3. si vas a besarme, avisa #4
Después empezó a llamarme la señorita de las agendas.
Lo decía en broma. O eso aseguraba. Se reía cuando preparaba un itinerario para un viaje, cuando necesitaba saber a qué hora habíamos quedado o cuando prefería terminar un trabajo antes de salir a tomar algo.
Durante mucho tiempo intenté reírme también.
Hasta que comprendí que había empezado a esconder partes de mí para no parecer demasiado rígida.
Dejaba de comentar las cosas que me preocupaban.
Fingía que determinados cambios de planes no me molestaban.
Y terminaba aceptando situaciones que no me apetecían porque quería demostrarle que podía ser espontánea.
La relación se fue apagando. No porque Andrés fuera una mala persona.
Sino porque ninguno parecía disfrutar demasiado de la persona en la que el otro quería convertirlo.
Cuando lo dejamos, sentí pena, pero también alivio.
Y desde entonces había preferido mantener mi vida sentimental bastante tranquila.
Mucho más de lo que Julia consideraba razonable.
—¿En qué piensas? —preguntó Nico.
Levanté la mirada. Había dejado su vaso sobre la mesa. Me observaba con curiosidad. Sonreí un poco.
—En nada importante.
Nico asintió. No insistió. Y precisamente aquello consiguió que quisiera contárselo. Porque no parecía estar intentando sacar información de mí. Simplemente quería saber qué me pasaba. Me acomodé en la silla.
—Estaba pensando que hacía tiempo que no quedaba con alguien así.
Nico levantó ligeramente las cejas.
—¿Así cómo?
Me quedé pensando.
—Sin tener muy claro si es una cita.
Su expresión cambió. La sonrisa apareció despacio.
—Ah.
Se rio. Después se inclinó un poco hacia delante.
—Martina, llevamos varios días quedando y todavía no sé si puedo decirte que me gustas sin que me impongas una sanción.
Nico sonrio, pero había algo diferente en su expresión. Por primera vez parecía ligeramente nervioso. Y aquello consiguió que mi corazón empezara a comportarse como un electrodoméstico averiado.
—¿Te gusto? —pregunté.
Nico abrio mucho los ojos. Después soltó una carcajada.
—Joder, Martina.
Noté que me sonrojaba.
—Es una pregunta.
—Pues sí.
Se quedó mirándome. Después añadió, más despacio:
—Me gustas.
Sentí que algo se me movía dentro del pecho. No porque no lo hubiera sospechado. Lo había sospechado muchísimo. Pero escucharlo era diferente. Convertía todas aquellas bromas, los roces y las miradas en algo que ya no necesitaba interpretar. Nico me observó.
—Y antes de que me preguntes, no tiene nada que ver con que vivas encima de mi casa ni con que seas la única persona del edificio capaz de amenazar a un reno.
Solté una carcajada.
—Me gusta cómo trabajas. Cómo te emocionas cuando hablas de un proyecto. Que tengas las cosas claras, aunque a veces me mires como si estuvieras valorando diferentes métodos para hacerme desaparecer.
Nico me sostuvo la mirada.
—Y me gusta que no intentes quedar bien conmigo. Si algo te parece una mierda, me lo dices.
No estaba acostumbrada a aquello. A que alguien alabara precisamente las cosas que otras personas habían considerado demasiado intensas. Demasiado serias. Demasiado mías. Bajé la mirada hacia mi vaso. Después sonreí.
—Tú también me gustas.
Nico se quedó quieto. Y aquella vez fui yo quien disfrutó de su expresión, porque parecía genuinamente sorprendido.
—¿En serio?
—No te emociones. Tengo una lista bastante extensa de cosas que me molestan de ti.
Se echó a reír.
—Ya me lo imaginaba.
—Tus horarios.
Asintió.
—Tu tendencia a hacer bromas cuando alguien intenta mantener una conversación seria.
—Culpable.
—Y Benito.
Nico soltó una carcajada.
—Pobre animal.
Me reí. Después me quedé mirándolo.
—Pero también me gustas mucho.
Su sonrisa cambió. Se volvió más suave. Y durante unos segundos no hablamos.
No porque no tuviéramos nada que decir. Sino porque, por una vez, parecía que ya habíamos dicho lo importante.
Salimos del bar cerca de las diez. No habíamos hablado de besarnos.
Ni de qué significaba que nos gustáramos.
Ni de si aquello iba a convertirse en algo más que unas cuantas tardes juntos.
Pero había cambiado algo. Lo noté inmediatamente cuando empezamos a caminar hacia casa.
Antes había procurado mantener cierta distancia entre nosotros, como si acercarme demasiado pudiera provocar algún tipo de accidente.
Ahora caminábamos tan cerca que nuestros brazos se rozaban.
Y ninguno parecía interesado en evitarlo.
Hacía fresco. Las calles estaban iluminadas con adornos navideños y algunas terrazas seguían llenas de gente.
Pasamos junto a una tienda donde habían colocado un Papá Noel enorme que se movía de un lado a otro al ritmo de una canción.
Nico se detuvo. Lo observó. Después me miró.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
—Eso es discutible. Solo llevamos unas semanas siendo enemigos.
Me eché a reír.
—Y han sido bastante intensas.
Continuamos caminando. Al llegar a una esquina, me ofreció la mano.
No dijo nada. Simplemente la dejó cerca de la mía.
Lo miré. Después entrelacé nuestros dedos.
Fue un gesto pequeño, pero sentí un cosquilleo ridículo.
Tenía la mano caliente, sus dedos eran más grandes que los míos y me gustó muchísimo comprobar que, aunque me había pasado semanas protestando por su existencia, ahora quería continuar caminando a su lado.
Nico bajó la mirada hacia nuestras manos. Sonrio.
—¿Esto está permitido?
—De momento.
—Perfecto.
Le apreté suavemente los dedos y seguimos caminando.
Durante un rato hablamos de las cajas de Navidad, de los pedidos que tenía que preparar durante el fin de semana y de mis planes para las vacaciones.
Le conté que había quedado con mis amigas antes de Nochebuena y que Julia llevaba varias semanas viviendo una situación sentimental bastante más complicada de lo que quería reconocer.
Nico se rio. Después me preguntó cómo nos habíamos conocido las cuatro.
Le expliqué que habíamos compartido piso durante una etapa de nuestras vidas y que, aunque ahora cada una tenía su propia casa, seguíamos reuniéndonos siempre que podíamos.
—¿Y cómo es que todas os lleváis tan bien? —preguntó.
—Porque sabemos dónde esconder los cadáveres de las otras.
Soltó una carcajada.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
Me reí también. Después le conté algunas anécdotas de nuestra convivencia.
La vez que Julia intentó preparar una cena romántica y casi incendió una sartén.
Las mañanas en las que Vera ocupaba el baño durante demasiado tiempo porque se quedaba leyendo sentada sobre la tapa del váter.
Y aquella ocasión en la que Clara decidió reorganizar la nevera y descubrimos un recipiente que ninguna se atrevía a abrir porque llevaba tanto tiempo allí que sospechábamos que había desarrollado vida propia.
Nico se rio tanto que terminó deteniéndose para recuperar el aliento.
—¿Y tú qué hacías?
—Poner orden.
Su sonrisa se ensanchó.
—No me sorprende.
Le di un pequeño empujón, pero no soltó mi mano.
Y aquello me hizo sonreír todavía más. Llegamos al edificio cerca de las diez y media.
Había sido una tarde larga. Mucho más de lo previsto.
Yo llevaba varias horas trabajando, había conseguido resolver un problema importante para La Espiga y acababa de descubrir que mi vecino me gustaba.
No poco. No de una manera razonable. Me gustaba muchísimo.
Lo suficiente para que ahora me encontrara frente al portal preguntándome qué demonios íbamos a hacer con aquella información.
Nico abrio la puerta. Entramos. El ascensor estaba en el quinto.
Pulsé el botón. Y, de pronto, sentí aquel silencio extraño que aparece cuando dos personas saben que están a punto de despedirse y ninguna tiene claro cómo hacerlo.
Me volví hacia él. Nico me observaba. Tenía la expresión tranquila, aunque seguía jugando con las llaves entre los dedos.
—¿Estás nervioso?
Soltó una risa pequeña.
—Un poco.
Aquello me hizo sonreír todavía más.
—Qué raro.
—¿Por qué?
—Porque normalmente tienes alguna estupidez preparada para cualquier situación.
Nico se echó a reír. Después guardó las llaves en el bolsillo.
—Es que ahora mismo estoy intentando no estropear una cosa que me apetece bastante.
Mi sonrisa desapareció un poquito. No por tristeza. Sino porque acababa de decir algo que consiguió que dejara de pensar en todas las bromas que podía hacer.
—¿Qué cosa?
Nico se acercó un paso. No llegó a tocarme. Simplemente se colocó frente a mí.
—Esto.
Sentí que el corazón me daba un golpe. El ascensor llegó. Las puertas se abrieron. Ninguno se movió. Nos quedamos mirándonos. Después Nico sonrio.
—Creo que hemos perdido el ascensor.
Las puertas se cerraron. Yo bajé la mirada un instante. Después volví a levantarla.
—Nico.
—¿Sí?.
No tenía ninguna intención de pasarme los próximos diez días preguntándome qué habría pasado si me hubiera atrevido a dar un paso.
Ya había hecho suficiente de eso. Y llevaba demasiado tiempo intentando controlar situaciones que, por mucho que las analizara, nunca iban a ofrecerme garantías.
Así que decidí hacer algo diferente. Algo verdaderamente revolucionario. Decir lo que quería.
—Tengo ganas de besarte.
Apareció aquella sonrisa. La torcida. La insoportable. La que empezaba a gustarme demasiado.
—Menos mal.
Fruncí el ceño.
—¿Menos mal qué?
—Que lo has dicho. Porque llevo dos horas intentando averiguar si puedo acercarme sin que termines denunciándome.
Me acerqué un poco. Nico bajó la mirada hacia mi boca. Después volvió a mirarme. Y entonces descubrí que estaba tan nervioso como yo. Aquello me gustó muchísimo.
—Pues puedes —murmuré.
Nico levantó una mano. Me apartó suavemente un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozaron mi mejilla y sentí que me recorría un escalofrío. Se inclinó despacio, pero antes de que sus labios llegaran a los míos, levanté ligeramente una mano.
—Espera.
Nico se detuvo inmediatamente. Se apartó unos centímetros.
—¿Qué pasa?
—Que, si vas a besarme, avisa.
Me miró. Un segundo. Dos. Y empezó a reírse. Una carcajada tan sincera que terminé riéndome también.
—Martina, por Dios.
Me encogí de hombros.
—Me gusta estar preparada.