que no, pero tampoco creo que tengas que cambiar algo que te gusta de ti para parecerle más divertida a alguien.

Durante unos segundos no supe qué decir. Nico acababa de expresar algo que yo había necesitado escuchar hacía bastante tiempo, y lo había hecho con una naturalidad que me desarmó.

—Gracias —murmuré.

Su expresión se suavizó.

—De nada. Aunque debo decirte que tienes una relación preocupante con los cojines.

Levanté la cabeza.

—¿Perdona?

—El otro día, cuando vi tu salón desde la entrada, tenías cinco colocados perfectamente simétricos.

Abrí mucho los ojos.

—¡Porque así quedan bien!

—No he dicho que no.

—¿Y qué problema tienen mis cojines?

—Ninguno. Solo espero que si algún día me siento en ese sofá pueda mover uno sin que salte una alarma.

Aquello era precisamente lo que empezaba a gustarme de él.

No trataba mis manías como si fueran defectos que necesitara corregir.

Se burlaba un poco. Yo me burlaba de las suyas.

Y después continuábamos hablando como si ninguna diferencia representara necesariamente una amenaza.

Quizá aquella era una de las cosas que hacían que me sintiera tan cómoda.

Poder ser yo. Incluso cuando estaba siendo insoportable.

Cuando regresamos al edificio eran casi las ocho.

Había oscurecido y el aire estaba más frío, así que entramos en el portal bastante deprisa.

Nico llevaba mi mano entre las suyas y yo tenía la bufanda subida hasta la barbilla.

Nos detuvimos frente al ascensor. Nos miramos y empezamos a reírnos.

No sé quién lo hizo primero. Quizá porque los dos recordábamos el viernes.