Diciembre tenía otros planes 3. si vas a besarme, avisa #5
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3. si vas a besarme, avisa #5

Nico negó con la cabeza. Después se acercó un poco más. Su sonrisa desapareció despacio. Y, por primera vez desde que lo conocía, habló sin ninguna intención de provocarme.

—Voy a besarte, Martina. ¿Estás preparada?

Levanté una mano y la apoyé sobre su pecho.

—Como sigas hablando, se me van a quitar las ganas.

Nico soltó una risa pequeña y me besó. No fue un beso tímido.

Tampoco precipitado. Sus labios encontraron los míos con una seguridad que me hizo cerrar los ojos inmediatamente.

Le rodeé el cuello con los brazos y sentí cómo me acercaba suavemente por la cintura.

Su boca era cálida. Sus manos también. Y había algo extraordinariamente satisfactorio en descubrir que el hombre que llevaba semanas sacándome de quicio besaba tan bien.

Demasiado bien. Aquello debería haber estado prohibido por los estatutos de la comunidad.

Me acerqué un poco más. Mis dedos se enredaron en su pelo.

Nico me sostuvo contra él y profundizó el beso con una lentitud que consiguió que olvidara por completo dónde estábamos.

En el portal de nuestro edificio. A pocos metros de los buzones.

Con una cámara de seguridad que probablemente estaba registrando un material audiovisual bastante más interesante que las habituales discusiones sobre las bolsas de basura.

Cuando nos separamos, me quedé mirándolo.

Tenía los labios ligeramente entreabiertos y aquella expresión que yo nunca le había visto.

Una mezcla de sorpresa, deseo y felicidad. Me encantó.

—Joder.

Me eché a reír.

—Una valoración bastante técnica.

Soltó una carcajada. Después apoyó la frente contra la mía.

—Llevo queriendo hacer eso desde el domingo.

—¿Desde el domingo?

—Desde que me dijiste que no era una cita mientras te quedabas mirándome como si estuvieras decidiendo si merecía la pena.

—Estaba valorando diferentes riesgos.

—¿Y?

Tenía las manos todavía sobre mi cintura. Yo seguía sujetándolo por el cuello. Y estaba bastante segura de que, si continuábamos allí otros cinco minutos, terminaríamos perdiendo varios ascensores más.

—Que quizá merezca la pena.

Nico sonrio. Después volvió a besarme. Y yo decidí que era una conclusión profesional perfectamente válida.

Subimos en el ascensor. Nico pulsó el tres.

Yo el cuatro. Nos quedamos uno junto al otro, sonriendo como dos adolescentes que acababan de descubrir una actividad nueva y bastante interesante.

Durante unos segundos no hablamos. Después Nico me miró.

—Oye.

—¿Qué?

—No quiero que esto te complique el trabajo de la panadería.

Su comentario me sorprendió. Seguía sonriendo, pero tenía una expresión seria.

—Si prefieres terminar el proyecto y dejar lo demás para después, lo entiendo.

Sentí una ternura inesperada. Porque podía haber aprovechado aquel momento para volver a besarme.

Para hacer una broma. O para fingir que el asunto no tenía ninguna importancia.

Pero estaba pensando en mi trabajo. En que yo era la profesional a la que habían contratado y en que quizá necesitara mantener cierta distancia hasta terminar.

—Podemos separar las cosas —respondí.

—Vale.

—Pero necesito que entiendas algo.

Su expresión cambió.

—Dime.

Lo señalé con un dedo.

—Cuando estemos trabajando, soy tu interiorista.

Nico sonrio.

—Por supuesto.

—Y voy a seguir diciéndote cuando algo sea horrible.

—Lo espero.

—Y no pienso aceptar una mala idea solo porque beses bien.

Soltó una carcajada. Después se acercó un poco.

—¿Beso bien?

Maldita sea. Me había metido yo sola en aquella conversación.

—No he dicho eso.

—Lo has dicho literalmente.

El ascensor llegó al tercero. Las puertas se abrieron. Nico no salió inmediatamente, primero se volvió hacia mí. Después sonrio.

—Buenas noches, Martina.

Le devolví la sonrisa.

—Buenas noches.

Se inclinó y me dio otro beso. Breve. Pero suficiente para que volviera a sentir aquel cosquilleo absurdo. Cuando se apartó, salió al rellano. Antes de que las puertas se cerraran, me miró.

—Por cierto.

Levanté las cejas.

—¿Qué?

Su sonrisa se hizo enorme.

—Benito se va a poner muy contento.

—Nico.

Las puertas empezaron a cerrarse y justo antes de que desapareciera de mi vista, añadió: —Dice que ya tiene cuñada.

Me llevé una mano a la cara. El ascensor continuó subiendo.

Un piso. Solo uno. Pero tuve que apoyarme contra la pared porque me estaba riendo tanto que apenas podía respirar.

Entré en casa a las once menos cuarto. Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada.

Me quité el abrigo y después me quedé quieta en medio del salón.

No sabía qué hacer. Era absurdo. Había tenido citas.

Había besado a otros hombres. Había tenido relaciones que duraron meses y otras que terminaron después de descubrir que no teníamos absolutamente nada en común salvo la capacidad de elegir el mismo restaurante.

No era una adolescente. Y, sin embargo, acababa de llegar a casa con unas ganas enormes de saltar sobre el sofá y ponerme a gritar.

Me contuve por respeto a la convivencia vecinal.

Una consideración que Nico debería haber tenido desde principios de diciembre. Cogí el móvil. Abrí el grupo.

Las de siempre 🍷

Martina: Os vais a reír.

Julia respondió en menos de diez segundos.

Julia: ¿TE HAS LIADO CON EL PANADERO?

Me quedé mirando la pantalla. Después solté una carcajada.

Martina: Sí.

Julia: ¡AAAAAAAAAAAA!

Clara: ¡MARTINAAAA! ❤️

Vera: ¡LO SABÍA!

Julia empezó a exigir detalles. Clara quiso saber cómo estaba. Vera preguntó si me lo había pasado bien. Y yo me quedé mirando aquellas tres conversaciones entremezcladas, preguntándome cuándo había empezado mi vida a parecerse tanto a las historias románticas de las que llevaba meses burlándome.

Martina: Muy bien. Estoy muy bien.

Martina: No pienso contar detalles.

Martina: Pero... me lo he pasado demasiado bien.

Vera respondió con un corazón. Julia aseguró que estaba perdiendo facultades si aceptaba que me había gustado alguien que tenía un reno luminoso en el balcón.

Martina, interiorista, mujer organizada y defensora del buen gusto, acababa de besar voluntariamente a un hombre que consideraba las luces de colores una forma válida de expresión artística.

Aquello merecía algún tipo de estudio. Dejé el móvil sobre el sofá.

Me acerqué a la ventana. Abrí un poco la cortina y miré hacia abajo.

El balcón de Nico estaba iluminado con pequeñas luces cálidas.

El árbol seguía en su sitio y Benito descansaba apagado junto a la barandilla.

Me había pasado semanas convencida de que aquel hombre era una desgracia para la comunidad.

Ahora estaba mirando su balcón con una sonrisa absurda, recordando cómo me había besado. El móvil vibró.

Buenas noches, vecina.

Sonreí.

Buenas noches, panadero.

Por cierto, mañana no voy a poner música.

Me parece estupendo.

Pero puede que hornee.

Mientras no pongas la batidora a medianoche, sobreviviremos.

Trato hecho.

Después apareció otro mensaje.

Y Martina...

Me quedé mirando la pantalla.

¿Qué?

Me ha encantado besarte.

Me senté sobre el brazo del sofá. Lo releí. Después sonreí.

Pues procura seguir haciéndolo así de bien.

Me esforzaré.

Dejé el teléfono. Apagué las luces del salón y me fui hacia el dormitorio, pero antes de cerrar la puerta me detuve, porque desde el piso de abajo llegaba un olor suave.

Mantequilla. Vainilla. Quizá un poco de canela.

El mismo aroma que llevaba semanas provocándome ganas de llamar a la policía.

Sonreí. Después negué con la cabeza. No podía ser.

Era imposible que aquello estuviera ocurriéndome precisamente a mí.

La mujer que necesitaba tenerlo todo organizado.

La que no soportaba los imprevistos. La que llevaba años evitando situaciones que pudieran complicarle la vida.

Acababa de empezar a ilusionarse con el hombre más imprevisible de todo el edificio.

Y lo peor no era que Nico horneara a horas raras.

Ni que viviera justo debajo de mí. Ni siquiera que tuviera un árbol navideño con un reno llamado Benito.

Lo verdaderamente preocupante era que, cuando me metí en la cama y apagué la luz, descubrí que estaba deseando que llegara el día siguiente.

No para trabajar. No para revisar cajas.

Ni para comprobar que había conseguido respetar el horario de descanso.

Quería volver a verlo. Y, a ser posible, besarlo otra vez. Aunque tuviera que bajar un piso.