2. la receta para perder la paciencia #5
—Pensé que podría ayudar a que siguiera funcionando otros treinta años.
Lo miré.
—Eso es bastante ambicioso.
—Lo sé.
—Y complicado.
—También.
No parecía preocupado por admitirlo y quizá aquello fue lo que más me llamó la atención.
Nico tenía planes. Ideas. Ganas de hacer cosas nuevas.
Pero no hablaba de ellas como si todo estuviera garantizado.
Sabía que podía equivocarse. Que su padre tendría dudas.
Que algunas propuestas no funcionarían. Y, aun así, quería intentarlo.
Aquello me gustó. Porque yo llevaba años intentando controlar tanto las decisiones que, a veces, me costaba empezar algo si no estaba bastante segura del resultado.
Nico parecía vivir con una relación más flexible con la incertidumbre.
Y empezaba a comprender que quizá no era necesariamente una mala forma de hacerlo.
Después de comer salimos a pasear. No estaba previsto. Tampoco lo propuse yo. Simplemente, al terminar, ninguno parecía tener demasiadas ganas de despedirse. Nico señaló hacia una calle cercana.
—¿Te apetece dar una vuelta?
Miré el reloj. Eran las tres y veinte, tenía trabajo. Siempre tenía trabajo. Pero aquel domingo había decidido que necesitaba dejar de utilizarlo como excusa para todo.
—Vale.
Caminamos por Benimaclet, entre comercios pequeños, fachadas antiguas y algunas calles donde los vecinos habían colgado luces navideñas.
Había familias paseando y grupos de amigos sentados en terrazas aprovechando el sol suave de diciembre.
Nico conocía bastante bien la zona. Me señaló una tienda donde compraba algunos ingredientes especiales, una cafetería que había abierto hacía poco y una pequeña librería que le gustaba porque el propietario siempre terminaba recomendándole libros que no tenía intención de comprar.
—Y al final los compras —dije.
—Evidentemente.
Llegamos a una plaza pequeña. Había varios bancos, unos árboles y un grupo de niños jugando junto a una fuente.
Nos sentamos. Nico dejó los brazos apoyados sobre las rodillas.
Yo me acomodé a su lado. Durante unos minutos hablamos de películas, de viajes y de lo complicado que resultaba elegir regalos para determinadas personas. Después Nico me miró.
—Oye, Martina.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
Su expresión se volvió algo más seria.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Depende de cuánto comprometa mi reputación.
Soltó una risa. Después me observó.
—¿Te caigo tan mal como dices?
La pregunta me sorprendió porque había empezado a acostumbrarme a que Nico utilizara las bromas para responder a casi cualquier cosa. Y aquella vez parecía querer saberlo de verdad. Me quedé callada. Miré hacia los niños. Después hacia él.
—Al principio sí.
Nico levantó las cejas.
—Joder.
Solté una carcajada.
—¡Me despertabas a medianoche!
—Ya.
—Y tenías unas luces que parecían compradas a una empresa de espectáculos pirotécnicos.
—Pobre Benito.
Negué con la cabeza.
—Ese reno no tiene defensa posible.
Nos reímos. Después volví a mirarlo.
—Pero ahora no me caes mal.
Nico se quedó observándome. Su sonrisa cambió. Fue más pequeña. Más cálida.
—Me alegro.
Me pasé una mano por el pelo. Y entonces ocurrio algo bastante incómodo.
Me di cuenta de que podía haber terminado allí.
Era una respuesta perfectamente adecuada.
Clara. Directa. Sin ninguna posibilidad de interpretación sentimental.
Pero no me apetecía terminar, quería decirle algo más.
Y aquella sensación me resultaba tan poco habitual que tardé varios segundos en encontrar las palabras.
—Me gusta hablar contigo —reconocí.
Nico dejó de moverse. Lo observé.
—Y me gusta cómo trabajas. Se nota que te importan las cosas.
Su expresión se suavizó.
—Gracias.
Después añadí:
—Aunque sigues siendo insoportable.
Nico soltó una carcajada. La tensión desapareció un poco. O eso creí. Porque entonces él se volvió hacia mí y dijo:
—Tú también me gustas, Martina.
Me quedé inmóvil. Lo miré. Nico sonrio apenas.
—Hablar contigo, digo.
Su expresión era demasiado inocente. Demasiado. Y de pronto tuve la sospecha de que había disfrutado muchísimo de aquellos dos segundos en los que me dejó preguntándome si acababa de confesarme otra cosa. Lo fulminé con la mirada.
—Eres un imbécil.
—Un poco.
Negué con la cabeza, pero acabé riéndome también.
Y aquella fue la primera vez que comprendí algo realmente preocupante.
Que no solamente me gustaba pasar tiempo con Nico cuando estaba siendo encantador.
También me gustaba cuando me sacaba de quicio.
Sobre todo entonces. Nos despedimos cerca de las cinco.
Nico tenía que regresar a la panadería para comprobar unos pedidos del lunes y yo había prometido enviar un correo a un proveedor antes de terminar el día.
Nos detuvimos junto a mi coche. Habíamos pasado casi tres horas juntos sin ninguna excusa profesional.
Sin hablar de cajas de galletas durante más de cinco minutos, y aunque no quisiera reconocerlo, me lo había pasado estupendamente.
Nico se metió las manos en los bolsillos.
—Gracias por venir.
—De nada.
—Me ha gustado pasar la tarde contigo.
Sentí aquel cosquilleo absurdo otra vez. Levanté las cejas.
—¿Aunque haya criticado tus luces?
—Incluso así.
Lo observé. Después bajé la mirada hacia las llaves que llevaba en la mano.
Me habría gustado decirle que a mí también me había encantado pasar la tarde con él.
Que llevaba varios días descubriendo cosas suyas que me sorprendían.
Y que empezaba a resultar peligrosamente atractivo cuando sonreía de aquella manera.
Pero todavía no estaba preparada para tanta sinceridad.
—La hamburguesa estaba muy buena —respondí.
Nico soltó una carcajada.
—Me alegro.
Nos quedamos mirándonos. Durante un instante tuve la impresión de que iba a acercarse. No lo hizo. Tampoco yo. Pero algo cambió en la manera en que nos observamos. Como si ambos hubiéramos dejado de fingir que aquello había sido solamente una comida entre vecinos. Nico se apartó un poco.
—Nos vemos en casa.
—Sí.
Sonrio. Después empezó a caminar hacia la calle. Y yo me quedé junto al coche, contemplando cómo se alejaba. Hasta que se volvió y me sorprendió mirándolo. Por supuesto. Qué oportunidad tan maravillosa para conservar la dignidad. Nico sonrio desde varios metros de distancia.
—¡Martina!
—¿Qué?
—¡Te debo una galleta!
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Su sonrisa se hizo enorme.
—¡Porque llevas casi toda la tarde sin insultar a Benito!
Me eché a reír. Después levanté la mano y le enseñé el dedo corazón.
Nico soltó una carcajada tan fuerte que varias personas se volvieron a mirarlo.
Yo entré en el coche. Cerré la puerta. Y apoyé la cabeza contra el reposacabezas.
Me estaba gustando Nico. Mucho. Aquello ya no podía seguir clasificándolo como una simple reacción a las galletas.
14 de diciembre. Valencia.
El lunes por la tarde recibí la confirmación del presupuesto para La Espiga.
Había preparado una propuesta bastante ajustada: asesoría de distribución y escaparatismo, definición del estilo visual de las cajas y una visita para supervisar la colocación final.
Nico y sus padres se encargarían de las compras y de la producción de los materiales, de manera que pudiéramos mantener un presupuesto razonable.
El correo llegó firmado por Vicente. Aprobaban la propuesta.
Y querían empezar cuanto antes. Me hizo ilusión.
No solamente porque era un trabajo nuevo, sino porque había conseguido transformar una conversación inesperada en un proyecto que me apetecía muchísimo desarrollar.
Estaba revisando algunos materiales cuando Nico me escribió.
Buenas tardes, autoridad competente.
Sonreí.
Buenas tardes, delincuente navideño.
Mi padre ha aprobado el presupuesto. Está tan contento que lleva diez minutos diciendo que deberíamos haber hecho esto antes.
Me eché a reír.
Dile que todavía está a tiempo de atribuirse la idea.
Ya lo ha hecho.
Solté una carcajada. Después apareció otro mensaje.
Oye, ¿te vendría bien que viéramos las muestras de las cajas el miércoles? He encontrado un proveedor y quiero pedirlas cuanto antes.
Miré mi agenda. Miércoles dieciséis. Tenía una reunión por la mañana, pero la tarde estaba libre.
Puedo a las seis.
Nico respondió: Perfecto.
Y después: ¿En la panadería o en mi casa?
Me quedé mirando la pantalla. Su casa. La cocina. El olor a mantequilla. Aquella encimera donde había descubierto que tenía unos ojos bastante bonitos. Respiré hondo.
En tu casa está bien.
Prometo no encender a Benito.
Más te vale.
Dejé el móvil sobre la mesa. Volví a mirar mi agenda.
Miércoles. Seis de la tarde. Reunión con Nico.
Una reunión profesional. Con un cliente que vivía debajo de mi piso.
Y que, por alguna razón que empezaba a resultarme preocupantemente evidente, me había hecho pasar el domingo más divertido de las últimas semanas.
Abrí el archivo del proyecto. Empecé a trabajar en la propuesta de las cajas.
Y me sorprendí eligiendo una cinta verde que combinaba perfectamente con sus ojos.
Me detuve. Miré la pantalla. Después apoyé la frente sobre la mesa.
Estaba perdida. Absolutamente perdida. Porque había pasado semanas intentando conseguir que Nico dejara de hacer ruido debajo de mi casa.
Y ahora lo único que quería era encontrar una excusa para volver a llamar a su puerta.