3. si vas a besarme, avisa
16 de diciembre. Valencia.
Hay cosas que una mujer adulta debería saber hacer sin ponerse nerviosa.
Pagar una factura. Llamar al fontanero. Decirle a un cliente que cambiar de opinión por quinta vez tiene consecuencias económicas.
Y bajar un piso para trabajar con su vecino.
Especialmente esto último. Porque no estábamos hablando de una cita romántica, un encuentro clandestino ni una invitación a pasar la noche.
Iba a revisar muestras de cartón, elegir una cinta y concretar los últimos detalles de un encargo profesional.
Un encargo con presupuesto aprobado. Con sus correspondientes condiciones.
Y con factura. Si había algo menos romántico que una factura, todavía no lo había descubierto.
Sin embargo, a las cinco y cincuenta y tres de la tarde me encontraba delante del espejo de la entrada, intentando decidir si el jersey que llevaba puesto me hacía parecer demasiado arreglada.
Era de punto fino, negro, con un escote cuadrado que dejaba los hombros bastante despejados.
Lo había combinado con unos vaqueros oscuros y unos botines de tacón bajo.
Me había dejado el pelo rubio suelto, aunque llevaba una pinza en el bolso por si necesitaba recogérmelo para trabajar.
No iba especialmente arreglada. Iba normal.
Normal para una reunión. Normal para una mujer de veintiocho años que tenía una vida, una profesión y problemas bastante más importantes que averiguar si a su vecino le gustaban los escotes cuadrados.
Me miré otra vez. Después cogí la carpeta.
—Se acabó.
Abrí la puerta y salí al rellano. Tuve que esperar casi un minuto al ascensor.
Un minuto absurdo, teniendo en cuenta que solo necesitaba bajar una planta.
Pero había decidido utilizarlo porque llevaba varias muestras, el portátil y una bolsa con dos modelos de cajas que había conseguido en una tienda especializada.
Y también porque necesitaba un minuto para convencerme de que aquella reunión no tenía ninguna importancia sentimental.
Cuando las puertas se abrieron, pulsé el tres.
El ascensor empezó a bajar. Se detuvo. Salí.
Y me encontré con una corona navideña colgada de la puerta de Nico.
Era de ramas de pino artificial, pequeñas piñas y una cinta roja bastante discreta.
La observé. Después sonreí. Había mejorado.
El hombre estaba aprendiendo. Llamé al timbre.
Escuché pasos. Y Nico abrio. Llevaba unos pantalones negros, una camiseta blanca y un delantal verde oscuro que tenía escrito La Espiga sobre el pecho.
El pelo castaño claro estaba más revuelto de lo habitual y tenía una pequeña mancha de harina en la muñeca.
Me miró. Después bajó los ojos hacia mi ropa. Y volvió a mirarme.
—Hola, Martina.
Sonrio. Yo noté algo estúpido en el estómago.
—Hola.
Nico se apartó para dejarme pasar.
—¿Has venido a trabajar o a comunicarme una sanción?
Levanté la carpeta.
—Depende de lo que me encuentre dentro.
Entré. Y descubrí inmediatamente dos cosas.
La primera, que había vuelto a hornear. La segunda, que había preparado su mesa de comedor como si estuviéramos a punto de celebrar una reunión del consejo de administración de una multinacional.
Había muestras de cartón, pequeñas cajas desplegadas, varios metros de cintas de diferentes colores, tijeras, un cuaderno y dos vasos de agua.
También había colocado una lámpara junto a la mesa para mejorar la iluminación.
Me detuve. Lo observé todo. Después lo miré.
—¿Has preparado tú esto?
Nico levantó las cejas.
—No. Los elfos han venido antes».
Puse los ojos en blanco.
—Sí, Martina. Lo he preparado yo.
Me acerqué a la mesa. Las muestras estaban agrupadas por materiales y cada una tenía una pequeña etiqueta con el nombre del proveedor. Aquello me sorprendió. Nico debió de notarlo.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
—Esa cara significa que esperabas encontrarlo todo tirado por el suelo».
—No necesariamente.
Sonrio.
—Martina.
Suspiré.
—Esperaba un poco menos de organización.
Su sonrisa se hizo enorme.
—Pues fíjate. Soy un hombre lleno de sorpresas.
Dejé mi bolso sobre una silla.
—No te vengas arriba. Todavía no hemos abierto las cajas.
Nico se echó a reír. Y yo descubrí que empezaba a esperar aquella risa cada vez que decía alguna estupidez. Lo cual resultaba profundamente preocupante.
Había preparado tres propuestas para La Espiga.
La primera era sencilla, económica y bastante fácil de producir: una caja de cartón natural con una etiqueta crema y una cinta verde oscuro.
La segunda tenía una pequeña ventana transparente que permitía ver las galletas, aunque el material resultaba algo más caro y necesitaba comprobar cómo se comportaría durante el transporte.
La tercera era la más bonita. También la menos práctica.
Una caja rígida, con una tapa ilustrada y un interior preparado para colocar las galletas individualmente.
La había incluido porque me parecía interesante enseñarles diferentes posibilidades, pero sabía que para una primera tirada pequeña lo razonable era utilizar la primera.
Nico examinó las muestras mientras yo le explicaba las ventajas de cada opción.
Al principio hizo algunas preguntas sobre los materiales.
Después empezó a comparar tamaños y a calcular cuántas galletas podrían colocarse sin que terminaran rompiéndose.
Me gustó trabajar con él. Y aquello no era una confesión sentimental.
Era una valoración profesional. Nico escuchaba.
Preguntaba cuando no entendía algo. Y, cuando una propuesta no le convencía, explicaba por qué.
No intentaba aparentar conocimientos que no tenía, pero tampoco esperaba que yo decidiera absolutamente todo.
Durante casi cuarenta minutos hablamos de cartón, gramajes, protección alimentaria, plazos de impresión y costes de producción.
Una conversación que, en teoría, debería haber resultado perfectamente aburrida.
Sin embargo, me estaba divirtiendo. Especialmente cuando Nico cogió la tercera caja y la contempló con una expresión de enamoramiento absoluto.
—Esta es preciosa.
—Lo es.
—¿Y cuál es el problema?
—Que cuesta demasiado para lo que queréis hacer ahora.
Nico la giró entre las manos.
—Ya.
Se quedó pensando. Después me miró.
—¿Y si hiciéramos solamente veinte?
Sonreí.
—¿Para qué?
—No sé. Una edición especial.
Aquella era una de las cosas que más empezaban a gustarme de él.
Su cabeza no se detenía en la primera solución.
Buscaba posibilidades. Le daba vueltas a las ideas.
Y parecía disfrutar especialmente cuando encontraba una manera diferente de hacer algo.
Yo era mucho más prudente. Antes de proponer un cambio necesitaba comprobar presupuestos, plazos y materiales.
Nico, en cambio, empezaba preguntándose si algo sería bonito.
Y después intentaba encontrar la manera de hacerlo posible.
No era un mal sistema. Aunque, sin supervisión, sospechaba que podía terminar encargando doscientas cajas ilustradas con renos luminosos.
—Podríamos reservarlas para una edición limitada —reconocí —Pero yo empezaría con la sencilla. Si la venta funciona, ya tendréis tiempo de hacer algo más elaborado.
Nico asintió. Después dejó la muestra sobre la mesa.
—Tiene sentido.
Cogí la primera caja. Coloqué una etiqueta provisional sobre la tapa.
En ella había escrito: La Espiga. Las galletas del abuelo Salvador.
Debajo aparecía una ilustración muy sencilla de una espiga y una pequeña estrella. No era un diseño definitivo. Era una referencia visual que permitiría a un profesional de artes gráficas preparar los archivos de impresión.
Nico se quedó quieto. Lo observé. Había dejado de sonreír.
—¿Qué pasa?
Cogió la caja. La examinó. Después pasó suavemente el pulgar sobre la etiqueta.
—Has puesto lo de mi abuelo.
—Claro.
Su expresión cambió. Fue algo pequeño. Una emoción que no terminó de mostrar del todo.
—No te había pedido que lo hicieras.
Me encogí de hombros.
—Me contaste que la receta era suya. Y creo que eso es precisamente lo que hace especiales las galletas.
Nico siguió mirando la caja.
—Mi padre va a emocionarse.
—Pues espero que también apruebe el presupuesto».
Se rio. Pero tardó un instante en levantar la mirada. Cuando lo hizo, ya no tenía aquella expresión provocadora que parecía acompañarlo durante buena parte del día. Me observaba de una manera diferente. Más tranquila y bastante más peligrosa para mi sistema nervioso.
—Gracias, Martina.
—Es mi trabajo.
Nico negó despacio con la cabeza.
—Ya. Pero podrías haber hecho una caja bonita sin molestarte en pensar en todo eso.
No supe qué contestar. Porque, por desgracia, aquel comentario había conseguido emocionarme.
Llevaba años trabajando en proyectos donde los clientes valoraban el resultado final, las fotografías y los cambios visibles.
Pero no siempre se detenían en los detalles que había elegido porque había intentado comprender quiénes eran y cómo querían vivir.
Nico sí lo había visto y aquello me gustó más de lo razonable.
Así que hice lo único que podía hacer para conservar algo de dignidad.
Señalé la cinta roja que tenía junto a su cuaderno.
—Eso sí que no.
Nico bajó la mirada. Después soltó una carcajada.
—¿La cinta?
—Parece de envolver una cesta de Navidad de gasolinera.
Se echó a reír todavía más. Y el momento desapareció.
Bueno. No del todo. Porque yo seguía sintiendo algo extraño cada vez que nuestras miradas coincidían.
Pero al menos podía respirar. A las siete menos cuarto habíamos elegido la caja.
Cartón natural. Etiqueta crema. Cinta verde oscura.
Y una pequeña tarjeta interior que explicaría el origen de la receta.
Nico estaba contentísimo. Yo también. Aunque lo disimulaba bastante mejor.
—¿Quieres probar las galletas que he hecho hoy? —preguntó cuando empezamos a recoger las muestras.
—Nico, llevo una semana comiendo tus galletas.
—Estas son diferentes.
—Siempre son diferentes.
—Porque estoy probando cosas nuevas.
Se acercó a la cocina. Yo lo seguí. Había una bandeja sobre la encimera.
Esta vez no eran estrellas. Eran pequeñas galletas redondas, con una capa fina de crema de naranja y un toque de chocolate negro en uno de los bordes.
Tenían una pinta extraordinaria. Maldito hombre.
Maldita fuera su capacidad para convertir la mantequilla en una herramienta de seducción. Nico cogió una y me la ofreció.
—Prueba.