2. la receta para perder la paciencia #4
—No sé. Que empecemos a quedar, que luego pase algo y que después tenga que cruzármelo todos los días en el ascensor.
Vera guardó silencio unos segundos.
—¿Estás preocupada por lo que pueda pasar o porque te apetece que pase?
Maldita librera. Maldita fuera su capacidad para lanzar preguntas mientras probablemente estaba colocando novelas sobre una estantería.
—No lo sé —admití.
Y por primera vez desde que había empezado aquella conversación, no me molestó reconocerlo. Vera sonrio al otro lado. Lo noté en su voz.
—Pues mañana puedes averiguarlo un poquito.
Me quedé pensando. Después miré el reloj. Tenía trabajo. Y acababa de desperdiciar otros quince minutos hablando por teléfono sobre un vecino al que, hasta hacía nada, consideraba responsable de arruinarme diciembre.
—Voy a colgar —anuncié.
—Vale, cariño.
—Y no se lo cuentes a Julia.
Hubo una pausa demasiado larga.
—Vera.
—¿Qué?
—No se lo cuentes.
—Vale.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué has tardado tanto en responder?
—Porque Julia acababa de escribirme para preguntarme si teníamos novedades del vecino.
Cerré los ojos y apoyé la frente contra el volante. Mis amigas eran unas desgraciadas. Las quería muchísimo. Pero unas desgraciadas.
13 de diciembre. Valencia.
El domingo descubrí que una hamburguesa podía convertirse en un acontecimiento perfectamente estresante.
No por la comida. La comida me parecía una idea estupenda.
El problema era que llevaba desde las diez de la mañana intentando convencerme de que no estaba nerviosa.
Había limpiado la cocina, contestado tres correos y revisado las medidas de un proyecto que no tenía que entregar hasta el martes.
Después hice una lavadora, doblé unas toallas y cambié de sitio una pequeña lámpara del salón porque me había dado cuenta de que su posición impedía abrir completamente un cajón.
A la una menos cuarto me encontraba frente al armario sosteniendo dos jerséis.
Uno negro. Otro verde. El negro era más elegante.
El verde me hacía los ojos más claros. Me quedé mirándolos. Después lancé ambos sobre la cama.
—Por el amor de Dios.
No sabía exactamente qué me estaba pasando.
Nico era atractivo. Eso ya lo tenía asumido.
También era divertido, trabajaba muchísimo y había demostrado tener una relación bastante saludable con el respeto profesional.
Pero seguía siendo Nico. Un hombre al que llevaba semanas amenazando con denunciar por contaminación acústica y que había decidido bautizar un adorno navideño como si fuera una mascota.
No era mi tipo. O al menos eso había pensado.
Mi tipo solía ser alguien organizado, puntual, con las ideas claras y una capacidad razonable para comprender que los cojines de un sofá no debían tener diecisiete estampados diferentes.
Nico era puntual, según parecía. Lo de organizado resultaba discutible.
Y lo de los estampados tendría que comprobarlo en otro momento.
Me puse el jersey verde. Después me solté el pelo.
Lo observé caer sobre mis hombros. Castaño, largo y con unas ondas suaves que se formaban cuando lo dejaba secar al aire.
Estaba bien. Me gustaba. No necesitaba darle más vueltas.
Cogí el bolso y salí. Esta vez conseguí no volver a mirarme al espejo. Un éxito considerable.
Nico me esperaba frente al restaurante. Era un local pequeño, con unas mesas de madera, una barra larga y un cartel donde aparecían los nombres de las hamburguesas escritos con tiza.
Llevaba una camisa de cuadros oscuros sobre una camiseta blanca, vaqueros y unas zapatillas.
Tenía el pelo ligeramente despeinado y las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
Cuando me vio, sonrio. Después me observó durante un segundo más de lo habitual.
Aquello me puso nerviosa. Y me dio rabia.
Porque había conseguido salir de casa bastante convencida de que estaba haciendo algo perfectamente normal.
Ahora estaba allí, a dos metros de Nico, notando un cosquilleo absurdo en el estómago.
—Hola, Martina.
—Hola.
Se acercó para darme dos besos. Fue un saludo normal. Educado. Completamente razonable. Hasta que noté una de sus manos apoyarse brevemente sobre mi cintura. Se retiró enseguida, pero yo ya había perdido parte de mi capacidad de concentración. Nico señaló el restaurante.
—Espero que tengas hambre.
—Siempre tengo hambre.
—Eso me tranquiliza.
—¿Por qué?
—Porque mi madre se ha pasado toda la mañana diciéndome que te llevara a un sitio donde se comiera bien.
Solté una carcajada.
—¿Tu madre sabe que hemos quedado?
Nico levantó las cejas.
—Martina, mi madre sabe cuándo salgo de casa, cuándo regreso y aproximadamente qué he desayunado. No tengo demasiados secretos.
Me eché a reír.
Entramos. Nos sentaron junto a una ventana y nos entregaron las cartas. El local olía a carne a la parrilla, pan tostado y patatas fritas, una combinación que consiguió que mi estómago recordara inmediatamente que apenas había desayunado. Nico examinó la carta.
—Aquí hacen una hamburguesa con queso de cabra bastante buena.
—¿Vienes mucho?
—De vez en cuando. Con mis amigos, sobre todo.
Me quedé pensando. Conocía algunas cosas sobre Nico. Su trabajo. Su familia. Sus horarios imposibles. Su afición al terrorismo lumínico navideño. Pero prácticamente nada del resto de su vida.
—¿Y qué haces cuando no estás trabajando? —pregunté.
Nico levantó los ojos de la carta. Su expresión se volvió divertida.
—¿Esto es una entrevista?
Resoplé.
—Es una conversación normal.
—Ah.
Sonrio.
—Entonces te diré que me gusta salir a correr, ir al cine y quedar con mis amigos. Aunque últimamente tengo tan poco tiempo que mi vida social consiste en saludar al repartidor de harina.
—Una relación intensa.
—Muchísimo. Llevamos años.
Después me miró.
—¿Y tú?
Me acomodé en la silla.
—Me gusta viajar. Ir a museos, visitar sitios bonitos, salir a cenar con mis amigas...
—¿Y trabajar?
Lo miré. Nico sonrio.
—Es que tengo la impresión de que trabajas bastante.
—Demasiado, a veces.
—Eso me suena.
Me quedé observándolo. Había algo curioso en descubrir que quizá no éramos tan diferentes.
Él pasaba demasiadas horas en una panadería.
Yo podía quedarme hasta medianoche preparando planos o revisando proyectos.
Los dos teníamos una manera bastante intensa de implicarnos en lo que hacíamos.
La diferencia era que Nico parecía encontrar tiempo para bromear incluso cuando estaba agotado.
Y yo, cuando estaba cansada, desarrollaba una relación bastante complicada con el resto de la humanidad.
—¿Por qué te gusta tanto tu trabajo? —preguntó.
Aquello me sorprendió. La gente solía interesarse por las fotografías de mis proyectos, por las tendencias decorativas o por cuánto costaba reformar una cocina. Pero pocas personas preguntaban qué encontraba yo en aquel trabajo que me hacía dedicarle tantas horas. Dejé la carta sobre la mesa.
—Porque me gusta transformar espacios.
Le expliqué que había estudiado interiorismo porque siempre me había interesado cómo un lugar podía influir en la forma en que nos sentíamos.
Cómo una habitación pequeña podía resultar acogedora o agobiante dependiendo de la distribución, cómo la luz podía cambiar completamente un ambiente o cómo una casa podía dejar de parecer propia cuando ya no respondía a la vida de quienes la habitaban.
Mientras hablaba, Nico me escuchaba de verdad.
No miró el móvil. No buscó una broma para interrumpirme.
Solo hizo algunas preguntas sobre mis proyectos y sobre cómo había empezado a trabajar por mi cuenta. Cuando terminé, sonrio.
—Ahora entiendo lo del cuadro.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cuadro?
—El de mi salón. El que me obligaste a enderezar.
Solté una carcajada.
—Te hice un favor.
—Lo sé. Ahora cada vez que lo miro pienso en ti.
Me quedé callada. Nico también. Después pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
Sonrio ligeramente. Y yo tuve la impresión de que la temperatura del restaurante acababa de subir varios grados.
Qué maravilla. Teníamos calefacción sentimental.
El camarero apareció justo entonces para tomar nota.
Y nunca había agradecido tanto la interrupción de un desconocido.
Comimos hablando de nuestras vidas. Descubrí que Nico tenía treinta años, que había estudiado cocina antes de especializarse en panadería y repostería y que, durante una temporada, trabajó en un obrador de Barcelona.
Regresó a Valencia cuando su abuelo empezó a encontrarse mal.
Me lo contó mientras apartaba unas patatas hacia un lado del plato.
—Mi abuelo Salvador fue quien me enseñó a preparar pan. Desde pequeño me colaba en el obrador y me dejaba hacer cualquier cosa que no fuera demasiado peligrosa.
Sonrio.
—Aunque una vez casi incendio una bandeja de magdalenas.
—Veo que lo de la seguridad en la cocina viene de familia.
Nico soltó una carcajada. Después su expresión se suavizó.
—Murio hace cinco años. Pero todavía utilizamos muchas de sus recetas.
Me acordé del cuaderno. De aquellas páginas manchadas de harina y escritas con bolígrafos diferentes.
—Se nota que lo querías mucho.
Nico sonrio un poco.
—Muchísimo.
Durante unos segundos se quedó observando su vaso. No parecía incómodo. Simplemente había algo en aquel recuerdo que merecía un pequeño silencio. Después levantó la mirada.
—¿Y tú? ¿Siempre has vivido en Valencia?
Asentí. Le conté que había pasado casi toda mi vida allí, que me gustaba viajar pero siempre terminaba echando de menos la ciudad y que durante una temporada había pensado en mudarme a Madrid por trabajo.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Me encogí de hombros.
—Me ofrecieron un proyecto bastante interesante aquí. Al final me quedé.
—¿Te arrepientes?
Lo pensé. No era una pregunta que me hubiera hecho demasiado.
En aquel momento la decisión me pareció lógica.
Tenía buenos clientes, mis amigas estaban en Valencia y no me apetecía empezar de cero en otra ciudad.
Pero a veces me preguntaba cómo habría sido mi vida si hubiera aceptado aquella oportunidad.
—No —respondí finalmente —Aunque tengo curiosidad por saber qué habría pasado.
—Eso nos pasa a todos un poco, ¿no?
Asentí. Después le pregunté por qué había decidido regresar de Barcelona.
—Porque quería estar cerca de mi familia. Y porque la panadería necesitaba cambios.
Sonrio ligeramente.