Diciembre tenía otros planes 2. la receta para perder la paciencia #3
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2. la receta para perder la paciencia #3

—Parecía que intentabas agredirme.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

Marisa nos miró a los dos. Después dejó lentamente su taza. Tenía una expresión que no me gustó nada. La expresión de una mujer que acababa de encontrar algo interesante y estaba decidiendo cuánto tiempo podía entretenerse con ello.

—¿Y vosotros de qué os conocéis exactamente?

—Somos vecinos, mamá.

—Ya lo sé. Pero parece que tenéis confianza.

Cogí el café. Le di un sorbo. Estaba demasiado caliente. Me quemé la lengua.

—Vivimos en el mismo edificio —expliqué —Y hemos coincidido varias veces.

Marisa asintió lentamente.

—Ya.

Nico la miró.

—No empieces.

Su madre abrio mucho los ojos.

—¿Qué he dicho?

—Nada. Pero te conozco.

Me mordí el interior de la mejilla para no reírme. Marisa sonrio con toda la inocencia del mundo.

—Solo estoy conversando.

Después me miró.

—¿Tienes pareja, Martina?

Casi me atraganté. Nico cerró los ojos.

—Mamá. Por favor.

Marisa levantó las manos.

—No se puede preguntar nada.

Yo dejé el café sobre la mesa. Y decidí que, si aquella mujer pretendía intimidarme, había elegido a la persona equivocada.

—No tengo pareja —respondí con tranquilidad —Y, de momento, tampoco estoy aceptando solicitudes.

Nico soltó una carcajada. Marisa se rio también.

—Muy bien hecho, hija.

Después se levantó porque había entrado una clienta. Antes de marcharse, le dio un pequeño golpe a Nico en el hombro.

—Portaos bien.

Nos quedamos solos. Miré a Nico. Él miró su taza. Después empezó a reírse.

—Lo siento.

—Tu madre es tremenda.

—No tienes ni idea.

Cogí una pequeña porción de coca de llanda que había dejado Marisa sobre la mesa.

—Pues me cae estupendamente.

Nico sonrio.

—Y tú a ella.

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te ha ofrecido la coca buena.

Fruncí el ceño.

—¿Hay coca mala?

—No. Pero la buena la esconde para las visitas especiales.

Nico sostuvo mi mirada y sonrio despacio. Sentí que algo se me movía en el estómago. Mal asunto. Aquello era un mal asunto. Decidí concentrarme en el plato. La coca estaba deliciosa. Por suerte, la repostería seguía siendo una distracción bastante eficaz.

Antes de marcharme nos sentamos para concretar el proyecto.

Saqué mi libreta, repasé algunas de las fotografías y les expliqué a Nico y a sus padres qué podía ofrecerles: una propuesta de organización del escaparate,

una línea visual sencilla para las cajas de galletas y algunos detalles de decoración que pudieran fabricar o comprar sin necesidad de gastar demasiado dinero.

Les aclaré que no hacía diseño gráfico de marca como servicio principal, pero que podía definir el concepto visual y preparar referencias y especificaciones para que una imprenta produjera las etiquetas.

Vicente escuchó con atención. Marisa hizo varias preguntas sobre los materiales.

Nico se quedó observando las fotografías, especialmente una donde podía verse cómo había cambiado el escaparate después de retirar parte de la decoración.

Cuando terminé, les expliqué que prepararía un presupuesto profesional con el alcance y los tiempos antes de empezar. Vicente asintió.

—Mándanoslo y lo vemos.

Me pareció razonable. Pero Nico intervino antes de que pudiéramos cambiar de tema.

—Papá, si lo hacemos, quiero que Martina cobre por el proyecto. No que se pase las tardes ayudándonos porque sea vecina.

Vicente lo miró.

—Pues claro, hijo.

—Lo digo porque a veces empezamos pidiendo una idea y terminamos pidiendo veinte.

Marisa soltó una risa pequeña.

—Eso es verdad.

Miré a Nico. Él ni siquiera pareció darse cuenta.

Simplemente estaba explicando algo que consideraba lógico.

Y aquello consiguió que me entrara una sensación extraña.

No estaba acostumbrada a que alguien defendiera mi tiempo sin que yo tuviera que hacerlo primero.

Me gustó. Aunque, por supuesto, no pensaba decírselo.

Tampoco había que alimentar demasiado su ego.

Que ya venía bastante bien servido de fábrica.

Salimos de la panadería cerca de las dos.

Nico tenía que ir a recoger un pedido a un proveedor y yo debía regresar a casa para terminar unos planos que había dejado pendientes el viernes.

Había pasado casi tres horas allí. Tres.

La visita inicial que, en mi cabeza, iba a durar cuarenta minutos.

Una gestión del tiempo absolutamente lamentable.

Y, sin embargo, no sentía que las hubiera perdido.

Había conocido un negocio precioso, una familia encantadora y un proyecto que podía resultar muy interesante.

También había descubierto que Nico tenía una manía insoportable de apoyarse demasiado cerca cuando quería enseñarme algo y que, cuando se concentraba, se mordía ligeramente el interior de la mejilla.

Dos datos completamente irrelevantes. Que pensaba olvidar inmediatamente.

Nos detuvimos junto a la puerta. Nico llevaba el abrigo sobre un brazo y las llaves de su coche en la mano.

—¿Qué te ha parecido?

Miré hacia el escaparate.

—La panadería tiene muchas posibilidades.

—¿Y mi familia?

—Tu madre me ha adoptado.

Se echó a reír.

—Eso me temía.

—Tu padre va a necesitar un poquito de paciencia.

—También lo sé.

Me quedé pensando. Después añadí:

—Pero creo que tenéis algo muy bonito. Se nota que os importa lo que hacéis.

Nico dejó de sonreír ligeramente. No de una forma triste. Simplemente parecía estar prestando atención.

—Gracias.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Después él se pasó una mano por el pelo.

—¿Te apetece comer algo antes de irte?

Lo miré.

—Acabamos de comernos media panadería.

—Eso no era comer.

—Nico, me he comido dos trozos de coca, una napolitana pequeña y tres galletas.

Levantó las cejas.

—¿Tres?

—No empieces a contar otra vez.

Su carcajada hizo que una señora que pasaba junto a nosotros volviera la cabeza.

—Vale, vale.

Sonrio.

—Pero me refería a comer de verdad. Hay un sitio aquí cerca donde hacen unas hamburguesas muy buenas.

Aquello ya no sonaba a una conversación sobre escaparates. Ni sobre cajas. Ni sobre galletas. Sonaba a otra cosa. Una cosa para la que no me había preparado.

—Tengo trabajo —respondí.

Nico asintió inmediatamente.

—Claro. Otro día.

No insistió. Tampoco hizo una broma. Simplemente aceptó mi respuesta.

Y, de pronto, sentí una decepción pequeña que me pareció absolutamente absurda.

Porque era yo quien acababa de decir que no.

Yo. Una mujer adulta y funcional que sabía perfectamente lo que quería.

O eso había pensado hasta entonces. Nico sacó las llaves.

—Pues nos vemos en el edificio.

—Sí.

Dio un paso hacia su coche. Y entonces me escuché decir:

—Aunque mañana podría.

Aquellas palabras habían salido de mi boca sin solicitar autorización al departamento correspondiente. Nico levantó lentamente las cejas.

—¿Mañana?

Tragué saliva.

—Para comer.

Su sonrisa apareció despacio y tuve unas ganas enormes de darle una patada. O de besarlo. Ninguna de las dos opciones me pareció especialmente adecuada.

—Mañana me viene bien —respondió.

Asentí con una dignidad que no estaba segura de conservar.

—Pues vale.

Nico sonrio.

—¿A las dos?

—A las dos.

—Perfecto.

Nos miramos. Después añadí, porque necesitaba recuperar algún tipo de control sobre aquella conversación:

—Pero no es una cita.

—No he dicho que lo sea.

Lo observé. Maldito hombre.

—Solo vamos a comer —aclaré.

—Solo vamos a comer.

—Como vecinos.

Asintió.

—Como vecinos.

Me relajé un poco. Hasta que añadió:

—Aunque no suelo quedar a solas con todos los del edificio.

Lo fulminé con la mirada. Nico soltó una carcajada. Y yo me marché antes de que mi propia boca decidiera complicarme todavía más la existencia.

La primera persona a la que llamé fue Vera. No porque necesitara consejo. Simplemente porque llevaba varios días sin hablar tranquilamente con ella y me parecía una oportunidad estupenda para interesarme por su vida. La llamé mientras caminaba hacia el coche. Contestó al tercer tono.

—Hola, Marti.

—Hola. ¿Qué haces?

—Trabajando. ¿Tú?

Miré las llaves. Después la calle.

—Acabo de salir de una reunión.

—¿La de la panadería?

Fruncí el ceño.

—¿Cómo sabes lo de la panadería?

Vera se quedó callada. Después se rio.

—Porque nos lo contaste en el grupo el jueves.

Claro. Magnífico. Ni siquiera podía fingir que aquello no era importante.

—Ah.

—¿Qué tal ha ido?

Me apoyé contra el coche.

—Bien. El local está muy bien, aunque necesita una reorganización importante.

—Qué guay.

—Y los dueños son encantadores.

—Me alegro.

Hice una pausa.

—Y Nico también estaba.

Vera dejó de hablar. Lo noté inmediatamente. Aquella mujer podía estar colocando libros, atendiendo a un cliente o intentando decidir si una novela debía ir en romántica o narrativa contemporánea, pero había desarrollado un oído extraordinario para detectar cualquier información sentimental.

—Claro —respondió despacio —Es su panadería.

Cerré los ojos.

—Vera.

Escuché su risa.

—Martina, no he dicho absolutamente nada.

Suspiré. Me metí en el coche y cerré la puerta.

—Hemos quedado mañana para comer.

Hubo un silencio. Después:

—¿Cómo?

—Que hemos quedado para comer.

—¿Tú y Nico?

—No, Vera. Nico, su panadería y yo. Vamos a sentarnos todos alrededor de una hamburguesa.

Mi amiga soltó una carcajada.

—¡Pero qué bien!

—No te emociones.

—¿Es una cita?

Miré el volante.

—Vamos como vecinos.

—Claro.

—Porque ahora nos llevamos bien.

—Por supuesto.

—Deja de hablarme con ese tono.

Vera empezó a reírse otra vez. Después su voz se suavizó.

—Marti, ¿te apetece ir?

Me quedé callada. Miré por el parabrisas.

Delante de mí, una pareja intentaba colocar un carrito de bebé dentro de un coche diminuto.

Él sostenía una rueda. Ella consultaba el manual.

El bebé contemplaba la escena con la expresión de alguien que ya había perdido toda esperanza en la competencia de sus progenitores.

—Sí —reconocí finalmente.

Vera no respondió inmediatamente. Y aquello fue peor que cualquier comentario. Porque me dejó escuchar mi propia respuesta. Sí, me apetecía ir, y no era por la hamburguesa. Aunque probablemente estuviera buenísima.

—Pues disfruta —dijo mi amiga.

Me pasé una mano por la cara.

—No quiero que esto se convierta en una historia rara.

—¿Qué sería una historia rara?