4. manual de instrucciones para
enamorarse de un vecino
19 de diciembre. Valencia.
El sábado por la mañana descubrí que mi vecino tenía un defecto mucho más grave que poner villancicos a medianoche.
Besaba demasiado bien. Y aquello era un problema considerable, porque había pasado buena parte de la noche recordándolo.
No de una manera romántica y delicada, precisamente.
Más bien con la frustración de una mujer que intentaba dormirse y cuyo cerebro había decidido reproducir, con una precisión absolutamente innecesaria, los últimos cinco minutos que había pasado junto al ascensor.
Su mano en mi cintura. La otra apartándome el pelo.
La forma en que sonrio cuando le dije que tenía ganas de besarlo.
Y, sobre todo, aquella sensación de quedarme con ganas de más cuando tuvimos que separarnos.
Me había acostado poco después de las once.
A las doce seguía despierta. A la una estaba considerando seriamente bajar al tercero.
Y a las dos y cuarto terminé poniéndome un documental sobre restauración de edificios históricos porque necesitaba pensar en cualquier cosa que no incluyera la boca de Nico.
El documental fue estupendo. Aprendí muchísimo sobre la conservación de fachadas.
También descubrí que las molduras del siglo XIX tenían una capacidad bastante limitada para combatir el deseo sexual.
Así que, cuando el despertador sonó a las nueve, tenía unas ojeras considerables y un humor que habría preocupado a cualquier persona sensata.
Preparé café, abrí las persianas y me senté frente al ordenador.
Era sábado, sí. Pero tenía que revisar los planos de una reforma antes de enviárselos al cliente el lunes, y prefería adelantar trabajo para poder descansar el domingo.
O al menos intentarlo. Llevaba diez minutos concentrada cuando el móvil vibró.
Nico: Buenos días, autoridad competente.
Sonreí. Fue automático. Tan automático que me molestó.
Buenos días, delincuente reincidente.
Quería informarte de que esta noche he respetado rigurosamente el horario de descanso.
Estoy orgullosísima.
También quería preguntarte una cosa.
Dime.
¿El beso de ayer ha aprobado la inspección o tengo que repetir la prueba?
Me reí sola en mi cocina como una idiota.
Me temo que todavía no tengo suficientes datos para emitir una valoración definitiva.
Entonces tendremos que ampliar el estudio.
Me quedé mirando la pantalla. El problema de coquetear con un hombre al que llevabas semanas insultando era que resultaba demasiado sencillo pasar de una broma a otra cosa. Una cosa que incluía mariposas en el estómago. Y ganas de perder el tiempo. Muchísimas ganas de perder el tiempo.
Primero tengo que trabajar.
Yo también. Estoy en el obrador desde las seis.
Miré el reloj. Eran las nueve y veinte. Él llevaba más de tres horas trabajando.
¿Has dormido algo?
Lo suficiente para no confundir la harina con el azúcar.
Eso no me tranquiliza.
Pues las galletas están saliendo estupendas.
Sonreí. Después apareció otro mensaje.
¿Comemos juntos mañana? Sin reuniones. Sin cajas. Solo tú y yo.
Me quedé mirando aquellas palabras. Habíamos comido juntos el domingo anterior después nos habíamos visto para trabajar y la noche pasada terminamos besándonos en el portal.
Ahora Nico quería volver a quedar. Sin excusas.
Sin necesidad de fingir que teníamos algún asunto pendiente relacionado con La Espiga.
Y yo quería decirle que sí, pero había algo dentro de mí que seguía observando aquella situación con cierta desconfianza.
Porque no era habitual que alguien empezara a ocupar tanto espacio en mis pensamientos en tan poco tiempo.
Y no me refería solamente a Nico. Me refería a todo lo que provocaba.
A la manera en que cambiaban mis planes cuando recibía un mensaje suyo.
A las ganas de arreglarme un poco más cuando sabía que íbamos a vernos.
A que, de repente, el ascensor se hubiera convertido en el lugar más interesante de todo mi edificio.
Miré mi agenda. El domingo tenía algunas tareas domésticas y había pensado pasar por casa de mis padres para verlos un rato.
Podía hacerlo por la mañana y reservar la tarde para Nico.
No era una renuncia. Ni un cambio extraordinario.
Solo estaba haciendo sitio a alguien que me apetecía conocer.
El domingo por la tarde puedo.
Perfecto. Paso a buscarte a las cinco.
Dejé el teléfono. Intenté concentrarme en los planos.
Conseguí trabajar durante cuarenta minutos.
Después me descubrí mirando hacia la puerta de casa como si esperara que Nico apareciera al otro lado.
Negué con la cabeza. Aquello no podía continuar así.
Necesitaba recuperar el control de mi vida.
Preferiblemente antes de terminar convertida en una mujer que se emocionara cada vez que escuchaba abrirse el ascensor.
A las once y media salí a comprar algunas cosas.
Necesitaba detergente, papel de cocina y un par de bombillas para el estudio.
También quería pasar por una floristería a recoger un pequeño centro navideño para la mesa del salón.
Había decidido que mi casa tendría decoración de Navidad, pero dentro de unos límites razonables.
Un árbol pequeño. Una guirnalda de luces cálidas.
Algunos adornos discretos. Nada de renos que parpadearan.
Nada de muñecos que cantaran. Y, por supuesto, ningún Papá Noel que moviera las caderas al detectar movimiento.
Tenía principios y pensaba mantenerlos. Cuando regresé al edificio, me encontré a Pilar junto a los buzones.
La señora del segundo llevaba una bolsa de pan y un abrigo rojo que combinaba perfectamente con sus labios pintados.
Tendría unos setenta años, aunque conservaba una energía que probablemente le permitía enterarse de todo lo que sucedía en el edificio antes que el administrador de fincas.
—¡Martina, cariño!
Sonreí.
—Hola, Pilar.
Se acercó.
—¿Qué tal estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Muy bien, hija. Acabo de comprar pan.
Me enseñó la bolsa. Parecía una barra perfectamente normal. No supe qué comentario esperaba que hiciera. Pero entonces Pilar sonrio. Aquella sonrisa. La misma que había visto en Marisa, la madre de Nico, cuando nos preguntó si teníamos pareja. Empecé a preocuparme.
—Oye, Martina...
Aquí venía. Lo sabía.
—¿Sí?
—Qué simpático es el chico del tercero, ¿verdad?
Cerré los ojos por dentro. Por fuera conservé una expresión educada.
—Sí, es majo.
Pilar asintió con entusiasmo.
—Y qué trabajador. Siempre viene cargado de cajas, pobrecito. El otro día me trajo unas galletas que estaban para chuparse los dedos.
—Sí. Cocina muy bien.
Mi vecina se acercó un poquito más.
—Y es guapo.
La miré. Pilar levantó las cejas.
—¿Qué? Una será mayor, pero todavía tiene ojos.
Me eché a reír. No pude evitarlo.
—Sí, es guapo.
Mi vecina sonrio con una satisfacción preocupante.
—Ya decía yo.
—¿Qué decías tú?
Pilar se encogió de hombros.
—Nada, cariño. Que últimamente os veo mucho juntos.
Me quedé mirándola. Después miré los buzones, el ascensor y la puerta de salida. Cualquier cosa menos aquellos ojos que parecían capaces de atravesarme hasta encontrar mi historial sentimental.
—Estamos trabajando en un proyecto —expliqué.
—Claro.
—La panadería de sus padres.
—Sí, hija, sí.
Sonrio otra vez. Después añadió:
—Pues me alegro. Hacéis muy buena pareja.
No sabía cómo responder. Nico y yo no éramos pareja. Ni siquiera habíamos hablado de qué significaba lo que estaba pasando entre nosotros. Nos gustábamos. Nos habíamos besado. Y habíamos quedado para el domingo, pero todavía no éramos nada que necesitara presentarse ante la comunidad de vecinos.
—No somos pareja, Pilar.
—Todavía.
Aquella mujer era peligrosísima. Pilar me dio dos palmadas en el brazo.
—Bueno, cariño, me voy, que se me enfría la comida.
La vi dirigirse hacia las escaleras. Después se volvió.
—Y dile a Nico que las galletas de canela son mis favoritas.
—Se lo diré.
Esperé a que desapareciera. Después pulsé el botón del ascensor. Hacía menos de veinticuatro horas desde nuestro primer beso y la comunidad de propietarios ya estaba organizando nuestra boda. Maravilloso. Como aquello terminara mal, tendría que mudarme de barrio.
20 de diciembre. Valencia.
Nico llegó a las cinco y tres. Tres minutos tarde.
Los conté. No porque me molestara especialmente.
Sino porque todavía había una parte de mí que necesitaba comprobar cuánto tiempo podía tardar alguien en llegar antes de empezar a preocuparme.
Cuando sonó el timbre, cogí el abrigo y abrí la puerta.
Nico estaba en el rellano. Llevaba unos pantalones oscuros, un jersey de cuello redondo y un abrigo que le sentaba peligrosamente bien.
Tenía el pelo castaño claro peinado hacia atrás, aunque algunos mechones ya habían decidido rebelarse, y una sonrisa que apareció en cuanto me vio.
Me observó. Después levantó ligeramente las cejas.
—Hola.
Sonreí.
—Hola.
Se acercó. Yo también. Y nos besamos. Así. Sin preparativos. Sin un debate previo sobre si estaba permitido. Fue un beso breve, cálido, que terminó con ambos sonriendo demasiado cerca. Nico apoyó una mano en mi cintura.
—Se me está dando bien esto de venir a buscarte.
Solté una carcajada.
—Llevas un día.
—Y los resultados son prometedores.
Negué con la cabeza. Después me aparté para coger las llaves.
—¿Dónde vamos?
Nico señaló hacia las escaleras.
—He pensado que podríamos pasear un rato por el Jardín del Turia y después tomar algo.
Me gustó el plan. Era sencillo. Y no implicaba que tuviera que pasar otra tarde entera oliendo a mantequilla, aunque empezaba a sospechar que aquel aroma ya formaba parte de mi ropa después de visitar tantas veces la panadería.
Bajamos juntos. Al llegar al portal nos encontramos con Pilar.
Por supuesto. Porque aquella mujer parecía tener un sistema de detección instalado específicamente para controlar mis movimientos. Nos miró. Después sonrio.
—¡Qué guapos vais!
Nico respondió con absoluta naturalidad.
—Gracias, Pilar.
Ella me guiñó un ojo. Me dieron ganas de esconderme dentro del buzón de la publicidad.
—¿Os vais de paseo?
—Sí. Vamos a dar una vuelta.
Pilar juntó las manos.
—Pues pasadlo muy bien, hijos.
Salimos a la calle y en cuanto la puerta se cerró, escuché la carcajada de Nico. —Ni una palabra.
Se río todavía más.
—Martina, creo que Pilar nos acaba de bendecir.
Me tapé la cara con una mano.