Diciembre tenía otros planes 3. si vas a besarme, avisa #3
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3. si vas a besarme, avisa #3

Dos horas. Y ni una sola razón para pensar que aquella visita tenía algo que ver con las ganas que llevaba dos días teniendo de volver a ver a Nico.

Absolutamente ninguna. Aunque, cuando me levanté a prepararme otro café, descubrí que estaba sonriendo.

Y decidí no preguntarme demasiado por qué.

Cuando llegué a La Espiga, Vicente estaba detrás del mostrador con una caja abierta sobre la mesa.

Marisa había terminado su turno y Nico estaba en el obrador, preparando un pedido para el día siguiente.

Me quité el abrigo. Saludé a Vicente y nos pusimos a trabajar.

Al principio estaba bastante preocupado.

Habló del precio de los materiales, de la cantidad de cajas que necesitaban y de lo difícil que resultaba saber si sus clientes pagarían un poco más por una presentación especial. No lo interrumpí.

Dejé que terminara. Después coloqué sobre la mesa las muestras.

—Vicente, creo que tienes razón en una cosa. No podemos encarecer demasiado el producto.

Me observó. Pareció sorprendido.

—¿Entonces?

Cogí la caja más sencilla.

—Vamos a mantener esta. Es bonita, protege bien las galletas si ajustamos el interior y no necesitamos utilizar todos los elementos de decoración que habíamos valorado al principio».

Señalé la cinta.

—Podemos prescindir de ella en la mayoría de los paquetes y reservarla para algunos encargos especiales.

Vicente examinó la muestra.

—¿Y seguirá quedando bien?

—Quedará muy bien. Lo importante es que la etiqueta esté cuidada y que se reconozca vuestra panadería.

Nico apareció desde el obrador justo cuando estaba enseñándole la propuesta.

Se detuvo junto a nosotros. No dijo nada.

Simplemente escuchó. Le expliqué a Vicente que podían empezar con una cantidad pequeña, comprobar la respuesta de sus clientes y ampliar después si funcionaba.

Nico añadió algunos datos sobre el coste de las galletas y el tiempo de elaboración, y entre los tres empezamos a encontrar una solución que no comprometiera demasiado dinero. Al cabo de un rato, Vicente asintió.

—Así sí lo veo.

Sonreí.

—Perfecto.

Se quedó observando la caja. Después señaló la etiqueta.

—¿Y lo de mi padre se queda?

—Por supuesto.

Vicente pasó un dedo sobre el papel. No dijo nada durante unos segundos. Después sonrio. Una sonrisa pequeña. Emocionada.

—Le habría gustado.

Sentí que se me encogía algo en el pecho.

Nico dejó una mano sobre el hombro de su padre.

Vicente le dio dos palmadas suaves en el brazo.

Y yo comprendí que aquella había sido la parte más importante del trabajo.

No conseguir que una caja fuera bonita. Ni convencer a un cliente de que tenía razón.

Sino encontrar la manera de que un negocio familiar pudiera avanzar sin sentir que estaba dejando atrás todo lo que lo había convertido en lo que era.

Vicente cerró cuidadosamente la caja. Después me miró.

—Martina, hija, muchas gracias.

—De nada.

Se llevó las muestras al mostrador para enseñárselas a una empleada. Nico se quedó conmigo. Durante un instante no hablamos. Después lo miré.

—¿Qué?

—Nada.

Levanté las cejas.

—Nico.

—Es que me ha gustado cómo lo has llevado.

Me crucé de brazos.

—Soy buena en mi trabajo.

—Muchísimo.

Me quedé callada. Lo había dicho de una manera completamente seria.

Sin bromas. Sin aquella sonrisa provocadora que utilizaba para sacarme de quicio.

Simplemente parecía admirarme. Y yo, que estaba acostumbrada a recibir comentarios sobre mis proyectos, mis fotografías y las cosas bonitas que conseguía diseñar, descubrí que aquel reconocimiento me afectaba de una manera bastante más personal.

—Gracias —murmuré.

—¿Quieres ver algo?

—Depende.

Su expresión se volvió divertida.

—No es un reno.

—Menos mal.

El obrador era mucho más grande de lo que había imaginado.

Había superficies de acero inoxidable, hornos, carros con bandejas y una zona de trabajo donde varias masas reposaban cubiertas con paños.

Todo olía a pan recién hecho. Nico me enseñó algunas máquinas y me explicó para qué utilizaban cada una.

Hablaba con entusiasmo, pero también con una familiaridad que demostraba cuántas horas había pasado allí desde pequeño.

Me contó que su abuelo solía dejarle una pequeña porción de masa para que hiciera figuras mientras él preparaba los pedidos.

—La primera vez hice un dinosaurio.

—¿Un dinosaurio de pan?

—Horroroso.

Me eché a reír.

—¿Y qué hizo tu abuelo?

Nico sonrio.

—Lo metió en el horno con los demás.

Su expresión se había suavizado.

—Después lo colocó en el escaparate y dijo que era una edición especial.

—Qué bonito.

Nico asintió. Miró las bandejas.

—La gente preguntaba qué demonios era aquello. Mi abuelo decía que era arte contemporáneo.

Nos reímos. Después se quedó unos segundos mirando la mesa de trabajo.

—Creo que por eso me gusta tanto esto —reconoció —Porque aquí siempre había alguien dispuesto a dejarme probar cosas, aunque no salieran bien.

Lo observé. No parecía estar buscando una respuesta. Simplemente estaba compartiendo conmigo algo importante.

—¿Y por qué no te permites probarlas ahora? —pregunté.

Nico frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo?

Señalé el obrador.

—Las cajas, las recetas nuevas, los cambios que quieres hacer... Cada vez que propones algo parece que tengas que convencer a todo el mundo de que no estás poniendo en peligro la panadería.

Nico soltó una risa breve sin demasiado humor.

—Porque en cierto modo es verdad.

Lo miré. Se apoyó contra una mesa.

—Mis padres llevan toda la vida aquí. Han trabajado muchísimo para mantener el negocio y sé que, si algo sale mal, las consecuencias no van a afectarme solamente a mí.

Aquello sí lo entendía.

—Pero también sé que no podemos seguir haciendo exactamente lo mismo para siempre», continuó. «Cada vez hay más competencia, suben los costes y tenemos clientes nuevos que buscan cosas diferentes.

Se pasó una mano por el pelo.

—Quiero montar una pequeña línea de repostería artesanal, algo que tenga nuestra identidad pero que podamos ofrecer también por encargo. Pasteles, galletas, cajas para regalos...

Lo observé. Había algo en la manera en que hablaba que me hizo sonreír. No parecía un hombre que simplemente quisiera cocinar. Tenía un proyecto. Una idea bastante clara. Y muchas ganas de llevarla a cabo.

—Pues deberías intentarlo —respondí.

—Mi padre opina que primero tendríamos que resolver otros problemas.

—Quizá tenga razón en algunas cosas.

—Seguro.

Me acerqué a la mesa.

—Pero eso no significa que debas renunciar a todo lo demás.

Nico me miró.

—Puedes probar con una producción pequeña. Comprobar qué funciona. Ajustar las cantidades y los costes. No hace falta reformar media panadería ni gastarte todos tus ahorros para saber si una idea tiene posibilidades».

Se quedó observándome. Después sonrio.

—Tienes una respuesta para todo.

—Ojalá.

Nico levantó las cejas. Me quedé mirando las bandejas.

—Lo que pasa es que me gusta tener un plan.

Él se acercó un poco.

—Ya me he dado cuenta.

Lo miré. Su sonrisa era suave. No se estaba burlando. Y aquello me hizo sentir extrañamente cómoda.

—A mí me cuesta bastante hacer algo sin saber cómo va a salir —reconocí.

Nico guardó silencio.

—Supongo que por eso organizo tantas cosas —continué —Si sé qué puede pasar, me resulta más fácil decidir.

Se quedó pensando. Después señaló las bandejas.

—Yo preparo masas todos los días. Peso ingredientes, controlo temperaturas y sigo tiempos bastante exactos.

—Ya.

—Y, aun así, algunas veces algo sale mal. La harina tiene otra humedad, el horno no responde igual o la masa necesita más tiempo.

Nico sonrio.

—No significa que no debas preparar nada. Solo que hay cosas que tienes que ir ajustando mientras las haces».

Me quedé callada. Después levanté las cejas.

—¿Acabas de compararme con una masa de pan?

Nico soltó una carcajada.

—No era mi intención.

—Porque quiero que sepas que me parece ofensivo.

Se echó a reír todavía más.

—Vale. Retiro la comparación.

Lo miré. Después sonreí.

—Aunque ha sido bastante buena.

Nico me observó. Su sonrisa se suavizó. Y durante un instante tuve la impresión de que estaba a punto de decir algo más. Pero la puerta del obrador se abrio. Vicente apareció sujetando una lista de pedidos.

—Nico, ¿has preparado ya las bandejas del sábado?

Su hijo cerró los ojos. Yo me eché a reír.

La vida sentimental de una persona que trabajaba en una panadería familiar parecía tener bastante menos intimidad de la que había imaginado.

Salimos de La Espiga poco después de las ocho.

Habíamos terminado la parte profesional de la reunión y Vicente se había quedado revisando los pedidos del día siguiente.

Yo estaba guardando mi carpeta en el bolso cuando Nico se acercó con el abrigo puesto.

—¿Te apetece tomar algo?

Aquella vez no preguntó si tenía hambre. Tampoco mencionó cajas. Ni galletas.

Simplemente quería tomar algo conmigo. Lo observé durante un instante.

—Sí.

Nico levantó las cejas.

—¿Así de fácil?

—¿Qué esperabas?

—No sé. Un formulario, dos condiciones y una advertencia sobre las luces de Navidad.

—Todavía estás a tiempo de recibirlas.

Salimos juntos. Fuimos a un pequeño bar cercano donde había mesas de madera, luces cálidas y música suave.

No estaba especialmente lleno, así que conseguimos sentarnos junto a una ventana.

Pedimos dos bebidas. Nico dejó el abrigo sobre el respaldo.

Yo hice lo mismo. Y durante un momento me sorprendió lo natural que empezaba a resultar todo.

No necesitábamos una excusa para vernos.

No estábamos trabajando. Ni discutiendo por las luces del balcón.

Simplemente habíamos decidido pasar un rato juntos.

Aquello me gustaba, aunque también me asustaba un poco, porque llevaba bastante tiempo sin sentirme así.

Sin esperar un mensaje. Sin pensar en qué ropa ponerme antes de una cita.

Sin notar aquel nerviosismo absurdo cada vez que alguien me miraba durante un segundo más de lo habitual.

Mi última relación había terminado hacía casi dos años.

No fue una ruptura especialmente dramática.

Había empezado a salir con Andrés cuando todavía trabajaba para un estudio de interiorismo y pasaba buena parte de mis días intentando compaginar entregas, reuniones y proyectos.

Al principio parecía admirar mi dedicación.