3. si vas a besarme, avisa #2
Le di un mordisco y tuve que contener un suspiro, porque estaba buenísima.
La naranja aportaba un punto fresco, el chocolate equilibraba el dulzor y la textura era exactamente la que uno esperaba de una galleta artesanal bien hecha.
Nico me observaba con una atención que empezaba a resultar bastante incómoda.
—¿Qué tal?
—Muy buena.
Sonrio.
—¿Mejor que las de mantequilla?
Lo pensé.
—Son diferentes.
Levantó las cejas.
—Eso es una respuesta de política.
Me eché a reír.
—Las de mantequilla me gustan más para Navidad. Estas las vendería todo el año.
Nico asintió. Cogió una tarjeta, apuntó algo y yo me quedé mirándolo.
Había algo absurdamente atractivo en observar a un hombre haciendo algo que le gustaba de verdad.
No importaba que estuviera pesando harina, doblando una caja o tomando notas sobre el porcentaje de ralladura de naranja.
Cuando Nico trabajaba parecía concentrarse de una manera que contrastaba con su habitual tendencia a bromear.
Se mordía ligeramente el interior de la mejilla.
Fruncía el ceño. Y después sonreía cuando encontraba lo que estaba buscando. Me gustaba demasiado verlo así.
—¿Qué? —preguntó sin levantar la cabeza.
—Nada.
Dejó el bolígrafo. Después me miró.
—Me observas mucho para ser alguien a quien le caía tan mal.
Noté un calor repentino en la cara. Maravilloso. Estupendo. Fantástico.
—Estoy comprobando que no te saltes ninguna norma sanitaria.
Nico soltó una carcajada.
—¿Y qué tal voy?
Llevaba una mancha de harina junto a la mandíbula. Otra en el antebrazo. Y la sonrisa más insoportable que había visto en mucho tiempo.
—Regular.
Sonrio. Después se acercó un paso. No demasiado. Lo suficiente para que yo fuera consciente de la distancia que nos separaba.
—Pues tendrás que seguir vigilándome.
Mi corazón hizo algo completamente innecesario.
Lo miré. Nico sostuvo mi mirada. Durante un instante me olvidé de las cajas.
De la panadería. De la hora. Y de todos los motivos por los que había decidido que aquel hombre no me convenía.
Solo fui consciente de que estaba muy cerca.
De que olía a jabón y a galletas recién hechas.
Y de que tenía unas ganas verdaderamente estúpidas de tocarle el pelo.
Entonces sonó el horno. Los dos nos sobresaltamos.
Nico se volvió inmediatamente. Yo di un paso hacia atrás.
Y agradecí que existieran electrodomésticos capaces de interrumpir situaciones comprometidas.
Aunque, pensándolo bien, aquel horno también era responsable de que nos hubiéramos conocido.
Así que no sabía muy bien si darle las gracias o denunciarlo.
Cuando regresé a casa eran casi las ocho.
Había conseguido terminar la reunión con todas mis facultades profesionales intactas.
Las sentimentales estaban bastante más perjudicadas.
Dejé el bolso sobre una silla, me quité los botines y fui directamente a la cocina.
Necesitaba agua. Quizá también un golpe en la cabeza que me devolviera el sentido común.
Porque lo que acababa de ocurrir en casa de Nico no había sido una situación imaginaria.
No había sido una interpretación equivocada de una sonrisa.
Ni un roce accidental. Había habido un momento.
Uno de esos momentos en los que dos personas se quedan demasiado cerca y ninguna parece tener demasiada prisa por apartarse.
Y yo sabía perfectamente qué habría pasado si el horno no hubiera decidido intervenir.
O creía saberlo. Porque Nico todavía no me había dicho que le gustaba.
Había bromas. Miradas. Comentarios que podían interpretarse de varias maneras.
Pero nada concreto. Y yo no quería convertirme en una mujer que construyera una historia romántica entera a partir de una sonrisa y tres galletas.
Tenía veintiocho años. Una profesión. Un préstamo pendiente de terminar de pagar por un coche que, además, estaba empezando a hacer un ruido sospechoso al girar a la izquierda.
Mi vida era suficientemente complicada. No necesitaba añadirle un pastelero con ojos bonitos.
Cogí el móvil. Abrí el grupo de mis amigas.
Las de siempre 🍷
Martina: Necesito haceros una pregunta.
Julia: ¿A quién hay que matar?
Sonreí.
Martina: A nadie.
Vera: Eso ya es un avance.
Clara: ¿Qué pasa, Marti?
Me quedé mirando la pantalla.
Martina: ¿Cómo sabéis si alguien está ligando con vosotras o simplemente es simpático?
La respuesta de Julia llegó tan deprisa que sospeché que aquella mujer dormía con el móvil entre las manos.
Julia: JAJAJAJAJAJAJA.
Cerré los ojos. Después apareció otro mensaje.
Julia: ES NICO.
Martina, mujer independiente, profesional cualificada y perfectamente capaz de gestionar reformas de miles de euros, acababa de perder el control de su propia conversación de WhatsApp.
Martina: No he dicho nombres.
Vera: No hacía falta.
Clara: ¿Qué ha pasado?
Les conté lo justo. Que habíamos estado trabajando. Que se había acercado demasiado. Y que durante un momento tuve la impresión de que quería besarme. Julia envió un audio.
«Martina, cariño, llevas dos semanas hablando de este hombre. Primero porque te molestaba, después porque te invitó a comer, luego porque tiene unos ojos preciosos y ahora porque casi te besa. ¿De verdad necesitas que te expliquemos qué está pasando?».
Me quedé inmóvil. ¿Unos ojos preciosos? ¿Yo había dicho aquello? Revisé mentalmente nuestras conversaciones. Era posible. Una posibilidad lamentable.
Martina: No ha intentado besarme.
Julia: Has dicho que parecía que quería hacerlo.
Martina: Porque estaba cerca.
Vera: ¿Y tú querías besarlo?
Miré el mensaje. Después dejé el teléfono sobre la mesa.
Aquella era precisamente la pregunta que estaba intentando evitar.
No si Nico estaba ligando conmigo. No si sus comentarios tenían una segunda intención.
Ni si mi vecino había decidido utilizar una estrategia basada en galletas para conquistarme.
La pregunta era otra mucho más sencilla y bastante más complicada de responder.
¿Quería besarlo? Sí. Muchísimo. Lo había pensado mientras trabajábamos.
Cuando me sonrio delante de la panadería.
Durante nuestra comida del domingo. Y aquella tarde, en su cocina, había tenido que hacer un esfuerzo considerable para no acercarme un poco más.
Martina: Sí.
Julia respondió con una sucesión de emoticonos que parecía representar una celebración nacional. Clara envió un corazón. Y Vera escribió: Pues por una vez podrías dejar de analizarlo todo y disfrutar de lo que sientes.
Me quedé mirando aquellas palabras. Después sonreí.
Era muy fácil decirlo. Lo complicado era hacerlo cuando llevabas años acostumbrada a organizar cada parte de tu vida para evitar sorpresas.
Pero quizá aquel diciembre estaba llegando precisamente para enseñarme que no todo podía colocarse dentro de una caja bonita y cerrarse con una cinta perfectamente alineada.
Aunque, sinceramente, una caja bien diseñada seguía pareciéndome una idea estupenda.
18 de diciembre. Valencia.
El viernes recibí un mensaje de Nico mientras estaba revisando la distribución de un dormitorio.
¿Puedes hablar un momento?
Miré la hora. Las cuatro y doce. Había terminado una reunión hacía poco y todavía tenía varias cosas pendientes, pero podía dedicarle unos minutos.
Claro. ¿Qué pasa?
El teléfono empezó a sonar inmediatamente. Contesté.
«Hola».
«Hola, Martina. Perdona que te moleste».
Fruncí el ceño. No solía empezar nuestras conversaciones de aquella manera.
«¿Va todo bien?».
«Sí. Bueno, más o menos. Han llegado las primeras cajas y las etiquetas de prueba, pero hay un problema con el tamaño».
Me incorporé en la silla.
«¿Qué problema?».
«Las cajas son las que elegimos, pero cuando colocamos las galletas protegidas dentro, queda menos espacio del que habíamos calculado. Podemos poner menos unidades o cambiar el formato».
Cerré los ojos. Era exactamente el tipo de contratiempo que podía aparecer cuando un producto pasaba de una muestra vacía a un envase real. No era grave, pero teníamos poco tiempo antes de Navidad.
«¿Habéis medido el interior útil?».
Nico guardó silencio.
«¿El qué?».
«El espacio real que queda después de colocar la protección de las galletas».
«Ah».
Me pasé una mano por la frente.
«Nico».
«No pongas esa voz».
Fruncí el ceño.
«¿Qué voz?».
«La de estar imaginando cómo entierras mi cadáver debajo de una estantería».
Muy a mi pesar, me reí.
«Mándame una fotografía con las medidas y lo vemos».
«Vale».
Después hizo una pausa.
«Aunque hay otra cosa».
Aquello me hizo incorporarme todavía más.
«Dime».
«Mi padre está preocupado por el precio final. Cree que vamos a gastar demasiado dinero en una presentación que después quizá nadie quiera pagar».
Me quedé pensando. Aquello sí me parecía importante.
No porque Vicente estuviera siendo complicado.
Sino porque tenía razón en preocuparse. El producto era artesanal y la caja debía acompañar su valor, pero no tenía sentido encarecerlo hasta convertirlo en algo que sus clientes habituales no pudieran comprar.
«Pues tendremos que ajustar la propuesta» —respondí.
Nico soltó aire.
«Ya».
No parecía enfadado, pero sí cansado. Me quedé mirando el plano que tenía abierto.
Después consulté mi agenda. Ese viernes por la tarde estaba bastante despejado.
Había adelantado parte del trabajo precisamente para no pasar otra noche delante del ordenador.
Podía ir, resolver las medidas y hablar con Vicente. Una hora. Como mucho.
«¿Estarás en la panadería a las seis y media?» —pregunté.
Nico guardó silencio.
«Sí».
«Pues me paso».
«Martina, no hace falta que vengas hoy. Podemos hablarlo el lunes».
Miré la pantalla del ordenador. Después la carpeta del proyecto. La Navidad no iba a esperar al lunes. Y, aunque no estaba dispuesta a trabajar gratis ni a convertir aquel encargo en una sucesión infinita de favores, todavía necesitábamos resolver unos detalles incluidos en mi asesoría.
«Prefiero verlo hoy. Si dejamos la decisión pendiente, vamos a ir demasiado justos con los pedidos».
Nico suspiró, pero aquella vez sonó aliviado.
«Vale. Muchas gracias».
Sonreí.
«Y dile a tu padre que no vamos a obligarlo a vender las galletas dentro de una joyería».
Escuché su carcajada.
«Se lo diré».
Colgué. Después miré la hora. Las cuatro y dieciocho.
Tenía dos horas para terminar lo que estaba haciendo.